Capítulo 29
Helena Moraes
Nunca me pongo nerviosa al volar, pero ahora, aterrizando en Nueva York, siento el cosquilleo en el estómago de este nuevo comienzo. Experimento en el fondo ese miedo a que al final nada salga bien, pero al mismo tiempo algo me dice que tiene que ser con Pietro.
Lo que él me hace sentir es una mezcla de sensaciones, algo como miedo y excitación en la misma proporción. Eso me desordena la cabeza al mismo tiempo que me dice que necesito intentarlo, porque mi felicidad ya no está en la burbuja que construí.
El piloto anuncia el aterrizaje, sacándome de mis pensamientos.
—¿Lista para empezar, Lena?
No contengo la sonrisa para mi hermano.
—Sí, no imaginé que volvería a dar este paso, pero después de nuestra conversación me quité un peso de encima. Todavía tengo miedo, no voy a negarlo, pero estoy más dispuesta a arriesgarme.
—Vamos a ser felices aquí, puedo sentir que nuestras vidas van a cambiar.
—Vaya, Rique, qué sensitivo estás. ¿Vas a enamorarte en la universidad y a casarte?
—No, soy demasiado joven para casarme, y tengo algunas cosas pendientes. —Pienso en su amiga inseparable, y en si se refiere a ella—. Me conformo solo con tu boda por ahora.
Siento que las mejillas se me calientan, porque finalmente la idea de casarme no me asusta como antes. Consigo visualizar una vida con Pietro.
Ese maldito italiano se infiltró tanto en mí que, poco a poco, ya no entro en pánico con esos pensamientos.
—Si dependiera de Pietro, seguro que ya me habría pedido matrimonio.
Acabo riéndome con Henrique, porque siempre se empeña en dejar claro cuánto me quiere y, al mismo tiempo, cuánto entiende mi tiempo.
Bajamos en la pista privada. Ya he estado aquí otras veces con Pietro. Me detengo al lado de la escalerilla para ver si visualizo a algún guardia, pues antes de salir de Brasil Nathan informó de que enviaría a alguien para buscarnos.
Miro alrededor hasta que, finalmente, mis ojos se posan en el hombre apoyado contra el coche en una esquina de la pista.
La sonrisa me llena el rostro de forma involuntaria.
No contengo mis pasos encontrándome con mi... ¿mi qué? ¿Qué somos al fin y al cabo?
—Amore mio, no tienes idea de cuánto te he echado de menos.
Pietro me levanta del suelo como si fuera una pluma.
—No puedo negar que yo también. —Pego nuestros labios, apreciando por fin su calor. Y sí, lo he echado muchísimo de menos. Qué difícil fue volver a dormir sola.
—No voy a dejar que te vayas nunca más —dice separando nuestros labios.
—Espero que sí. No me gustaría estar equivocada. —Pero mi confusión ya empieza al no saber cómo categorizarnos.
¿Seríamos novios?
Él dice que soy suya, entonces ¿puedo considerar que vamos a casarnos?
Y eso me hace pensar si quiero casarme ya. Dios mío, otro pensamiento me invade: su familia es tan escandalosa que querrán una boda grandiosa igual a la de Massimo.
—¿Helena? Eh... ¡¡¡despierta!!! —Pietro chasquea los dedos delante de mí.
—Me he ido en mis pensamientos.
—Lo he notado. ¿Qué estaba maquinando esa cabecita? —Apoya el índice en mi frente de broma.
—No sé qué estatus tenemos al final —confieso, sintiendo que la mejilla se me calienta.
La sonrisa de alivio llena los labios de Pietro.
—¡Ah! ¿Era eso? Tú eres mi Helena, ese es nuestro estatus. ¡Eres la mia donna[16]! En cuanto digas que sí, nos casamos.
—¿Y lo que estamos haciendo no es básicamente eso?
Me suelto de sus brazos, volviendo al suelo.
—Sí, a mis ojos eres mía, solo falta que mi nombre complete el tuyo. Y entonces todos sabrán que nunca serás de nadie más.
Muy poco posesivo, gracias a Dios. Su suerte es que yo también soy tan posesiva como él.
Se queda sin verme poco más de una semana y ahora está desesperado como si yo fuera a huir.
—¿De dónde ha salido tanta posesión?
—Del miedo a que te marches y tenga que ir a buscarte.
—Pietro —mi tono es de advertencia.
—¿Qué? ¿Crees que te dejaría ir sin insistir? Helena, te amo, nada en el mundo va a cambiar eso.
