CAPÍTULO 8 Riptide
Agosto transformó a Madrid en un desierto de persianas bajadas, avenidas en silencio y un calor seco que parecía congelar el tiempo sobre las aceras.
Sin embargo, la historia de Sandra y David durante ese mes no se quedó encajonada de forma monótona entre las paredes de la buhardilla ni se limitó a un único escenario.
Tuvo tres actos muy distintos que abarcaron todas las caras del verano: la libertad de una ciudad vacía y sin prisa, la grieta helada de una separación temporal por los compromisos familiares de mitad de mes y un reencuentro apoteósico bajo la luz de los focos de un festival al aire libre.
Acto I: Los guardianes de la ciudad vacía
Las dos primeras semanas del mes fueron un regalo totalmente inesperado.
Con más de la mitad de la población fuera de la capital, los trenes de cercanías medio vacíos y la librería de saldo funcionando a un ritmo perezoso y tranquilo, Sandra y David se adueñaron del mapa urbano con la euforia de dos conquistadores improvisados.
En la consultora informática, el volumen de trabajo había caído en picado por las vacaciones de los clientes corporativos.
David ya no salía exhausto a las ocho de la tarde con la cabeza llena de líneas de código defectuosas, sino que a las cinco en punto cerraba la tapa del ordenador portátil, cruzaba la Gran Vía a paso ligero y se plantaba en la puerta de la librería de Fuencarral justo cuando Sandra terminaba su turno.
Fueron días de una levedad desconocida hasta entonces.
Sin el estrés habitual de la masa humana de la centro de Madrid, las tardes calurosas se estiraban sin prisa hasta convertirse en noches amables.
Quedaban para ir al cine de verano instalado en el patio de un edificio barroco de la calle San Mateo, donde se sentaban en sillas de plásticos blancos a comer pipas y beber limonada fría mientras la pantalla gigante iluminaba las fachadas antiguas.
En otras ocasiones, simplemente paseaban por las Vistillas comiendo granizados de limón comprados en un quiosco de barrio o se sentaban en los bancos de granito del Templo de Debod a ver cómo el cielo se teñía de tonos violáceos y anaranjados sin que nadie les molestara.
Las noches en la buhardilla de Prosperidad perdieron la tensión dramática que había marcado el mes de julio.
Sin el sofocante bochorno de las olas de calor extremo, bastaba con dejar el ventanal abierto de par en par para que entrara una brisa suave que olía a tierra seca y a noche estival.
Se dormían sin sábanas, escuchando el silencio insólito de la ciudad y el trino lejano de los pájaros nocturnos en el patio interior.
Había entre los dos una complicidad limpia y fluida que sonaba de manera inconfundible al ritmo desenfadado, acústico y bailable del ukelele de "Riptide" de Vance Joy. Aquella canción indie-folk, fresca y llena de luz, se convirtió en la melodía de fondo de todas sus caminatas sin rumbo.
—Si me llegan a decir en pleno examen de enero que iba a estar tan a gusto en Madrid un diez de agosto, habría llamado directamente al servicio de urgencias psiquiátricas —decía Sandra una noche, sentada en el bordillo de piedra de una fuente desierta en la plaza de las Comendadoras, remojando los pies descalzos en el agua fría del estanque.
—Es el gran privilegio secreto de los que nos quedamos a guardar las llaves de la ciudad mientras los demás sufren los atascos de la playa —respondió David, apoyando la espalda contra la piedra y pasándole un botellín de cerveza bien frío—.
Sin tráfico, sin jefes histéricos, sin colas en los bares y contigo.
Te prometo que no le pido absolutamente nada más al verano.
—No te acostumbres demasiado, que en un par de semanas nos toca pagar el peaje familiar y separarnos —le recordó Sandra con una sonrisa melancólica, dándole un toque juguetón en la espinilla con el pie mojado.
—No me hables de eso todavía —suspiró él, cogiéndole el tobillo con delicadeza dentro del agua—. Dejemos que el tiempo se pare un par de días más.
Acto II: Quince días de distancia, aburrimiento y mensajes a deshoras
La tregua idílica de las primeras semanas del mes se rompió de golpe a mitad de agosto. El peaje de los compromisos familiares de verano exigió su cuota ineludible y la pareja tuvo que enfrentarse a su primera separación prolongada desde que se conocieron en aquella Nochevieja.
