Potestad (Tríptico Delbran 3) Capítulo XXI Términos de referencia #2
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Capítulo XXI Términos de referencia #2

Sergio abrió un documento nuevo. El titular apareció antes de que pudiera rechazarlo:

Delbran se disuelve, pero las preguntas sobre su archivo y la continuidad documental quedan abiertas

El abogado lo toleraría. El jefe de mesa lo odiaría. La directora lo leyó por encima.

—Es correcto.

—Es insuficiente.

—La realidad suele serlo.

Trabajaron hasta las diez.

La pieza final del día recogía la disolución registral de Delbran, las negaciones de sucesión, la custodia independiente del archivo, las constancias técnicas, el borrador retirado de Aurea Potestas y las preguntas no respondidas sobre quién podría acceder a resúmenes o informes de continuidad documental.

La pieza evitaba acusar. Su función era impedir que la disolución actuara como punto final.

Antes de publicar, Sergio recibió un mensaje de Inés.

No convierta la disolución en final.

Respondió:

No lo haré.

Ella escribió:

Tampoco en derrota. Las estructuras así no ganan cuando se van. Ganan cuando logran que llamemos cierre a su siguiente forma.

Sergio no usó la frase.

La necesitaba demasiado.

La pieza salió a las 22:31.

Durante un minuto no pasó nada.

Después empezó la circulación: lectores, expertos, insultos, agradecimientos, amenazas vagas, silencios.

A medianoche, Sergio apagó la pantalla.

En el reflejo negro vio su cara superpuesta a la lista de entidades que todavía quedaba abierta en una segunda ventana: Delbran, Health Futures, Veritas, Aurea Potestas, Arza.

Cinco nombres.

Bastaban.

En su libreta escribió:

Buscar inscripción definitiva de Aurea Potestas.

Por primera vez en todo el día, no añadió nada debajo.

Capítulo XXII: La reserva de continuidad

A las 8:34, Inés Martínez recibió el expediente de servidumbres técnicas.

Mario lo dejó sobre la mesa sin solemnidad, como quien entrega una bolsa de fruta.

—Complejo hospitalario privado. Galerías de instalaciones. Calefacción, agua caliente, conducción eléctrica, acceso de mantenimiento, una comunidad de propietarios que no entiende por qué tiene que tolerar tubos ajenos y un contrato redactado por alguien que odiaba los planos.

Inés abrió la carpeta.

—Prometiste algo feo.

—No he decepcionado.

—Eso es raro en un socio.

Mario sonrió apenas.

—Necesito que lo mires sin épica.

—La servidumbre de calefacción rara vez la pide.

—Ese es su encanto.

El expediente era exactamente lo que él había dicho: escrituras antiguas, anexos contradictorios, una comunidad con miedo a obras, una empresa explotadora con prisa y una dirección técnica que hablaba de “afectaciones mínimas” como si las tuberías tuvieran modales.

Inés empezó a leer con una gratitud inesperada.

Las servidumbres eran sucias, pero honestas.

Una conducción atravesaba una pared o no.

Un acceso existía o no. Una llave abría una sala o no.

Había conflicto, pero también materia.

A las 9:12 sonó el teléfono interno.

—Inés —dijo recepción—, hay una persona que pregunta por ti. Dice que no tiene cita.

—¿Nombre?

—Eva Roldán.

Inés no respondió enseguida.

El nombre entró en la habitación con una precisión molesta. Eva Roldán. Bioinformática. Modelos de fragilidad, adherencia, abandono de intervención clínica. La mujer que había dicho a Sergio que no le habían robado un algoritmo, sino la dirección de su trabajo.

—¿Está sola?

—Sí.

—¿Ha dicho de qué se trata?

—Dice que es urgente. Y que, si no puedes verla, al menos le digamos dónde puede dejar una carta.

Inés miró la carpeta de servidumbres. Luego la pantalla. Luego el teléfono.

—Que espere en la sala pequeña. No le ofrezcas café todavía.

—¿No?

—Agua.

Colgó y fue al despacho de Mario.

Él levantó la vista.

—Tu cara acaba de traer un problema.

—Eva Roldán está en recepción.

Mario tardó un segundo en identificar el nombre.

—La fuente de Armenta.

—Sí.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo vas a decir.

—Está aquí.

—Y no puede estar.

—Eso no cambia que esté.

Mario cerró el portátil.

—Inés, no podemos convertir el despacho en una extensión de una investigación periodística.

—No ha venido como fuente.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ha venido temblando.

—Eso no es una categoría jurídica.

—Todavía no.

Mario se levantó.

—No puedes verla sola.

—Lo sé.

—No puedes recibir documentos sin pasar conflicto.

—Lo sé.

—No puedes asesorarla.

—Lo sé.

—Y, por si se te ha olvidado, Arza acaba de insinuar que cualquier contacto tuyo con el entorno de Armenta puede ser problemático.

—No se me ha olvidado.

—Entonces dime qué quieres hacer.

Inés miró la puerta cerrada del despacho.

—Triage.

Mario respiró hondo.

—Diez minutos. Sala pequeña. Yo presente. Sin documentos originales. Sin asesoramiento sustantivo. Identificamos urgencia, conflicto y plazo. Si hay riesgo inmediato, la derivamos.

—Gracias.

—No me des las gracias. Me estás arruinando la mañana.

—Te he salvado de las servidumbres.

—Eso no mejora nada.

