Potestad (Tríptico Delbran 3) Capítulo XXVIII Lo que puede constar
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Capítulo XXVIII Lo que puede constar

Inés supo que Aurea Potestas había quedado inscrita por el titular de Sergio, no por los correos del despacho.

Lo leyó en el móvil, de pie junto a una máquina de café, mientras esperaba a que un vaso de plástico recibiera un líquido demasiado claro para llamarse café y demasiado oscuro para llamarse agua.

Aurea Potestas queda inscrita en Luxemburgo con una cláusula de no sucesión y un sistema de notas de continuidad institucional.

Inés no abrió la pieza hasta llegar a su despacho.

Leyó despacio. La cláusula de no sucesión. Veritas. Las notas de continuidad institucional. La retirada de la frase de abstención en una universidad no identificada. Las respuestas. El cuidado extremo con los nombres. La ausencia de Eva.

Sergio había entendido.

A las 9:30, Mario entró con dos documentos.

—Uno malo y uno menos malo.

—Empieza por el malo.

—Genomira rescinde la carta de encargo pendiente de ampliación. Mantiene los encargos ya cerrados, pero no quiere nuevas instrucciones contigo asignada.

Inés dejó el móvil.

—¿Motivo?

—Sensibilidad reputacional y exposición doctrinal en materias conexas.

—Qué expresión tan elegante para decir miedo.

—Sí.

—¿El menos malo?

Mario le entregó otro papel.

—La autoridad de protección de datos requiere a Health Futures que identifique el origen de tus datos y explique el uso de categorías agregadas.

Inés leyó.

El requerimiento pedía listas, comunicaciones, criterios de selección, categorías profesionales, destinatarios, base jurídica y medidas de supresión. No adelantaba resultado; imponía un plazo y una obligación de explicar.

—Esto es algo —dijo ella.

—Sí.

—Llegará tarde.

—También.

—Pero les obliga a enseñar cómo hicieron la lista.

—O a explicar por qué no pueden.

Inés guardó el documento en la carpeta física.

—¿Y Genomira?

Mario se sentó.

—Lo siento.

—No lo digas.

—Ya me lo prohibiste otra vez.

—Y sigues.

—Soy lento.

Inés leyó la rescisión. No sintió el golpe de inmediato.

Llegó después, cuando vio que el correo lo firmaba alguien con quien había trabajado durante meses, alguien que le había pedido opinión a horas absurdas y le había agradecido tres veces que evitara un problema de responsabilidad de producto.

Ahora usaba una fórmula preparada por otro.

—No quiero que lo pelees —dijo.

—Podemos responder.

—No quiero.

Mario la miró.

—¿Por qué?

—Porque tienen derecho a tener miedo. Lo que no tienen es valor para escribirlo.

—Eso también puede decirse.

—No en una respuesta que me sirva.

Dejó el papel a un lado.

A las 10:12, Beatriz Salceda llamó.

—Eva quiere hablar contigo. Cinco minutos. Yo estaré presente. Si no puedes, lo entiende.

Inés aceptó.

La videollamada se abrió con la cámara de Eva apagada. Beatriz sí aparecía, sentada en un despacho pequeño, con una estantería detrás y un vaso de agua junto al teclado.

—Estoy aquí —dijo Eva desde la oscuridad de su recuadro.

—Hola —respondió Inés.

—No quiero que esto sea raro.

—Ya lo es.

Eva soltó una risa baja.

—Sí.

Beatriz intervino:

—La universidad adelanta comité. Retiró la recomendación de abstención. Nos dará acceso a una versión extractada del informe, sin renuncia de acciones y con acta de omisiones.

—Eso es bueno —dijo Inés.

—La ronda está rota —añadió Eva.

La cámara siguió apagada.

—Lo siento.

—No quería hablar para que lo sintieras. Quería decirte que ayer me llamaron dos inversores pequeños preguntando si, si mi licencia no se firma, la tecnología podría salir por otra vía.

Inés cerró los dedos sobre el borde de la mesa.

—Sergio me lo dijo.

—Me sentí como una casa embargada antes de perderla.

Beatriz bajó la mirada.

Eva continuó:

—Eso es lo que hacen estas cartas. No te quitan nada en el papel. Hacen que otros empiecen a imaginarte disponible.

Inés no contestó.

La frase de Eva era mejor que cualquier artículo técnico que ella pudiera escribir. También era suya. Había que dejarla quieta.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Inés.

—Quiero pelear la licencia. Aunque no llegue a la ronda. Quiero que la universidad diga qué documento ha usado. Quiero que Helix explique por qué puede poner mi trabajo en revisión sin decir que lo pone. Y quiero que, si pierdo, no parezca que fue porque mi empresa era frágil.

—Eso es mucho.

—Ya he perdido algo grande.

Beatriz miró a Inés.

—Presentaremos requerimiento a la universidad y reserva de acciones contra quien haya comunicado la reserva interpretativa sin fundamento suficiente. También pediremos que el comité permita contradicción efectiva.

—Bien.

Eva encendió la cámara.

La imagen tardó en ajustar la luz.

Eva no estaba en casa. Detrás de ella había una pared blanca con dos tomas de red, una mesa de laboratorio utilizada como escritorio y tres cajas de material sin abrir. En otra mesa se veía un monitor desenchufado y una silla vacía con una etiqueta de inventario todavía adherida al respaldo.

