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El rumor de descontento sólo duró unos instantes, puesto que la seguridad de tener catorce horas de diversión por delante compensaba con creces cualquier imposición,
y apenas unos minutos más tarde no quedaban sobre la cubierta del Jacaré más que los tres hombres a los que les había correspondido la primera noche de guardia, el cocinero filipino, Lucas Castaño y los tres miembros de la familia Heredia.
Los cuatro últimos cenaron copiosamente en el alcázar, disfrutando de una agradable brisa que llegaba del mar y que impedía que las nubes de mosquitos de la costa invadieran la bahía, mientras escuchaban las escandalosas voces y las risas que llegaban de la ciudad,
cuyas luces se reflejaban en las quietas aguas de la ensenada recortando las siluetas de los airosos navíos fondeados más cerca de la costa.
Fue una de las veladas más agradables que la mayoría de ellos hubiera disfrutado en mucho tiempo, puesto que al poco del gigantesco buque vecino surgió una deliciosa melodía,
y alzándose sobre las puntas de los pies pudieron distinguir ocho músicos pulcramente uniformados que tocaban instrumentos de cuerda ante una docena de invitados.
–Debe de ser el nuevo barco de Laurent de Graaf –señaló Lucas Castaño–. Siempre lleva una orquesta a bordo que toca incluso en el fragor de la batalla.
–¡Pues lo hacen muy bien! –reconoció Celeste.
–¡Desde luego! –admitió el panameño–. Pero teniéndole tan cerca te aconsejo que no te dejes ver. Aseguran que ninguna mujer se resiste a De Graaf porque tiene fama de ser el pirata más atractivo y de más exquisitos modales del Caribe.
–¿Te inquieta mi virtud? –inquirió ella, divertida.
–Me inquieta la posibilidad de un duelo a cañonazos con semejante mole sin espacio para maniobrar –puntualizó el otro–.
Si una mujer de a bordo se deja seducir por un hombre de otro barco, la costumbre exige que el honor de la tripulación se lave a sangre y fuego, y en este caso llevaríamos las de perder.
–¡Lo tendré muy en cuenta! –dijo la pizpireta jovencita con evidente socarronería–. No creo que mi virtud, por mucha estima que le tenga, valga lo que un barco como el Jacaré con todos sus tripulantes.
Su hermano la observó como si aún no hubiera conseguido acostumbrarse a su forma de hablar y comportarse.
–¡Nunca dejarás de asombrarme! –masculló.
–Dale tiempo al tiempo –fue la respuesta–. Pero no te preocupes –añadió sonriente–. Con un pirata en la familia, tengo bastante.
Sebastián se volvió hacia su padre:
–¡Prométeme que le buscarás una dama de compañía que le enseñe a comportarse como una auténtica señorita! –suplicó–. ¡Me saca de quicio!
–¡Oh, vamos! –exclamó Celeste pellizcándole cariñosamente la mejilla–. En el fondo te encanta que sea así. ¿Qué cara habrías puesto al descubrir que tenías una hermana cursi y gazmoña?
–«Bueno es cilantro, pero no tanto» –sentenció el aludido–. Y ahora me largo. Quiero ver más de cerca ese famoso Port-Royal del que tanto he oído hablar.
Desde el momento mismo en que posó el pie en la arena de la playa, Sebastián Heredia tuvo la curiosa sensación de haber trepado a un loco carrusel en el que a cada paso le asaltaba una nueva sensación jamás experimentada, puesto que el derroche de lujo,
a menudo rayando en la extravagancia y el mal gusto, de aquella desmadrada ciudad, superaba cuanto pudieran haberle contado sus compañeros de a bordo durante años de aburridas guardias en cubierta.
Una puerta sí y otra también daban paso a un garito, una taberna o un burdel, y mientras recargadas calesas tiradas por caballos ricamente enjaezados recorrían una y otra vez de punta a punta lo que parecía ser la única calle propiamente dicha de la disparatada urbe,
hermosas mujeres de todas las razas, edades y colores ofrecían impúdicamente sus encantos dejándose manosear por cuantos quisieran comprobar el estado de la apetecible «mercancía» antes de decidirse a alquilarla.
Desde las amplias balconadas muchachas semidesnudas chistaban incitando a ascender por los cortos escalones, y en las puertas de los garitos, negros esclavos de enormes chisteras pregonaban a gritos que las partidas de dados de aquel local no admitían comparación con la de ningún otro de la isla.
A mitad de la calle Sebastián topó con el enorme letrero que anunciaba que allí se alzaba la famosísima taberna de Los Mil Jacobinos, y la curiosidad fue en esta ocasión más fuerte que cualquier otro sentimiento,
por lo que decidió echar un vistazo a la mesa –que jamás había vuelto a usarse– sobre la que corrieran los dados que enriquecieran y arruinaran en una sola noche al infeliz Vent en Panne.
Allí estaba, sólida y maciza sobre un pequeño estrado de oscura caoba, y al enfrentarse a ella cabría suponer que se admiraba un absurdo y muy peculiar monumento al más puro espíritu de la piratería,
puesto que aquel simple mueble representaba todo lo que de innoble y grandioso podía encontrarse en el corazón de quienes habían elegido el más arriesgado y denostado de los oficios conocidos.
