Pido Perdón Asignación
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La llamaron a media mañana.

Alicia levantó la cabeza tan pronto como pudo escuchar el golpe seco de la regla de madera sobre una de las mesas.

—Tú.

El cuerpo reaccionó antes que el pensamiento.

Dejó la aguja sobre la tela y se puso en pie despacio.

Notaba las piernas más débiles desde hacía días.

Ella, que siempre había sido una chica regordeta, ahora parecía un suspiro.

Había dado a luz unos días atrás y amamantaba a su hija cada dos horas, pero sabía que aquella no era una de las tomas, apenas la había dejado unos minutos antes en su cunita.

Sin embargo, el cansancio no desaparecía. Al contrario, empezaba a instalarse en ella de una forma constante, como algo que se pega al cuerpo, como si ya no recordara cómo era vivir sin dolor ni agotamiento.

Las demás no levantaron la vista. Nadie lo hacía nunca.

Alicia caminó detrás de la monja sin hacer preguntas. Había aprendido que las respuestas nunca servían para aliviar nada.

El pasillo estaba en silencio. Solo se escuchaban sus pasos y el leve roce de la tela del vestido al caminar. El corazón comenzó a latirle más deprisa cuando comprendió que no iban hacia la enfermería, ni tampoco hacia el despacho habitual.

Era una sala más apartada, situada en el lado opuesto del recinto conocido.

La monja abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarla pasar.

—Entra.

Alicia obedeció.

La habitación era pequeña, pero estaba más cuidada que el resto del centro. Había una mesa alargada, varias sillas y una ventana por la que entraba una luz blanquecina que apenas calentaba el ambiente.

Entonces los vio. Un hombre y una mujer sentados al otro lado de la mesa.

La mujer llevaba un abrigo claro y las manos cuidadosamente apoyadas sobre el bolso. El hombre permanecía recto, serio, con una expresión contenida que a Alicia le resultó imposible descifrar.

No parecían estar allí por ella. Parecían estar esperando algo.

O a alguien.

La mujer la observó un instante. Como quien mira algo delicado que no termina de querer tocar.

La monja cerró la puerta detrás de Alicia.

—Siéntate.

Ella obedeció y se sentó despacio.

Después bajó la vista hacia unos papeles colocados sobre la mesa. Alicia sintió cómo el cuerpo empezaba a tensarse. No entendía qué hacía allí, pero algo dentro de ella ya comenzaba a saberlo.

Una sensación oscura y espesa empezó a abrirse paso lentamente por su pecho, como si el cuerpo hubiera comprendido antes que la mente lo que estaba a punto de ocurrir.

La monja tomó uno de los documentos y lo colocó delante de Alicia.

—Vas a firmar.

Alicia bajó la mirada hacia el papel. Las letras se mezclaban delante de sus ojos. Nunca había leído bien y, en ese momento, le costaba incluso mantener la vista fija.

—¿Qué es esto? —preguntó en voz baja.

La monja ni siquiera se molestó en explicarlo demasiado.

—La cesión.

La palabra cayó despacio. Pesada. Extraña. Alicia frunció ligeramente el ceño.

—No entiendo… ¡¿Qué cesión?!

El hombre evitó mirarla. La mujer tampoco sostuvo sus ojos demasiado tiempo. Fue entonces cuando Alicia lo comprendió. No al momento, pero poco a poco se fue dando cuenta de lo que estaba haciendo allí. Sentía como si algo comenzara a romperse por dentro incluso antes de hacer ruido.

Miró a la mujer. Después al hombre. Después el papel. Y finalmente volvió la vista hacia la monja.

—No… —susurró apenas.

La monja apoyó las manos sobre la mesa con una calma ensayada.

—La niña estará mejor.

Aquella frase le atravesó el pecho. La niña. Ni siquiera dijo: «tu hija».

La niña. Como si ya no le perteneciera. Como si nunca le hubiera pertenecido realmente.

Alicia sintió cómo el aire empezaba a faltarle.

—No… —repitió esta vez un poco más fuerte—. No quiero…

La mujer bajó la cabeza incómoda, moviendo ligeramente las manos sobre el bolso al que apretaba cada vez con más fuerza. El hombre carraspeó suavemente y acomodó las manos sobre las piernas en un acto reflejo de incomodidad.

La monja continuó hablando con la misma serenidad fría.

—No puedes hacerte cargo de ella. Así tendrá una familia de bien. Una casa. Un futuro. Ese que tú no podrás darle.

Cada palabra parecía cuidadosamente colocada para sonar correcta. Para convertir aquello en algo limpio y ordenado. Incluso necesario.

