Capítulo 18
Pietro Collalto
Miro la casa de Helena frente a mí y me siento como un loco perseguidor.
Pero ¿cómo podría actuar de otra forma?
En cuanto el soldado que está siguiendo a Helena de lejos la vio salir del hospital llorando, supe que algo iba mal, y cuando oí su voz por teléfono, solo confirmé que iba mucho más allá de lo que ella quería contar.
—Nathan, ¿ya has descubierto quién estaba en el hospital?
—Sí, poco antes de que ella saliera llegó su padre.
Probablemente el desgraciado hizo algo contra ella. Es evidente que su relación con la familia no es la más feliz.
—Quiero que descubras qué le hizo. Ve hasta el fondo de esta historia —ordené, y salí del coche.
En cuanto toco el timbre, su hermano aparece frente a mí y me mira intentando entender quién soy.
La semejanza entre los dos es indiscutible. Había visto fotos, pero nada se compara con verlo personalmente.
—¿Puedo ayudar? —La mirada desconfiada es idéntica a la de Helena.
—He venido a hablar con tu hermana, ¿puedes llamarla? —digo con mi portugués cargado.
—¿Y tú quién eres? —De inmediato cruza los brazos, en una posición defensiva, sin demostrar ningún miedo ante mí.
Me gusta eso. Parece listo para defender a su hermana, incluso sin saber nada de mí.
—Soy Pietro, ella está trabajando para mí.
Se relaja un poco, probablemente porque sabe que no es solo eso.
—Ah, entonces tú eres el famoso Pietro. Huum...
Ahora la posición defensiva pasa a batirse en duelo con la evaluadora, como si pensara si soy lo bastante bueno para ella.
—¿Puedes llamarla? —empiezo a perder la poca paciencia que poseo.
—Está en una reunión, puedes entrar, enseguida te atenderá —me da paso—, ¿quieres beber algo?
—No, solo voy a esperar.
Asiente y me indica el sofá. Observo el ambiente, y es la cara de mi Cerecita: claro, vivo y extremadamente organizado.
Las ventanas iluminan la estancia, compuesta por sofás gris claro; las paredes también son todas de un tono crema.
Y no puedo dejar de notar las fotos de Helena con su hermano y con el fallecido.
Incluso después de tanto tiempo no se ha deshecho de sus recuerdos, y no entiendo por qué, pero eso me incomoda más de lo que me gustaría admitir.
Me siento y aprovecho el tiempo para responder algunos correos.
Siento la mirada de Henrique quemándome. Levanto la vista para ver qué está pasando.
—¿Qué ocurre? ¿Quieres decirme algo? —pregunto, al notar que parece impaciente.
—Sabes, no te conozco, pero he notado a Lena ligera de una manera en la que no ha estado desde hace años —amenazo con responder, pero me corta—.
Déjame hablar primero. Mi hermana no es una mujer simple, es compleja de cojones, y yo la estoy animando a intentar abrirse de nuevo contigo, así que, por favor, no la cagues.
Si no quieres hacerle daño, puedes parar ahora con lo que sea que hayáis empezado.
Mi hermana merece ser feliz y ser cuidada; si no eres capaz de eso, déjala en paz.
Espero a que lo diga todo, y solo observo la valentía que posee. Por más que no tenga ni la menor idea de con quién está hablando, no muestra ningún rastro de miedo. Su única preocupación es la felicidad de su hermana.
Eso me hace admirarlo un poco.
—Me alegra que cuides de ella. Porque lo único por lo que ella se preocupa todo el tiempo es por ti.
Con respecto a lo que siento por tu hermana, puedes estar tranquilo, no pretendo jugar.
Si quisiera eso, puedes estar seguro de que no habría salido de Nueva York para venir a encontrarme con ella aquí.
—Eso espero, porque puedes ser multimillonario y lo que quieras, pero si la haces sufrir, acabo contigo.
No evito sonreír. Si imaginara lo que soy capaz de hacer, no me amenazaría así, pero al mismo tiempo me alegra saber que hace de todo por ella.
Antes de que pueda responder, Helena aparece en el salón. Aunque no la vea, siento su olor.
—¿Pietro? —Me levanto y me giro, yendo en su dirección—. No imaginé que fueras tú. ¿Qué haces aquí?
—He venido a buscarte —abro mi sonrisa más canalla cuando me acerco lo suficiente para capturar su boca. Cielos, cuánto la he echado de menos. ¿Cómo he podido volverme tan adicto así?
—Pietro, por favor. —Se aparta lentamente de mis labios y me mira al fondo de los ojos.
Veo la clara confusión que hay en ella.