Sandra cogió un autobús de línea para pasar dos semanas enteras en la casa de sus padres en un pueblo pequeño de la sierra de Gredos, un lugar tranquilo rodeado de pinares pero desconectado del mundo moderno.
David, por su parte, se subió al coche de su hermano rumbo a la costa gallega para cumplir con el ritual de la reunión familiar de cada verano en una aldea cerca de las Rías Baixas.
Pasar de la convivencia diaria en la buhardilla, de despertarse codo con codo y de compartir cada comida a la distancia geográfica supuso un choque térmico e imprevisto.
De repente, el mes de agosto se volvió lento, fragmentado y extrañamente pesado.
Las dinámicas de sus respectivas familias —los almuerzos multitudinarios con tíos y primos, los paseos obligatorios a las horas de más calor y las conversaciones repetitivas sobre parientes lejanos— terminaron por sofocarlos en apenas tres días.
Sin la presencia del otro, la rutina estival perdió todo su encanto.
La comunicación regresó al formato de los mensajes de texto fragmentados y los audios de WhatsApp grabados a altas horas de la noche, cuando las cenas familiares se daban por concluidas y ambos podían buscar un rincón tranquilo para hablar sin interrupciones.
En el pueblo de Sandra, la cobertura móvil era una lotería exasperante que requería desplazarse hasta las afueras.
Cada noche, pasadas las once, Sandra se ponía un jersey finito sobre el vestido de verano y subía caminando sola por un camino de tierra hasta el punto más alto del pueblo, una antigua era de trillar de piedra desde donde se divisaba todo el valle iluminado por la luna.
Allí, sentada sobre una piedra plana mientras soplaba un viento helado de montaña, esperaba a que la barra de cobertura del teléfono marcara al menos dos rayas para poder escuchar la voz de David.
En Galicia, la situación de David no era mucho mejor.
Entre el ruido constante de las comilonas familiares y la llovizna fina que cayó durante varios días seguidos, David se escapaba cada noche a la terraza del piso alquilado o bajaba hasta la playa desierta del pueblo con una sudadera vieja para poder grabar sus notas de voz sin que sus primos le hicieran preguntas embarazosas.
"Aquí todo el mundo habla a todas horas de mariscadas, tíos lejanos y del tiempo que va a hacer mañana en la playa, pero yo solo pienso en las ganas salvajes que tengo de volver a Madrid y encerrarme contigo en la buhardilla", le decía David en un audio de dos minutos grabado un martes a la una de la madrugada, con el rumor rítmico y sordo de las olas del Atlántico rompiendo de fondo contra los acantilados.
"No te puedes ni imaginar lo que es esto", le contestó Sandra un par de horas más tarde, cuando logró enviar la respuesta desde la era de piedra.
"En mi habitación no entra ni una raya de señal y tengo que subir aquí arriba a congelarme los tobillos para que me carguen tus mensajes.
Mis padres creen que me he vuelto loca porque me salgo a mitad de la noche a pasear por el campo.
Pero te juro que vale la pena pasar este frío de sierra solo por escucharte hablar un minuto".
Esas dos semanas de separación obligatoria sirvieron para algo fundamental en el desarrollo de su relación: confirmaron que la necesidad que sentían el uno del otro ya no respondía a una simple costumbre cómoda nacida del aburrimiento o de la rutina madrileña.
Era un deseo real, consciente, profundo e independiente del entorno.
La distancia no debilitó lo que habían construido desde enero, sino que avivó la impaciencia y la urgencia por el regreso.
Acto III: El festival, el polvo de la pista y el reencuentro bajo los focos
El reencuentro definitivo tuvo lugar el último fin de semana de agosto, en un marco inmejorable: un festival de música independiente al aire libre que se celebraba en el recinto verde de un gran parque situado en la zona norte de Madrid.
David había conseguido dos entradas con descuento un mes antes y la fecha se había convertido en el faro hacia el que ambos habían apuntado durante su aislamiento familiar.
Sandra viajó directamente en un autobús de línea desde la sierra de Gredos hasta la estación de Méndez Álvaro, cargando con una mochila pequeña a la espalda y los nervios a flor de piel.
