2 #5
Eran ésas las únicas noches en que dormía plácidamente y sin sobresaltos, como si el bajar a las profundidades le devolviera momentáneamente a los felices tiempos en que toda su preocupación se centraba en encontrar hermosas perlas con que sacar adelante a su familia.
Su hijo se mantenía entonces atento a la presencia de tiburones y barracudas, tal como acostumbraba a hacer años atrás, siempre con la mano sobre el arpón y con el afilado machete a la cintura,
como un ángel guardián que tuviera plena conciencia de que aquel ser indefenso era todo cuanto le quedaba en esta vida.
A menudo, el silencioso Lucas Castaño tomaba asiento al otro extremo de la chalupa, dedicado a la tarea de pescar o dormitar en apariencia ajeno a todo, aunque no resultaba difícil comprender que pese a que tuviera los ojos cerrados bajo su viejo sombrero de carcomida paja,
siempre estaba dispuesto a saltar a la menor señal de peligro.
Durante las largas temporadas de descanso Miguel Heredia prefería continuar viviendo a bordo del Jacaré, lejos del alboroto de putas y borrachos, siempre a solas consigo mismo y con la machacona repetición de sus dolorosos recuerdos, ya que jamás demostró el menor interés por el ron,
el juego o las mujeres, y todo cuanto hacía era afilar armas o atesorar cuidadosamente las perlas que iba encontrando en un pequeño arcón de madera que él mismo había tallado con ayuda de una pequeña navaja.
Conmovía verle.
Como contrapartida, su hijo demostraba demasiado a menudo una entusiasta afición a los dados y las mujeres, y si bien con éstas su éxito parecía garantizado, la caprichosa Fortuna se le mostraba por lo general esquiva, cosa que no le preocupaba en exceso,
dado que las rapiñas a los barcos de la Casa de Contratación le producían bastante más de lo que pudiera dilapidar por muy mal que se le diera el juego.
Visto todo ello cabría asegurar que el ambiente en que se estaba criando Sebastián Heredia Matamoros no era, desde luego, el más apropiado para la correcta educación de un adolescente, pero por uno de esos extraños contrasentidos que la vida ofrece a menudo,
el muchacho consiguió mantener un curioso equilibrio entre la sordidez y la violencia del mundo que le rodeaba y los principios morales que le habían inculcado siendo niño.
Poco importaba que quien le hubiera inculcado tales principios hubiera sido la primera en traicionarlos, o quizá fuera precisamente por haber sufrido tan dolorosamente las consecuencias de dicha traición que el margariteño decidió, probablemente de un modo inconsciente, conservarlos.
Lucas Castaño, que era sin duda quien mejor le conocía a bordo, estaba íntimamente convencido de que sin la continua presencia de su padre el chicuelo se habría transformado en un desarraigado más de cuantos componían la abigarrada tripulación,
pero el férreo lazo que le mantenía tan fuertemente unido al pobre enfermo era sin duda lo que le había impedido dejarse arrastrar al abismo.
La vida de la extraña comunidad seguía, por tanto, un curso que podría considerarse en cierto modo «normal» y que no se vio alterado hasta el caluroso amanecer de un día de verano –que era curiosamente cuando solían retirarse a los «cuarteles de invierno»– en que el vigía de guardia en la costa
norte acudió a comunicar la inquietante noticia de que la mejor de las chalupas había desaparecido la noche anterior.
Cuando se pasó lista se llegó a la rápida conclusión de que al parecer un par de gavieros franceses habían decidido desertar.
Gastón y Nené Rousselot, más conocidos a bordo por el apodo de los Marselleses, eran dos hermanos muy diferentes entre sí, pero que compartían una desmesurada afición a meterse de continuo en todo tipo de pendencias.
De cada diez latigazos que Lucas Castaño se había visto obligado a propinar en los últimos años, seis habían ido a parar a las espaldas de alguno de ellos, pero aun así rara era la ocasión en que no encontraran la menor excusa para organizar una sonora trifulca.
En cuanto se tomaba tres vasos de ron, Nené era capaz de enzarzarse a puñetazos incluso con su propio hermano –o quizá sería mejor decir que preferentemente con su propio hermano– y lo peor del caso estribaba en el desconcertante hecho de que, sin que se pudiera saber con certeza la razón,
siempre se las arreglaban para hacer extensivo su enfrentamiento al resto de la concurrencia.
No era de extrañar que después de tantos años de no enfrentarse más que a unos rivales que conocían sobradamente sus triquiñuelas, los levantiscos franceses hubieran decidido desertar en busca de nuevas «víctimas»,
aunque el orondo capitán escocés llegó de inmediato a la conclusión de que con su reconocida afición al alcohol y las grescas no tardarían en contar a quien quisiera oírles dónde se ocultaba el tan buscado Jacaré y su escurridiza dotación.
–O los cazamos –dijo–, o viviremos aguardando a que vengan a cazarnos. Así que en marcha.
–¿Hacia dónde?
