Capítulo 58
Helena Collalto
Pietro y yo estamos, como a él le gusta decir, hechos puro caos.
El olor a sangre todavía impregna el aire. Mis dedos están manchados de rojo, y el silencio que siguió al último aliento de Lucca parecía más ensordecedor que sus gritos de hacía unos momentos.
Debería sentirme sucia. Debería sentirme culpable. Pero todo lo que siento es un alivio cortante recorriéndome la piel, junto con algo mucho más profundo, mucho más primario.
Y esta vez no me importa. Si no hubiera sido fuerte, si no usara mi dolor para aguantar, habría sucumbido ante Lucca.
Al final, todo lo que mi padre me hizo forjó quien soy hoy.
—En lugar de un vestido rojo, hoy es la propia sangre la que me hace parecer una diabla. Me hiciste salir literalmente de mi burbuja, estalló en sangre.
Me saca de sus brazos. Su rostro está salpicado de sangre, la mandíbula apretada, la mirada salvaje y sombría cuando se vuelve hacia mí.
—Nunca dudé de lo que eras capaz.
Sus manos me sujetan la nuca con fuerza, sus labios aplastan los míos en un beso bruto, desesperado.
¡Hay furia y deseo!
Hay la necesidad cruda de sentir algo más allá de aquella rabia insoportable.
Agarro su camisa, tirando de él hacia mí, sintiendo el sabor metálico por mi boca todavía herida, el calor de su piel ardiendo contra la mía.
Pietro me alza y me sienta en la mesa de madera sin ningún cuidado, empujando objetos al suelo en el proceso. Mi cuerpo reacciona a él incluso antes de que mi mente asimile lo que está ocurriendo.
—Eres mía, Helena —su voz sale ronca, como si le estuviera arañando la propia garganta.
—Y nadie volverá a tocarte nunca más —decreta con posesión.
Sus dedos tiran de mi ropa con una brutalidad impaciente, recordándome nuestra primera vez. Pietro rasga mi ropa, convirtiéndola en jirones.
Agarro los botones de su camisa y arranco los pocos que quedan, deslizando las manos por su pecho caliente, sintiendo la piel endurecida por las cicatrices, los músculos tensos bajo el toque de mis dedos.
—Solo hay una persona que quiero que me toque...
Mi cuerpo palpita, como si cada terminación nerviosa estuviera electrizada por lo que acabamos de pasar. Por lo que necesito ahora.
Me sujeta por la cintura y me tira hacia el borde de la mesa de forma ruda, encajándose entre mis piernas abiertas, y sin pensarlo demasiado arremete en mí. Un suspiro escapa de mi boca, mezclándose con el suyo.
Siento dolor por la invasión repentina, pero al mismo tiempo ya estoy empapada por él.
Me sujeta el cuello, cortándome parcialmente el suministro de aire.
—Y seré siempre yo, por el resto de nuestras vidas, mi diabla. Si yo no puedo tenerte, nadie más tendrá ese lugar a tu lado, ¡serás mía para siempre! —decreta, y por muy loco que parezca no consigo pensar diferente. Solo existe él para mí.
Toda la locura que vivimos me deja cada vez más excitada.
Las palabras crudas de Pietro me hacen perder por completo el juicio.
La sensación es avasalladora.
Cada embestida contra mi cuerpo es una afirmación, una promesa silenciosa de que nunca más estaré sola, de que aquello es real. Que él es real.
Su boca vuelve a atacar la mía, mientras su polla me invade de forma constante. El ruido del encuentro de nuestros cuerpos resuena por el galpón. Junto con nuestros gemidos, que salen de forma involuntaria, solo disparando todo el placer enfermizo que sentimos.
Su enorme miembro parece rasgarme por dentro, encontrando cada maldito lugar correcto en mi interior, dejándome cada vez más excitada.
Sus labios abandonan los míos solo para deslizarse por mi mandíbula, lamiendo la piel, mordiéndome la barbilla antes de bajar a mi cuello, donde chupa con la fuerza suficiente para dejar una marca.
—En medio de todas las marcas que llevo, las tuyas son las únicas que quiero que se queden —mi voz sale ronca y casi como un susurro.
