Capítulo 35
Helena Collalto
Miro el anillo en mi dedo y no contengo una sonrisa.
Una semana desde que nos casamos y apenas hemos salido del dormitorio. Trabajo unas pocas horas al día.
Solo avisé a Taína y a Henrique de que nos habíamos casado. Pietro quiere contárselo personalmente a su familia, pero yo no podía casarme sin avisar a mi socia, porque necesitaba unos días libres para aprovechar la luna de miel que nos hemos regalado aquí.
—¿Amore? —Pietro me llama desde el pasillo.
—En el despacho —grito de vuelta.
—¿Cómo ibas a no estar trabajando, verdad?
Siento que el rostro me arde, porque prometí que desconectaría un poco.
—Es solo un poquito, necesitaba analizar una propuesta que hemos recibido. Aparentemente trabajar para ti ha hecho que mi empresa tenga mucha visibilidad.
—Nada más justo que seas reconocida por el excelente trabajo que haces. El desayuno está servido, ¿vamos a comer?
Solo con que hable de desayuno, siento que el estómago se me revuelve. No me he adaptado a la comida de la cocinera de aquí, y lo estoy pasando mal continuamente.
—No tengo hambre —miento.
—Helena, no puedes quedarte sin comer —me regaña.
Me baja la glucosa y me desmayo, lo sé, lo sé... Pero ¿cómo decir que no me gusta la comida, si la señora trabaja desde hace años para la familia de Pietro?
—Voy dentro de un ratito, puedes ir comiendo. Necesito terminar esto —señalo el portátil y desvío la mirada, sin sostener la suya.
—Helena, per favore...
Su teléfono suena, y respira hondo saliendo para contestar. Por su tono, no debe de ser nada bueno. Perfecto, así se olvida un poquito de mí.
Me concentro en el documento frente a mí hasta que me manda un mensaje.
Amore:
Ha habido un problema en la obra, voy a tener que ir allí. Vuelvo dentro de poco. Por favor, come algo.
Helena:
Tranquilo. Si necesitas algo de mí, solo tienes que avisarme.
Vuelvo a mi trabajo hasta que doña Teresa llama a la puerta.
—Hola, doña Teresa, ¿todo bien?
—Sí, hija mía, su Pietro me pidió que le trajera alguna cosita aquí para que comiera. Está preocupado.
—Está bien, puede dejarlo en la mesita, que enseguida como, gracias.
Deja la bandeja en la mesa de centro y me mira como si tuviera la certeza de que no comeré.
—Si la señora necesita algo, puede llamarme.
—Está bien, gracias, doña Teresa.
Ya he desistido de pedirle que no me llame señora.
Pienso en comer de verdad, pero en cuanto me levanto de la silla mi teléfono suena, metiéndome en una reunión urgente.
Perfecto, tampoco quería comer.
Finalizo la firma de un documento después de la reunión y, joder, se suponía que iba a ser una reunión rápida, pero se han ido tres horas.
Cuando por fin voy a levantarme, Pietro entra en el despacho, y sus ojos bajan directamente hacia la bandeja llena sobre la mesa. Frunciendo el ceño, me mira.
—Helena... —su tono de advertencia me provoca un escalofrío.
—Puedo explicarlo, te juro que iba a... —me levanto de la silla y entonces todo se vuelve negro.
Pietro Collalto
No consigo llegar a Helena a tiempo de sujetarla debido a la mesa que hay en nuestro camino, y cae con todo al suelo.
—¡Joder! Helena, amore, per favore.
Su rostro está pálido y está helada.
La levanto del suelo de inmediato, llevándola al salón.
No muestra ni señal de que vaya a despertar, llamo a doña Teresa.
—Pida que traigan el coche, voy a llevarla al hospital.
Ella solo asiente y sale corriendo.
Siento algo caliente en mi brazo, y veo que es sangre. Debe de haberse golpeado la cabeza al caer.
Enseguida llega el conductor y nos lleva a uno de los hospitales de la mafia aquí. Es un complejo no demasiado grandioso, pero en cuestión de innovación es extremadamente tecnológico.
—Señor Collalto, ¿qué ha pasado?
—Ha estado todo el día sin comer y ha acabado desmayándose. Creo que se ha golpeado la cabeza contra la mesa al caer.
—De acuerdo, vamos a verificar por qué todavía no ha vuelto en sí.
—Doctor, es mi mujer, así que tenga mucho cuidado —mi voz sale como un trueno.
Asiente temblando. La colocan en una camilla y salen corriendo.
Camino de un lado a otro, casi abriendo un agujero en el suelo.
Golpeo el mostrador de recepción, asustando a la pobre mujer del otro lado.
—Mande al médico venir aquí a darme noticias si le tiene el mínimo amor a la vida.
El médico aparece enseguida.
—¿Señor Collalto?
—¿Ya puedo entrar para ver a mi mujer?
—Puede, está despertando ahora. Sígame, por favor.
Lo sigo por un pasillo corto, donde entra.
Y enseguida me encuentro con la mia bella, pálida en la cama.
—Pietro... —sus ojos son suplicantes.
Corro a su encuentro y la abrazo, pasando por los cables que están conectados a ella.
—Estoy aquí, amore mio, vas a estar bien ahora. Doctor, ¿qué le ha pasado?
—Debido a haber estado todo el día sin comer, su glucemia ha bajado mucho y el desmayo vino de eso.
El cuerpo se quedó extremadamente débil.
Verificamos la cabeza, pero no ha sido nada grave.