–Son franceses, ¿no? –fue la lógica respuesta a la pregunta–. La cabra tira al monte y los franceses a donde se hable su lengua. Me juego los cuatro pelos que me quedan a que han puesto rumbo a Martinica.
Con la última luz del atardecer el Jacaré levó anclas para sortear sin peligro los traidores arrecifes de los islotes, y la noche lo sorprendió ya con todo el trapo al viento y la proa cortando el agua rumbo al nordeste.
Jacaré Jack era suficiente buen marino como para llegar a la conclusión de que tripulando una frágil chalupa los Marselleses no se arriesgarían a navegar por mar abierto, de modo que elegirían sin duda sortear las islas por sotavento,
conscientes de que de ese modo podrían ocultarse en cualquier diminuta cala a la menor señal de peligro.
Decidió por tanto no ir tras ellos en lo que consideraba una inútil persecución, y optó por poner proa a las aguas libres de barlovento para aprovechar la mayor velocidad de su nave con vistas a interceptar la chalupa en el amplio canal de Santa Lucía, a la vista ya de las costas de Martinica.
Sebastián Heredia jamás había visto tan furioso al escocés.
A decir verdad, fue una de las primeras veces en que tuvo ocasión de vislumbrar su auténtico carácter, puesto que aunque por lo general daba muestras de una indolencia rayana en la abulia, durante los días que siguieron no se movió un instante del puente,
patroneando el veloz jabeque con tal maestría que invitaba a creer que tomaba parte en una extraña regata en que estaba en juego cuanto poseía.
–Nadie se la juega al capitán Jack –era lo único que mascullaba de tanto en tanto–. Nadie se la juega, y no pararé hasta convertirlos en carnada para los tiburones.
Hasta el último grumete le respaldaba, puesto que no había un solo hombre a bordo que no tuviese alguna cuenta pendiente con los aborrecidos Marselleses, y el hecho de tomar conciencia de que estaban poniendo en peligro la placentera existencia que tanto esfuerzo les había costado conseguir,
contribuía de forma harto notable a que las viejas heridas comenzaran a supurar nuevamente.
Incluso el silencioso Lucas Castaño renegaba, con lo cual parecía estar todo dicho.
Pese a que casi milagrosamente Sebastián y Miguel Heredia eran los únicos a bordo que jamás habían sufrido en carne propia los furiosos arrebatos de locura de tan imprevisible pareja de salvajes, el muchacho se sentía de igual modo indignado por lo que consideraba una sucia traición,
y fue su padre quien, decidiéndose a hablar por primera vez en mucho tiempo, logró que toda su animadversión hacia los desertores desapareciera como por arte de encantamiento.
–Compadéceles... –se limitó a murmurar cuando más excitado se encontraba el margariteño–. Su fin será terrible.
–¿Cómo lo sabes?
–Lo sé.
No dijo más, pero resultó evidente que lo sabía porque siendo un ser humano que aparentaba ignorarlo todo sobre cuanto ocurría en su entorno, en ocasiones se diría que su propio aislamiento le había llevado a «conocer» mundos distintos que cuantos se encontraban junto a él jamás conseguirían
siquiera imaginar.
Y es que no existe locura más insondable que la de quien elige volverse loco por voluntad propia.
Era su manifiesta impotencia a la hora de luchar contra la dolorosa elección que había hecho su padre lo que más amargaba a Sebastián, que parecía estrellarse contra un muro de piedra cada vez que pretendía aproximarse a alguien cuyo corazón no era ya más que una máquina de bombear sangre,
y cuyo cerebro se había sumido en un insondable pozo de recuerdos.
Pese a ello, o quizá por ello mismo, toda la capacidad de cariño que el muchacho depositara tiempo atrás en su pequeña pero hermosa familia había acabado por concentrarse en su progenitor, ya que por Emiliana Matamoros sólo experimentaba un hondo rencor,
al tiempo que la imagen de su hermana se iba difuminando poco a poco en su mente por mucho que se esforzara en fijarla de modo indeleble.
Al fin y al cabo, cuando se separaron Celeste era aún una niña cuyos rasgos parecían cambiar continuamente.
A los tres días de haber levado anclas, y tras pasar toda una noche al acecho fondeados en una diminuta ensenada de Santa Lucía, el Jacaré se lanzó como un pelícano sobre la pequeña embarcación que tripulaban los desprevenidos Marselleses.
Lo que en todo momento Sebastián consideró una simple frase hecha –«No pararé hasta verlos convertidos en carnada para los tiburones»–, resultó ser una espantosa realidad,
puesto que apenas les puso la mano encima el ahora irreconocible capitán Jack ordenó que los desertores fueran arrojados al agua atados a gruesos cabos y llevando encajados entre los muslos un par de anzuelos de gigantescas proporciones cuyas afiladísimas puntas les sobresalían a la altura del pene.
Con su propio cuchillo les rajó las piernas de modo que manara abundante sangre, y después de ordenar que el estilizado navío navegara muy lentamente, se sentó en popa a observar cómo sus aterrorizadas víctimas chapoteaban en el agua dejando un rojo rastro que no tardaría en atraer a los ansiosos
escualos.