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Sebastián Heredia regresó a su camareta, meditó sobre cuanto había oído, y por último asomó la cabeza al exterior para dar una orden seca y tajante:
–¡Arriba los palos e izad todo el trapo! Vamos a darle caza a esos coño e madre.
No podía ser mucha la ventaja que el buque negrero les llevaba, pero no soplaba ni una brizna de viento, por lo que incluso la andadura de un navío tan ágil como el Jacaré resultaba desesperante,
y cuando con más claridad lo advertían era al calcular el tiempo que tardaban en dejar atrás un cadáver desde el momento mismo en que lo avistaban en la distancia, hasta que se perdía de vista por la popa.
Al margariteño le vino de improviso a la mente una historia infantil que su madre solía contarle sobre un niño perdido en un bosque que iba dejando caer piedrecitas para encontrar así el camino de regreso.
El buque negrero dejaba tras su estela idéntico reguero, mostrando con total nitidez su ruta, y ésta resultaba tan absolutamente inconfundible que por fin el vigía de cofa gritó alborozado que distinguía un punto en el horizonte, rumbo al oeste.
Cerró sin embargo la noche sin que consiguieran darle alcance, y con la llegada de las tinieblas el perseguido viró bruscamente hacia el sur intentando evadirles, pero en esta ocasión una luna enorme y vengadora acudió prestamente en ayuda de los perseguidores,
de forma tal que no les resultó difícil avistar al barco negrero poco antes de que consiguiera escabullirse por la amura de babor.
Ya de madrugada se colocaron a menos de una milla de su banda de estribor, por sotavento, con lo que al poco les llegó un hedor tan espantoso que más de uno de aquellos avezados marinos acostumbrados a soportar impávidos las más terribles tormentas a punto estuvo de vomitar.
–Pero ¿qué ocurre? –quiso saber Zafiro Burman–. ¿Qué peste es ésa?
–El perfume del negrero –replicó con absoluta calma el maltés–. Me persiguió durante meses pese a que tiré la ropa, me corté el pelo al cero y me bañé cien veces. Ya te dije que es el trabajo más miserable del planeta.
Aún no había hecho el sol su aparición sobre la línea del horizonte cuando el capitán Jacaré Jack ordenó izar la bandera del caimán y la calavera para lanzar un cañonazo de aviso ante la negra nave, que era, a juicio de todos los presentes, el armatoste más enorme,
feo y poco maniobrable que hubiera surcado nunca los mares.
No se trataba de una goleta, un bergantín, una fragata o una corbeta, sino que parecía una especie de engendro a mitad de camino entre una antigua carabela y una carraca, aunque demasiado ancha de manga y corta de eslora,
con tres palos asimétricos tanto por la altura como por la distancia entre ellos, irregular y deforme hasta el punto de que cabría suponer que en su construcción no se había utilizado plano alguno,
sino que había ido surgiendo según se le antojaba al más inepto y chapucero de los carpinteros de ribera.
Por qué había decidido alguien botar aquel trasto resultaba de igual modo inexplicable, pero allí estaba, balanceándose pesadamente como si se encontrara en mitad de una tormenta, pese a que el océano semejaba ese día una balsa de aceite.
Su tripulación no hizo el menor gesto de intentar la huida o presentar batalla, por lo que el Jacaré se arboleó por estribor para que media docena de sus hombres saltaran a bordo con el mismo ánimo que si hubieran tenido que lanzarse de cabeza a una cloaca, ya que la peste a sudor,
excrementos y orines recalentados era como una bofetada que golpeara con la fuerza de un mazazo.
Aquel barco era el infierno.
Visto desde dentro se comprendían, no obstante, los motivos que sus armadores habían tenido para construirlo de aquella absurda manera, puesto que en realidad no era un navío concebido para trasladarse de un lado a otro,
sino una especie de gigantesco ataúd flotante diseñado para almacenar en sus cuatro bodegas superpuestas la mayor cantidad posible de esclavos en las peores condiciones imaginables.
Hombres, mujeres y niños aparecían tendidos cuan largos eran sobre gruesas tablas inclinadas lo justo para que sus orines y excrementos resbalaran libremente hasta el suelo, ya que se encontraban sujetos por los tobillos y las muñecas a gruesos grilletes de hierro,
de tal forma que no tenían posibilidad humana de hacer el menor movimiento.
Se encontraban apiñados, hombro con hombro, y apenas un metro de altura separaba cada fila de la siguiente, todo ello bajo un calor que superaba los cincuenta grados, y tan faltos de aire que resultaba en verdad milagroso que uno solo de ellos se mantuviera con vida.
La igualmente hedionda tripulación la conformaban un capitán galés y doce individuos de aspecto infrahumano, y cuando les echaron agriamente en cara que trataran de forma tan cruel a aquellas pobres criaturas, el que los comandaba pareció sorprenderse.
–¿Criaturas? –exclamó, estupefacto–. ¿De qué criaturas habla? ¡Sólo son negros!
–¿Es que acaso los negros no son seres humanos?
–¡En absoluto! –replicó el otro con desconcertante seguridad.
–¿Qué son entonces?
–Esclavos.
–¿Esclavos? ¿Sólo eso?
–Eran esclavos, los compramos como esclavos, y los llevamos a Jamaica para venderlos como esclavos. –El galés se encogió de hombros como si aquello lo explicara todo–. ¿Qué otra cosa pueden ser más que esclavos?
