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–Mérde –masculló la tabernera visiblemente molesta–. ¡Ron! ¡Siempre ron! Desde que esos putos ingleses inventaron el maldito «matadiablos» nadie pide una bebida «decente».
Tan amarga queja estaba en cierto modo justificada, puesto que desde el aciago día en que a un colono irlandés de las islas Barbados excesivamente aficionado a las bebidas espirituosas se le había ocurrido la desgraciada idea de destilar el azúcar de caña,
los gustos de los antillanos con respecto al alcohol parecían haber cambiado como por arte de magia.
En efecto, el fortísimo aguardiente que en un principio se llamó killdevil o «matadiablos», y más tarde rumbullión, que venía a significar algo así como «jaleo», para quedar reducido a simple «rum», había calado profundamente en el alma de unos hombres que pasaban a menudo largos meses en el mar,
y que cuando desembarcaban lo único que deseaban era emborracharse lo más rápida y económicamente posible.
La diferencia entre los precios y la «eficacia» de unos suaves vinos excesivamente aguados, importados de Francia o España, y que a menudo se «mareaban» o agriaban durante la larga y calurosa travesía del océano,
nada tenía en común con la feroz patada en la boca del estómago y la inmediata euforia que producía una buena jarra de ron de las Indias, y eso era algo muy de agradecer a la hora de embriagarse a conciencia.
Debido a ello, el ron se había erigido en el monarca indiscutible de las tabernas antillanas, por lo que pese a sus protestas y maldiciones, la mujeruca regresó al poco con dos enormes jarras del más violento «matadiablos» que cupiera imaginar,
y tras dejarlas caer entre ellos de forma tal que una buena cantidad se derramó sobre la mesa, inquirió casi agresiva:
–¿Algo más?
El portugués asintió y dijo:
–Necesitamos hombres.
–¿Hombres? ¿Qué clase de hombres?
–Juaneteros con un par de cojones para trepar a las alturas, y artilleros que conozcan su oficio y quieran ganar un buen dinero.
–Si en este sucio lugar quedaran hombres con un par de cojones, hace ya tiempo que le habrían prendido fuego a ese maldito Port-Royal que el diablo confunda –masculló la arpía sorbiéndose sonoramente los mocos–. ¿Cuál sería mi parte?
–Doblón por cabeza.
La desgreñada bruja asintió con un gesto.
–¡Veré qué se puede hacer!
Tiradentes la señaló amenazadoramente con el dedo.
–Pero no me traigas basura –dijo–. Quiero gente con experiencia.
La otra se limitó a reír mostrando que le faltaban la mayor parte de los dientes.
–En la Tortuga todos tienen experiencia –replicó–. Pero también todos son basura.
Esa misma noche se demostró que sabía muy bien de qué hablaba, puesto que del centenar de malencarados vagabundos que pasaron por su local con objeto de mantener una corta entrevista con el capitán del Botafumeiro, la mayoría demostró tener más que sobrada experiencia en el mundo del mar,
pero también que se trataba de auténtica basura.
El ron, el hambre, el escorbuto, la sífilis y unos hongos alucinógenos que tenían la virtud de volverles medio locos, habían convertido a aquella cuerda de desarraigados en una variopinta exposición de desechos humanos que demostraban, no obstante,
un entusiasmo digno de mejor causa a la hora de aferrarse a la menor oportunidad que se les brindara de abandonar una pelada roca de la que ya nada podía esperarse.
–La paga es buena –les advertía uno por uno el portugués a cuantos tomaban asiento ante su mesa–.
Pero si aceptas enrolarte, recuerda que a bordo están prohibidos el alcohol, los hongos, el juego y las mujeres.
Y yo no aplico más que un solo reglamento: sacarle las muelas en vivo al culpable.
A mayor delito, más muelas. Y cuando las muelas se le acaban, lo ahorco.
–Luego les hacía un leve gesto de despedida con la mano–.
Y ahora vete y piénsatelo. Si estás de acuerdo con el jornal y el reglamento, preséntate mañana.
Sebastián Heredia solicitó nuevamente los interesados –aunque evidentemente entusiastas– servicios de la pelirroja Astrid, y tras una larga sesión de juegos, caricias y revolcones en la enorme cama de la cabaña, fueron a tumbarse sobre la arena de la playa,
a compartir uno de aquellos enormes y pestilentes «tabacos» que tanto le gustaba fumar a la muchacha.
–¿Has vuelto a pensar sobre lo que te comenté la otra noche? –inquirió al rato la prostituta sin apartar la vista de los millones de estrellas que brillaban sobre sus cabezas–. ¿Lo de Mombars?
–Escucha preciosa… –replicó el margariteño con el tono de quien intenta armarse de paciencia para no echar a perder un momento agradable–. Ya te he dicho que tengo un buen trabajo a bordo de un buen barco. ¿Para qué complicarme la vida?
–¿Cuál es tu barco?
–El Jacaré.
–¿El Jacaré? –preguntó sorprendida Astrid alzándose sobre un codo para observarle mejor–. ¿Esa mierda de falucho que está anclado en la bahía? ¿A eso llamas tu «un buen barco»?
–El mejor.
–¡No me hagas reír! –se escandalizó la barragana–. A ese cascarón lo hunde el Ira de Dios de una sola andanada.
–¡Eso habría que verlo! –fue la desafiante respuesta del capitán Jack al tiempo que tomaba asiento y se volvía hacia ella para mirarla fijamente–. Y lo que importa del Jacaré no son sus cañones, sino que tiene lo que ningún otro barco tiene.
