Persecución Despiadada (Reyes Irlandeses 6) 29 Kellin
76%

29 Kellin

Kellin

Por primera vez en mi vida, me duele la polla de tanto follar. Puede que me la haya torcido con su coño de primera.

Me vuelvo a meter bajo las sábanas después de ir al baño, intentando no despertarla. La piel de Maeve está rosada por el sueño, sus labios están aún más carnosos.

Si bien quiero hacerla mía otra vez, en vez de eso decido disfrutar del momento, absorber todos los pequeños detalles. No me merezco esto, ni a ella, pero como todo lo que se me presenta, lo aprovecharé.

La reclamaré como mía mientras pueda.

Soy un cabrón egoísta en ese sentido.

Me habló de su madre. Se sinceró por completo. Aprendí algo sobre el destino de su madre en los archivos. Aunque los expedientes no revelan el dolor que sufre nadie. O la silenciosa vida de miseria que debió de llevar esa mujer hasta su muerte. Casarse con un mafioso no es una vida fácil.

Los archivos tampoco revelan cómo afectó su muerte a sus hijos. La historia de Maeve probablemente sugiere que era vulnerable a un parásito como yo. Me pregunto si algún expediente sobre mí predice que una mujer como ella podría doblegarme.

Maeve me está dando una lección que no me entusiasma aprender. Y, sin embargo, aunque el reloj sigue corriendo, no puedo dejarla ir.

Estoy tan lejos de mi objetivo que ya ni siquiera tiene gracia. La voz de mi padre resuena desde el más allá.

«Eres blando, chico. Como una maldita niña».

No aprobaría cómo he manejado esta situación. Intento imaginar qué haría él si estuviera aquí. ¿Lastimaría a Maeve solo para demostrar algo? ¿Solo para endurecerme?

Tal vez.

Probablemente.

Cuando recuerdo mi vida con él, no puedo hallar días felices ni un momento en el que no estuviera enojado. Cuando mi madre no vivía con miedo, como apuesto a que lo hacía la madre de Maeve.

Cada vez que me miro en el espejo, esa arruga entre mis cejas, ese leve fruncimiento de enfado, me recuerda a mi pasado. Pero en las fotos de mi infancia, antes de que mi padre empezara a influir en mi crianza, veo a un niño diferente. Un niño libre.

Jugaba al béisbol y quería ser profesional, o tal vez crecer y tener una granja con una docena de animales. Como tantos otros niños pequeños, soñaba mucho.

Mi padre era un hombre violento. No demasiado conmigo ni con mis hermanos. Encontraba otras maneras de ahuyentar nuestros sueños. Pero amenazaba a mi madre. Descargaba su ira contra una serie de perros de la familia hasta que aprendimos a no traer mascotas a casa.

En resumen, era un auténtico pedazo de mierda.

Abandoné a mi familia para unirme a los Reyes Irlandeses años antes de que él muriera, siguiendo el consejo del querido tío Thomas, y jamás miré atrás.

Los Reyes Irlandeses me acogieron en su seno. Se convirtieron en mi familia.

Así que no puedo decepcionar a Finn.

Lastimosamente, tampoco puedo evitar enamorarme de Maeve.

Estoy atrapado en una situación que jamás imaginé.

Siempre me he guiado por la lógica y la razón, por eso la ciberseguridad me resultó tan natural. Soy un hombre de acción, alguien que anhela dedicar su talento a una familia en la que pueda confiar. Una que protege a los suyos.

Me he entrenado toda la vida para ser un infiltrado silencioso, un asesino al servicio de un mando superior que libra al mundo de ratas inútiles como mi tío o ese idiota que casi lastima a Maeve.

Me pregunto si alguna vez dejaré de intentar reclamar mi lugar.

¿Alguna vez superaré ese profundo dolor en el estómago que me corroe por dentro?

Autodesprecio.

Una absoluta inutilidad.

Que mi padre tenía razón al decir que todos somos unos inútiles. Que Finn y los demás nunca confiarán plenamente en mí, y que en algún momento me verán como un peón y romperán lazos.