Antes de que pueda decir nada, su amiga viene corriendo y gritando.
—¡Lena, Lena, lo conseguííí! ¡Jorge y Mateus serán nuestros!
—¿Qué historia es esa, Helena? —pregunto, endureciendo el semblante casi de inmediato.
Cuando me ve, Taína frena su pequeño espectáculo.
—Hola, Pietro, no sabía que estabas aquí. Madre mía, me emocioné tanto que olvidé que ibas a recibir a alguien —habla rápido en dirección a Helena, poniéndose roja.
—Está bien. ¿Para cuándo has conseguido la entrada? —No entiendo de qué está hablando.
—Para diciembre. Ni me lo creo.
—Helena, ¿puedes explicarme qué está pasando? —Cruzo los brazos, esperando.
—¿Sabes qué está pasando? Helena y yo somos fans del mejor dúo sertanejo que existe en la faz de la tierra, y por fin he conseguido convencerla de ir conmigo a un concierto, ¿sabes lo que es eso?
A ella no le gustan las aglomeraciones, pero simplemente he conseguido que vaya conmigo —el entusiasmo de la socia de mia bella es notable.
Ahora tiene sentido.
—¿Pensaste que tendría un lío con Jorge y Mateus? —me pregunta Helena, riéndose.
—No, tengo plena confianza en mí. Y, de cualquier forma, ellos también podrían sufrir un accidente, nada del otro mundo. —Me encojo de hombros.
—Pietro, ni siquiera bromees con una cosa así.
—Imagina. —Ah, Helena, si supieras quién soy de verdad.
—Ya que estás acompañada y nosotras hemos terminado de ver nuestras pendientes, me voy. Después hablamos —dice Taína, despidiéndose de ella.
Helena va hasta la puerta con su amiga y veo que su hermano también sale, dejándonos solos en casa.
—Ahora que estamos solo nosotros dos, ¿puedes explicarme qué haces aquí? —Levanta una ceja mientras espera mi respuesta.
—He venido a buscarte para ir a Nueva York conmigo. Ahora dime qué pasó ayer contigo.
—Mi pasado recordándome que existe —sus palabras salen amargas.
—¿Quieres hablar de eso?
—No, quiero dejarlo olvidado donde está, no quiero revivirlo. Ahora dime la verdad, sabías que iba a encontrarte pronto, ¿por qué te anticipaste y viniste?
—Porque sabía que estabas llorando, y no soporto verte sufrir, mia stella. Jamás voy a dejarte sufrir sola.
Tiro de ella hacia mis brazos y veo que frunce el ceño cuando toco su muñeca.
Helena no dice nada, solo permanece en mis brazos.
—Siempre voy a estar aquí por ti. Por más fuerte que seas, voy a protegerte, aunque no necesites protección.
Separo nuestros cuerpos, miro la piel amoratada de su brazo y sé que seguramente fue el hijo de puta de su padre. La rabia hierve dentro de mí.
—No fue nada, su brazo quedó peor —abro una sonrisa, porque la mujer que tengo delante sabe defenderse sola, y no puedo olvidarme de eso.
—Creo que siempre tengo que recordar que eres demasiado fuerte —le doy un beso en el pelo—. Pero ya no estás sola. Estoy aquí ahora y no voy a dejar que vuelva a hacerte daño.
—Pietro, deja de prometerme el mundo. Porque así puedo acabar corriendo en dirección opuesta.
La sinceridad de sus palabras me hace recordar cuánto se cierra cuando tiene miedo, y que entrar en su mundo es más difícil que cualquier cosa.
—Perdona, iré despacio, mi Cerecita —susurro contra su oído, mordiéndole la piel—. No tienes ni idea de cuánto te he echado de menos.
—Tal vez sí tenga un poco de idea.
Ataco su boca, con hambre y deseo. Estos días lejos de ella solo me han vuelto aún más loco por esta mujer.
Helena es mi diabla rubia, una tentación a la que no consigo resistirme. Me deja completamente alucinado por ella, como si ninguna otra mujer fuera lo bastante buena para ocupar su lugar.
Mis manos bajan por su cuerpo, atrayéndolo aún más cerca de mí, haciendo que las ganas de fundirme con ella sean todavía mayores.
La levanto en brazos y voy en dirección al sofá, sin separar nuestras bocas, que luchan desesperadas la una contra la otra.
En cuanto me siento, el cuerpo de Helena queda encima del mío. Siento su coño exactamente sobre mi polla, que está tan dura que sería capaz de rasgarme el pantalón. La maldita se mueve, trayendo una fricción dolorosa.
Mia bella separa nuestras bocas, su respiración pesada contra mi cuello.
