CAPÍTULO 3 – LA ESCALERA DE ORO
La noche cayó densa sobre el bosque, envolviendo la torre en una oscuridad absoluta que hacía más fácil el ocultarse entre las sombras.
El Príncipe había regresado; desde aquella primera vez que observó en secreto a la joven desnuda tocándose, no había podido sacarse la imagen de la cabeza.
Su deseo se había convertido en obsesión, cada instante libre lo dedicaba a imaginar cómo sería tomarla, sentir su piel suave bajo sus dedos, hundirse profundamente en su calor húmedo y prohibido.
Aquella noche estaba decidido a ir más allá.
Se acercó a la torre lentamente, excitado por el mero hecho de invadir su intimidad, sabiendo que estaba prohibido, que estaba rompiendo todas las reglas y que, justamente eso, hacía latir con más fuerza su corazón y endurecía su polla con una urgencia casi dolorosa.
Desde abajo, observó la ventana en lo alto.
Esperaba impaciente, con la respiración ya entrecortada por la anticipación y el deseo.
Entonces, vio cómo Rapunzel se asomaba lentamente, envuelta solo por la penumbra de la noche, hermosa, seductora y desnuda, tal como la había imaginado una y mil veces desde que la descubrió.
—Tira tu cabello —ordenó él con voz firme, excitado por el simple hecho de imaginar la textura de aquellos mechones dorados entre sus dedos.
Ella sonrió desde lo alto, en silencio, saboreando ese instante.
Con gestos lentos y deliberados, tomó un puñado abundante de su cabello y lo dejó caer hacia abajo, desplegándolo lentamente como una cascada dorada y brillante en medio de la oscuridad.
El Príncipe observó fascinado cómo aquella melena sedosa caía lentamente hasta casi rozar el suelo frente a él.
Sin esperar más, aferró con ambas manos aquel cabello suave y cálido, y comenzó a subir lentamente, apoyándose con cuidado pero firmemente en cada movimiento.
Mientras escalaba, cada roce con el cabello de Rapunzel le provocaba una descarga eléctrica que recorría todo su cuerpo, endureciendo aún más su erección, que latía intensamente bajo sus pantalones.
Sentía cómo su polla se frotaba contra la tela con cada esfuerzo, generándole una deliciosa frustración que ansiaba liberar cuanto antes.
Durante el ascenso, imaginó vívidamente lo que haría apenas alcanzara la habitación.
Se veía ya hundiendo sus dedos en aquella piel blanca, mordiéndola suavemente en el cuello, en los pechos, besándola y saboreándola entera, devorándola lentamente hasta hacerla gemir y suplicar por más.
Su mente se llenaba de imágenes explícitas y perversas, imaginándose entre sus muslos, enterrado profundamente en su coño húmedo y caliente, poseyéndola sin pudor alguno mientras ella gritaba su nombre.
Jadeó excitado, apurando el ascenso al sentir cómo la tela de sus pantalones comenzaba a mojarse ligeramente por la anticipación. La mezcla de la suavidad del cabello, el esfuerzo físico y sus pensamientos obscenos lo estaban llevando peligrosamente cerca del límite incluso antes de tocarla.
Al llegar finalmente a la ventana, aferrándose fuertemente con una mano, alzó la mirada hacia Rapunzel, encontrándola frente a él, absolutamente desnuda y sin pudor, esperándolo con una sonrisa atrevida y desafiante.
—¿Ya no te basta solo con mirar? —susurró ella, inclinándose lentamente hacia adelante, dejando que él tuviera una visión perfecta y provocadora de sus pechos, de sus pezones erguidos, duros por la brisa nocturna.
El Príncipe la miró intensamente, sin disimular su excitación, consciente de que esa noche estaba dispuesto a romper todos los límites.
—Esta vez no voy a conformarme solo con mirarte —respondió él con voz ronca, mientras cruzaba finalmente el umbral de la ventana, invadiendo por primera vez su espacio privado.
Ambos sabían perfectamente lo que estaba a punto de suceder. Rapunzel cerró lentamente la ventana tras él, aislando la habitación del resto del mundo, y sellando así el pacto explícito de lo que ocurriría aquella noche.
Rapunzel dio un paso hacia atrás, desnuda, con una sonrisa tan descarada como irresistible.
