Por siempre nosotras
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PRÓLOGO
La primera vez que subieron a aquella terraza no había nada especial que celebrar. Ni cumpleaños, ni trabajo nuevo, ni siquiera un plan demasiado pensado. Habían quedado porque sí, porque les apetecía, porque todavía estaban en ese punto de la vida en el que todo parecía estar empezando y cualquier excusa era suficiente para arreglarse un poco más de la cuenta, pedir una copa cara y mirar la ciudad como si les perteneciera.
Lía fue la que propuso el sitio. Siempre tenía esa capacidad de encontrar lugares que parecían hechos para quedarse un rato más de lo previsto. Pipa llegó tarde, como siempre, protestando sin motivo real mientras se quitaba las gafas de sol como si acabara de aterrizar de algo importante. Tana ya estaba allí, tranquila, observando, midiendo sin decirlo demasiado.
—No entiendo por qué nos gusta tanto esto —dijo Pipa, mirando alrededor—. Todo el mundo finge un poco.
—Tú la primera —respondió Tana sin mirarla.
Lía sonrió.
—A mí me gusta —dijo—. Aquí parece que todo puede empezar.
Ninguna de las tres respondió a eso, pero tampoco lo negaron. Se quedaron apoyadas en la barandilla, con la ciudad extendiéndose debajo, compartiendo ese silencio que no incomodaba, ese en el que no hace falta llenar nada porque todo está en su sitio, todavía. Porque lo que no sabían entonces era que las cosas no empiezan cuando una decide, sino que empiezan cuando tienen que empezar.
A veces con una conversación sin importancia. Otras, con una mirada que dura un poco más de lo normal, o con alguien que llega sin avisar y se queda más de lo previsto. Pero, casi siempre, en el momento menos oportuno.
Primero fue un mensaje. Luego una coincidencia. Después, una decisión mal tomada. Y, cuando quisieron darse cuenta, ya no estaban en el mismo sitio. Ni entre ellas, ni con ellos, ni consigo mismas. Porque crecer no es avanzar en línea recta. Es equivocarse, es volver, es elegir y, sobre todo, es entender que hay cosas que no se pueden controlar. Como a quién quieres, cuándo o por qué.
Si alguien les hubiera dicho aquella noche que todo lo que creían tener claro iba a cambiar, probablemente se habrían reído.
Pipa habría hecho un comentario sarcástico. Tana habría dicho que era inevitable. Y Lía habría querido creer que no, que lo importante se mantiene, que las personas no se pierden, que las decisiones correctas son siempre evidentes. Pero no lo son y esa fue la primera lección. Que no todo el mundo llega para quedarse y que, a veces, los que siempre han estado son los únicos que, al final, importan.
Aquella noche no pasó nada y, sin embargo, pasó todo. Porque sin saberlo, sin buscarlo, sin nombrarlo siquiera, acababan de empezar a cambiar sus vidas.
El primer brindis no fue por nada en concreto. O quizá sí. Pero ninguna lo dijo en voz alta. El cristal de las copas chocó con un tintineo suave que se perdió entre el murmullo elegante del rooftop. La ciudad, abajo, parecía otra cosa: menos ruido, más promesas. Como si desde allí todo fuera posible.
Tana fue la primera en bajar la copa. Siempre lo era. Tenía esa forma de moverse segura, precisa, como si cada gesto estuviera ensayado. Años defendiendo a otros en salas donde nadie dudaba en atacarte le habían enseñado a no titubear. Había algo en ella que funcionaba así: rápido, directo, sin titubeos. Incluso en algo tan simple como un brindis. Sus dedos se cerraron alrededor del tallo de la copa con la misma precisión con la que sujetaba un bolígrafo en el juzgado. Su mirada recorrió la terraza con esa atención constante que nunca apagaba del todo. Su vestido brillaba lo justo, lo necesario para que se giraran a mirarla sin que pareciera que lo buscaba.
—No os acostumbréis —dijo, medio en broma—. Este tipo de sitios no entran en mi presupuesto emocional.
Pipa soltó una risa breve, de esas que nacen rápido y desaparecen igual. Apoyó la cadera contra la barandilla, mirando la ciudad como si la conociera mejor que nadie. Tenía la copa a medio camino entre los labios y el aire, como si siempre estuviera a punto de hacer algo… pero sin prisa.
—Habla por ti —respondió—. A mí me pagan por estar en sitios así.
Y no era una forma de hablar, era verdad. Pipa pertenecía a ese mundo sin parecerlo. Sabía exactamente cuándo reír, cuándo mirar, cuándo acercarse. No invadía, no forzaba. Simplemente aparecía en el momento justo. Como si siempre hubiera estado allí. Tenía esa facilidad para caer bien sin esfuerzo, para recordar nombres, caras, detalles mínimos que hacían que cualquiera sintiera que era importante. Relaciones públicas. Pero, en realidad, era mucho más que eso. Era la que abría puertas. La que sabía cuándo hablar… y cuándo callar.