¿Y entonces qué sería de mí? Son todo lo que tengo.

No. No es cierto.

No tengo a nadie. En realidad, no.

Y así es como me gusta.

O me gustaba, en pasado, hasta que apareció esta belleza de cabello castaño para desafiarme en cuerpo y alma. Me quedo sin aliento cuando estoy en su presencia.

Mi mente recorre todos esos caminos imposibles.

Amor. Felicidad. Puras fantasías de cuento de hadas.

Maeve se gira hacia mí y deja escapar un pequeño suspiro. Le soplo suavemente en los ojos, con la esperanza de que la brisa en sus pestañas la despierte con un cosquilleo.

Éxito.

Al abrir los ojos, se acerca un poco más y roza sus labios con mis hombros.

—Buenos días.

No puedo evitar sonreír.

—Hola, preciosa.

—¿Me has estado mirando mientras dormía?

—Quizás.

Arruga la nariz.

—Pervertido.

Me trago su sonrisa y deslizo mis manos por su costado.

Se retuerce e intenta apartarse.

—¡No es justo! ¡Alguien se cepilló los dientes!

—Hice trampa antes de que te despertaras. —No es que importe. Su sabor me resulta adictivo. Su boca, su cuello, su vientre... Tiene un sabor salado por el sueño, y me encanta el sabor ácido en mi lengua. Para mí, su coño es una cucharada de azúcar.

Ignorándola, cierro mis labios alrededor de su tenso pezón, disfrutando de su escalofrío cuando raspo la tierna piel con mis dientes. Cambio de lado y le presto la misma atención al otro, hasta que Maeve tiembla bajo de mí.

Me clava los dedos en los hombros.

—Kellin, por favor —gime—. Te necesito.

Me arrastro sobre su cuerpo hasta que quedamos cara a cara. Mi boca choca contra la suya mientras mi polla se hunde en ella. Está cálida, húmeda y estrecha, y se siente como en casa.

El mundo desaparece. Solo estamos nosotros dos flotando en un vacío donde la historia y los lazos familiares no importan. No estamos en un hotel famoso de Sunset Strip. No le miento, y ella no me miente a mí.

Somos dos personas que, contra todo pronóstico, se encontraron.

Y no estoy seguro de querer volver al mundo real.

No estoy seguro de querer renunciar a este momento solo con nosotros dos. Solo con Maeve.

Y sea lo que sea este enredo de emociones en mi pecho.

Todo mi peso recae sobre ella mientras la penetro una y otra vez. La pobre chica apenas está despierta, pero he estado acumulando energías durante la última hora mientras la veía dormir, y estoy fuera de control.

No puedo parar. El edificio podría incendiarse, y aun así follaría a mi mujer hasta que ambos llegáramos al clímax con fuerza, antes de evacuar o convertirnos en cenizas.

Maeve se agarra al cabecero, sus gemidos son bajos y guturales en la oscuridad de la madrugada.

«Esa es mi chica».

Con el tiempo escapándosenos, pienso exprimir hasta la última gota de placer que pueda.

Disfrutar de su aroma, sus gemidos, la forma en que abre las piernas de par en par para mí y luego las aprieta. Cómo entreabre los labios y echa la cabeza hacia atrás cuando llega al orgasmo.

«Córrete para mí, nena».

El sonido de mi nombre sale de esos dulces labios.

Empujo, introduciendo mi verga hasta que nuestras caderas chocan.

«Grita mi puto nombre, Maeve».

Y ella así lo hace:

—¡Kellin! —Mientras ambos nos incendiamos juntos.

Me lo merezca o no, que ella me llamara por mi nombre es algo precioso.

—¡Oh, maldita sea, cariño! No puedo tener suficiente de ti.

Ambos disminuimos la velocidad para no desmayarnos en tanto seguimos besándonos con pasión. Estamos mojados, enredados y jadeando mientras me desplomo sobre ella, una masa sudorosa y temblorosa de músculos y carne acunada por su suavidad.

Después, no puedo distinguir dónde termina ella y dónde empiezo yo.

Y ya no sé qué hacer al respecto.