Poseída por el jefe multimillonario 2 Capítulo 40 #7
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Capítulo 40 #7

El paso de Chloe se ralentizó. Se detuvo, mirando hacia la grava, pateando una piedrita con una pizca de envidia.

«Uf... ¿por qué mi Esposito sigue siendo tan rígido y frío? ¿Cuándo va a ser así de romántico en público?», se preguntó, dejando escapar un suspiro ilusionado.

Estaba a punto de trotar para alcanzarlo cuando...

Una mano grande y masculina con las venas marcadas se estiró hacia atrás, en dirección a su rostro. Chloe levantó la vista, sobresaltada. Frente a ella, Lean se había detenido, todavía de espaldas. No se giró, pero mantuvo la mano abierta hacia atrás, esperando a que ella la tomara.

Con una sonrisa de oreja a oreja, Chloe le arrebató la mano. Aferró su palma grande y cálida, experimentando una abrumadora sensación de seguridad. Bajó la cabeza, con las mejillas encendiéndosele como un gatito tímido.

—Tus manos son tan pequeñas y frágiles —murmuró Lean, con una leve sonrisa ladina visible detrás de sus lentes oscuros mientras entrelazaba sus dedos a la perfección.

Los instintos de «comandante» de Lean habían estado funcionando todo el tiempo.

Había notado el momento exacto en que ella se detuvo a mirar a esa pareja.

Comprendiendo al instante qué había hecho que su «pequeña» chica hiciera un puchero, tomó la iniciativa.

El hombre estaba secretamente obsesionado con su paz mental.

—¿Quieres jugar a algo? —preguntó Lean, finalmente mirándola.

Chloe asintió frenéticamente. Comenzó a jalonear a Lean, arrastrando al «rígido» multimillonario a probar cada juego de la feria.

Se subieron a atracción tras atracción, desde las más tranquilas hasta auténticas «trampas mortales».

Pero dada su pequeña silueta, la energía de Chloe se fue a pique después de unas pocas atracciones.

—¡Uf! Hah... hah... ¡eso fue una lucura! —jadeó, sin aliento pero radiante.

—¿Agotada? ¿Tienes sed? —preguntó Lean, limpiándole con delicadeza el sudor de la frente con el pulgar.

—Sí... estoy sequísima. ¿Hay chocolate frío por aquí? —se quejó, mirándolo hacia arriba.

—Siéntate en ese banco. Quédate aquí y no te muevas hasta que regrese —ordenó Lean, señalando un lugar junto a la fuente. Se dio la vuelta para ir a buscar su bebida.

Pasaron los minutos. Chloe se quedó allí sentada columpiando las piernas, mirando a su alrededor aburrida mientras esperaba a Lean.

De repente, un grupo de chicos locales en edad universitaria se acercó al banco. Estaban susurrando y midiéndola con la mirada.

—Oye, mira a esa linda chica asiática —susurró uno.

—Probemos suerte. Parece perdida —respondió su amigo.

Un chico rubio con una perforación en la oreja dio un paso al frente con una sonrisa engreída—. Hola, hermosa. ¿Estás solita? ¿Necesitas compañía para que te muestre el lugar? —preguntó, con un tono rebosante de una vibra barata de f-boy.

Chloe simplemente desvió la mirada, fastidiada. Se cruzó de brazos, prestándole cero atención.

El chico soltó un risita—. Vamos, no te pongas así, linda. Jamás te vas a conseguir un novio si sigues ignorando a tipos como nosotros —se burló, acercándose más.

—¡Ni lo piensen, par de turistas perdidos!

¡Cuando regrese mi esposo, literalmente va a acabar con ustedes!

—espetó Chloe, fulminándolos con la mirada, ignorando el hecho de que probablemente no le entendían.

De repente, divisó a una silueta alta y familiar a la distancia—.

¡Aja! ¡Ahí está! ¡ESPOSITO! —gritó, agitando la mano como una loca.

En el segundo en que gritó, Lean emergió de entre la multitud en pleno «Modo Jefe Final», sosteniendo dos vasos fríos. El aura que irradiaba al ver a una jauría de tipos rodeando a su esposa era de pavor. Se aproximó con una mirada depredadora que parecía capaz de matar a diez metros de distancia.

Los universitarios se quedaron de piedra. Al sentir la energía de «nevera andante» y de amenaza de muerte que irradiaba del hombre del atuendo casual, su confianza se esfumó.

—Mierda, vámonos. Su tipo parece un refrigerador de siete puertas salido del mismísimo infierno —susurró uno de ellos, temblando mientras arrastraba a sus amigos lejos.

—No nos mires tan feo, Zaddy. Ya nos vamos —tartamudeó el rubio con una sonrisa temblorosa, y el grupo entero salió huyendo.

Al escuchar a los tipos llamar a su esposo «nevera» y «Zaddy», Chloe perdió el control. Estalló en un ataque de risa, agarrándose el estómago.

Lean le entregó el chocolate frío, con la mandíbula trabada mientras se quitaba los lentes oscuros. Le clavó una mirada afilada a su esposa, que en ese momento se ahogaba de la risa a su costa.

—Uf. ¿Esos mocosos me echan un vistazo y tienen el descaro de llamarme "nevera" y "viejo"? —refunfuñó Lean, claramente ofendido por el insulto visual.

Dándole un sorbo a su chocolate, Chloe simplemente siguió sonriendo ante su rostro fastidiado. «Bueno... sus instintos no están equivocados, jajaja», pensó Chloe, muriéndose de la risa para sus adentros.