David, que había regresado de Galicia esa misma mañana en tren, la esperaba de pie junto a las taquillas de acceso al recinto del festival.
Llevaba la piel dorada por el sol del norte, una camiseta blanca de algodón y su ya inseparable sombrero de paja de la escapada a Alicante.
En cuanto sus miradas se cruzaron entre la multitud de jóvenes que hacía cola para validar sus entradas, desaparecieron las dudas, el cansancio del viaje y las reticencias.
Sandra dejó caer la mochila de tela al suelo sin importarle el polvo del camino y se lanzó literalmente a sus brazos.
David la atrapó en el aire con una firmeza desesperada, levantándola medio metro sobre el suelo mientras la besaba en los labios con una necesidad hambrienta y acumulada durante quince días de llamadas entrecortadas y mensajes perdidos.
—Te he echado de menos hasta unos límites ridículos e inconfesables —murmuró él contra su cuello, apretándola contra su pecho y respirando el olor a limpio y a sol que traía su piel.
—Ni te imaginas lo infinitamente largo que ha sido este agosto en el pueblo sin ti —sonrió ella con los ojos empañados por la emoción, pasándole las manos por la nuca para acariciar sus rizos despeinados—. Pensaba que no llegaba nunca este sábado.
—Ya estamos aquí. Y de aquí no nos mueve nadie.
El festival fue la gran traca final de su verano.
El recinto olía a una mezcla embriagadora de césped pisado, cerveza fría de grifo, humo de puestos de comida rápida y protector solar.
miles de personas bailaban vestidas con ropas ligeras bajo guirnaldas de bombillas de colores y luces de neón que parpadeaban en el horizonte urbano.
Se abrieron paso entre la marea de gente hasta situarse en el centro de la pista, justo frente al escenario principal.
A medianoche, cuando la banda estrella de la jornada saltó a las tablas y los acordes alegres, rítmicos e inconfundibles del ukelele de "Riptide" comenzaron a rasguear con potencia a través de los altavoces gigantescos, la masa humana estalló en un salto colectivo de euforia.
I was scared of dentists and the dark...
I was scared of pretty girls and starting conversations...
David agarró a Sandra de las manos y se pusieron a saltar, a girar y a cantar el estribillo a pleno pulmón junto a miles de desconocidos.
Se sabían la letra de memoria, cada pausa, cada acento.
Los cuerpos, de nuevo unidos tras la separación de quince días, se buscaban en cada verso.
Se besaban entre salto y salto, riéndose de lo desafinado de sus coros y dejando que la música de Vance Joy los envolviera con esa frescura indie-folk que celebraba la alegría pura de estar vivos, de haber superado la distancia y de encarar juntos el final del estío.
Cuando el concierto terminó pasadas las tres de la madrugada y las luces de los escenarios se apagaron, no quisieron coger el transporte público abarrotado.
Prefirieron hacer a pie el camino de vuelta hacia Prosperidad, cruzando las avenidas silenciosas de la zona norte de la ciudad.
Hicieron una parada en un puesto nocturno de churros para sofocar el hambre del baile y caminaron de la mano bajo la noche templada, hablándolo todo, contándose cada detalle insignificante de las dos semanas que habían pasado separados.
Llegaron a la buhardilla cuando los primeros destellos rosados y anaranjados del amanecer empezaban a pintar la línea de los tejados de Madrid. Subieron las escaleras descalzos para no despertar a los vecinos y se tumbaron en la cama con el ventanal abierto de par en par.
Sandra apoyó la cabeza en el pecho de David, escuchando su respiración tranquila mientras el viento del amanecer enfriaba la habitación.
El mes de agosto llegaba a su fin y septiembre asomaba ya en el horizonte con la amenaza de sus rutinas, los horarios de la consultora y la incertidumbre de sus empleos precarios.
Pero allí abrazados, tras haber probado la distancia y haber vuelto con muchísima más fuerza, Sandra y David sabían que nada de lo que habían construido durante esos ocho meses se rompería con el simple cambio de estación.
Tenían la memoria llena de canciones, los pies curados de la distancia y la certeza absoluta de que su historia podía superar cualquier prueba que el calendario les pusiera por delante.