–¿Y es?
–Seguridad –respondió él. Hizo un gesto hacia la bahía que quedaba a sus espaldas, al otro lado de la ciudad–.
Es el único barco que lleva más de veinte años cazando por estos mares sin haber corrido el menor riesgo.
De nada vale navegar a bordo de un buque de cien cañones si una simple roca te puede mandar al fondo en un segundo, y eso es algo que jamás le ocurrirá al Jacaré.
–¿Y por qué no le puede ocurrir? ¿Acaso es insumergible?
–No, pequeña –fue la respuesta–. No es insumergible, pero el Viejo posee la mejor colección de derroteros de las Antillas, y con lo que él guarda en su camareta se puede llegar con los ojos cerrados al último rincón del Caribe sin el menor peligro.
–¿Cómo lo consiguió?
–¡Pura casualidad! Una noche abordó de improviso una carraca de aspecto inofensivo que resultó ser una tapadera en la que se enviaba el archivo de Sevilla a la comandancia de marina de San Juan, y lo que parecía un simple arcón de libros viejos escondía el mayor tesoro que un pirata pueda soñar.
–Se dejó caer de nuevo sobre la arena como si con ello diera por concluida la discusión–.
Por eso el Jacaré seguirá siendo el mejor barco de las Antillas hasta que se caiga a pedazos.
–¡La puta que me parió! –no pudo por menos que exclamar la descarada pelirroja–. ¡Si es cierto, cualquier capitán pagaría un millón de libras por ese archivo! ¿Nunca se te ha ocurrido?
–¡Naturalmente, querida mía! ¡Naturalmente!
Pero el Viejo lo guarda en su camareta, y a la menor señal de peligro lo dejaría caer al mar, porque es el único que lo tiene aquí, en la cabeza.
–Se golpeó con el dedo la frente una y otra vez–.
Ha pasado años estudiando y se lo sabe de memoria.
Mi esperanza es que un día decida retirarse y me lo ceda.
Ella negó agitando su llamativa cabellera:
–Lo venderá –aseguró.
–Lo dudo –replicó un inmutable Sebastián–. Sabe que si lo vendiese se harían copias, y es de los que opinan que no es bueno que cualquier cretino pueda navegar por el Caribe como si lo hiciera por la cocina de su casa.
–¿Por qué?
–¡Manías! ¿Te imaginas a tu amigo Mombars yendo de aquí para allá sin miedo a embarrancar?
Organizaría tales carnicerías que al fin obligaría a la Corona a enviar una auténtica flota a las Antillas.
¡No! –añadió como si estuviera convencido de lo que decía–.
El Viejo tiene razón, y ese tesoro debe quedar en buenas manos.
Comenzó a acariciarla y besarla dispuesto a hacerle nuevamente el amor sobre la arena como si de ese modo diera por definitivamente zanjada la conversación, y la pelirroja le dejó hacer, en un principio pensativa,
aunque muy pronto se sumó al excitante juego entregándose con sincera dedicación hasta que quedaron completamente exhaustos.
Poco después Sebastián se puso en pie de un salto.
–¡He de irme! –dijo–. Resérvame la noche del sábado.
Regresó a la playa donde ya le aguardaba Justo Figueroa junto a un pequeño carruaje tirado por dos impacientes caballos, y al poco de las tinieblas surgió una lancha de la que desembarcaron Celeste Heredia y su padre.
Los besó con afecto al tiempo que les entregaba un manojo de llaves.
–¡No tiene pérdida! –dijo a modo de despedida–. Todo recto por el camino de la costa hasta sobrepasar la casa quemada. Luego, a poco más de dos millas encontraréis una gran valla azul y blanca. Allí es.
–¿Cuándo vendrás a vernos? –quiso saber su hermana.
–En cuanto pueda.
–¿Qué ha pasado esta noche?
–Dejé caer lo que importaba. Ahora es ella la que tiene que hacer el próximo movimiento, y supongo que muy pronto sabremos si en verdad está o no en contacto con Mombars.
–¡Ten mucho cuidado! –le recomendó Miguel Heredia.
Sebastián le acarició con afecto la espesa barba, ya blanca, que se había dejado crecer en los últimos tiempos, y que le confería todo el aspecto de un severo patriarca.
–¡Descuida! –replicó con humor–. El único que debe preocuparse es el viejo capitán Jacaré Jack, que es quien tiene ese archivo en la cabeza. Y si quiere encontrarlo, tendrá que viajar a Aberdeen.
–No te lo tomes a broma –dijo su padre–. Ese Mombars está loco, y los locos siempre son gente imprevisible. –Le guiñó un ojo–. Lo sé por experiencia.
Sebastián advirtió que el horizonte comenzaba aclararse en lo que solía ser un rapidísimo amanecer que muy pronto lanzaría a las calles a la gente «decente» de la ciudad, por lo que le obligó a trepar al carruaje.
–¡Confía en mí! –insistió–. Te prometo que si las cosas se ponen difíciles me olvidaré del Ira de Dios y sus vajillas de oro. ¡Y ahora, marchaos! No conviene que nos vean juntos.
Aguardó a que el cochecillo se perdiera en la distancia calle abajo, y tras comprobar que tomaba el camino que conducía a Caballos Blancos, embarcó en la chalana que le aguardaba para regresar a bordo del Jacaré.
Lucas Castaño le recibió al pie de escalerilla.
–¿Y bien? –quiso saber.