Piel de arena 3
9%

3

El sol de Marsella no era como el de San Petersburgo. No era un pequeño círculo pálido y lejano, sino un martillo de oro que golpeaba el puerto con una violencia cegadora.

Malik se apoyó en la barandilla mientras las cuerdas volaban hacia el muelle, amarrando el barco a la piedra francesa.

El aire era pesado, cargado de salitre, especias desconocidas y el aroma dulzón de la fruta podrida.

Era un choque sensorial que, por un momento, le hizo olvidar el peso de su secreto.

—Hogar, dulce hogar, muchacho —dijo Piotr a su espalda, acomodándose la gorra de lana—. Mira ese bullicio. En este hormiguero, un hombre puede ser quien quiera. O puede dejar de serlo.

Malik asintió, pero sus ojos no buscaban los puestos de pescado ni los carros.

Su mirada se detuvo en la pasarela principal.

Allí, bajo la sombra de una lona, dos hombres esperaban.

No eran marineros, ni estibadores, ni policías franceses.

Tenían la postura rígida de quienes están acostumbrados a vigilar, y uno de ellos sostenía una libreta mientras examinaba con frialdad los rostros de cada persona que abandonaba el barco.

A Malik se le heló la sangre. El telégrafo. Volkov no había esperado; sus cables habían cruzado el continente en horas, alertando a los agentes de la Ojrana en el consulado ruso. Estaban buscando a Vera.

—¿Qué pasa? —preguntó Piotr, entornando los ojos—. ¿Ves a alguien conocido?

—No —mintió Malik, bajando el ala de su gorra—. Solo... mareo de tierra. Bajaré por el otro lado, con los mozos de carga. Prefiero evitar las aglomeraciones.

Piotr soltó una risita seca y le dio una palmada en la espalda.

—Haces bien. El puerto está lleno de ojos, chico. Buena suerte.

Malik esperó a que el caos del desembarco alcanzara su punto álgido.

Se mezcló con un grupo de marineros que bajaban sacos por una rampa lateral y saltó a tierra firme.

No miró atrás. Se internó en el laberinto de callejuelas que nacían del Vieux Port, esquivando carros de mulas y vendedores de periódicos que gritaban las noticias del nuevo siglo.

Solo cuando estuvo a cuatro manzanas de distancia, oculto en la sombra de un callejón que olía a jabón y humedad, se detuvo para recuperar el aliento.

Se apoyó contra una pared de piedra, sintiendo el sudor correr por su espalda bajo el vendaje del pecho.

Necesitaba un lugar donde dormir y un pasaje en el primer vapor hacia Argel.

Metió la mano en el zurrón de cuero, buscando la pesada bolsa de tela donde guardaba los rublos robados a su tío. Sus dedos buscaron en el fondo, acariciando el lomo de su diario, pero no encontraron el peso de las monedas.

El vacío que sintió en el estómago fue más doloroso que el hambre. Piotr. El vodka. El abrazo "amistoso" en la litera. Se lo había llevado todo. No le quedaba ni un solo rublo.

Malik cayó de rodillas. Miró hacia la salida del callejón, donde la luz del sol seguía brillando con una indiferencia cruel.

Era libre, sí. Pero era una libertad que acababa de dejarle desnuda ante el mundo.

Estaba sola en una ciudad extraña, perseguida por la sombra de un general poderoso y, por primera vez en su vida, no tenía ni una moneda para pagar su siguiente aliento.

Tras el pánico inicial, una calma amarga tomó el control. Se puso en pie lentamente y se sacudió el polvo de los pantalones. No podía permitirse llorar. El mundo ya no le debía nada.

Caminó durante horas con la cabeza baja.

El puerto era un lugar peligroso. Se acercó a las oficinas de la Compagnie Générale Transatlantique , oculta tras una columna de carretas.

En un panel de madera, los horarios estaban marcados con tiza: el próximo vapor hacia Argel, el Ville d'Oran , zarparía en veinticuatro horas.

Un día de margen antes de que la Ojrana la encontrara. Pero el pasaje en tercera clase costaba quince francos, y Malik no tenía nada.

El hambre apareció como un calambre sordo.

Se alejó del muelle y subió por las cuestas empinadas de la ciudad, donde el olor a jabón era sustituido por el de la miseria.

Se detuvo junto a una fuente en una plaza polvorienta.

Tenía la garganta seca y el cansancio empezaba a doblarle las rodillas.

Cerca de allí, un hombre corpulento descargaba cajas de naranjas de un carro.

Malik se acercó, bajando el ala de su gorra.

—Perdone... —su voz sonó débil—. Busco trabajo. Necesito ganar unas monedas.

El hombre se detuvo, se limpió el sudor de la frente con un brazo sucio y lo miró de arriba abajo con desprecio. Se fijó en su estatura menuda y en sus manos, que aún no conocían el callo.

—Aquí no queremos vagos, muchacho —gruñó—. Si te quedas ahí parado, la policía te pedirá los papeles antes de que te des cuenta.

Malik no retrocedió; le sostuvo la mirada. El hombre soltó un bufido y señaló hacia las cuestas.

—Si de verdad quieres doblar el lomo, vete al mercado de La Plaine. Buscan brazos para el carbón. Pero muévete, u otros se quedarán con los últimos francos del día.

La palabra "francos" fue el impulso que necesitaba su cuerpo agotado.

Caminó otras diez manzanas hasta encontrar el mercado.

El primer capataz lo rechazó entre risas; el segundo ni siquiera le dirigió la palabra.

Solo cuando el sol empezó a teñir el cielo de un naranja sangriento, un hombre con una cicatriz en la mejilla le señaló una montaña de sacos negros.

—Quince céntimos por cada diez sacos cargados —gruñó el hombre—. Si rompes uno, te vas a latigazos. ¿Entendido?

Malik miró la montaña negra. Sus músculos, entrenados para la equitación y el baile, gritarían de dolor antes de terminar la primera fila.

El sudor empaparía el vendaje de su pecho y el cáñamo le abriría la carne.

Pero necesitaba ese dinero. Necesitaba llegar al lugar donde el sol quemaba las mentiras de Europa.

Se acercó al primer saco, hundió los dedos en la tela áspera y, con un esfuerzo que le arrancó un gemido sordo, se lo cargó al hombro.

«Soy una voluntad libre», se repitió, mientras el polvo del carbón manchaba su rostro, sellando con negro el fin de Vera Korlov y el inicio de la lucha de Malik.