Capítulo 28
Pietro Collalto
—¿Qué estás tramando, Pietro?
Lo miro a los ojos antes de hablar:
—Voy a casarme con Helena. He descubierto que tiene ascendencia italiana.
Abro los archivos que Nathan ha levantado, mostrándole a Tizziano todo lo que he descubierto.
Abre mucho los ojos con cada página que pasa.
—¿Cómo... cómo puede ser esto? ¿El tío Carlo ya lo sabe? —Tizziano hojea despacio, como si las palabras pesaran toneladas, absorbiendo allí la información. Su mano tiembla durante un instante, pero lo disimula pasándosela por el rostro.
—Obvio que no. No quiero que nadie lo sepa hasta que le cuente a Helena lo de la mafia, y en realidad es una ascendencia tan lejana que no lo veo como lo más importante.
Vuelvo a llenar nuestros vasos, le entrego el suyo a Tizziano, apreciando el Macallan que he recibido esta semana. Solo así se pueden calmar las cosas.
—Está bien, vamos a contárselo solo a papá, porque no quiere admitir tu boda, y esto puede ayudar a convencerlo.
—¿Finalmente estás de acuerdo sin quejarte ni atacarme? —Me extraña que no cuestione la veracidad.
—Pietro, sabes muy bien lo que todo esto implica. Por más que no hayas sido criado para ser el jefe, sabes cómo es serlo. Estoy cansado, toda esta historia me ha hecho pelearme con mi mujer, ¿sabes lo jodido que es eso?
Detesta pelearse con Giulia. Mi cuñada es su mundo, aunque no suela admitirlo.
—Lo sé, pero yo iba a insistir, aunque no hubiera descubierto este parentesco suyo que nos ayuda con la ascendencia. Aun así la haría mía. Nada iba a impedírmelo.
—Tu determinación es envidiable. Pero sabes que no estamos por encima de las reglas. Ni siquiera yo, y no sabes lo que me estaba costando verte enamorado y no poder dejarte casarte con la mujer que elegiste.
Es evidente el peso sobre los hombros de Tizziano, y no puedo negar que sus palabras me sorprenden.
—Papá me está volviendo loco. Modernizó la mafia, pero nunca renunció a las tradiciones.
Mi matrimonio con Giulia no fue una elección mía, pero cuando la miro.
.. —hace una pausa, con los ojos fijos en el vaso que tiene delante— es como ver la única cosa pura en un mundo que me obliga a ser despiadado.
Solo por eso se lo agradezco, porque amo a esa mujer, y por todo mi amor por ella, sabía que tú jamás serías feliz en otro matrimonio.
Nunca había visto a Tizziano desahogarse de esa manera. Me quedo sin palabras.
—Giulia me dijo que, aunque Helena no sepa que eres mafioso, es fuerte y está totalmente preparada para estar a tu lado, que ninguna otra italiana sería tan perfecta para ti.
¿Te das cuenta de que mi mujer te vio más que yo?
¿Qué estoy haciendo con mi vida para no conseguir ver ya a mi propio hermano?
Con todo lo que ocurre todos los días, me sorprendería que lo hubiera visto.
—Eres el jefe, tienes responsabilidades mucho mayores de las que preocuparte. Tienes demasiadas cosas en tus manos. La famiglia va en primer lugar, todos lo sabemos.
—El peso de todo esto a veces es aplastante.
Ver a mis hijos entrenando —su mirada se pierde a lo lejos, como si imaginara la escena—, cuando veo a Angelo, siento que el corazón se me encoge al pensar que estará obligado a matar dentro de poco para convertirse en mafioso.
Toda esa inocencia que tiene acabará muriendo porque tenemos deberes.
Después de convertirme en padre, empecé a ver las cosas de otra manera.
Parece buscar las palabras.
—Sí, cambiaste un poco, pero solo lo percibió quien convivía de cerca contigo. Para el resto del mundo sigues siendo el mismo tirano, sin paciencia, que no sonríe ni tiene misericordia.
Tizziano bebe el líquido ámbar del vaso que tiene delante antes de pasarse las manos por el pelo.
—No sé por qué estoy diciendo esto ahora... Tal vez porque, por primera vez, creo que necesitas saberlo. —Respira hondo antes de continuar—. Siempre me viste como el tirano. El intocable. Pero nunca quise ser nada de eso, solo seguí mi destino.
Estoy sorprendido, porque mi hermano jamás se había abierto tanto así.
—Lo sé bien, hermano. No tuvimos elección.
—Nunca quise demostrar debilidad. Pero, joder, Pietro, si usaran a cualquiera de vosotros contra mí, daría mi vida sin pensarlo.
Evitaba verte con Helena porque sabía, simplemente, que verte feliz y tener que destruir eso me causaría un daño enorme.
Si me veía obligado a separaros, sabía que iba a perderte.
Mi hermano me conoce muy bien, porque si hiciera cualquier cosa contra Helena, tendríamos un problema.
—¿Entonces quiere decir que estabas siendo un gilipollas conmigo por nada? ¿Solo haciéndome querer partirte la cara cada santo día por placer? —bromeo, intentando aligerar el ambiente.
—No, Pietro, no iba a dejar que te casaras con ella si mi plan no salía bien.
Por más que eso fuera a llevarme al infierno, tendría que seguir las reglas.
