Piratas (Piratas 1) 9 #2
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De regreso a Cumaná, con todas sus «posesiones» convertidas en una simple carta de crédito expedida por los banqueros del judío Samuel el Prestamista, don Hernando Pedrárias Gotarredona descubrió, satisfecho que su fiel secretario Lautaro Espinosa había cumplido al pie de la letra sus instrucciones,

por lo que un altivo bergantín barca, o bricbarca, armado con treinta y dos cañones de veinticuatro libras, y veintiocho cañones de treinta y seis libras, se encontraba fondeado en el cercano golfo de Paria.

Su capitán, João de Oliveira, más conocido por Tiradentes, por su inveterada costumbre de arrancar las muelas a sus hombres cada vez que cometían una falta grave, era un lisboeta estrábico y mugriento que llegó a conseguir cierta fama en las costas brasileñas, no por la magnificencia de sus hazañas,

sino porque se trataba del primer «cristiano» al que se le descubrió una desmesurada afición a mascar a todas horas las amargas hojas de una planta que los indígenas de los Andes utilizaban para combatir el hambre y la sed.

Tiradentes, que se había instalado en el prostíbulo de Candela Fierro, ya que cuando estaba en tierra no conciliaba el sueño si no tenía por lo menos tres putas en la cama,

las tuvo que echar a patadas de la estancia en el momento en que hizo su aparición el ex delegado de la Casa de Contratación de Sevilla, y aún en cueros vivos no tuvo el menor reparo en comenzar a orinar ruidosamente en un cubo al tiempo que señalaba:

–Le aseguro que el Botafumeiro es, probablemente, el mejor barco que existe hoy en día a este lado del océano.

–¿Mejor que el Jacaré? –quiso saber de inmediato su interlocutor, que había ido a asomarse a una ventana para observar el río, evitando así el bochornoso espectáculo que se desarrollaba a sus espaldas.

–No conozco el Jacaré –respondió el portugués mientras comenzaba a vestirse con estudiada parsimonia–.

Pero por lo que me han contado de él, navega bien con todos los vientos, cosa que también hace el mío, pero la gracia está en que le doblo en potencia de fuego.

–Soltó un sonoro eructo que apestaba a alcohol barato–.

Sin embargo, mi tripulación está en precario y necesito hombres –concluyó.

–¿Cuántos?

–Por lo menos ochenta –fue la rápida respuesta–. Sobre todo gavieros y artilleros.

–No creo que en Cumaná los encontremos.

–¡No, desde luego! –admitió Tiradentes calzándose las botas y poniéndose en pie de un salto–. Ya lo he intentado, pero tengo entendido que para enrolar una buena tripulación sólo existen dos puertos: la Tortuga y Port-Royal. Personalmente, me inclino por la primera.

La sola mención de la pequeña isla en que se concentraba el mayor número de enemigos mortales de la Casa de Contratación de Sevilla por metro cuadrado, tuvo la virtud de obligar a volverse a don Hernando Pedrárias,

que se enfrentó a la burlona sonrisa de un repelente individuo cuyos enormes dientes aparecían eternamente ennegrecidos por culpa de la coca.

–¿La Tortuga? –repitió con un tono de innegable inquietud en la voz–. ¿Cree que resulta aconsejable recalar allí cuando nuestra principal misión es perseguir y aniquilar a un barco pirata?

El otro se entretuvo en lanzar un espeso escupitajo al cubo de orines antes de replicar sin perder por ello la casi insultante sonrisa:

–¡Peor sería Port-Royal! Todos cuantos fondean en la Tortuga se sentirían felices de aniquilarse los unos a los otros a la menor oportunidad, y ningún pirata llorará por la muerte de ese tal Jacaré Jack. Más bien por el contrario, les encantará bailar sobre su tumba. ¡Vamos a echar un trago!

Don Hernando Pedrárias agradeció en el alma la oportunidad que le brindaban de abandonar aquella hedionda habitación que apestaba a sudor, sexo y orines, y se sintió en cierto modo reconfortado cuando tomaron asiento a la sombra de un samán cuyas raíces lamía el mismísimo río Manzanares.

Por unos instantes le vino a la memoria aquel otro Manzanares de Madrid, en el que más de una vez se había bañado de muchacho en compañía de los hijos del duque de Ahumada, y por unos instantes le cruzó por la mente la pregunta de cómo era posible que hubiera caído tan bajo partiendo de tan alto.

Tras un largo silencio en que el portugués pareció comprender que su compañero de mesa necesitaba tiempo para pensar, inquirió ásperamente:

–¿Qué pasará si en la Tortuga descubren que me encuentro a bordo?

–Que le pegarán fuego al Botafumeiro –fue la rápida respuesta–. Pero eso es algo que no tiene por qué ocurrir, puesto que yo seré el único que conozca su identidad. Desde el momento en que suba a bordo tendrá que cambiarse el nombre.

–Puede que cambie de nombre, pero no de acento –le hizo notar el otro–. No hablo más que español.

–Probablemente la Tortuga rebosa de españoles renegados –replicó el portugués sin inmutarse–.

De hecho, la mayoría de los pilotos lo son, pues de otro modo no podrían desenvolverse sin problemas por este piélago de islas.

