Capítulo 2 Invisible
Invisible
La palabra se quedó flotando en el vidrio oscuro del auto.
Mala.
Por un instante me pareció una corona.
Después, cuando la casa de Rafael Ponce empezó a perderse detrás de mí, cuando la noche volvió a tragarse las ventanas apagadas y el cuerpo seco que había quedado sobre aquella cama, la palabra cambió de forma. Ya no brillaba. Ya no parecía poder. Ya no parecía destino.
Parecía eco.
Mala.
La repetí en silencio, esperando sentir orgullo otra vez. Esperando que el fuego dentro de mí respondiera, que el hambre se estirara satisfecha, que la nueva versión de Jade Sorel sonriera desde algún lugar más profundo y dijera: eso eres, eso querías, eso merecías.
Pero el poder, descubrí esa noche, también se enfría.
Después de arrancarle el alma a Rafael, después de verlo temblar debajo de mí como una cosa pequeña, después de sentir cómo el infierno lo reclamaba a través de mi boca, algo dentro de mí se quedó demasiado quieto.
No culpa. No exactamente. La culpa todavía era una palabra demasiado limpia para lo que yo sentía.
Era otra cosa.
Un hueco.
Como si el alma de Rafael hubiera bajado al infierno y, al pasar por mí, hubiera dejado abierta una puerta que no debía abrirse.
Apoyé la cabeza contra el asiento.
El auto avanzaba solo por calles que yo no estaba mirando.
La ciudad pasaba afuera en líneas de luz, semáforos borrosos, edificios dormidos, ventanas ajenas.
Todo seguía vivo. Todo seguía funcionando.
Había gente respirando sin saber que una mujer muerta acababa de entrar en una casa y salir de ella más llena de fuego.
Qué injusto es el mundo.
Una se muere y las luces siguen encendidas.
Una desciende al infierno y los autos siguen doblando en las esquinas.
Una se convierte en algo que las madres usan para asustar a las niñas en la oscuridad, y aun así, en algún lugar, alguien calienta café, alguien cierra una cortina, alguien se acuesta pensando que mañana será otro día.
Leo estaría en ese mundo.
Esa idea llegó sin permiso.
No entró como pensamiento.
Entró como olor.
Jabón sencillo.
Café.
Papel.
Cansancio limpio.
Cerré los ojos.
No.
No quería pensar en él.
No después de Rafael. No con su alma todavía dejando un sabor metálico en algún lugar de mi garganta. No con las alas escondidas bajo mi piel como una vergüenza hermosa. No con la palabra mala todavía tibia en mi boca.
Pero Leo era así.
Nunca entraba con violencia.
Entraba como una cosa pequeña que una no logra arrancarse.
Una taza sobre una mesa.
Una camisa mal doblada.
Una voz diciendo mi nombre sin odio.
Un perdón que llegó cuando yo ya no podía usarlo para nada.
Abrí los ojos.
—Llévame con él.
No sé a quién se lo dije.
Al auto.
A la noche.
Al infierno que ahora parecía escucharme por dentro.
Al nombre de Leo.
El vehículo no respondió. No hubo voz de David. No hubo risa. No hubo orden. Solo un cambio suave en la dirección, como si la ciudad entera hubiera aceptado mi deseo antes de que yo terminara de nombrarlo.
Me quedé mirando al frente.
La sonrisa se me fue de la boca.
—Eso pensé.
El auto siguió avanzando.
Y cada calle que cruzábamos me quitaba un poco más de la seguridad que había sentido al salir de la casa de Rafael.
El poder no se iba. Estaba allí. Lo sentía en la sangre.
En la piel. En los dedos. En esa corriente caliente debajo de mis costillas que ahora parecía respirar conmigo.
Pero al mismo tiempo, mientras más me acercaba a Leo, menos me importaba haber sido fuerte.
Qué estúpido.
Yo había querido poder toda mi vida.
Había deseado altura, dinero, cuerpos obedientes, miradas inclinadas, llaves sobre bandejas negras, puertas que se abrieran sin preguntar.
Había querido que el mundo entendiera que Jade Sorel no nació para quedarse abajo.
Y ahora que el infierno me había dado una versión sucia de todo eso, yo estaba sentada en un auto caro, con un cadáver detrás de mí y una ciudad delante, temblando por ver a un hombre que ni siquiera iba a poder verme.
David lo había dicho.
Podrás verlo.
Pero él no podrá verte.
No podrá escucharte.
No podrá sentir tu mano sobre su piel.
Pero podrá olerte.
La crueldad de esa regla empezó a abrirse dentro de mí con calma. No como golpe. Como cuchillo fino. David no me había negado a Leo por completo. Eso habría sido más simple. Más limpio. Más fácil de odiar.
Me dejó cerca.
Esa era la maldad verdadera.
No cerrar la puerta.
Dejarla abierta lo suficiente para que una se destroce los dedos intentando pasar.
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El edificio de Leo parecía más pequeño de lo que recordaba.
Tal vez porque yo ya no era la misma.
Tal vez porque venía de un penthouse que olía a madera fina, cristal caro y condena elegante.
Tal vez porque el infierno, incluso vestido de lujo, le cambia a una la medida de las cosas.
Pero al bajar del auto y mirar aquella entrada sencilla, aquella puerta que antes me parecía parte de una vida insuficiente, sentí una vergüenza silenciosa.
