Persecución Despiadada (Reyes Irlandeses 6) 40 Kellin
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40 Kellin

Kellin

Maeve y yo pasamos la mayor parte del día siendo examinados y vendados por el médico personal de su padre, nada menos que en el penthouse.

Brody y Connor pasaron a ver cómo estábamos. Bueno, cómo estaba ella.

Ver a sus hermanos expresar su preocupación y tratarla con el respeto que se merece me derritió el corazón un buen milímetro.

Y escuchamos la crónica paso a paso. Cómo Brody localizó a los otros rusos y tomó la decisión de matar a Doyle para evitar que Rostov pusiera sus sucias manos sobre el contador y acabara con los Gallagher en ambas costas.

Después de todo... todo este puto trabajo... el contador está muerto.

Según Connor, Doyle aún no había revelado ninguno de los secretos de Shane.

La rata no estaba dispuesta a hablar sin dos millones en una cuenta en el extranjero, y Declan no iba a entregar esa cantidad de dinero sin garantías, así que la situación se estancó durante la mayor parte de su estancia en Los Angeles.

Una jugada audaz por parte de Brody, matar a Doyle. Usó un rifle calibre 50 desde medio kilómetro de distancia. No mató a ningún ruso, eso lo hice yo, pero logró acabar con su misión de un solo tiro.

Declan, quien presumiblemente está furioso, ni siquiera se molestó en aparecer.

Ambos hermanos intentaron convencer a Maeve del alivio de Declan por su seguridad y afirmaron que había sacrificado a Doyle con gusto para rescatarla.

Por favor. Dudo que Declan pierda el sueño por la muerte de Maeve.

La decisión de matar a Doyle, y acabar él solo con la creciente disputa entre las dos facciones Gallagher, a la vez que me sacaba de un apuro, fue idea de Brody.

Finn considera la acción de Brody un gesto de paz.

A los ojos de los Reyes Irlandeses, estamos a mano.

Espero que siga así por un tiempo.

Maeve desliza un pie bajo mi muslo.

—¿En qué piensas?

Dejo mi whiskey y le acaricio el pie con las manos, masajeándole suavemente la planta.

—Estaba pensando en lo afortunado que soy.

—Bueno, sin duda estás en la cima del mundo.

Casi. En el balcón del penthouse, la brisa marina de la noche y la vista espectacular crean el ambiente perfecto para acurrucarnos en el sofá.

Pero lo mejor es la música.

El Arden está a solo dos pisos más abajo. Desde donde estamos, podemos disfrutar de la celebración de la boda a lo lejos mientras va terminando.

Los padres de Jordan Weaver no escatimaron en gastos, y estamos disfrutando de su banda de jazz de nueve integrantes sin necesidad de vestirnos de gala, socializar ni dar un regalo de bodas.

Maeve suspira.

—Me encanta esta canción. Cheek to Cheek de Ella Fitzgerald.

—Ahora sí que me gusta el jazz.

Me da un codazo juguetón en el estómago con el pie.

—¿Solo el jazz?

—Paso a paso, cariño. Todavía no soy un fan.

Cuando me inclino, me da un beso dulce y suave en los labios.

Es casi medianoche, y solo media docena de parejas se quedan bailando en la pista. Todos, excepto los más entregados, se retiraron hace rato.

En mis peores momentos anoche, mientras luchaba por liberarme, creyendo que Maeve me odiaba a muerte, me pregunté si siquiera viviría para ver el día siguiente.

Abrazando a Maeve con más fuerza contra mi pecho, me permito un momento de disfrute. Las estrellas brillan sobre el océano mientras gozamos de un concierto prácticamente privado.

La mejor noche de mi maldita vida.

Actualmente, las facciones Gallagher están en paz. No tengo ni idea de cuánto durará la tregua, pero como Brody terminó con el contable y yo salvé a Maeve, ambas costas decidieron rendirse.

Al menos hasta que a Declan se le ocurra un nuevo plan.

Cypress Hotel solo sufrió daños menores por el incendio, los rusos arriesgaron la vida de todos con tal de secuestrar a Doyle, pero la atención mediática que generó el asunto fue enorme.

Esta va a ser la boda del año. Los teléfonos no han parado de sonar desde esta tarde. Esa publicidad no tiene precio.

En las noticias, Cypress Hotel parecía mágico, similar a otro hotel que Maeve me presentó hace poco.

Me imagino su visión materializándose ante mis propios ojos.

Claro, según Maeve, Lenora es la responsable del éxito de la boda.

Maeve ya le informó a su asistente que, a partir de mañana, la ascienden. La nueva gerente general es una mujer con mucho carácter.

Y la humildad de Maeve es increíblemente atractiva.

La forma en que esta mujer esquiva y reparte los halagos es solo una de las muchas razones por las que su empresa funciona tan bien. Sus empleados la respetan.

