Piel de arena 24
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En los alrededores del café de Brahim, los agentes de la Ojrana, camuflados bajo chilabas raídas, observaban la entrada como dos lobos.

El telegrama del general Volkov había sido explícito: Vera Korlov no era una fugitiva ordinaria; era una ofensa al honor de la Rusia imperial que debía ser erradicada antes de que el sol volviera a castigar las piedras de la Casbah.

La espera, sin embargo, se estaba volviendo desesperada. Las sombras se habían alargado hasta devorar las callejuelas y Vera no aparecía.

Brahim salió finalmente al umbral, con los hombros cargados por el cansancio de la jornada.

Dejó que el pequeño grupo de indigentes a los que daba refugio cada noche pasara por su lado, subiendo los crujientes escalones hacia el altillo.

Cuando el viejo cafetero se dispuso a echar el cierre y apagar la última lámpara de aceite, los agentes se movieron con una coordinación letal.

No hubo advertencia. El más bajo se abalanzó sobre él, rodeándole el cuello con el brazo y sofocando su grito antes de que naciera. El segundo comenzó a golpear el estómago de Brahim con una brutalidad rítmica, hundiendo los puños en su carne vieja.

—¿Dónde está la chica? —siseó el agente en un francés tosco, deformado por el acento del norte—. ¿Dónde se esconde la perra de Korlov?

Brahim, con la boca llena de sangre y el aire escapándosele de los pulmones, solo pudo negar con la cabeza mientras trataba de zafarse.

—No sé... de qué... chica habláis —logró jadear entre golpe y golpe—. Aquí solo duermen... desdichados.

La paciencia del ruso se quebró. Con un movimiento seco, desenvainó un cuchillo de hoja ancha y lo hundió contra la garganta del anciano, presionando hasta que un fino hilo de sangre comenzó a correr por el cuello de Brahim.

—Última oportunidad, viejo —gruñó el agente, y sus ojos brillaron con el fanatismo de quien cumple una orden sagrada—. Dinos dónde está o te abriré de oreja a oreja antes de quemar este nido de ratas contigo dentro.

Brahim cerró los ojos sintiendo que el acero empezaba a rasgar su piel. Pero el tajo final nunca llegó.

De la penumbra absoluta que reinaba al final del callejón, surgió una silueta que se movía con la levedad de un espíritu.

No hubo gritos de guerra ni preámbulos. Vera, de nuevo oculta bajo las ropas de Malik, pero con la ferocidad de quien no tiene nada que perder, apareció a la espalda del agente más alto.

El brillo del acero cruzó el aire en un arco perfecto.

Con precisión, Vera hundió su cuchillo entre las vértebras del ruso.

El hombre soltó un grito ahogado, sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras la fuerza abandonaba sus piernas, y cayó desplomado sobre el polvo como un gigante de piedra derribado por un rayo.

La caída del agente produjo un silencio súbito y aterrador, roto solo por el sonido sordo de su cuerpo al impactar contra el suelo.

El otro, que aún mantenía a Brahim como un escudo humano, se quedó petrificado.

Sus ojos pasaron del cadáver de su compañero a la figura de Vera, que permanecía de pie con el cuchillo ensangrentado en la mano y una mirada que no guardaba rastro de piedad.

Pero no estaba sola.

El estrépito de la lucha había alertado a quienes habitaban en las sombras del café.

De la puerta entreabierta comenzaron a surgir los hombres a los que Brahim ofrecía cada noche un techo y un rincón donde sobrevivir.

Eran mendigos, parias y buscavidas de la Casbah; entre ellos estaba Kassim, quien había vendido a Malik a los rusos por unas monedas y que ahora comprendía, con el rostro desencajado, el verdadero precio de su traición.

Salieron con lentitud, pero con una determinación feroz: algunos empuñaban cuchillos de cocina, otros pesados palos de madera o piedras cogidas del suelo.

El círculo se cerró en torno al agente ruso en cuestión de segundos.

El hombre, que hasta hacía un momento se creía el cazador, se descubrió convertido en una presa acorralada en un laberinto que no comprendía.

Sus ojos se movían frenéticamente de un rostro a otro, viendo en aquellos hombres el reflejo de una rabia milenaria.

Al comprender que no tenía posibilidad de victoria y que la muerte lo rodeaba por todos los flancos, el agente dio varios pasos hacia atrás, retrocediendo como una rata acosada.

