Capítulo Once #3
Ella esbozó una sonrisa tensa.
—Entonces encajo en la categoría.
Él le miró la boca.
—Tienes una boca jodidamente bonita, ¿lo sabías? —levantó la mirada hacia sus ojos para ver qué efecto tenía.
—Tú también —dijo ella, manteniéndose firme, y luego arqueó las cejas.
Él esbozó una media sonrisa.
—También tienes unas tetas bonitas.
Ella cerró los ojos, gruñó y dio un pisotón; él siseó de dolor.
—Me has destrozado el alma otra vez.
—Ya diste tu opinión sobre ellas —dijo con una acusación dolida en la mirada—. Nada de mentir cuando se conectan almas.
—Conexión de almas. Claro —reprimió una sonrisa, encontrando aquello tan malditamente estúpido y adorable—. Y no estoy mintiendo.
Ella arqueó las cejas.
—¿Cómo se supone que lo sepa?
—Mentí entonces —murmuró él, mirándola fijamente a los ojos—. Pero ahora no. Tienes unas… tetas muy… bonitas. Y normalmente ni siquiera me gusta mirarlas. Pero las tuyas… me descubro deseando hacer tantas cosas con ellas.
De nuevo ella cerró los ojos y gimió.
—Maldita sea —siseó—. Mientas o no, no puedo hacerlo.
—¿Por qué tan desanimada?
—Porque se supone que debo poder hacer las cosas que te estoy enseñando. ¡Se me da peor que a ti!
—Oye, no me incluyas en tu diagnóstico equivocado. Yo nunca pensé que fuera malo en esto, eso lo pensaste tú.
Ella volvió y se sentó en la cama, de cara a él.
—Entonces, tengo una propuesta para ti.
—Mi polla está escuchando.
Ella puso los ojos en blanco; se le sonrojaron las mejillas antes de continuar.
—Podemos leernos el uno al otro. Dicen que eso ayuda a crear intimidad emocional.
—¿YouTube?
—No, mis libros de psicología.
—Genial —la observó entonces, evitando deliberadamente abordar el hecho de que ella quisiera crear esa intimidad emocional con él—. ¿Estás estudiando para ser psiquiatra o qué?
—No —hizo un gesto desdeñoso con la mano—. Solo es parte de mis estudios en el campo médico. Y creo que necesitas hacer las cosas que la mayoría de la gente hace al crecer, que les ayudan a conectar con los sentimientos que están… casi siempre ausentes en…
—Continúa. Ponle nombre.
—Personas con…
—¿Personalidades sadomasoquistas? —la ayudó él—. Mira, tú eres la única que tiene un problema para aceptarlo. Yo sé lo que soy. Lo acepto.
—Es solo que no quiero ofenderte —replicó ella con inocencia—. Yo también acepto quién eres y no me son ajenos los síntomas que tienes.
—¿Ah, sí? —Qué intrigante—. Cuéntame. O mejor aún, enséñamelo. He oído que esa también es una buena forma de expresión. ¿Me enseñas a qué te refieres?
—Sé lo que estás haciendo —lo amenazó con el dedo—. No soy tonta.
—Mmmm, y eso me pone muy cachondo.
Ella arqueó las cejas.
—¡Bien!
—¿Ah, sí? ¿Te gusta ponerme cachondo?
—Me gusta que te ponga cachondo la inteligencia —corrigió.
—Así que te parece bien que me ponga cachondo la inteligencia de cualquier mujer.
—Sí.
—Porque Tabitha es bastante lista.
—¡Oh, por favor! —espetó.
—Lo es. Y se le da muy bien hacerme correr. ¿Sabes lo difícil que es eso?
—Se le da bien recibir patadas en el pecho.
Sade tuvo que reírse de eso.
—Joder, eres tan… —Sacudió la cabeza tratando de decidirse—. Cautivadora. Sin siquiera intentarlo. Ahora, mírame a los ojos y dime que me puede gustar cualquier mujer inteligente —la desafió.
Ella clavó la mirada en él, pero entonces su expresión engreída se fue disolviendo hasta que bajó la vista hacia su regazo.
—Vale, no cualquier mujer.
El corazón de Sade latió de forma extraña en su pecho.
—¿Solo mujeres como tú?
Más vacilación. Apartó la mirada por completo y murmuró:
—Vale, está bien. Una mujer a la vez.
Volvió a mirarlo. Tan valiente.
—Eres libre de que te guste quien quieras, por supuesto, pero una a la vez, si no te importa.
—Haré todo lo posible, profesora. Para que solo me gustes tú. Por ahora.
Ella volvió a mirarlo de frente, recuperando su entusiasmo y pasando a otra cosa.
—Entonces, ¿qué tipo de libro te gustaría que te leyera?
Nunca se había divertido tanto estando atado y sin follar.
—¿Tienes alguna revista Playboy?
Cuando ella puso los ojos en blanco, se rio.
—Vale, está bien. ¿Qué tal terror erótico?
La expresión de asco que puso no tenía precio.
—Tú preguntaste. Y probablemente te vendrá bien.
—¿A mí?
—Necesitas trabajar tu desenvoltura sexual. El sexo es un componente principal en tu campo de trabajo, doctora. Necesitas sentirte cómoda hablando de todos sus aspectos. ¿No crees?
—Tienes razón.
Asintió lenta y firmemente, luego clavó la mirada en él.
—Lleno de mierda interesada, pero tienes un punto válido.
No pudo evitar reírse.
—Pillado.
—Así que… buscaré algunas lecturas de terror erótico bien jugosas para acompañar tu cena.
—Quiero ducharme —le recordó.
—Bo viene a ayudar con eso. No vas a ser malo con él otra vez.
Se encogió de hombros.
—No puedo prometer nada.
Pero con toda honestidad, a pesar de lo extrañamente divertida que era ella, no era de los que se dejaban obligar a hacer nada que no fuera sexual. Y oficialmente se le había acabado la paciencia. Y excepto por el regalito sorpresa de ella, estaba listo para cambiar el juego.