Primal Desatado (Primal 2) Prólogo
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Primal Desatado (Primal 2)

Primal Desatado (Primal 2)

Por Jack Silkstone

© inepub.com

Prólogo

Los primeros proyectiles de mortero cayeron desde el cielo nocturno directamente dentro del perímetro defensivo del pelotón ruso.

El silbido de las granadas entrantes hizo que los hombres se lanzaran a cubierto, con los instintos de supervivencia afilados por tres largos años combatiendo a los muyahidines.

El capitán Alexis Krijenko corría a toda velocidad hacia la posición de armas más cercana cuando la andanada explotó y lo lanzó contra el suelo.

Sacudió la cabeza para despejarse del impacto.

Unas manos fuertes se aferraron a su arnés de equipo y lo arrastraron hasta la seguridad de una rudimentaria trinchera individual.

Una segunda andanada estalló, cubriendo a Krijenko de tierra mientras la metralla cortaba el aire a escasos centímetros de su cráneo.

Agazapado en el fondo del hoyo, se encontró frente a Dostiger, el hombre que lo había salvado.

El ucraniano se echó a reír, el rostro lleno de cicatrices y hendiduras se abrió en una sonrisa psicótica.

—¡Ya era hora de que los Muya nos encontraran, capitán! —bramó Dostiger mientras nuevas explosiones llenaban el aire de humo y escombros—. Pensé que nunca llegarían.

El pelotón Spetsnaz había esperado todo el día, pero sus adversarios eran pacientes y habían contenido el ataque hasta que el sol se ocultó tras las dentadas cumbres.

Los ojos cansados de Krijenko se cruzaron con la mirada desquiciada del ucraniano.

—En menos de una hora los tendremos encima, cabrón.

—Los muyahidines quieren lo que sea que haya en ese maldito agujero, capitán —gritó Dostiger. Señalaba el pozo excavado en el corazón de la montaña.

—No, camarada, lo que quieren son nuestras cabezas —replicó.

Los ojos de Dostiger se abrieron aún más y su mueca horrible se volvió más sádica.

—¡Que les jodan! Que lo intenten esos musulmanes de mierda. Yo los mandaré a reunirse con su profeta.

Acarició su fusil de francotirador Dragunov. Las muescas en la culata de madera, llena de cicatrices, eran demasiadas para contarlas y Krijenko sabía que no tardarían en aparecer muchas más.

Doce horas antes, el pelotón Spetsnaz ruso había sido trasladado desde sus habituales zonas de caza en la provincia de Helmand.

Los habían llevado hacia el este, hasta el aeródromo de Kandahar, una base de concentración para la retirada de Afganistán.

Tras diez años de conflicto brutal, un ejército andrajoso de muyahidines había derrotado a la poderosa maquinaria bélica rusa.

Por fin los hombres de la ensangrentada 40. ª Armada podían volver a casa.

El sol se encontraba bajo en el cielo mientras los hombres de Krijenko aguardaban en el esqueleto de un edificio marcado por la guerra, observando cómo sus camaradas partían en un flujo continuo de enormes aviones de transporte Antonov.

Contemplaban sin expresión las largas filas de soldados que avanzaban poco a poco hacia el punto de embarque.

Mientras tanto, Dostiger dormitaba, desplomado contra su equipo.

Con los ojos inyectados en sangre y la piel gris por el agotamiento, Krijenko logró esbozar una sonrisa deshecha cuando una fila de tropas regulares echó a correr hacia delante con entusiasmo. Un joven oficial de rostro imberbe, armado con una carpeta, las animaba a subir a bordo.

Por fin llegó su turno. Krijenko se lanzó hacia delante con sus hombres. Casi alcanzaban la fila cuando el oficial de la carpeta los detuvo.

No podía creerlo. Era su turno de partir, pero a su pelotón Spetsnaz, agotado por la guerra, lo estaban desviando hacia otra zona de espera.

Sus soldados miraban con rabia mientras otro grupo ocupaba su lugar.

Sin aviso, sin explicación; el joven oficial simplemente le entregó un juego de órdenes y señaló con la carpeta hacia un par de helicópteros de transporte Mi-17 que aguardaban. No iban a volver a casa.

Desmoralizados, arrastraron su equipo hasta los helicópteros y empezaron a acomodar sus armas pesadas y las cajas de munición. Los interrumpió un jefe de carga con casco.

—Solo armamento personal —le gritó al oído a Krijenko por encima del creciente aullido de las dos turbinas del helicóptero—. Vuelo a gran altitud, camaradas. Dejen todo lo que puedan. Si vamos demasiado cargados, entonces…

Se llevó la mano enguantada al cuello y en un gesto elocuente simuló cortarlo.

Krijenko frunció el ceño mientras sus hombres se deshacían de las armas pesadas, amontonando los lanzagranadas, las ametralladoras y los morteros sobre el asfalto. Aquellas armas les habían dado a los Spetsnaz una clara ventaja sobre los muyahidines.

Una vez que el pelotón estuvo a bordo, los dos helicópteros despegaron, dieron una vuelta alrededor de Kandahar y pusieron rumbo norte.

