Capítulo 5 Ruinas #3
Desde todas partes.
Caí de rodillas.
El golpe contra el suelo me subió por las piernas, pero el dolor físico fue pequeño al lado de lo que vino después. David extendió una mano y mis alas salieron sin mi permiso.
Grité.
La piel de mi espalda se abrió con una violencia que no tuvo nada de belleza.
Las alas negras se desplegaron a la fuerza, grandes, temblando, vivas.
Sentí cada membrana estirarse, cada hueso oscuro acomodarse, cada nervio infernal responder a una orden que no era mía.
Mis cuernos crecieron también, calientes, profundos, como si me abrieran el cráneo desde adentro para coronarme contra mi voluntad.
—Mírate —dijo David.
No quería.
Él hizo que mirara.
Una pared de sombra frente a mí se volvió espejo.
Y vi mi forma completa.
Súcubo.
Alas abiertas.
Ojos encendidos.
Cuernos negros.
Boca roja.
Piel pálida.
Hermosa de una manera que ya no tenía nada humano.
Y debajo de la belleza, por primera vez, vi lo que las otras habían visto en mí.
El inicio de una ruina.
—No —susurré.
David se inclinó hacia mí.
Su rostro bestial ocupó todo el reflejo detrás del mío.
—Sí.
Su garra tocó mi frente.
Y el mundo se rompió.
No fue dolor al principio.
Fue invasión.
David entró en mi memoria como fuego entrando en una casa cerrada. No pidió permiso. No buscó puertas. Las arrancó. Sentí su mano dentro de mi cabeza, abriendo habitaciones, tirando cuadros, rompiendo cajones, revisando todo lo que yo todavía creía mío.
Leo.
Fui hacia él por dentro.
Corrí.
No con piernas.
Con desesperación.
Lo busqué en el autobús escolar.
Vi el asiento.
Vi la ventana.
Vi una mano sosteniendo un cuaderno.
Luego el cuaderno se volvió ceniza.
—No.
Busqué su voz.
Leo diciendo mi nombre.
Leo riendo bajo.
Leo llamándome Jade con esa forma suya de hacer que mi nombre pareciera menos arma y más casa.
La voz se alejó.
Como si alguien cerrara una puerta gruesa entre él y yo.
—¡No!
David apretó más.
El dolor llegó entonces.
Brutal.
Blanco.
Un dolor que no quemaba la piel, sino la identidad. Grité tan fuerte que las cenizas de las otras Súcubos se levantaron del suelo en espirales oscuras. Mis alas golpearon el aire. Mis manos rasparon la piedra. Las uñas dejaron marcas negras. Todo mi cuerpo intentó escapar de mi propia cabeza.
David no me soltó.
—Veamos cuánto amor queda cuando se le quitan los adornos —dijo.
Arrancó una tarde.
No supe cuál hasta que la perdí.
Solo sentí el hueco.
Arrancó una risa.
La risa de Leo.
No completa.
Peor.
Dejó la idea de que alguna vez me hizo reír, pero se llevó el sonido exacto.
Arrancó el calor de su mano.
Me dejó la memoria de una mano, pero no la temperatura.
Arrancó una frase.
No supe cuál.
Eso me enloqueció más que perderla.
Porque durante un segundo supe que era importante, y al segundo siguiente solo quedaba el agujero donde había estado.
—¡Para!
Mi voz salió doble, humana e infernal, rota en las dos.
David no respondió.
Siguió.
Me quitó el olor de una mañana con él.
Me quitó el color de una camisa que había usado.
Me quitó una discusión pequeña que quizá terminó en perdón.
Me quitó la forma exacta en que sus ojos se cerraban cuando lo besaba sin mentir del todo.
Cada recuerdo salió de mí como un hilo arrancado de carne viva.
Yo lo sentía.
Sentía cómo se desprendían, cómo se resistían, cómo algunas partes de mí intentaban sujetarlos con dientes, uñas, alas, vergüenza. Pero David era más antiguo que mi resistencia. Su garra dentro de mi cabeza elegía con precisión.