—Me estás transformando en una loca obsesionada con el sexo. Nunca he sentido tanto deseo así.
—Solo estoy haciendo que sientas exactamente todo lo que provocas en mí.
Mi voluntad es estar todo el tiempo enterrado dentro de ti, Helena.
—Le sujeto el rostro, haciendo que me mire a los ojos—.
Y no es solo por el sexo. Eres demasiado perfecta, cada pedacito tuyo fue hecho para mí.
Quiero más y más de ti, no sé si estás preparada para eso, pero lo quiero todo.
Parpadea varias veces, absorbiendo mis palabras. Y, sin decir nada, se levanta de mi regazo. Antes de que pueda protestar, disculparme por haber ido demasiado lejos, empieza a desabotonarse la camisa que lleva puesta, hipnotizándome con el pequeño espectáculo que recibo.
No es intencional, no lo está haciendo para ser sexy o seductora. Es solo mi Cerecita, pero incluso sin querer es atrevida.
Con esa osadía se quita la blusa, el sujetador, el pantalón y las bragas, y casi babeo al mirar cada detalle de su cuerpo. Su mirada se vuelve hacia mí, y percibo que sigo vestido. Rápidamente me quito todo, quedándome exactamente igual que ella.
Helena vuelve a mi regazo y, antes de que pueda hacer cualquier cosa, su boca vuelve a atacar la mía, moviéndose sobre mí, haciendo que sienta su humedad resbalar, empapándolo todo.
—Quiero probarte —separo nuestras bocas, listo para tumbarla en el sofá, pero ella tiene otros planes.
—Ahora no —su mano entra entre nosotros, me agarra la polla, dando un leve apretón que me hace gemir, y me encaja en su entrada, sentándose de golpe sobre mí.
Gemimos juntos. No esperaba una actitud así por su parte, pero si eso es lo que necesita, voy a darle exactamente lo que quiere.
—¿Mi diabla rubia quiere sexo salvaje? Sin nada antes.
—Quiero que me folles, Pietro —gime mientras se mueve en mi regazo, llevándome a la locura.
—Voy a follarte hasta que olvides a cualquiera que te haya tocado, hasta que solo seamos nosotros dos, hasta que solo te acuerdes de mí y de todo lo que te hago sentir.
—Sí, bórralo todo, haz que solo quede esta sensación.
Le sujeto el pelo en una coleta, tirando de su cabeza hacia atrás, agarrando el pezón hinchado de su pecho con mi boca. Chupo alternando entre los dos, entre mordiscos y succiones. Helena gime mi nombre, sin dejar de moverse y saltar encima de mí.
La descarada cabalga como una amazona, atrapándome entre sus muslos gruesos, llevándome a la locura absoluta.
—¡Ah, Pietro! No pares, por favor, por favor, joder...
Suelto su pecho para mirar su rostro, contraído por el orgasmo que amenaza con llegar. Siento cómo me tortura moliendo mi polla, y sé que no voy a aguantar mucho más en esta postura. Llevo mi mano entre nosotros, encontrando su punto de placer hinchado. Cuando toco a mi mujer, grita todavía más.
—Córrete para mí, mia delizia. Ven a mí, entrégate a mí.
Todo su cuerpo tiembla, haciendo que clave las uñas en mi espalda de manera dolorosa mientras grita de placer.
Su interior caliente me masacra, con Helena llegando a su ápice, y no hay imagen más hermosa que verla entregándose al placer, su cuerpo dando leves espasmos. No dejo de tocarla, prolongando su orgasmo.
Sigo moviéndome para alcanzar mi placer junto a ella.
—Pietro, no aguanto, aaah, cielos, es demasiado.
Continúo embistiendo con fuerza dentro de ella, haciendo que gima descontrolada, teniendo otro orgasmo. Y solo entonces me dejo por fin correrme; rujo con el placer que me toma, llenando cada pedazo de ella, marcando a mi mujer.
Helena se desploma sobre mi pecho, apoyando la cabeza en la curva de mi cuello.
Nuestras respiraciones son pesadas, vamos intentando recuperar el aliento.
Beso su cabeza, acariciándole la espalda, sintiendo sus cicatrices, llevándola a retorcerse levemente en mi regazo, porque no le gusta que se las recuerden. Ya me dijo una vez que le dan vergüenza mostrarlas, pero le dije que son la marca que prueba lo fuerte que es.
—No voy a dejar que te pase nada malo, amore mio —susurro para ella entre mis brazos.
No me responde, solo me abraza más fuerte.
Nos quedamos así hasta que empieza una nueva ronda.
Si depende de nosotros dos, jamás vamos a parar.