Yo también la respeto.

Hablé con mi amigo de Zenith y ellos junto con Finn, han accedido a ayudarme a invertir en el hotel, vamos a comprarle la parte a Declan.

Al fin y al cabo, Finn es un hombre de negocios, y mi amigo Brian, del grupo de inversión, es un visionario. Él ve en Maeve y en Cypress Hotel lo que yo siempre he visto.

Maeve le advirtió a su padre que sacaría a la luz los trapos sucios del hotel si se negaba a vender. Dudo que nos dé muchos problemas. Declan siempre ha tenido debilidad por el dinero. Su ego lo obligará a aceptar la compra y huir.

—¿Quieres otra copa, cariño? —Maeve se inclina y toma mi vaso vacío de la mesa.

Niego con la cabeza.

—Solo te necesito a ti.

Deja el vaso, se acurruca en mi brazo y exhala un suspiro al aire fresco.

—Después de todo lo que pasaron, todavía no puedo creer que Brody asesinara a Nolan Doyle.

—Yo sí. Ninguna de las Familias Gallagher se beneficiaría de que Rostov tuviera acceso a la información de Doyle. Aunque no estoy convencido de que esa fuera la única razón.

Una parte de mí se pregunta si Brody no le disparó en protesta por el trato que su padre le daba a Maeve.

Me pregunto si Declan le ordenó a Brody que buscara a Doyle y dejara a Maeve a su suerte. Quizás por eso Brody me liberó en primer lugar.

Nunca preguntaré, y él nunca me lo dirá, lo que significa que nunca lo sabré. No obstante, tampoco olvidaré jamás cómo Declan trató a Maeve.

Nunca confiaré en ese hombre, pero me aseguraré de que ella consiga su hotel. Por cualquier medio necesario.

Se acerca más.

—¿Cuándo te vas? ¿Y cuándo volverás?

—¿Quién dice que me voy?

Se incorpora de golpe, mirándome con los ojos muy abiertos y empañados.

—¿De verdad? No me tomes el pelo, Kellin.

Le acaricio la mejilla con los nudillos.

—Este lugar está a punto de estallar. ¿No necesitas a todos a bordo?

Me abraza con fuerza, escondiendo su nariz en el hueco de mi cuello.

El corazón me late con fuerza. Sin duda, ella también lo siente. No podría ocultar mis sentimientos por esta mujer ni aunque lo intentara.

—Quizás no me acostumbre a la música clásica, pero sí a Los Angeles. —Sonrío, anotando mentalmente que le contaré a Finn mi cambio de planes... mañana por la mañana.

At Last de Etta James, llega desde el Arden.

Me faltan los conocimientos musicales de Maeve, no obstante, esta canción, es una de mis favoritas, me trae a la memoria un recuerdo feliz de mi infancia.

Le acaricio la oreja con los labios.

—¿Quieres bailar?

Maeve frunce los labios, se levanta y me toma de la mano.

—¿Sabes bailar?

Fingiendo estar ofendido, mis labios se contraen ligeramente.

—Oye, tengo ritmo.

—Sé que tienes resistencia. A ver qué tal.

Se ríe mientras la hago girar bajo mi brazo y luego nos balanceamos al ritmo de la música.

Durante un rato, simplemente nos movemos, en silencio, abrazados.

Disfruto de este momento.

Maeve. Mi Maeve.

¿Cómo es posible que tenga la suerte de poder decir que esta mujer es mía?

Ella me mira y me deleito con sus hermosas pecas, sus brillantes ojos marrones...

Mi primer intento de besarla nos deja a ambos gritando de dolor.

—Mi labio...

—Mi nariz...

—Lo siento —nos disculpamos al unísono y soltamos una risita.

Mierda, ni siquiera puedo respirar cuando la beso. Estúpida nariz rota.

Aunque no dejo que una lesión tan insignificante me detenga. Esta vez, dejo que mi boca se adhiera a la suya, con cuidado de no ejercer presión repentina. En un par de segundos, mi lengua se hunde profundamente.

Se aparta con un suspiro.

—Ouch, Kellin.

—Lo sé, lo sé. Lo siento, cariño.

Me toca el pecho, sus dedos se detienen un instante antes de deslizarse hacia abajo.

—No tenemos que besarnos.

—Creo que sí tenemos.

—No, quiero decir... —Arqueando las cejas, desliza la mano dentro de mis pantalones deportivos. Gimo, con una erección instantánea.—. No tenemos que besarnos.

Me baja el pantalón y el bóxer, liberando mi polla. Luego, me empuja suavemente hacia atrás en el sofá, se quita los pantalones de yoga y se sienta a horcajadas sobre mí mientras me mira fijamente a los ojos.

Para cuando termine la noche, me sabré de memoria cada peca de su rostro.

Y no puedo esperar.