No lo borraba todo.
Eso habría sido misericordia.
Dejaba lo suficiente.
Leo Navarro.
Hombre bueno.
Alma limpia.
Objetivo.
Olor.
Dolor.
Culpa.
Amor.
Pero el amor empezó a quedarse sin escenas.
Sin textura.
Sin refugios.
Como una palabra escrita en una pared después de quemar la casa donde nació.
Me doblé sobre el suelo.
—No me lo quites —supliqué.
Ahí estuvo.
La palabra.
Súplica.
Yo, Jade Sorel, que había hecho suplicar a hombres de rodillas, que había bebido almas, que había sonreído frente al miedo, estaba llorando en el polvo de otras Súcubos para que David no me robara a Leo.
El emperador del infierno sonrió.
—No voy a quitártelo completo.
Eso fue peor.
Levanté la mirada como pude.
—¿Por qué?
David acercó su rostro al mío.
Las brasas de sus ojos me llenaron el mundo.
—Porque te necesito útil.
Su garra bajó desde mi frente hasta mi boca.
No me cortó.
No necesitó hacerlo.
—Vas a recordar que lo amas.
Otra punzada me atravesó la cabeza.
Grité.
—Pero no lo suficiente para desobedecerme bien.
Otro tirón.
Otra escena perdida.
—Vas a recordar que te duele.
Otro hueco.
—Pero no todos los motivos.
Otro.
—Vas a recordar su olor.
El apartamento apareció un instante.
Luego se oscureció.
—Vas a recordar que él puede olerte.
La cama.
La blusa.
El baño.
Todo borroso.
—Vas a recordar que si se rompe, su alma cae.
El dolor se detuvo.
No porque terminara.
Porque me dejó viva dentro del daño.
Quedé tirada sobre el suelo, con las alas abiertas, temblando, la frente contra la piedra fría, los dedos llenos de polvo oscuro. No sabía si lloraba. No sabía si las Súcubos lloraban todavía. Sentía la cara húmeda, pero tal vez era ceniza derretida. Tal vez era memoria saliendo por los ojos.
Intenté pensar en Leo.
Leo.
Su nombre seguía.
Su rostro...
Su rostro vino tarde.
Incompleto.
Como una fotografía mojada.
Sus ojos estaban ahí, pero no del todo. Su boca. Su voz. El perdón. Sí. El perdón seguía. David lo había dejado. Claro que lo había dejado. El perdón era útil porque dolía. Porque podía usarse como anzuelo. Porque podía empujarme hacia él sin devolverme todo lo que él significaba.
Solté un gemido.
No de rabia.
De pérdida.
David volvió a su forma humana poco a poco.
Las pezuñas se escondieron en humo.
Los cuernos se recogieron.
La bestia se vistió otra vez de hombre.
Zapatos negros.
Pantalón claro.
Camisa impecable.
Belleza tranquila.
Como si no hubiera convertido tres criaturas en polvo.
Como si no acabara de abrirme la cabeza para robarme pedazos de amor.
Se agachó frente a mí.
Me tomó la barbilla.
Yo temblaba demasiado para apartarme.
—Ahora estás más clara.
Quise escupirle.
No pude.
—Te odio —susurré.
David sonrió.
—Eso también te lo dejé.
Me levantó el rostro hacia el espejo de sombra.
Mis alas seguían abiertas.
Mis cuernos seguían allí.
Mi forma de Súcubo temblaba, no por poder, sino por castigo.
—Mírate bien, Jade.
Miré.
Vi belleza.
Vi horror.
Vi una mujer mala arrodillada entre cenizas de mujeres que habían llegado antes.
Vi el futuro si obedecía.
Vi el polvo si fallaba.
Y, en algún lugar detrás de todo, vi un hueco con el nombre de Leo.
No recordaba todo.