—Joder, Helena, voy a dejarte toda morada de esta forma —aúlla, mientras siento su polla invadirme de una manera sin igual. No sé cómo es posible, pero parece ponerse más caliente y crecer todavía más.
Todo mi cuerpo reacciona a cada estímulo que provoca en mí.
Sus manos parecen estar por todas partes, apretándome, estimulándome, tirándome del pelo, mientras baja besos y mordiscos por mi cuello hasta encontrar mi pecho.
—Joder, Pietro...
Sus labios toman mis pezones, que están rígidos, chupando y mordiendo, alternando entre los dos.
El dolor mezclado con el placer me alucina. Sujeta mi pezón y tira de él con los dientes, llevándome a gritos que resuenan por el galpón.
—No tienes ni idea de lo buena que estás, mi puta.
Siento mi cuerpo incendiarse cada minuto más, clavando mis uñas en su espalda, intentando sostenerme.
Grito de dolor cuando mis dedos sin uñas fuerzan contra su piel.
A estas alturas su espalda debe de estar toda manchada de sangre y, joder, no consigo pensar en parar.
Ya estamos en una mezcla de sexo, sangre y sudor.
El galpón, que antes olía a sangre, ahora exhala nuestra lujuria.
—Amore mio...
—Sigue, Pietro, el dolor forma parte de quien soy... ah, joder...
Estoy tan cerca que no quiero saber si duele, solo quiero más, quiero correrme sintiendo todo lo que hace conmigo.
—Joder, Helena, me vuelves completamente loco.
Trabo las piernas en su cintura, haciendo que entre más profundo, y grito al sentir un placer excruciante.
—Córrete en mi polla... derrama todo tu placer sobre mí, mia deliziosa.
Con una mano entre nosotros encuentra mi punto de placer, hinchado, necesitado de él, y lo fricciona de forma constante. Entonces no aguanto más y exploto en placer.
Siento como si mil fuegos artificiales estallaran en mi visión. Todo mi cuerpo tiembla, trayendo un placer sobrenatural en mí.
Caigo de espaldas sobre la mesa, completamente sin fuerzas.
Pietro Collalto
—Todavía no hemos terminado —susurro, sin dejar de moverme despacio dentro de ella.
Helena abre los ojos, recuperando el aire.
—¿Quieres matarme?
—¿De tanto correrte? Sí, es la única muerte que te permito.
La saco de la mesa girando su cuerpo, la coloco boca abajo sobre el mueble y me hundo completamente en ella de nuevo. No evito gruñir al sentir cómo me estrangula con su coñito apretado.
Mi descarada gime con mi invasión.
—Aaaah... Pietro...
Todavía siento su interior caliente palpitar por el último orgasmo.
Y quiero más de ella, lo quiero todo.
Le doy palmadas en ese culo delicioso que hacen que la piel blanca se ponga roja de inmediato.
—Joder, Helena, no sabes lo preciosa que estás con la piel marcada así.
Gruñe algo sin sentido, mientras disminuyo las embestidas, provocando su cuerpo caliente.
—Pietro, más fuerte, haz que duela...
—No deberías pedir ese tipo de cosas...
Agarro su pelo rubio, tirándole la cabeza hacia atrás, haciéndola arquearse. Quedando así en una posición todavía más perfecta para mí.
Me hundo profundamente en ella, haciéndola gritar.
—Pietro, ah... eso... así... Dios...
—No, mi amor, ahora ni Dios puede salvarte, voy a llevarte al infierno conmigo.
—Sí, hazme arder... —gime mientras me aprieta, ordeñándome la polla como la maldita diabla que es.
Salgo de ella, haciéndola protestar al instante. Solo para meterle enseguida tres dedos.
Helena vuelve a gemir, con mis dedos en su interior. Cuando está a punto de correrse de nuevo, retiro los dedos y vuelvo con mi polla.
—Mia deliziosa, tócate ese coñito, que quiero cada pedacito de ti.
Helena está tan perdida en su placer que hace exactamente lo que le ordeno, mientras uso su lubricación para preparar su culito para mí.
Meto dos dedos en su agujerito apretado, haciéndola gritar.
—Pietro... joder... —su mano cae sobre la mesa, intentando mantenerse firme.