Un par de mesas más allá, alguien levantó la mano para saludarla. Ella respondió con un gesto mínimo, suficiente para que pareciera cercano, pero sin romper la conversación en la que estaba. Eso también lo hacía sin pensar.
Lía no dijo nada al principio. Observaba. Siempre lo hacía. No de forma evidente. No como quien mira buscando algo. Lo suyo era distinto. Era como si procesara todo al mismo tiempo: la disposición de la gente, las distancias, los gestos que pasaban desapercibidos para los demás.
La luz cálida de la terraza se reflejaba en su pelo rubio, dibujando sombras suaves sobre la americana negra que le caía con ese aire despreocupado que, en realidad, estaba medido al milímetro. Se mantenía ligeramente apartada, aunque su brazo seguía rodeando la cintura de Tana. La copa descansaba entre sus dedos con una inclinación leve, casi descuidada. Pero no lo era. Nada en Lía lo era.
Lía veía todo. Las miradas que se cruzaban al otro lado de la terraza, el hombre del traje gris que llevaba diez minutos esperando a alguien que no llegaba, la mujer de rojo que fingía escuchar mientras buscaba a otra persona en la multitud y también las oportunidades.
—Ese de ahí —murmuró, casi sin mover los labios, señalando discretamente con la barbilla—. El del reloj demasiado caro para alguien que no quiere llamar la atención.
Tana giró apenas la cabeza, Pipa ya lo había visto.
—Director de una agencia —dijo Pipa, segura—. Lo sé porque intenté ficharlo hace dos meses.
—Y no pudiste —añadió Tana.
—Aún —corrigió Pipa.
Lía sonrió, apenas.
—No es él quien importa —dijo—. Es con quién está a punto de reunirse.
—¿Con quién? —preguntó Pipa, más interesada de lo que pretendía aparentar.
Lía no respondió de inmediato. Dejó la copa sobre la mesa alta que tenían al lado. Deslizó la mirada un poco más allá, hacia la entrada del rooftop. Ahí estaba la diferencia. Tana defendía. Pipa conectaba. Lía anticipaba. Las tres, juntas, eran otra cosa.
Hubo un pequeño silencio. De esos que no incomodan. Y entonces, como si la escena hubiera estado escrita de antemano, las puertas del ascensor se abrieron. El cambio fue casi imperceptible al principio. Una pausa en la conversación de la mesa más cercana. Un camarero que se giraba ligeramente. Una mujer que dejaba de hablar a mitad de frase. Y después, la entrada. No hizo falta reconocer a la persona al instante. Bastaba con ver cómo reaccionaban los demás.
—Vale… —murmuró Pipa—. Ahora sí.
Tana observó con más atención, ajustando ligeramente la postura.
—Importante —concluyó.
—Muy —añadió Lía.
El hombre del traje gris levantó la vista. Su expresión cambió en cuanto vio a quien acababa de llegar. Se enderezó, dejó la copa a un lado y caminó hacia la entrada y, durante un segundo exacto, antes de moverse, miró en dirección a ellas. No fue casualidad.
—Nos ha visto —dijo Tana, sin apartar la mirada.
—Claro que nos ha visto —respondió Pipa—. Es imposible no hacerlo.
Lía no sonrió, pero algo en su expresión cambió.
—No nos ha mirado por eso.
Tana giró la cabeza hacia ella.
—Entonces, ¿por qué?
Lía sostuvo su mirada un instante.
—Porque sabe que estamos aquí por lo mismo que él.
Pipa soltó una risa suave.
—¿Y eso qué es exactamente?
Lía cogió de nuevo la copa.
—Estar donde pasan las cosas.
El viento se coló entre ellas, moviendo ligeramente sus vestidos, sus camisetas, el bajo de la americana. Traía olor a noche, a verano, a algo que todavía no había terminado de empezar.
Tana alzó la copa otra vez. Esta vez, más despacio.
—Entonces brindemos por eso —dijo.
Pipa chocó su copa con la suya.
—Por llegar antes que nadie.
Lía alzó la suya la última.
—Por saber verlo.
Las tres bebieron. Y, justo en ese momento, la persona que acababa de entrar también miró hacia ellas, sin disimulo. Ninguna apartó la mirada, porque, aunque todavía no lo sabían, ese instante —ese preciso instante— iba a ser el primero de muchos en los que todo empezaría igual. Con una copa en la mano, una mirada que se cruza y la sensación de que algo está a punto de cambiar.
El viento movió ligeramente el pelo de Tana, levantó un mechón suelto de la melena lisa de Pipa y jugó con las ondas doradas de Lía. Tres estilos distintos, tres vidas distintas… pero un mismo punto de encuentro: habían aprendido a moverse en un mundo donde la gente importante lo era todo. Y donde saber quién iba a ser importante… lo era aún más.