La luz de las velas iluminaba tenuemente su cuerpo joven y provocador, resaltando la forma perfecta de sus pechos firmes y la curva sugerente de sus caderas.
Sus ojos brillaban con un desafío sexual evidente, mientras observaba al Príncipe que acababa de invadir su torre por primera vez.
Él avanzó hacia ella lentamente, quitándose la chaqueta con movimientos bruscos, dejando ver su torso musculoso bajo la camisa ajustada.
Su erección era evidente, marcándose bajo la tela de sus pantalones con total descaro.
La deseaba con urgencia, casi desesperadamente, y Rapunzel podía notarlo perfectamente.
—Vaya, parece que estás impaciente —susurró ella, mordiendo suavemente su labio inferior y bajando la mirada hacia la erección que latía bajo la ropa del Príncipe—. ¿Es por mí, o es que trepar por mi cabello te ha excitado demasiado?
El Príncipe sonrió, mirándola directamente a los ojos con intensidad desafiante, mientras avanzaba otro paso más hacia ella.
—Si te dijera en lo que he estado pensando mientras subía por tu pelo, probablemente te sonrojarías —respondió él, acercándose lo suficiente para que ella pudiera sentir su respiración acelerada rozándole la piel desnuda del cuello.
—Inténtalo —respondió Rapunzel en un suspiro provocador, inclinando ligeramente la cabeza hacia atrás y ofreciéndole su cuello y escote sin pudor alguno—. Quiero saber exactamente lo que planeas hacer conmigo.
El Príncipe llevó lentamente sus manos hasta la cintura de Rapunzel, acariciando su piel con dedos firmes y posesivos, haciendo que ella gimiera suavemente al contacto.
La atrajo hacia sí, pegándola a su cuerpo, dejando que sintiera claramente el volumen de su erección dura y palpitante contra su vientre.
—Primero voy a besarte hasta que pierdas la razón —susurró él, bajando lentamente los labios por su cuello hasta llegar al lóbulo de su oreja, mordiendo ligeramente—.
Luego voy a saborear cada centímetro de tu piel, chupar tus pezones hasta que grites mi nombre, abrir tus piernas lentamente y hundir mi lengua en tu coño hasta que te corras en mi boca.
Rapunzel gimió, excitada por aquella promesa explícita y obscena, arqueándose ligeramente contra él para aumentar aún más la presión del contacto.
—¿Eso es todo? Esperaba algo más atrevido —susurró ella, retándolo con una voz jadeante—. Hasta ahora todo lo que has hecho es observarme desde la distancia, tocándote en las sombras, ¿crees que podrás aguantar realmente tenerme aquí delante sin correrte demasiado rápido?
Él soltó una risa ronca y desafiante, sus manos recorriendo lentamente el cuerpo desnudo de Rapunzel, apretando con fuerza posesiva sus nalgas firmes.
—Créeme, preciosa, no solo voy a aguantar —respondió él, acercando su boca a la de ella sin besarla aún, rozando apenas sus labios con provocación deliberada—. Voy a follarte tan duro y tan profundo que gritarás rogándome que no pare nunca.
Rapunzel sonrió ampliamente, excitada más allá de lo que jamás había imaginado. Sin embargo, recuperó rápidamente el control de la situación, colocando una mano firme sobre el pecho del Príncipe y empujándolo suavemente hacia atrás.
—Me encanta tu entusiasmo, pero no olvides quién manda aquí. Yo soy quien decide cuándo y cómo vas a tocarme. ¿Entendido?
Él la miró sorprendido por la seguridad y firmeza en su voz, pero aquella actitud dominante solo consiguió aumentar aún más su deseo.
—Perfectamente claro —respondió él, cediendo visiblemente a su autoridad con una sonrisa satisfecha, dispuesto a jugar aquel juego de dominación y deseo.
Rapunzel avanzó hacia él con pasos lentos y decididos, empujándolo suavemente hasta hacerlo sentar sobre el borde de la cama.
Allí, mirándolo directamente a los ojos con una expresión hambrienta y decidida, dejó claro que, desde ese instante, era ella quien tendría el control absoluto del placer que estaba por venir.
Rapunzel lo miró desde arriba con absoluta seguridad, satisfecha de tener al Príncipe exactamente donde lo quería: sentado al borde de su cama, jadeante, con el deseo marcado claramente bajo sus pantalones.