–Entiendo… ¿Cuántos hay?
–Salimos de Dakar con setecientos ochenta, pero unos cien han muerto por el camino.
–¿Han muerto o los arrojasteis vivos al agua?
–¿Qué más da? ¡Estaban enfermos! Al tirarlos al mar les ahorramos sufrimientos, porque se andaban cagando patas abajo. –El repugnante tipejo chasqueó la lengua con gesto despectivo–. Un esclavo con disentería no vale una libra y sólo trae problemas.
El flamante capitán Jacaré Jack meditó por un largo rato con la mano sobre la nariz en un vano intento de protegerse del hedor, y por último señaló al resto de la tripulación de aquella pestilente vergüenza flotante que irónicamente había sido bautizada con el absurdo nombre de Four Roses.
–¿Ninguno de sus hombres sufre de disentería?
–No, que yo sepa… –se apresuró a replicar su interlocutor, visiblemente amoscado.
–Lástima, porque en ese caso tendría una magnífica disculpa para tirarlos al mar. –Hizo una breve pausa durante la cual se rascó con fruición la cabeza, y por último añadió con idéntico tono–: Aunque pensándolo bien, creo que no necesito disculpa alguna. Les voy a tirar al mar por hijos de puta.
–¡No puede hacerlo! –protestó el capitán–. Nos hemos rendido y las reglas de la piratería especifican…
–Las reglas de los Hermanos de la Costa nada dicen sobre barcos negreros, y por lo tanto actuaré según mi criterio –replicó abruptamente Sebastián Heredia–. ¿A quién pertenecen los esclavos?
El galés dudó por unos instantes, pero finalmente pareció comprender que no estaba en situación de mentir, por lo que contestó de mala gana:
–A la Casa de Contratación de Sevilla.
Ahora sí que el margariteño pareció sorprendido; intercambió una mirada de perplejidad con Lucas Castaño, que se encontraba a su lado, y por último replicó con dureza:
–Eso es mentira. Las leyes prohíben a la Casa comerciar con esclavos.
–Será como dice, pero hace cinco años que trabajo para ella. No oficialmente, desde luego, pero por lo menos tres de sus delegados figuran entre los armadores del barco.
–¿Quiénes?
–Eso no puedo decirlo.
–¡Naturalmente que puede! –se enfureció el margariteño–. Le voy a tirar al mar, pero existen dos formas de saltar: tal como está ahora, o después de recibir cien latigazos. –Le amenazó con el dedo–. ¡Así que déme esos nombres!
El galés dudó de nuevo, observó a sus hombres, pareció llegar a la conclusión de que su suerte estaba echada, y acabó por aventurar un casi imperceptible gesto de indiferencia al mascullar:
–Ginés Alvarado, Hernando Pedrárias y Borja Centeno –musitó quedamente.
–¿Pedrárias Gotarredona, el delegado en Margarita? –Ante el decido gesto de asentimiento, Jacaré Jack insistió–: ¿Está seguro?
–Es a él a quien rindo cuentas una vez al año.
–¿Cómo es?
–De mediana estatura, fuerte, rubio y con los ojos muy claros.
–¿Conoce a su mujer?
–No está casado, pero vive con una fulandanga que debió de ser muy hermosa.
–¿Tiene hijos?
–Una hija. –El galés hizo una breve pausa, y añadió–: Bueno, en realidad es ya casi una mujer. –Torció el gesto despectivamente–. Al parecer no es hija suya sino de la barragana.
–Veo que dice la verdad. –El margariteño alzó el rostro hacia Lucas Castaño para ordenar sin la menor vacilación–: ¡Tíralo al mar!
El aludido no dudó un segundo, aferró al galés por el cuello y sin más contemplaciones lo empujó hasta la borda para lanzarlo al agua sin que ofreciera la menor resistencia.
Sebastián Heredia lo observó alejarse del costado chapoteando en silencio, se volvió luego al resto de la aterrorizada tripulación del Four Roses y, tras señalar a los que parecían más capacitados, dijo con tono imperturbable:
–Que esos cuatro nos sigan con el barco. El resto que vayan a hacerle compañía a su capitán. Luego soltad a los esclavos y que suban a cubierta.
–¡No caben! –le hizo notar Nick Cararrota–. Y si los dejas libres se nos echarán encima. Son muchos.
Jacaré Jack reflexionó por unos instantes, pidió luego que trajeran a bordo al negrazo que habían salvado la noche anterior, y le explicó lo mejor que pudo que su intención era desembarcarles en tierra firme.
–Si hacéis lo que os digo, seréis libres y podréis iniciar una nueva vida –concluyó–. Pero si causáis problemas os enviaré al fondo del mar a cañonazos. ¿Está claro?
El otro asintió, bajó a las bodegas y permaneció en ellas largo rato. Al regresar sonreía feliz.
–Si les quitas las cadenas irán subiendo a respirar por turnos –dijo–. No habrá problemas.
–¡De acuerdo, entonces! –El margariteño se volvió hacia los cuatro negreros escogidos que aguardaban con una luz de esperanza en los ojos–. ¡Seguid nuestra estela! Si hacéis las cosas bien podréis salvar el pellejo. En caso contrario, sabéis lo que os espera.