—No dejes de tocarte, diabla —ordeno.
—¿Cómo voy a conseguirlo, joder? Son demasiadas sensaciones —lloriquea.
—Sé obediente y tócate el coño ahora, Helena —gruño, y meto un tercer dedo en ella, sin dejar de moverme en su coño. Me obedece como la buena niña que es.
—¡Ah, no voy a aguantar!
—Sí que vas a aguantar, mi amor, solo te estaba preparando para esto...
Salgo de su coño caliente, hundiéndome en su agujero apretado, con su orgasmo por toda mi polla. Entro con un poco menos de fricción, pero aun así me siento completamente estrangulado.
—Joder, Helena, estás tan apretada. —Me hundo hasta la mitad, dejando por un momento que se acostumbre.
—Pietro... ya no aguanto más, por favor... por favor... lo quiero todo.
—Eres una descarada, voy a dártelo todo —empujo de una sola vez toda mi polla, haciendo que Helena grite en una mezcla de dolor y deseo.
Le sujeto la cintura, afirmándola, y le follo el culo apretado sin piedad, mientras Helena gime, corriéndose una vez más.
Dio, me estrangula la polla contrayéndose con cada espasmo que da su cuerpo.
—Ah... Pietro, no lo soporto... es demasiado... —suplica entre gemidos.
La tiro del pelo, levantando su cuerpo hasta juntarlo con el mío.
Y murmuro contra su cuello, sintiendo el olor a cereza, sangre y sexo. Esa combinación única es como un afrodisíaco que me vuelve aún más loco por ella.
—Sí que lo aguantas, mi diabla rubia.
Amenaza con caer, le sujeto el cuello con firmeza con una mano, y con la otra vuelvo a tocarla, sin dejar de follarle el culo.
Joder, es una tarea ardua contener mi propio orgasmo, pero me mantengo firme.
Aumento las embestidas, con el mismo ritmo de mis dedos, cortándole levemente el suministro de aire.
—Pietro... te amo... —mi descarada gime cuando su cuerpo vuelve a convulsionar.
—Ti amo, mia donna, y ahora vas a correrte conmigo, mi deliciosa. Como la buena descarada que eres, córrete conmigo metido hasta el fondo en tu culito apretado.
Siento todo su cuerpo temblar. Y finalmente me libero, derramando toda mi leche dentro de ella, como si no me hubiera corrido en años. Una cantidad absurda la llena.
Suelto su cuello, sin dejar de tocar su clítoris hinchado. Helena grita cosas inconexas y se desborda teniendo un squirt.
—Amore mio, tenemos que matar más veces juntos —salgo de su interior, sin soltar su cuerpo que está blando, viendo mi semen escurrir entre sus piernas.
Cuando giro a Helena de frente hacia mí, simplemente se desmaya en mis brazos.
Mirando su cuerpo con las marcas de lo que acabamos de hacer, nada me quita esa sensación de hombre de las cavernas, de saber que pertenece solo a mí.
Mi cabeza grita que es mía, ¡solo mía!
Levanto su cuerpo colocándola sobre la mesa, hasta que vuelve del desmayo.
—Amore mio, ¿te sientes bien?
Parpadea, como si pensara dónde está. Entonces enseguida recuerda y abre una sonrisa avergonzada.
—Dios, Pietro, me he desmayado de tanto correrme... —su rostro se pone rojo.
—Quien te mira avergonzada así casi cree que no eres una descarada —sello nuestros labios.
—No le cuento estas cosas a nadie —dice riéndose.
Cojo mi camiseta para cubrirla, ya que su ropa se ha convertido en jirones.
—Más te vale, porque sería capaz de matar a cualquiera que pensara en lo buena que estás mientras tienes un orgasmo —mi voz es ronca en mi amenaza, y veo cómo su piel se eriza.
—Ya basta de muertes por hoy. Solo quiero volver a nuestra casa y acostarme contigo. Por fin hemos cerrado esta parte.
Sí, amore mio, aquí, en este galpón, con la muerte rodeándonos, nos encontramos. Sin máscaras. Sin mentiras. Solo nosotros dos y lo que quedó de nosotros después de todo.