Señorita Moraes —verlo llamarla por su apellido de soltera me da rabia, pero hasta que se lo contemos a Tizziano no puedo arriesgarme—, en su situación no puede pasar tantas horas sin comer.
La enfermera entra en la habitación y le quita la vía del brazo a Helena, porque acaba de terminar el suero. Así puedo abrazarla sin miedo a hacerle daño.
—Lo siento, sé que no puedo jugar con la hipoglucemia. Es terrible, pero esta no ha sido la primera vez que me desmayo.
No sabía que era algo tan serio. Voy a prestar más atención ahora.
—Sabes que voy a estar encima de ti a partir de ahora, ¿verdad? No sabes el susto que me has dado.
El médico nos mira sin entender.
—Sí, también es importante. Usted todavía no lo sabe, ¿verdad?
Percibe la confusión en nuestros rostros, miro a Helena y ella empieza a parpadear, y su respiración se acelera.
—Doctor, puede dejar de hacerse el misterioso. ¿Helena tiene algo de lo que debamos preocuparnos?
—No, solo tengo que darles la enhorabuena. Serán padres en unos meses.
Las palabras del doctor me toman totalmente desprevenido.
Miro a mi mujer, que está atónita.
Las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos.
—Dio mio, amore[20]. Mírame.
Tomo su rostro entre mis manos, haciendo que me mire a los ojos.
—Háblame, ¿está todo bien?
—Yo... es... Dios mío... joder... —habla en portugués.
Está completamente desorientada.
—Doctor, déjenos a solas —ordeno.
Necesito estar con ella un momento y calmar la confusión que veo en sus ojos.
—Sí, si necesitan algo, solo tienen que tocar el timbre. —Sale de la habitación con la enfermera.
Cojo a Helena en mi regazo y la abrazo con fuerza, sintiendo su cuerpo temblar levemente.
Sé que tiene miedo de toda esta situación, y eso hace que no tenga idea de cómo va a reaccionar ahora que sabemos que es real.
—Estoy aquí, amore, ¿recuerdas que te lo dije? Lo que decidas, te apoyaré —aunque eso me parta el corazón por la mitad—, estoy a tu lado para cualquier cosa.
Sus lágrimas mojan mi camisa.
—Pietro, Dios mío, ¿cómo puede ser? Yo tomo la píldora. No debería haber pasado ahora, todavía estaba preparando mi mente. ¿Cómo voy a ser una buena madre? —empieza a hablar todavía en portugués, eso me muestra lo desorientada que está. Creo que no está notando que habla en su lengua nativa.
Suele ir siempre despacio en las decisiones que toma y calcular con calma el momento adecuado para hacer las cosas. Y ahora eso le ha sido arrebatado, su cabeza está en pánico.
—Tú mejor que nadie sabes que ningún método es cien por cien eficaz, y con nosotros follando como dos conejos, esto tenía muchas posibilidades de pasar. Y en cuanto a ser una buena madre, eso no me da miedo. Eres excepcional, Helena, criaste a Henrique mejor de lo que cualquiera podría esperar.
Se aparta levemente de mi pecho y me mira.
—¿Estás feliz? —pregunta, todavía llorosa.
—Amore mio, en nuestra familia nos criaron para casarnos y tener hijos, así que sí, estoy feliz por saber que el amor de mi vida lleva dentro un pedacito nuestro —llevo la mano a su barriga y hago una caricia leve antes de retirarla—, pero estoy de tu lado para cualquier cosa que decidas.
Helena baja la cabeza, mirando su barriga, que todavía está totalmente plana, y lleva la mano allí.
—No tengo ninguna ambición de hacerle daño a un fruto de nuestro amor, solo estoy asimilándolo todo. Sabes que me gusta hacer las cosas planificadas. Lo que ha pasado aquí me ha pillado por sorpresa, solo necesito organizar mi mente ahora, colocando a un niño en la ecuación.
Coloco mi mano sobre la suya, sabiendo que allí hay un pedazo mío y suyo.
—Enseguida tendrás planificada hasta su universidad.
—¿De él? ¿Un niño?
—Instinto de padre.
Acaba soltando una sonrisa débil.
—Vale, instinto de padre. Quiero verlo si es una niña.
—La amaré de la misma forma. Tal vez la meta en un convento, pero seguiré amándola igual.
—Solo tú. Dios mío, Giulia y yo estamos embarazadas juntas —constata y acaba sonriendo con la coincidencia.
—Hablando de ella, mi hermano nos ha convocado para volver a Nueva York en dos semanas, para la fiesta de revelación que Giulia quiere hacer para descubrir el sexo.
—Chá revelación —me corrige.
—Eso mismo. Como será justo después de la inauguración, creo que estará todo bien.
Asiente. Y su respiración está visiblemente más tranquila.
—Sabes, ahora sé que probablemente el problema no era la comida de doña Teresa, debía de ser mi estómago avisándome ya del embarazo.
—Sí, porque su comida no es mala, y ella se siente fatal pensando que no te gusta.
—Vamos a intentar arreglarlo ahora que sabemos qué está pasando.
—Sí, vamos a arreglarlo. Haré todos tus antojos realidad. —Me inclino, dándole un beso en la barriga—. No tienes idea de lo feliz que me haces al darme una familia. Ti amo tanto, amore mio[21].
—Tú también me haces muy feliz, sobre todo por entender mis miedos y apoyarme en esto. ¡Te amo muchísimo!
Abrazo su cuerpo pequeño.
—Eres todo en mi vida, jamás dejaré que os pase nada —susurro, besándole el pelo.