Piel de arena 5
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La luz grisácea del alba marsellesa comenzó a filtrarse por la única ventana de la buhardilla, trayendo consigo el grito de las gaviotas y el olor a salitre.

Vera ya estaba en pie. Sus ropas, lavadas por Solange, colgaban secas cerca del hornillo.

Estaban ásperas, pero libres de la negrura del carbón.

Vera se mantenía frente al espejo desconchado, observando su torso desnudo. Las marcas rojas de las llagas eran el mapa de su lucha. Cuando tomó la banda de lino para comenzar el vendaje, sintió unas manos cálidas que le quitaban la tela.

—Deja que lo haga yo, pequeña —susurró Solange—. Si lo haces sola, dejarás alguna arruga que delate tu engaño ante el primer guardia que te mire de cerca.

Solange rodeó el pecho de Vera con precisión experta. Tiraba con la fuerza justa para aplanar las formas sin cortar el aliento. Vera apretó los dientes ante el roce en sus heridas.

—En este mundo, para que te dejen volar, primero tienes que aprender a no respirar demasiado hondo —sentenció Solange.

Cuando terminó, Solange no se retiró. Se quedó allí, observando la transformación en el espejo. Malik estaba de vuelta, pero los ojos seguían siendo los de la hija del arqueólogo. La mujer caminó hacia un baúl, hurgó entre pañuelos de seda y sacó un envoltorio de cuero.

—Toma. Aquí tienes los quince francos que necesitas.

Vera retrocedió, negando con la cabeza. El peso de ese dinero, sabiendo de dónde procedía, le quemaba.

—No puedo aceptarlo, Solange. Es tu vida.

—No es un regalo, es una inversión en la justicia —le obligó Solange a cerrar el puño sobre el cuero—.

He visto a mil hombres gastarse esto en una noche de olvido conmigo.

Prefiero que sirva para que una de nosotras llegue a donde el resto no podemos ni soñar.

Solo llega a ese desierto y asegúrate de que valga la pena.

Vera sintió que las lágrimas amenazaban su máscara. Tomó la mano de Solange con una reverencia de hermana agradecida.

—Vives en la oscuridad, Solange, pero tienes más luz que todas las lámparas de San Petersburgo. Tu nombre significa sol, y hoy has sido el único rayo en mi camino.

Solange extrajo una gorra de plato de paño gris de un arcón y se la encajó a Vera, ocultando el brillo inteligente de sus ojos bajo la visera.

—Póntela. Un muchacho sin gorra en el puerto destaca tanto como un cura en un burdel. Si no te ven la mirada, no pueden leer tu miedo. —Le dio un ligero empujón hacia la puerta—. Vete ya. El Ville d’Oran no espera a los que se despiden con demasiadas palabras. Camina como si el muelle fuera tuyo.

Al cruzar el umbral, el aire de Marsella le golpeó el rostro. Llevaba los quince francos y, bajo la chaqueta, el bulto protector de su diario. Eran su único asidero con la realidad.

Caminó rápido. Al llegar a la Rue de la République, el corazón le dio un vuelco.

A menos de cincuenta metros, dos hombres de la Ojrana mostraban una fotografía a un gendarme.

Mientras ella navegaba en un barco lento, el general Volkov había enviado su imagen por el correo expreso.

En apenas tres días, el hierro y el vapor habían cruzado el continente, entregando su rostro a los agentes de Marsella .

No podía volver atrás. Los agentes rusos filtraban el paso hacia las oficinas de la Compagnie Générale Transatlantique . Malik retrocedió, ocultándose tras una carreta de barriles. Apretó el brazo contra su costado; aquel diario era la prueba de que Vera Korlov seguía viva bajo el disfraz.

Vio a un grupo de estibadores magrebíes y, hundiendo el rostro entre los hombros, se pegó a la retaguardia del grupo.

— Smahlia, ya sidi —susurró Malik en un árabe fluido—. Al-markab Ville d'Oran, bghit namshi.

El hombre, un gigante de piel curtida, lo miró de reojo.

Vio a un muchacho menudo y asustado. No hizo preguntas; en el puerto, todos huían de algo.

Le hizo una seña para que se mantuviera en el centro del grupo.

Pasaron a escasos cinco metros de los rusos.

Malik mantuvo la vista en los talones agrietados del hombre que le precedía, oyendo a sus compatriotas preguntar por una «mujer de alta alcurnia».

Llegó a la ventanilla. El empleado ni levantó la vista.

—¿Nombre? —ladró.

—Malik —respondió ella, forzando un tono seco.

—¿Destino?

—Argel. Tercera clase.

Soltó las monedas sobre el mostrador. El sonido del metal fue, para ella, el de las cadenas rompiéndose. Guardó el billete entre las páginas de su diario, como quien pone a salvo la llave de su vida.

Malik no corrió, aunque sus pulmones se lo suplicaban. Caminó con paso firme hacia la pasarela del Ville d'Oran , fundiéndose en la marea de uniformes coloniales. Al poner un pie sobre la madera crujiente, sintió la vibración de las calderas, un latido de hierro que devoraba la distancia.

No miró atrás hasta que el muelle fue solo una línea borrosa. Allí, entre las grúas, Marsella se quedaba con sus fantasmas, con Solange y con los hombres del abrigo oscuro. El león había dejado atrás el desierto de los hombres para buscar su propio reino en las arenas de Argel.