Beatriz apareció por el borde del recuadro y dejó delante de Eva una bolsa de papel.

—Come algo.

—No tengo hambre.

—No es una pregunta.

Eva miró la bolsa.

—Mi abogada ha decidido ampliar servicios.

—Los cobro aparte.

La broma no produjo una sonrisa completa, pero alivió la rigidez de su cara. Eva sacó medio bocadillo y dio un mordisco pequeño mientras Beatriz volvía a su silla.

Inés reconoció en la escena algo que los documentos no contenían: una mujer obligando a otra a masticar para que pudiera seguir defendiendo una empresa que quizá ya no llegaría al mes siguiente.

Tenía los ojos enrojecidos, pero la cara estaba firme.

—Necesito preguntarte algo incómodo.

—Adelante.

—¿Tú declararías que estas reservas pueden producir daño aunque nadie reclame titularidad?

Mario, que estaba al otro lado del despacho de Inés, levantó la vista. Inés no lo había invitado a la llamada, pero la puerta estaba abierta y él había entrado al oír la voz de Beatriz. Se quedó quieto.

Inés miró a Eva en la pantalla.

—Puedo declarar, si procede y por el cauce adecuado, sobre el riesgo general de esas reservas. No sobre los hechos de tu expediente, salvo que me designen formalmente y se resuelvan conflictos.

Eva asintió.

—Eso quería saber.

—También debes saber que usar mi nombre puede contaminar más el caso.

—Ya lo sé.

—No estoy segura de que te ayude.

—Yo tampoco.

Beatriz tomó nota.

Eva respiró hondo.

—Pero si todo el mundo se protege, ellos se quedan con todas las palabras.

Inés sintió la frase en el estómago.

No la corrigió.

No la convirtió en concepto.

—Beatriz decidirá cuándo y cómo —dijo.

—Sí.

La llamada terminó poco después.

Mario cerró la puerta.

—Eso ya no es solo opinión técnica.

—No.

—Si declaras, Arza irá a por ti.

—Ya está viniendo.

—Más.

—Sí.

Mario se sentó.

—¿Quieres que te diga que no lo hagas?

—Quiero que me digas qué coste tiene.

Él la miró con seriedad.

—Clientes. Más de uno. Arza formalizará queja.

Puede que alguien pida tu apartamiento de asuntos de transferencia.

Internamente tendré que defender que no has cruzado confidencialidad.

La socia regulatoria va a odiarme. Cumplimiento pedirá otro informe.

Y quizá, después de todo eso, tu declaración sirva solo para que Eva gane dos semanas.

Inés asintió.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no convertirlo en dilema moral bonito.

—Es un dilema profesional feo.

—Los que cuentan.

A las 13:00, Beatriz envió un borrador de solicitud de declaración experta limitada. Inés lo dejó sin contestar durante una hora. Trabajó en las servidumbres. Contestó correos menores. Revisó una cláusula sobre acceso a cuartos técnicos. Comió de pie una manzana que sabía a nevera.

A las 14:17, abrió el borrador.

El texto pedía a Inés una nota breve sobre efectos potenciales de reservas interpretativas de continuidad documental en operaciones de transferencia tecnológica, sin referencia a NexoVera, Eva, Delbran, Helix ni Aurea Potestas.

Inés escribió:

Acepto emitir nota técnica general, limitada a riesgos jurídicos y operativos de reservas interpretativas no acompañadas de acceso suficiente al fundamento documental, siempre que conste expresamente que no analizo el expediente concreto ni asumo representación.

Leyó la frase.

No la hizo más heroica.

Mario recibió copia. A los cinco minutos respondió:

Reunión con Cumplimiento a las 16:00. Trae casco.

Inés sonrió por primera vez en todo el día.

A las 16:00, Cumplimiento dijo que era arriesgado.

A las 16:20, la socia regulatoria dijo que era innecesario.

A las 16:35, Mario dijo que el despacho podía tolerarlo si se delimitaba bien.

A las 16:50, Inés dijo que no pediría autorización ética para escribir una nota doctrinal sobre un tema de su especialidad.

A las 17:05, acordaron un texto de cobertura.

A las 18:30, Inés firmó la nota.

Dos páginas.

Sin nombres.

Sin acusaciones.

Con una frase central:

Una reserva interpretativa que no reclama titularidad puede, sin embargo, alterar de forma significativa la posición negociadora de una empresa de base tecnológica cuando activa revisiones internas, aplaza licencias o condiciona financiación dependiente de plazos.

A las 19:02, Beatriz confirmó recepción.

A las 19:40, Eva escribió:

Ya consta.

Inés miró esas dos palabras.

El despacho seguía lleno de ruido. Teléfonos, impresoras, pasos, voces. Genomira se había ido. Arza vendría. Health Futures tendría que contestar. Aurea Potestas acababa de nacer con papeles impecables.

Inés imprimió su nota y la guardó en la carpeta de Eva.

El sistema había producido constancias durante semanas: de archivo, de existencia, de continuidad, de prudencia. Por una vez, una constancia salía del otro lado.

No sabía si bastaría.

Sabía que Eva podría llevarla mañana a una sala y dejarla sobre una mesa.