En un último gesto de cobardía, empujó con violencia a Brahim hacia adelante.

El anciano, derrotado por los golpes y con las piernas sin fuerza, cayó pesadamente al suelo, gimiendo de dolor mientras su rostro chocaba contra el suelo.

Sin esperar un segundo más, el ruso dio media vuelta y echó a correr, perdiéndose en la maraña de callejuelas oscuras de la Casbah con la velocidad que otorga el pánico.

Vera no lo siguió. Su prioridad estaba en el suelo. Se arrodilló rápidamente al lado de Brahim, mientras los indigentes permanecían en círculo, vigilando las esquinas con las armas en alto, formando una muralla humana alrededor de su protector.

—Brahim, mírame... —susurró Vera, limpiando con su manga la sangre que manaba de la comisura de los labios del viejo—. Soy yo. Han fallado. Ya no están.

El anciano abrió un ojo, hinchado y amoratado, y al reconocerla esbozó una sonrisa quebrada que mostraba la nobleza de su espíritu. Había estado a punto de morir por un secreto que apenas comprendía, pero no se arrepentía.

Vera ayudó a Brahim a incorporarse, apoyando la espalda del anciano contra la pared de piedra del café.

Los indigentes, como centinelas silenciosos, se mantuvieron a una distancia prudencial, montando guardia mientras el pulso de la calle volvía a su ritmo de sombras.

Brahim soltó un quejido, llevándose la mano a las costillas, y miró a Vera con una mezcla de reproche y asombro.

—¿Qué haces aquí insensato? —tosió el viejo, escupiendo un rastro de sangre—. Le advertí a Lalla Zohra... le dije que estos lobos merodeaban el café solo para atraparte. Deberías estar lejos de aquí, bajo el ala de la Cofradía.

Vera le sostuvo la mirada y, por un momento, bajo la capucha de Malik, sus ojos brillaron con una humedad que nada tenía que ver con el frío de la noche.

—No podía irme sin despedirme de ti, Brahim —susurró ella, apretando con suavidad la mano rugosa del anciano—.

Me abriste tu puerta cuando no era más que un espectro que huía del norte.

Me diste un trabajo y tu silencio. No podía permitir que mi libertad empezara con una deuda de gratitud sin pagar.

Brahim la observó en silencio durante un largo instante.

Su mano, pesada y cálida a pesar de los golpes, se cerró sobre la de ella con una ternura que Vera no había sentido desde que abandonó Rusia.

En ese gesto, el viejo cafetero pareció volcar toda la sabiduría de quien ha visto a mil fugitivos pasar por las calles de Argel.

—No me debes nada, muchacha —dijo él, y el uso de esa última palabra hizo que Vera se tensara un instante—. El desierto es sabio porque no pregunta nombres, solo mide el valor de quienes lo cruzan. Y tú tienes más valor en un dedo que esos carniceros en todo su cuerpo.

Vera se inclinó y besó la frente del anciano, un gesto de reverencia que sellaba semanas de complicidad silenciosa. Sabía que no volvería a verlo; que ese rincón de la Casbah se convertiría, a partir de mañana, en un recuerdo de otra vida.

—Gracias por todo, Brahim. Que el Altísimo guarde tu casa.

Ella se puso en pie y se ajustó el zurrón, fundiéndose de nuevo con la oscuridad del callejón. Justo antes de que la silueta de Malik desapareciera por completo tras la primera esquina, la voz de Brahim, cansada pero firme, la alcanzó por última vez.

—¡Buena suerte, muchacha! ¡Que el viento de Levante borre tus huellas para que nadie vuelva a encontrarte!

Vera no se detuvo, pero una sonrisa triste se dibujó en su rostro al comprender que el viejo siempre lo había sabido. Brahim nunca había visto a Malik; siempre había estado protegiendo a Vera.

Con el eco de esa bendición en el pecho y la sangre del agente ruso enfriándose en su cuchillo, Vera se alejó con paso rápido, buscando de nuevo el amparo de los callejones más profundos.

Regresó hacia el corazón de la Casbah, hacia el refugio seguro de la Cofradía, donde Lalla Zohra la esperaba para las últimas horas de sueño y preparativos.

Necesitaba ese breve descanso bajo el ala de la Gran Dama antes de que el primer rayo de luz en el horizonte marcara el fin de su vida en Argel.

El tiempo de las sombras aún no había terminado, pero en su mente, el viento del desierto ya empezaba a soplar.