Pero el hueco dolía.
La herida seguía.
Recuerda la herida.
La voz de la Súcubo destruida volvió a mí como una brasa mínima bajo toneladas de ceniza.
La escondí.
La escondí tan rápido, tan abajo, tan profundo, que ni siquiera terminé de pensarla.
David me observó.
Yo bajé la mirada.
No por obediencia.
Por supervivencia.
—Bien —dijo.
La sombra del teatro empezó a moverse.
Los montones de ceniza se dispersaron con un viento que no venía de ninguna parte.
—Ahora vas a terminar lo que empezamos.
Mi cuerpo se puso rígido.
—¿Qué?
David caminó alrededor de mí, despacio, disfrutando cada segundo de mi debilidad.
—Leo Navarro está listo para romperse.
El nombre me atravesó.
No con recuerdos completos.
Con dolor puro.
—No.
La palabra salió por reflejo.
David sonrió.
—Todavía funciona.
—No lo toques.
—No voy a tocarlo.
Se inclinó hacia mí.
—Vas a ir tú.
Mi sangre, o lo que fuera que ahora corría dentro de mí, se heló.
—No.
—Sí.
—No puedo.
—Claro que puedes. Vas a entrar en su apartamento.
Vas a dejar que te huela. Vas a quedarte lo suficiente para que dude de su cordura.
Vas a rodearlo con esa presencia tuya que tanto lo destruye.
Y cuando su dolor abra la puerta correcta, cuando la culpa y la desesperación le pongan el veneno en la mano, no vas a salvarlo.
La palabra veneno me partió.
El baño.
El frasco.
Mi boca.
Leo llegando tarde.
Todo vino en fragmentos.
Cortado.
Insuficiente.
Pero horrible.
—No —susurré.
David me tomó la cara con una dulzura repugnante.
—Lo vas a mirar caer como él te miró morir.
—No.
—Y cuando el pecado lo toque, cuando su alma limpia se manche con la decisión de destruirse, entonces por fin podrá bajar.
Mis alas temblaron.
—Leo no merece eso.
David me acarició la mejilla con el pulgar.
—Nadie recibe lo que merece, pequeña. Recibe lo que alguien más logra hacerle.
Quise levantarme.
Quise matarlo.
Quise recordar a Leo completo.
Quise recordar su risa, sus manos, su primera mirada, el autobús, la cama, la voz, todo. Pero cada intento encontraba agujeros. David había dejado el amor como una habitación sin muebles. Sabía que era mía. Sabía que había vivido allí. Pero al entrar, ya no encontraba dónde sentarme.
Eso me rompió.
David lo vio.
—Perfecto —murmuró.
Me soltó.
La sombra se abrió detrás de mí.
No era invitación.
Era orden.
—Ve.
Me quedé de rodillas.
—David...
—Ve, Jade.
Su voz bajó hasta convertirse en algo más antiguo que la forma humana que llevaba.
—Ponle fin a esto.
La sombra me rodeó los pies.
Intenté aferrarme al suelo, pero las cenizas de las otras Súcubos se pegaron a mis dedos, suaves, frías, inútiles. La primera. La de alas rotas. La que no recordaba su nombre. Todas desaparecidas. Todas advertencia. Todas silencio.
Recuerda la herida.
Cerré los ojos.
Leo.
El nombre dolió.
Eso bastó por ahora.
La sombra subió por mis piernas.
David se quedó de pie frente a mí, hermoso otra vez, limpio otra vez, imposible otra vez.
—Esta noche —dijo—, el hombre bueno aprende que hasta el amor más puro puede convertirse en puerta.
La oscuridad me cubrió hasta la garganta.
Yo intenté decir no una última vez.
No supe si salió.
La sombra me tragó antes de que pudiera saberlo.
Y lo último que escuché fue la voz de David, suave, satisfecha, definitiva:
—Ve con Leo, mi pequeña Súcubo. Y tráeme su alma.