5 #3
–¿Tiene idea de si Pedrárias sabe que ha vuelto a la isla?
–Ni la mínima, pero ese hijo de la gran puta tiene ojos y oídos en todas partes. Pronto o tarde lo averiguará.
–Tengo que encontrarlo antes que Pedrárias.
El militar, que había ido a acomodarse en un despeluchado butacón para encender con notable parsimonia su enorme cachimba, aguardó a que el tabaco hubiera prendido a la perfección antes de señalar:
–Haré cuanto esté en mi mano por ayudarte, pero no puedo prometer nada. Pedrárias me aborrece y aprovechará cualquier disculpa para destituirme. –Chasqueó la lengua al tiempo que torcía el gesto–. Y corren malos tiempos para quien carezca de un salario.
–Siempre fueron malos.
–No como ahora. La Casa está empleando esclavos en los «placeres perlíferos», y aunque la mayoría revienta o se ahoga, son tantos que dejan sin trabajo a los antiguos buceadores. Familias enteras se han visto obligadas a emigrar huyendo del hambre.
–¿Y nadie hace nada?
–¿Qué podrían hacer? Pedrárias es como un virrey aquí, y a no ser que se demuestre que es cierta esa acusación de negrero, no habrá forma de arrebatarle el poder.
–El barco que hundí era suyo.
El capitán Mendaña le observó sin ocultar su desconcierto.
–¿Que hundiste? –repitió–. Por lo que cuentan, quien lo hundió fue el capitán Jacaré Jack. Al menos se trataba de su barco.
La voz del muchacho sonó extrañamente seria al replicar:
–Le debo demasiado para mentirle, y estoy seguro de que jamás contará a nadie lo que voy a decir. –Sebastián hizo una breve pausa para añadir con un tono muy quedo–: Yo soy ahora el capitán Jacaré Jack, y el barco es mío.
El militar tardó en lanzar un leve silbido de asombro, observó a su interlocutor de arriba abajo como si le costara un enorme esfuerzo aceptar que aquel chiquillo al que tan a menudo había propinado dolorosos coscorrones pudiera ser ahora un temido cabecilla pirata,
y por último señaló como si se refiriera a algo carente por completo de importancia:
–Eso cambia las cosas, y si vuelvo a verte en la isla te ahorco.
–Lo sé.
–Jamás imaginé que acabaras en esto –dijo al poco Sancho Mendaña, visiblemente pesaroso–. Me gustaba considerarte como a un hijo, y aunque admito que te empujaron a ello, me niego a aceptar que te hayas convertido en algo que desprecio.
–¿Desprecia más a los piratas que los a funcionarios de la Casa o a los negreros?
–No más, pero sí tanto como a ellos. La gente honrada de esta parte del mundo vive angustiada por el temor de que tipos de vuestra calaña desembarquen de pronto en mitad de la noche, violen a sus mujeres, asesinen a sus hijos e incendien sus hogares.
Ningún pirata, ni siquiera tú, merece algo más que una soga al cuello.
–Lamento oírle decir eso –replicó el muchacho con tono pesaroso–. Yo le aprecio.
–Y yo a ti. Pero eres tú quien se ha colocado al margen de la ley.
–¿Ley? –se lamentó el margariteño–. ¿Qué ley? ¿La ley que me arrebató cuanto tenía?
–Si tu madre te abandonó fue por su gusto, y no creo que exista ninguna ley que se lo impida –le hizo notar el otro dejando a un lado su cachimba, como si de pronto se sintiera hastiado de ella–.
Me consta que no fue justo que encarcelaran a tu padre, y por ello le ayudé a huir, pero de ahí a aceptar que te conviertas en capitán pirata, media un abismo. ¡Piénsatelo! Aún estás a tiempo.
Sebastián Heredia negó con un gesto.
–¡Ya no! Hace tres semanas arrojé al mar un grupo de negreros.
–¿Y a quién le importa? –dijo el militar–.
A mi modo de ver, tirar negreros por la borda no es delito.
Más bien al contrario. –Tendió la mano y la posó sobre el antebrazo del muchacho para añadir con tono casi suplicante–: Olvídate de ellos, abandona ese maldito barco y búscate una forma de vida más acorde con lo que te enseñaron siendo niño.
–De niño me enseñaron que es suficiente con que aparezca un hombre rico para que todo aquello en lo que crees se destruya –fue la amarga respuesta–. Un solo acto basta a veces para borrar un millón de palabras.
–Si condicionas tu vida a lo que te hicieron en un determinado momento, te estarás convirtiendo en esclavo de tu pasado –sentenció el militar, seguro de sí–. Ya eres un hombre, y no tienes derecho a justificar tus acciones por los errores que pudiera cometer tu madre.
–Eso va en opiniones.
–De poco te servirán las opiniones cuando te veas al pie del patíbulo –le hizo notar Sancho Mendaña–.
Lo quieras o no, el comandar a una pandilla de criminales acabará por arrastrarte al crimen, porque está demostrado que nadie puede vivir rodeado de mierda sin cagarse.
–Encendió de nuevo su cachimba, como si confiara en que pudiera ayudarle a encontrar los argumentos que tanto necesitaba–.
No sé qué puedes haber hecho hasta el presente, pero algo me dice que aún no estás corrompido. ¡Déjalo ahora!
–¿Para hacer qué? –preguntó el margariteño, como si estuviera convencido de que no iba a obtener ninguna respuesta válida–.