Solo no podía dejar que percibieras mi vacilación, ni cuánto me estaba rompiendo obligarte a hacer lo que no querías, porque en el momento en que lo notaras, entonces todo estaría acabado.
Tu determinación por encontrar cualquier brecha sería mayor.
¿Plan? ¿De qué habla Tizziano? Nunca mencionó nada de eso.
—Sí, si hubiera notado que tenías cualquier inclinación a ayudarme, sin duda habría acabado contigo, te habría vuelto loco hasta que aceptaras. ¿Te das cuenta de que siempre te consideré rígido? Nunca aceptas nada fuera de lo que crees correcto, jamás pensé que consideraras a Helena.
—Soy un poco peor de lo que imaginas. He estado buscando algunas maneras, estos últimos meses, de hacer que Helena fuera apta para ser tu esposa. Desde que Giulia me echó en cara lo buena que era para ti, empecé a moverme. ¿Crees que Giulia le enseñó a disparar porque sí?
—No, eso fue algo que me pareció extraño, pero como me benefició, simplemente dejé que ocurriera, a ver qué salía.
—¿Crees que toda nuestra familia, incluso papá, la aprecia y exalta sus cualidades a cambio de nada?
Pietro, cuando percibí que nada te haría desistir, vi qué hizo que te enamoraras, y les mostré a todos la Helena de la que te enamoraste: la mujer inteligente, luchadora e incluso tiradora.
Eventualmente, papá también percibiría que ella es la mujer ideal para casarse contigo.
—¿Por qué no me lo contaste?
Nunca pensé que Tizziano pudiera cargar con tanto. Siempre fue el tirano inquebrantable, aquel que nunca dudaba. Pero ahora, viendo el peso en sus ojos, percibo cuánto sacrificó... por mí.
—Porque si no salía bien, tendría que actuar en contra, y yo soporto el dolor, Pietro, fui forjado en el infierno.
Pero tú estabas dispuesto a renunciar al infierno por esa mujer.
Y yo dejaría que lo hicieras, aunque tuviera que mandarte a vivir escondido en las montañas para ello y soportar el impacto de tener un hermano muerto para la mafia.
Pero no soportaría el dolor de perderte del todo porque yo tuviera que dar la orden de matarte.
El shock me toma. No imaginé que Tizziano pudiera esconder tanto.
—No sé qué decirte —mi voz sale baja. Pocas cosas me sorprenden en la vida, y sin duda esta conversación de hoy está en la cima de todo para sorprenderme.
—Simple. Solo sigue como si nada de esto hubiera salido nunca de mi boca. No nos criaron para tener misericordia. Somos leales, y por más que yo sea leal a la mafia, tú sigues siendo mi familia. Solo quería que lo supieras.
—Creí que estaba jugando solo todo este tiempo, pero era obvio que tenía apoyo. No vuelvas a hacer eso. Por más que seas el jefe, sigo aquí para ser tu apoyo. No necesitas aguantar toda esta mierda solo.
—No voy a arriesgar tu vida por nada. Mientras pueda proteger a mi familia, siempre actuaré.
Está mucho más aliviado, y acabo de percibir que mi hermano todavía tiene corazón, y que, del mismo modo en que yo estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por él, él también lo está por mí, aunque para eso tengamos que ir contra algunas reglas.
—Eres más humano de lo que pensaba, hermano.
Tizziano sonríe, pero es una sonrisa triste.
—Tal vez. O tal vez solo esté cansado de fingir que no lo soy.
Aprovecho la oportunidad con mi hermano y llamamos a nuestro padre para conversar.
Está sentado conmigo y Tizziano en su despacho.
—Pietro, ¿qué era tan importante que querías decirme?
Respiro hondo y hablo con él.
—Voy a casarme con Helena.
Me mira sin decir nada durante un rato, coge su vaso de whisky y bebe despacio.
—Sabía que este momento llegaría. ¿Has decidido escoger a la brasileña antes que a tu familia?
—Papá, escucha a Pietro antes que nada.
—¿Ahora hasta tú estás de su lado? —Papá parece incrédulo.
Tizziano ve que es una lucha perdida y no responde, mirándome como quien dice: eres tú quien debe resolverlo.
—Él sabe que, independientemente de cualquier cosa, escogería el amor de Helena, pero tengo un atenuante —digo mientras muestro los documentos que Nathan ha levantado—. La bisabuela materna de Helena era italiana, entonces ella...
—No deja de ser una brasileña. —Papá me corta, y no entiendo por qué esa fijación.
—Incluso con todo esto, ¿usted va a insistir?
—Pietro, sabes que las reglas son claras, tiene que ser una italiana, no descendiente de no sé cuántas generaciones. Adoro a Helena, pero la mafia tiene reglas —su respuesta viene firme, sin vacilación.
Yo imaginé que tendría problemas con mi hermano, no con mi padre.
—Papá, entonces expúlsame de la famiglia, ponme una bala en la cabeza, porque estoy escogiendo a mi mujer —determino, levantándome de la silla, incapaz de quedarme quieto.
—Padre, per favore[15]. ¿Prefiere perder a Pietro antes que dejar que sea feliz? ¿Puede pensar en su vida sin mi madre? Porque yo no me imagino sin Giulia, del mismo modo que él ya no es feliz sin la brasileña —intermedia mi hermano.
El semblante serio de mi padre muestra que parece finalmente entender.
—Hijo, son las reglas —su discurso ya no es tan convincente.