Alicia negó con la cabeza una y otra vez. En ese mismo instante recordó su anterior embarazo, las contracciones, la sangre, la soledad vivida… y cómo le quitaron a su hija diciéndole que había nacido muerta.

Sintió un escalofrío lacerante recorrerle la espalda.

Durante todo el tiempo que llevaba con su hija en brazos, amamantándola cada día, había querido convencerse de que al menos esta vez, no se la habían arrebatado al nacer. Ahora lo entendía todo.

—Es mía…

La voz se le rompió al decirlo.

En ese momento creyó que iba a llorar, pero las lágrimas no salieron. Sin embargo, una sensación de vacío comenzaba a abrirse lentamente dentro de ella, como si el corazón se le estuviera desprendiendo desde muy adentro. El corazón se le rompía en silencio.

La monja acercó el bolígrafo hacia su mano.

—Solo es un trámite.

Entonces el hombre sacó un sobre del interior de la chaqueta y lo dejó discretamente sobre la mesa. Alicia lo vio y lo entendió todo.

Siempre había sospechado, desde que Laura le habló de lo que hacían con los bebés que nacían allí, pero verlo delante de ella fue distinto. Ya no eran rumores, ni sospechas dichas en voz baja durante los paseos por el patio. Era real: era el negocio más lucrativo para la institución.

No supo cuánto dinero había allí dentro, pero sí comprendió lo suficiente.

El sobre. Los papeles. La pareja. La firma.

Fue bastante para entender que su hija ya tenía un destino asignado, antes incluso de separarla de sus brazos.

Todo estaba decidido antes de que ella entrara en aquella habitación. Ella solo debía obedecer.

Sintió una presión fuerte en el pecho. El cuerpo empezó a temblarle muy despacio como si un frío penetrante la poseyera por completo. Se llevó una mano al vientre de manera instintiva, como si, en ese momento, pudiera seguir protegiendo algo que todavía siguiese allí dentro.

Entonces, la mujer la miró por primera vez de verdad. Había incomodidad en sus ojos, pero también súplica. Incluso algo parecido a la culpa. Y, sin embargo, no habló. No dijo: «lo siento». No dijo nada. Y aquel silencio terminó siendo todavía peor.

—Firma —repitió la monja.

Alicia bajó la vista hacia el papel. No conseguía leerlo entero. Las palabras parecían moverse delante de sus ojos mientras las lágrimas comenzaban a llenarlos, volviendo todo borroso.

«Cesión…». «Tutela…». «Conformidad…».

No entendía casi nada de lo que ponía allí. Pero entendió lo importante. Le estaban quitando a su hija.

Otra vez.

Y esta vez… parecía legal, al obligarla a firmar la «cesión voluntaria», como si realmente hubiera algo de voluntario en aquella habitación.

El bolígrafo pesaba demasiado entre sus dedos. Tardó varios segundos en sujetarlo. La mano le temblaba. Lo tomó entre sus dedos, pero al instante lo soltó como si quemara.

—Por favor… —susurró—. Déjenme verla…

La monja suspiró con impaciencia.

—No compliques más las cosas. Firma.

Alicia cerró los ojos un instante. Y entonces ocurrió algo dentro de ella. Algo definitivo. Comprendió que no estaba allí como persona, que ella no era lo importante. Que lo único necesario en aquel cuarto era su firma.

Sintió cómo su corazón se retorcía al ser obligado a autorizar algo que otros ya habían decidido por ella mucho antes de que entrara allí. Y esa comprensión le dolió más que cualquier golpe que hubiera recibido hasta entonces.

Cuando el bolígrafo tocó el papel, notó que algo terminaba de romperse dentro de ella. Firmó despacio, torpemente. Como si cada letra le arrancara a pedacitos las entrañas.

El hombre tomó los documentos. La mujer evitó volver a mirarla. Y la monja retiró el sobre de la mesa con absoluta naturalidad. Como si todo aquello ocurriera cada día. Como si no hubiera nada monstruoso en ello.

Alicia permaneció sentada unos segundos más, inmóvil. Entonces escuchó un llanto. Muy lejos. Cada vez más pequeño, cada vez más débil.

El cuerpo entero reaccionó antes que ella. Levantó la cabeza de golpe y se llevó las manos al pecho.

—¡Mi hija!

Intentó ponerse en pie, pero la monja la sujetó del brazo.

—No.

Solo una palabra. Seca y definitiva.

Alicia sintió cómo el aire desaparecía de la habitación. El llanto volvió a escucharse apenas un instante más. Después desapareció. Y aquel silencio… Aquel silencio fue peor que cualquier grito.