Krijenko advirtió la ausencia de los helicópteros de ataque de escolta que solían acompañar a todo movimiento aéreo en Afganistán.

Una señal ominosa de que no se trataba de una misión normal.

Krijenko se guardó sus inquietudes mientras ganaban altura.

Sus hombres eran veteranos y él se había ganado su confianza.

Lo seguirían a cualquier misión, por muy agotados que estuvieran y fueran cuales fuesen las probabilidades.

Los observó inclinar la cabeza, uno tras otro, mientras el golpe sordo de los rotores y la vibración del aparato los arrullaban hasta dormir.

Curtidos en combate, hacía mucho que habían aprendido a descansar siempre que se presentaba la ocasión.

Dostiger miraba con expectación a través de la burbuja de plástico de la ventanilla.

La cúpula, descolorida por el sol, deformaba las crestas rocosas y los valles verdes de abajo hasta convertirlos en un paisaje alienígena.

Durante tres años aquel terreno montañoso había sido su hogar; un lugar duro e implacable que se había cobrado la vida de miles de invasores.

Era una tierra de guerreros: sangre mongola, persa, británica y ahora rusa había empapado aquel suelo.

Para el ucraniano se había convertido en un coto de caza.

En el último recuento había enviado a ciento setenta muyahidines a rendir cuentas a su creador y ahora, fuera cual fuese el dios que velaba por él, se le presentaba la oportunidad de redondear la cifra hasta los doscientos.

Dostiger sonrió con sadismo al mirar hacia la panza del helicóptero, donde el pelotón dormitaba. Ellos querían volver a casa, pero él no. Algo, en lo más hondo de su alma, le decía que era allí donde debía estar. En aquellas montañas abruptas encontraría su destino.

Un cambio en el tono de los rotores despertó al resto del pelotón. El aullido de las turbinas aumentó; el helicóptero se acercaba a su techo de vuelo.

El jefe de carga alzó dos dedos para indicar que faltaban dos minutos. Desaparecidas todas las huellas de sueño, los hombres revisaron sus armas, ajustaron el equipo y se prepararon para un posible combate. Tenían la mirada alerta, el cuerpo en tensión, listos para entrar en acción.

La mirada acerada de Krijenko se clavó en la ventanilla.

Los riscos parecían lo bastante cerca como para tocarlos, pero nada en aquella zona le resultaba familiar.

Sus hombres no tendrían la ventaja de conocer el terreno.

Tampoco contarían con el consuelo de las armas pesadas ni del apoyo aéreo.

Miró hacia atrás y se encontró con la mirada de Dostiger. El ucraniano loco sonrió.

El helicóptero tembló mientras se abría paso hacia una explanada en la ladera de una montaña desnuda.

Con un último tirón superó el filo afilado como una navaja y descendió hasta una zona de aterrizaje toscamente acondicionada.

Las compuertas traseras basculantes se abrieron en cuanto tocó tierra y el jefe de carga los apremió a salir a manotazos.

Los hombres se desplegaron, armas listas, ojos rastreando cualquier posible amenaza.

Buscaron protección tras las rocas y en los pliegues del terreno, rodeando el aparato mientras los rotores seguían girando al ralentí.

Krijenko descendió a la montaña azotada por el viento, se agachó y evaluó el terreno con rapidez.

La zona de aterrizaje era amplia, capaz de alojar sin dificultad a los dos helicópteros.

Estaba encajonada por tres lados entre crestas dentadas y afloramientos rocosos, mientras que, por la parte baja, una carretera rudimentaria se retorcía hacia el sur.

Paralelos a la carretera, grandes peñascos y hondonadas profundas ofrecían a cualquier enemigo una vía de aproximación protegida.

Krijenko escupió en el polvo mientras escrutaba el paraje; la experiencia le decía que no tenía suficientes hombres para defender aquel lugar.

Asintió para hacer saber a sus jefes de equipo que habían colocado bien a sus hombres.

Entonces la vista se le fue a un par de gigantescas compuertas blindadas abiertas en la ladera de la montaña.

La entrada lo miraba con una mueca siniestra, como una boca abierta de par en par.

En torno a las puertas, un pequeño grupo de ingenieros del ejército colocaba cargas explosivas. Se preparaban para sellar el túnel.

Un oficial rodeó el aparato al ralentí y se acercó a Krijenko. Parecía de la inteligencia militar, por su aire chulesco y la larga chaqueta de cuero que aleteaba con el viento y golpeaba contra sus botas negras. Krijenko se incorporó y se plantó frente a él.

—Capitán —dijo secamente el mayor de inteligencia—. Capitán, mantendrá esta posición hasta que los ingenieros estén listos para sellar el pozo.

Una pregunta empezó a formarse en los labios de Krijenko, pero el superior lo cortó en seco.

—Nada de preguntas. La misión es sencilla. Mantenga a esa chusma musulmana lejos hasta que nuestros hombres sellen el pozo. —Señaló a los ingenieros, aún absortos en su trabajo—. Esta instalación no debe caer en manos de los muyahidines. Que Dios los ayude si fracasan.