Capítulo 45

Lean le entregó la bebida fría y volvió a serntarse en el banco del parque, justo al lado de su esposa. Chloe la aceptó encantada. Él se quitó los lentes oscuros y dejó que su mirada se posara en su rostro mientras ella disfrutaba de su chocolate frío con una pequeña sonrisa de satisfacción.

—Te estabas burlando de mí hace un momento. No tuvo gracia, Chloe —la reprendió Lean con voz plana, sacando a relucir los comentarios corrientes de los universitarios locales.

—¡No me estaba burlando de ti! Solo estaba... sonriendo de alegría, Esposito —mintió Chloe, mostrando una hilera de dientes perfectos en una mueca totalmente «inocente».

—Hmm —gruñó Lean, optando por no discutir mientras le daba un sorbo a su americano helado.

La indomable chica se relajó, manteniendo su mano firmemente entrelazada con la mano libre de su esposo. Columpiaba las piernas de un lado a otro como una niña chiquita. Sus ojos se movían de un punto a otro, absorbiendo la energía vibrante y ruidosa del parque de diversiones australiano.

De repente, su mirada se clavó en una silueta redonda y amarilla que se balanceaba no muy lejos de ahí. ¡Una botarga gigante de Minion!

—¡Uf! ¡Esposito! Mira, ¡un Minion gigante! ¡Necesito una foto! —chilló Chloe.

Sin un segundo de advertencia, se levantó de un salto, soltó la mano de su esposo y salió disparada hacia el personaje del disfraz amarillo.

Al ver a su esposa perder la cabeza por una mascota infantil, Lean simplemente se pellizcó el puente de la nariz y sacudió la cabeza.

—¡Hola, señor Minion! ¿Nos podemos tomar una foto? —preguntó Chloe radiante, agarrando al personaje del brazo, con los ojos brillándole de ilusión.

La persona dentro del disfraz asintió con entusiasmo, saludando amigablemente. En un arrebato de emoción, Chloe abrió los brazos de par en par, lista para darle un enorme abrazo al gigantesco frijol amarillo.

Pero antes de que sus pequeños brazos pudieran rozar el disfraz... una silueta alta y poderosa con un aura asesina se materializó de repente detrás de ella, bloqueándole el paso.

Lean se interpuso como un escudo de acero entre Chloe y el Minion. Extendió el brazo, impidiéndole abrazar a un extraño metido en una botarga.

—Nada de abrazos. Mantén una distancia segura de diez centímetros para la foto —ordenó Lean con firmeza, sacudiendo la cabeza.

Sus ojos depredadores lanzaron una advertencia letal hacia los orificios de los ojos de la máscara del Minion, haciendo que la persona en su interior se estremeciera visiblemente.

—Uf... pero Esposito, ¡es un Minion súper tierno! ¿Por qué no lo puedo abrazar? —hizo un puchero Chloe, estirando los labios en un berrinche clásico.

—Dije que no, señora William —siseó Lean, imponiendo su autoridad absoluta. No le importaba quién estuviera dentro de ese disfraz: ¡ningún tipo iba a tocar a su esposa!

Intimidada por su mirada letal, Chloe finalmente soltó un bufido resignado. Obedeció, posando junto al Minion sin ningún contacto físico, mientras Lean permanecía detrás de la cámara como un guardaespalas VVIP.

Tras la ridícula sesión de fotos, continuaron deambulando por el parque en busca de tomas estéticas. El tiempo voló hasta que el cielo se oscureció. Agotados por el día, decidieron cenar en una cafetería al aire libre que estaba de moda cerca del parque.

—¡Esposito, tú quédate sentado aquí en la mesa! ¡Yo voy al mostrador a ordenar! —ofreció Chloe, llena de energía otra vez.

—¿Estás segura? ¿No necesitas ayuda? —preguntó Lean, escéptico de que no se fuera a perder o a topar con una barrera idiomática.

—Uf, ¡¿es una broma?! ¡Mi inglés es literalmente fluido! ¡Quédate aquí y no te muevas, ¿vale?! —le ladró Chloe, apuntándole con un dedo al pecho antes de trotar hacia el mostrador.

—Está bien —murmuró Lean, dejando que su esposa fuera independiente por una vez.

Mientras esperaba, Lean sacó su teléfono del bolsillo. Navegó por la galería, contemplando las selfis que se habían tomado hoy. Esbozó una leve sonrisa ladina; parecía una pared de ladrillos en cada toma, mientras que su esposa salía radiante, aferrada a su brazo.

Sin pensarlo dos veces, el excomandante —que jamás tocaba las redes sociales— subió de pronto la fotografía a su cuenta privada.

—Mía —murmuró Lean, con su voz profunda y posesiva. El asomo de una sonrisa tocó sus labios mientras contemplaba la pantalla.

Pero la paz de Lean no duró mucho.

Mientras estaba concentrado en la foto de su esposa, dos mujeres rubias locales con atuendos sumamente diminutos —el típico aspecto de turista que se esfuerza demasiado— se acercaron a su mesa.

Sin ser invitadas, una de ellas jaloneó descaradamente la silla de Chloe y se sentó justo al lado de Lean.

—Hola, guapo. ¿Qué hace un tipo como tú aquí solito? —arrulló la rubia con una voz falsa y empalagosa, inclinándose para que su escote quedara en plena exhibición.