¿Por qué tenía que involucrarme justo con un posesivo?
—No, estás lo bastante loco como para ser insistente. —Me quedo con el yo también te amo atrapado en la garganta.
Caminamos hacia su coche, y mi hermano, que hasta ahora nos estaba dando privacidad, se acerca.
Pietro saca tema en cuanto entramos.
—¿Ilusionado por estudiar aquí, Henrique?
—Sí, tenía ganas de hacer un intercambio, así que creo que será bueno. Gracias por la ayuda.
—Eres importante para Helena, así que también lo eres para mí.
Me alegra saber que Pietro no tiene problemas con Henrique, porque si los tuviera con él, en consecuencia los tendría conmigo.
—Hago mías tus palabras. Entonces, no la hagas daño —amenaza de manera sutil. Henrique siempre intenta protegerme y no puedo negar cuánto se me calienta el corazón con eso.
—Si depende de mí, jamás... Ahora otra cosa, pasaremos la Navidad aquí mismo, mi familia ha llegado hoy de Italia. ¿Te parece bien?
¿Qué está pensando? Soy novata aquí, ¿cree que voy a prohibirle pasar la Navidad con su familia? Sobre todo porque llegamos hoy y Navidad es dentro de dos días.
—Está bien, puedo pasarla con Henrique, sin problemas. En realidad estamos acostumbrados a pasarla solo nosotros dos. Algunas veces la pasé con Taína, pero en estos últimos años éramos solo nosotros dos —me pongo a hablar, reforzando que la pasábamos solos.
Me mira confundido, frunciendo el ceño.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? Helena, jamás dejaría que la pasaras sola. Vas a estar a mi lado, solo quería saber si te parece bien. Porque la última vez que estuviste con mi familia en un gran evento, no acabamos saliendo bien, y solo quiero que te sientas cómoda.
La preocupación en su rostro es genuina. ¿De verdad cree que podría molestarme?
—No, ya pasé por la situación de tu no compromiso. No tengo problema en estar con ellos, todos me tratan superbién.
La familia de Pietro no ha sido nada más que encantadora en todos estos meses conmigo.
—Me quedo más tranquilo sabiendo eso, porque si no pasaríamos la Navidad solo nosotros tres.
—No voy a meterme en medio de tu familia. Aunque mi familia sea solo Henrique, valoro ese vínculo, no me metería entre vosotros solo para causar peleas. Pero, en fin, no he comprado regalos para nadie. Dios mío, van a pensar que acabo de llegar y soy una maleducada.
Ir de compras mañana va a ser terrible. Joder, ni siquiera tengo ropa preparada para pasar la Navidad con su familia.
—Helena, no entres en pánico, estás pensando demasiado. Todos sabrán que acabas de mudarte y que no tenías cómo comprar regalos, y eso es lo que menos importa. Lo más importante es que eres mía. Solo mía, y nadie puede cambiar eso.
Ya lo he entendido, señor posesivo. ¿Qué le pasa a este hombre? Estoy aquí, al fin y al cabo, no era para tanto drama.
—Vale, estás empezando a preocuparme con lo mucho que repites eso. ¿Hay algo mal?
—No, solo quiero dejar eso marcado en ti —se inclina cerca de mi oído—, también quiero marcar cada pedacito de tu cuerpo. No tienes idea de cuánto te estoy echando de menos.
Mi rostro se calienta de inmediato. Y no niego que también echo de menos nuestros momentos.
No respondo, solo le doy un beso leve. Él mantiene esa sonrisa de medio lado para mí.
En cuanto llegamos a nuestra casa, las maletas ya han sido descargadas, y no pasan ni cinco minutos antes de que Giulia y Angelo aparezcan corriendo. Ella me abraza a toda velocidad.
—¡Ah, estoy tan feliz de que hayas vuelto! Dio, ¡pensé que tendría que ir a Brasil detrás de ti!
Me quedo avergonzada. Giulia es expansiva y se empeña en hacerme sentir bien.
—¿Ves, amore mio? Iríamos en comitiva a buscarte, todos te quieren aquí. Has conquistado a toda mi familia.
—Lena, tomaste la mejor decisión, ahora disfruta de tu vida. —Henrique me pasa la mano por el hombro.
—Tienes razón.
Este nuevo año que está por venir será mi año, lo siento.
Le presento a mi hermano a Giulia y a Angelo, y ella ya me arrastra hacia las cosas que tienen que revisarse para la Navidad. Dice que mi forma de organizar marca toda la diferencia, así que nos quedamos hasta tarde organizándolo todo.