Son prácticamente los únicos que han tenido acceso a los derroteros de la Casa.

Los famosos derroteros, o «libros de ruta» con indicaciones de vientos, corrientes y traidores bajíos de cuantos mares circundaban las Indias Occidentales, constituían por lógica uno de los secretos mejor guardados de su tiempo, ya que habían sido realizados, a base de infinita paciencia,

por una larga serie de expertos cartógrafos que habían ido acumulando en un enorme edificio alzado a orillas del Guadalquivir los innumerables y preciados datos que los marinos españoles habían ido aportando a lo largo de siglo y medio de navegación por las desconocidas y peligrosas costas del

Nuevo Mundo.

La escuela de pilotos de la Casa de Contratación era la única institución que tenía derecho, por decreto, a acceder sin ningún tipo de trabas a tan valiosísimo archivo, y, por lo tanto, un piloto que conservase en su memoria lo esencial de tales derroteros era, sin duda,

un ser privilegiado por cuyos servicios llegaban a pagarse cifras astronómicas.

Sin su ayuda, el mejor capitán corría el riesgo de embarrancar en mitad de la noche en cualquiera de los infinitos islotes que se desparramaban sin orden ni concierto a lo largo y ancho del mar de las Antillas, y era cosa sabida que hundían muchos más barcos piratas los arrecifes de coral,

que los buques de la Corona.

Llevar a bordo un piloto «de La Casa» significaba tanto como llevar un seguro de vida, y el armador que contara con los servicios de uno de ellos tenía muchas más oportunidades de contratar una buena tripulación que quien tuviera que conformarse con un advenedizo expuesto a «subirse a las rocas» al

menor descuido.

–Le pediré a su excelencia que nos proporcione un buen piloto –comentó al cabo de un rato el propio Pedrárias–. Por lo que veo, sin él no haremos nada.

–Me parece una magnífica idea que no me atrevía a proponer –sentenció el portugués–. A un hombre de mar le cuesta reconocer sus limitaciones, pero debo admitir que en el Caribe me siento perdido.

Su excelencia, don Cayetano Miranda Portocarrero se mostró en un principio renuente a recibir a su antiguo subordinado, pero ante la insistencia de éste accedió a concederle unos minutos de su precioso tiempo.

–El único piloto disponible en estos momentos –dijo– es Martín Prieto, un honrado padre de familia del que no puedo desprenderme, ni mucho menos obligar a tomar parte en una sucia aventura de piratas.

Como comprenderá, tampoco estoy en disposición de proporcionarle esos derroteros con el consiguiente peligro de que caigan en malas manos…

–Fijó como de costumbre la mirada en el retrato de monseñor Rodrigo de Fonseca, y tras rumiar largo rato sus ideas, señaló–: Lo único que puedo hacer es permitirle el acceso a la Cripta, y pedirle a Martín Prieto que le ayude a ponerse al corriente de los derroteros básicos.

–Alzó el dedo–. Pero que quede bien claro que no podrá tomar ni una sola nota, y me dará su palabra de que jamás repetirá a nadie nada de lo que le enseñen.

La Cripta era una amplia estancia tallada en la roca de los cimientos del castillo de San Antonio, tan hermética que habrían sido necesarias toneladas de explosivos para acceder a ella por otra cosa que no fuera una empinada escalera de caracol que atravesaba dos gruesas rejas y una maciza puerta

de roble junto a la que un centinela se mantenía de guardia día y noche con órdenes estrictas de prenderle fuego al valioso archivo a la menor señal de que podía caer en manos enemigas.

El ambiente era seco y la temperatura constante para evitar el deterioro de tan inapreciables documentos, y cada vez que el severo Martín Prieto entraba para retirar uno de ellos, el centinela le alumbraba con un candil desde la puerta,

sin franquear el umbral bajo ninguna circunstancia y sin permitir que las cartas marinas o los libros de ruta abandonaran la estancia más que de uno en uno.

Diez metros más arriba, y ya con luz natural, el piloto y don Hernando Pedrárias tomaban asiento ante una larga mesa, y el primero le iba explicando al segundo, con ayuda de una larga pluma de ave, las características de cada mapa y cada libro, casi sin rozarlos.

El siempre adusto Martín Prieto, al que la presencia del ex delegado de la Casa en cierto modo repelía, y que probablemente habría sido capaz de impartir a ciegas sus lecciones –tal era el portentoso conocimiento que tenía del mar de las Antillas– se esforzó cuanto pudo a la hora de tratar de

inculcar sus vastísimos conocimientos a un advenedizo que apenas se sentía capaz de diferenciar levante de poniente o barlovento de sotavento, pero que no obstante parecía tener muy claro que en aprender le iba la vida,

por lo que se esforzaba al máximo a la hora de intentar meterse en la mollera tan ingente montaña de conocimientos.

Cuántos cientos de islas, islotes y traidores arrecifes se desperdigaban desde las Bahamas a Tobago, o desde Tampico a Martinica, qué extensión tenía Cuba, o qué vientos y corrientes dominaban en el paso de la Mona según las épocas del año eran, obviamente,