¿Qué destino me espera si abandono el barco e intento buscarme un trabajo honrado?
Ha dicho que corren tiempos difíciles, pero ya lo eran en exceso cuando mi padre se dejaba la piel contra las rocas allá abajo.
–Se encogió de hombros con profundo desprecio–.
La Casa aprieta el cuello de la gente impidiéndole respirar durante años, y al fin la asfixia.
Yo prefiero que me lo aprieten de una vez por todas.
–¿Y el mal que causes entretanto, o el que causen unos hombres a los que no conseguirás dominar?
–El militar bajó la voz para que los acompañantes que Sebastián había dejado fuera no pudieran oírle al mascullar–: Son piratas.
¿Es que no lo entiendes? Ladrones, violadores y asesinos. ¡La escoria del mundo!
–Para mí la escoria del mundo será siempre la que se encierre en un palacio y se escude en unas leyes injustas para expoliar a los débiles –le contradijo el margariteño–.
¡Ésas son las auténticas sabandijas que convierten este mundo en una cloaca, puesto que ni siquiera se juegan la vida!
Nosotros vivimos durante meses en el mar, sufrimos calmas o tormentas, y cada vez que abordamos un barco nos arriesgamos a que nos reciban a cañonazos.
¡Pero ellos no! Ellos tienen patente de corso en tierra, y si hay algo peor que un pirata, es un corsario.
El capitán Sancho Mendaña tardó en responder. Fue hasta la ventana, contempló la quieta bahía en que apenas se reflejaba media docena de estrellas, y habría podido creerse que súbitamente había envejecido, o le había invadido un cansancio infinito.
–No tengo ganas de seguir discutiendo –susurró–. Pronto amanecerá y es mejor que para entonces ya estés lejos. –Se volvió y miró fijamente al chiquillo de antaño–. Te doy una semana para que encuentres a tu padre –añadió–. ¡Una semana justa! A partir de ese día me convertiré en tu peor enemigo.
–Nunca le podré considerar mi peor enemigo –replicó con apenas un hilo de voz el muchacho–. Y nunca alzaré la mano en contra suya por mucho que me acose.
–Ése no será ya mi problema. Yo te digo lo que hay. ¡Y ahora, vete! Vete y no vuelvas.
Cuando advirtió que el casi imberbe capitán Jacaré Jack había abandonado la estancia cerrando la puerta a sus espaldas, el atribulado militar no pudo por menos que apoyar la frente contra el cristal de la ventana y dejar escapar un corto y amargo lamento.
Siempre había sido un hombre solitario, y lo más parecido que tuvo nunca a una familia se veía reducido ahora a un pobre estúpido que vagabundeaba por algún perdido rincón de la isla, y un dulce chicuelo que llevaba camino de convertirse en un sucio pirata.
Se preguntó de qué le habían servido tantos años de esfuerzo y sacrificio, tantas batallas y tantas viejas heridas, y se preguntó, sobre todo, de qué le había servido mantenerse tan fiel a unos principios que nadie parecía querer respetar.
Por su intachable hoja de servicios y su fidelidad a toda prueba, debería haber sido ascendido ya al grado de coronel al mando de una plaza fuerte de la categoría de Cartagena de Indias, San Juan de Puerto Rico o Panamá, pero los años iban pasando y continuaba allí, olvidado,
condenado a contemplar una y mil veces los inigualables atardeceres de la bahía de Juan Griego, consciente de que la noche no le traería más que soledad y silencio, y el nuevo día soledad y un largo atardecer que ya le hastiaba.
La única mujer que amara en esta vida, y a la que siempre había adorado como si de una inaccesible virgen se tratara, había acabado por convertirse en amante del ser más despreciable que nunca conociera, y a menudo tenía que escuchar en la taberna del pueblo que, según todos los indicios,
muy pronto su hija Celeste la sustituiría en el lecho del aborrecido don Hernando Pedrárias.
Se murmuraba en la isla que la ya gorda y ajada Emiliana Matamoros había llegado tiempo atrás a la amarga conclusión de que sus antiguos encantos habían dejado de despertar las locas pasiones del poderoso delegado de la omnipotente Casa de Contratación de Sevilla,
y ante el temor de que cualquiera de las provocativas mulatas que pululaban por la isla vendiendo sus prietas carnes consiguiera desalojarla del hermoso palacete que ocupaba desde hacía años en las afueras de La Asunción,
parecía decidida a propiciar que las cosas quedaran en la intimidad de la familia, cambiando su papel de férrea amante por el de sumisa alcahueta.
–Cuando se ha conocido el lujo, nadie quiere volver a la miseria –decían las malas lenguas–. Sobre todo si esa miseria ya ni siquiera es digna.
El capitán Sancho Mendaña se preguntó de qué servía la miseria, aunque fuera muy digna, cuando sólo podía alimentarse, como la suya, de tristes recuerdos de digna miseria, y se preguntó igualmente si no tendría razón Sebastián Heredia al afirmar que más valía ser ahorcado una sola vez,
que pasarse la vida con un dogal al cuello.
Las ordenanzas reales puntualizaban que si su ascenso al rango de comandante no llegaba antes de dos años se vería obligado a pasar a la reserva, y el capitán Mendaña sabía –porque lo había visto en muchos de sus compañeros de armas– que en esos casos la escasa paga la mayor parte de los meses no
se cobraba.