No por el edificio.
Por mí.
Leo nunca me dio poco.
Yo fui la que miró su amor como si viniera en una caja barata.
Entré sin llave.
No atravesé la puerta como fantasma. No fue tan poético. Simplemente quise entrar, y el mundo cedió. El seguro no sonó. La cerradura no luchó. La puerta se abrió con un suspiro mínimo, como si también hubiera aprendido que a ciertas cosas muertas era mejor no negarles el paso.
Subí las escaleras.
Cada escalón me recordó una versión anterior de mí.
Jade subiendo con bolsas que no podía explicar.
Jade ensayando sonrisas antes de abrir la puerta.
Jade quitándose un collar caro y escondiéndolo en el fondo de una cartera.
Jade oliendo a otro hombre y diciéndole a Leo que había estado con amigas.
Jade entrando tarde, besándolo rápido, dejando que él creyera que el amor también podía ser paciencia.
Qué fácil era mentir en una casa donde alguien confiaba.
Qué difícil era volver a ella sin cuerpo suficiente para pedir perdón.
Llegué frente a la puerta.
No necesité tocar.
No necesité llave.
Solo estuve allí.
El apartamento se abrió.
Y el silencio salió a recibirme.
No era el silencio de un lugar vacío.
Era peor.
Era el silencio de un lugar donde alguien seguía viviendo porque todavía no había aprendido a morir.
Entré despacio.
La sala estaba casi igual.
Ese casi fue lo que me destruyó.
La lámpara seguía en el mismo rincón. La mesa baja seguía con una marca clara en una esquina, una mancha vieja que Leo había intentado limpiar una vez con bicarbonato y una paciencia ridícula.
Había libros apilados junto al sofá. Papeles sobre la mesa.
Una taza vacía. Un suéter doblado a medias sobre el respaldo de una silla.
Y mi ausencia en todas partes.
No se veía.
Se respiraba.
El apartamento olía a Leo, pero también olía a algo apagado. Como si el apartamento hubiera dejado de ventilarse bien. Como si las ventanas se abrieran poco. Como si el aire tuviera miedo de moverse demasiado y tocar una memoria.
Di un paso.
Luego otro.
La habitación me llamó antes de que yo la viera.
No con voz.
Con dolor.
Caminé por el pasillo y me detuve en la puerta del dormitorio.
La cama estaba sin tender.
El lado de Leo estaba hundido, arrugado, vivo de un modo triste. Mi lado seguía demasiado liso. No perfecto, no limpio del todo, pero separado, intacto, como si él no se hubiera atrevido a invadir el espacio donde mi cuerpo ya no podía acostarse.
Sobre una silla había una blusa mía.
La reconocí al instante.
Una blusa clara, sencilla, que nunca habría elegido para impresionar a Rafael, ni a David, ni a ningún hombre que midiera a una mujer por la forma en que brillaba bajo luces caras. Era una de esas prendas que usaba con Leo cuando quería parecer normal.
Cuando quería parecer buena.
La palabra me raspó por dentro.
Buena.
No.
Ese era otro libro.
Otra muerte.
Otra mentira.
Me acerqué a la blusa y la toqué.
La tela existía.
Cedió bajo mis dedos.
La levanté con cuidado, casi con miedo, como si tocar algo mío dentro de esa casa pudiera despertar a la mujer que se había muerto allí.
La acerqué a mi rostro. Todavía olía un poco a mí, pero no como antes.
No a perfume caro, ni a piel viva, ni a mentira recién puesta.
Olía a armario cerrado. A polvo suave. A recuerdo.
La apreté contra mi pecho.
No lloré.
Quizá una Súcubo no llora tan fácil.
O quizá yo todavía estaba aprendiendo dónde se guardaba el llanto en un cuerpo devuelto por el infierno.
Escuché la puerta principal abrirse.
Me quedé quieta.
Leo entró.
Y todo el poder que yo creía tener se volvió inútil.
Venía con la misma camisa de trabajo arrugada, el cabello un poco desordenado y una bolsa pequeña en la mano.
Había adelgazado. No mucho. Lo suficiente para que el dolor se le notara en la cara sin pedir permiso.
Sus ojos tenían ese cansancio opaco de quien duerme sin descansar.
La mandíbula estaba tensa, pero no fuerte.
Tensa de aguantar. Tensa de no romperse en la calle.
Tensa de llegar a casa y no tener a quién fingirle que estaba bien.
Dejó la bolsa sobre la mesa.
No la abrió.
Se quedó de pie en medio de la sala, mirando nada.
O mirándolo todo.
Yo seguía en la puerta del dormitorio, con mi blusa entre las manos.
—Leo.
Mi voz salió suave.
Demasiado suave.
Más hermosa de lo que debía sonar en una casa así.
Él no reaccionó.
Ni un movimiento.
Ni un parpadeo.
Ni el mínimo estremecimiento de un hombre que escucha a una muerta llamarlo desde el pasillo.
—Leo —repetí.
Caminé hacia él.
Mis pasos no hicieron ruido. O quizá sí lo hicieron y el mundo decidió negárselos. No sabía todavía qué parte de mí existía y cuál era solo una burla bien diseñada. Me puse frente a él.
Frente a su cara.
Frente a sus ojos.
—Mírame.
Leo bajó la vista hacia la mesa.
No a mí.
A través de mí.