Él permanecía inmóvil, expectante, obediente a sus órdenes silenciosas.
En ese instante, ella comprendió perfectamente el poder que tenía sobre él, y no pensaba desaprovecharlo.
Con movimientos lentos y deliberados, se arrodilló frente a él, separando sus piernas con firmeza, abriendo espacio para colocarse entre sus muslos.
Mirándolo directamente a los ojos, llevó sus manos hasta el cierre de sus pantalones, bajando lentamente la cremallera mientras mantenía su rostro cerca, provocándolo deliberadamente con su respiración cálida y acelerada sobre la tela.
Cuando liberó su polla dura, erecta y ansiosa, Rapunzel sonrió con malicia al ver cómo el Príncipe respiraba profundamente, incapaz de ocultar la tensión y la urgencia que sentía.
Tomó el miembro firme entre sus manos con absoluta seguridad, acariciándolo lentamente desde la base hasta la punta, deleitándose en la expresión de placer descontrolado que apareció en el rostro masculino.
—Mira cómo estás... duro, desesperado, casi a punto de correrte solo por mis manos —susurró ella, con voz provocadora y burlona—. ¿Esto es todo lo que tienes para ofrecerme, Príncipe? Esperaba más resistencia de tu parte.
—Te aseguro que aguantaré lo que haga falta —respondió él, respirando con dificultad mientras observaba cómo las manos de Rapunzel se deslizaban lentamente por su miembro—. Y después de esto, serás tú la que suplique.
Rapunzel sonrió sin decir nada, y lentamente acercó sus labios hacia la punta húmeda y brillante, extendiendo suavemente la lengua y lamiéndola con delicadeza. Él se estremeció violentamente bajo el contacto suave y húmedo, incapaz de contener un gemido ahogado.
—¿Quieres que siga? —preguntó ella, mirándolo fijamente a los ojos mientras recorría con la lengua lentamente la longitud de su polla—. Dime lo mucho que lo deseas. Dímelo claramente.
—Quiero que me la chupes, Rapunzel —jadeó él, sin reservas, con voz ronca y desesperada—. Quiero sentir tu boca alrededor de mi polla, quiero que me hagas correrte en tu boca.
Sonriendo victoriosa por haber logrado exactamente lo que deseaba, Rapunzel tomó el miembro del Príncipe entre sus labios, introduciéndolo lentamente hasta sentirlo profundamente en su boca.
Comenzó a chuparlo con movimientos pausados, controlados, usando la lengua con precisión perfecta, consciente de que cada movimiento estaba llevándolo peligrosamente al borde del placer extremo.
Mientras lo devoraba con absoluta dedicación, Rapunzel sintió cómo el cuerpo del Príncipe temblaba bajo su control.
Sus manos se aferraban a la sábana con fuerza, luchando por no perder la poca compostura que aún mantenía.
La imagen de aquel hombre poderoso completamente sometido a su voluntad la excitaba profundamente, haciendo que su propia humedad creciera intensamente entre sus piernas.
Justo cuando sintió que él estaba a punto de explotar, se detuvo abruptamente, retirándose lentamente, dejando la polla húmeda, brillante y palpitante justo frente a su rostro. Miró hacia arriba con una sonrisa diabólica, disfrutando de la frustración intensa que reflejaba el rostro masculino.
—¿Por qué has parado? —jadeó él, desesperado y confundido—. Estaba a punto de correrme…
—Porque yo decido cuándo y cómo vas a correrte —respondió Rapunzel con una voz firme y dominante—. Ahora, levántate. Quiero que me folles, pero lo harás exactamente como yo te diga.
El Príncipe obedeció sin protestar, completamente entregado a su control absoluto. Ella se levantó lentamente, le tomó las manos y las llevó hasta sus pechos firmes, indicándole claramente lo que deseaba.
—Ahora tócame —ordenó ella con voz ronca de deseo—. Pero recuerda bien que aquí mando yo, y esta noche tu placer es mío, Príncipe. Y te aseguro que no lo olvidarás jamás.
Y él, rendido a la autoridad seductora y provocadora de aquella mujer, comprendió que aquella noche solo era el principio de un juego perverso y delicioso, del cual no tendría escapatoria.