Más que un cañón, un sable o una negra bandera adornada con tibias y calaveras, aquella histórica mesa venía a demostrar que ser pirata significaba tener el coraje suficiente como para arriesgar hasta el último maravedí o la última gota de sangre en un simple juego.
Con lo que había ganado, y había perdido, sobre aquel desgastado tablero el malogrado Vent en Panne en una sola noche, veinte hombres habrían podido vivir sin agobios hasta los cien años, pero contaban los que lo vieron, que en el momento de desprenderse al fin de su bastón de puño de oro,
su bordada camisa y su casaca, el impasible francés se limitó a musitar con una alegre sonrisa en los labios:
–¡Joder, qué noche!
A ello se debía sin duda el hecho de que más que al astuto Francis Drake, el valiente sir Walter Raleigh, el malvado L’Olonnois, el encantador Chevalier de Grammont o el invencible Henry Morgan, los hombres de Port-Royal ensalzasen al infortunado Vent en Panne como el más respetado de sus héroes,
paradigma de cuanto habían soñado ser en esta vida.
Se aproximó para extender la mano hacia la mesa, pero una pelirroja que se dejaba besar el cuello por un cliente demasiado excitado, le advirtió histéricamente:
–¡No la toques! No la toques si no quieres que la desgracia te persiga hasta la horca.
–¡Dios me libre! –replicó apartando rápidamente la mano–. ¿Así es la cosa?
–¡Así! –replicó la atractiva ramera apartando por un instante al pegajoso besucón–. Pero si quieres que la suerte te acompañe, échale unas gotas del mejor ron y dedícale un amable pensamiento al Gran Jugador.
Sebastián pidió una jarra «del mejor ron», esparció unas gotas sobre la mesa y luego tomó asiento en el más apartado rincón de la amplia sala, a observar el trajín de putas y borrachos que iban y venían, entraban y salían, con tal ansia de apurar el placer que allí se vendía o alquilaba,
que podría creerse que la mayoría de ellos estaban convencidos de que aquélla sería, quizá, la última noche de sus vidas.
Al rato descubrió que de una viga del rincón más alejado pendía una gruesa soga con el clásico nudo de horca, por lo que tomó de la muñeca a la atareada moza que pasaba por delante de él cargada de jarras, para inquirir señalando hacia lo alto:
–¿Qué significa eso?
–Que si no te apresuras a dejar que el ron te corra libremente por el gaznate, mañana tal vez sea tarde, porque un nudo como ése te lo puede cerrar definitivamente.
–Un poco macabro, ¿no te parece?
La atareada mujeruca hizo un brusco gesto hacia el malencarado tabernero que limpiaba vasos tras el mostrador para señalar con acritud:
–¡Cuéntaselo al cojo! Pero te advierto que al último que protestó lo colgó de una pata hasta el amanecer.
Siguió su camino y Sebastián se limitó a beber en silencio hasta que la exuberante pelirroja, que parecía haberse cansado de las escasamente productivas atenciones de su entusiasmado admirador, acudió a tomar asiento frente a él.
–¡Hola! –saludó con una sonrisa–. Soy Astrid, ¿y tú?
–Sebastián.
–Soy puta. ¿Y tú?
–Piloto.
–¿Piloto? –repitió la muchacha inclinándose hacia adelante tal vez para que él pudiera admirar mejor sus hermosos pechos, o tal vez realmente interesada por la noticia–. ¿Seguro que eres piloto?
–Seguro.
–¿Español?
–«Medio» español. –El margariteño sonrió bajando mucho la voz, como si le estuviese contando un secreto–. Pero hace tiempo que renuncié a esa mitad.
–¿Estudiaste en la escuela de pilotos de la Casa?
–No.
–¡Lástima! –se lamentó la ramera–. Si hubieras estudiado en la escuela de la Casa podría ofrecerte el mejor trabajo del mundo.
–Ya lo tengo.
La pelirroja Astrid se echó hacia atrás y le miró directamente a los ojos al tiempo que negaba convencida:
–¡No como éste! –aseguró–. Conozco un capitán que está dispuesto a ofrecer cinco mil libras de enganche y un quinto del botín a un buen piloto renegado.
Jacaré Jack lanzó un silbido de admiración.
–¡Caray! –exclamó sorprendido–. Eso es muchísimo dinero. Pero si quieres que te diga la verdad, no creo que exista en el mundo un solo capitán que esté dispuesto a darle a su piloto un quinto del botín ni aunque se trate de un español renegado.
–Éste sí.
–Será porque no tiene nada que repartir. –Rió divertido–. Y un quinto de nada, es nada.
De nuevo la pelirroja se inclinó hacia adelante, y la belleza del espectáculo comenzó a dejar sin aliento a un hombre que llevaba meses sin disfrutar de nada remotamente parecido.
–Éste tiene mucho que repartir –susurró muy quedamente–. Más que nadie, y si en verdad eres un buen piloto deberías pensártelo… –Siguió la dirección de su mirada–. ¿Lo continuamos discutiendo en la cama?
–¿Por qué no?
La pelirroja Astrid vivía en una acogedora cabaña casi a espaldas de la taberna de Los Mil Jacobinos, justo de cara a mar abierto, y tan cerca del agua que a veces las suaves olas que conseguían superar la barrera de arrecifes lamían los pilotes sobre los que se asentaba.