Eva Roldán estaba sentada al borde de una silla, con una mochila en el suelo y una carpeta azul apretada contra el pecho. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y ojeras de haber dormido poco o de haber decidido no gastar energía en parecer descansada.

Se puso de pie al verlos.

—Gracias por recibirme.

—No sabemos aún si podemos recibirla —dijo Mario.

La frase sonó dura. Inés agradeció que la dijera él.

Eva asintió como si ya hubiera esperado algo peor.

—No vengo a pedir que me representen. O no solo eso. No sé.

Inés se sentó frente a ella.

—Antes de que nos enseñe nada, necesitamos saber qué ha pasado y quiénes aparecen en el asunto.

Eva abrió la carpeta, pero no sacó los papeles.

—Mi universidad ha suspendido la firma de la licencia con mi empresa.

—¿Nombre de la empresa? —preguntó Mario.

—NexoVera Analytics.

Inés tomó nota.

—¿Motivo?

Eva tragó saliva.

—Una reserva de continuidad.

Inés dejó el bolígrafo quieto.

—¿Quién la formula?

—No lo entiendo del todo. La notificación viene de la oficina de transferencia de mi universidad. Dicen que han recibido una comunicación de Helix Bridge, con copia de una secretaría técnica que actúa para una fundación en constitución.

—¿Aurea Potestas?

Eva levantó la vista.

—Sí.

Mario miró a Inés.

Ella siguió escribiendo.

—¿Qué dice la comunicación?

Eva sacó una copia, la dejó sobre la mesa y mantuvo la mano encima.

—¿Puedo leerles el encabezado?

—Sí —dijo Mario—. No nos entregue todavía el documento.

Eva leyó:

—Interpretative reservation regarding derived outputs and documentary continuity review.

La pronunciación inglesa le salió cansada, no insegura. Había leído la frase muchas veces.

—¿Fecha?

—Ayer.

—¿Plazo?

—La universidad suspende la firma hasta que se determine si los modelos de NexoVera constituyen resultados derivados de líneas, metodologías o marcos analíticos sujetos a continuidad institucional previa.

Inés notó que Mario dejaba de moverse.

—¿La licencia estaba aprobada?

—Sí. Comité de transferencia favorable. Informe externo favorable. Inversor privado condicionado a la firma antes del viernes. Si no firmamos, cae la ronda.

—¿Viernes de esta semana?

—Mañana.

La sala pareció quedarse más pequeña.

—¿La comunicación reclama titularidad? —preguntó Mario.

—No. Eso es lo que me dicen todos. Que no reclama nada todavía. Que solo reserva interpretación. Que no bloquea, solo recomienda revisar. Que es prudente.

Eva soltó una risa mínima.

—Perdón.

—No se disculpe —dijo Inés.

Eva miró la carpeta.

—He trabajado seis años en esto. Primero como contratada de proyecto, luego con una ayuda puente, después sin contrato mientras salía la convocatoria.

El modelo no es el mismo. Los datos no son los mismos.

La pregunta clínica no es la misma. Pero en un informe dicen que la “dirección metodológica” puede estar conectada con un marco anterior.

—¿Qué marco?

—Uno financiado por una entidad que ya no existe. O que está en liquidación. O que nunca aparece del todo. He visto tres nombres distintos.

—¿Delbran?

Eva no respondió enseguida.

—Aparece en una nota de antecedentes. No en la carta principal.

Inés sintió el viejo impulso de pedir el documento, fotografiarlo, leerlo completo, encerrarse con él hasta encontrar la costura. No lo hizo.

—¿Quién le aconseja ahora?

—La universidad me dice que espere. El inversor me dice que resuelva. Mi abogado de NexoVera me dice que esto excede su especialidad. Y Sergio Armenta me dijo que, si alguna vez recibía algo que sonara a continuidad documental, buscara abogado antes de hablar con él.

Inés levantó los ojos.

—¿Sergio le ha enviado aquí?

—No. No sabe que estoy aquí.

—¿Cómo me encontró?

Eva apretó la carpeta.

—Su artículo sobre resultados derivados. El académico, no lo de ahora. El de hace años.

Inés no supo si sentirse aliviada o más expuesta.

Mario intervino.

—Por la información que nos da, este despacho necesitaría hacer un análisis de conflicto antes de aceptar cualquier encargo. Y es posible que no podamos asumirlo.

Eva asintió.

—Lo suponía.

—Pero sí podemos hacer una cosa —añadió Inés.

Mario la miró.

Ella continuó antes de que él pudiera detenerla.

—Podemos identificar el plazo, recomendarle que preserve toda la documentación, que no conteste por teléfono, que pida a la universidad copia íntegra de la comunicación recibida y que solicite una suspensión formal del plazo con motivación escrita. Eso no sustituye asesoramiento.

Eva la escuchaba con una concentración casi dolorosa.

—¿Y la ronda?

—¿La ronda de financiación?

—Sí.

Inés escogió cada palabra.

—Necesita informar al inversor de que existe una suspensión interna de la firma, no una reclamación de titularidad. Si dice menos, perderá confianza. Si dice más, puede convertir una reserva en un incendio.

Eva cerró los ojos.

—Ya han pedido una llamada a las cuatro.

—No vaya sola.

—No tengo a nadie más.

La frase quedó en la sala.

Mario bajó la mirada a sus notas.

Inés no podía ser su abogada. Quizá el despacho no podía ser su despacho. Pero aquella mujer iba a sentarse a las cuatro ante un inversor y una universidad con una cláusula que nadie quería llamar bloqueo porque todavía llevaba guantes.