Persecución Despiadada (Reyes Irlandeses 6) 19 Kellin
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19 Kellin

Kellin

Este pedazo de mierda se revuelca en el suelo, jadeando, y le doy una patada en el estómago por si acaso, dos veces, antes de centrarme en Maeve.

Maeve...

Su rostro está sonrojado por la tenue luz de la escalera, pero no de la forma que me gusta.

Una marca sospechosamente parecida a una mano se le está formando en la mejilla, y su ropa está arrugada y desaliñada.

Aparte de eso, parece ilesa. Sin embargo, si no hubiera recibido la alerta cuando lo hice. ..

Se me tensan los dedos mientras una furia como nunca antes había sentido me recorre el cuerpo. Quiero hacer pedazos a este hombre y dárselos de comer a los tiburones, pero me conformaré con exprimirle la vida a este cabrón y ver cómo se le apaga la luz en los ojos.

Maeve debe de adivinar mis intenciones, porque niega con la cabeza.

—No lo hagas. No vale la pena.

Ella tiembla mientras me examina la cara, y me doy cuenta de que mi rabia la asusta. Haciendo un gran esfuerzo, logro controlarme lo suficiente como para ignorar, al menos temporalmente, mis impulsos asesinos.

Le extiendo la mano, pero me detengo antes de tocarla.

—¿Estás bien?

Con una mano apretada contra su estómago, asiente con la cabeza.

—Necesito oírte decirlo, Maeve.

Exhala, y sus hombros pierden parte de la tensión.

—Estoy bien.

Detrás de mí, el cabrón que está en el suelo tose. Lo empujo con el pie hasta sentarlo otra vez y me agacho a su altura.

—Si vuelves a mirarla siquiera de reojo, un hombro dislocado será el menor de tus problemas. ¿Lo entiendes?

Jadea, con los ojos rojos y el rostro pálido por el dolor, pero no responde.

Bien. Quería una excusa.

Me incorporo y le doy otra patada, más abajo y cerca de la ingle.

—¿Lo entiendes, pedazo de mierda?

Suelta un gruñido mientras intenta alejarse de nosotros. El depredador que hay en mí disfruta viéndolo comportarse como una presa.

—Sí, sí. —Se atraganta con su propia saliva mientras busca a tientas la barandilla de la escalera—. Entendido. —Se incorpora y baja cojeando los escalones hasta el siguiente rellano. En la puerta de salida, me mira con el ceño fruncido—. Vete a la mierda.

Lo miro fijamente, saboreando cómo palidece cuando sonrío.

No necesitamos intercambiar más palabras. No olvidará mi cara.

Una vez que se cierra la puerta, voy a ver cómo está Maeve. Está agachada, recogiendo una botella del suelo.

Gas pimienta.

Eso explica el olor picante y acre, a pimiento que impregna el aire.

Intenta esbozar una sonrisa.

—Esto no me ha servido de mucho.

Podría explicarle que nadie de su tamaño tendría ninguna oportunidad después de que ese cerdo asqueroso la atacara por sorpresa, pero dudo que mi explicación la tranquilice.

Escuchar “es inevitable” no es precisamente tranquilizador.

—Vamos. Te acompaño a tu suite.

Se resiste.

—¿Mi suite? ¿Cómo has...?

Mierda. Olvidé que Maeve insinuó que vivía en otro lugar. Probablemente, no sea buena idea contarle lo mucho que la investigué antes de llegar.

—Alguno de tus empleados debió haberlo mencionado.

Con una mano suave en su espalda, la guío hacia la salida de la escalera, aun así, dudo en la puerta. Mis impulsos me empujan en dos direcciones opuestas. La furia aún corre por mis venas, cada instinto me grita que persiga al hombre de Declan como a un animal y le corte la garganta.

Normalmente, no disfruto matar, pero por él haría una excepción.

Maeve me necesita y no voy a abandonarla.

Consuelo a la bestia que llevo dentro con un recordatorio.

Muy pronto. Los días de ese hijo de puta están contados.

Nos abre la puerta de su habitación en el sexto piso. En cuanto se cierra la puerta, se aferra a mi cuello, con el rostro hundido en mi hombro.

—Gracias.

La abrazo y le acaricio el cabello.

—Shhh. Estás bien, Maeve. Estás a salvo.

Permanecemos en esta posición hasta que deja de temblar.

Cuando por fin se endereza, baja la barbilla y se muerde el labio inferior.

¿Sigue molesta? ¿O avergonzada?

La espero, obligándome a mantener la paciencia.

Tras un momento, suspira y niega con la cabeza.

—Debería haber sido capaz de manejarlo.

La abrazo contra mi pecho, hundiendo la nariz en su cabello.

—Podrías haberlo hecho. Eres fuerte. Una luchadora. Pero no necesitas serlo si estoy aquí.

Se me revuelve el estómago. Una cosa jodida de decir, teniendo en cuenta que estoy aquí para robarle a su familia de ladrones.

No obstante, lo digo en serio. Mientras esté aquí, la mantendré a salvo.

Me digo a mí mismo que ese instinto es solo porque ella es mi misión.

Una mentira.

Quiero protegerla. Porque la quiero.

Estoy increíblemente jodido.

Supongo que me preocuparé por eso después.

Acerco mi boca a su oído.

—¿Por qué no me indicas dónde está ese vino que mencionaste? Lo abriré mientras tú...

—¿Me ducho y me quito a esa bestia de encima?

Me río. Me quitó las palabras de la boca.

—Sí, eso.

Le levanto la barbilla, y trago un gruñido de rabia al ver su mejilla hinchada. Debería haberle cortado la mano a ese imbécil.

Con cuidado, acaricio con los dedos su piel magullada.

—Te traeré un poco de hielo mientras te duchas. Creo que ese look de Rocky Balboa te queda jodidamente sexy, pero puede que algunos de tus invitados más mayores no estén de acuerdo.

Me siento aliviado al verla sonreír cuando nos separamos. Saber que ese bastardo no le robó el sentido del humor ni manchó su esencia me produce una opresión en el pecho.

Es realmente fuerte. Sin duda, hija de Declan, en ese sentido.

Nunca pensé que la respetaría tanto como lo hago, pero, maldición, no es para nada la princesa mimada que esperaba.

Maeve toma ropa limpia y se dirige al baño. Siguiendo sus instrucciones, entro en la cocina para sacar el Rothschild de la nevera de vinos.

Menos de quince minutos después, Maeve regresa, renovada y sonriente, vestida con una camiseta suave y desgastada y unos pantalones deportivos azules sencillos.

Su cabello oscuro, húmedo y peinado hacia atrás, cae sobre su espalda como una cortina mojada.

Me muero de ganas de pasarle los dedos por sus mechones.

No quedan rastros del temblor anterior. Parece tranquila. Relajada.

Me niego a pensar por qué esa visión calma mis nervios.

Le entrego hielo envuelto en una toalla de mano. Mientras se lo aplica en la mejilla, sirvo una copa del vino decantado para ambos. Luego, tomo a Maeve por el codo y la llevo hasta el sofá color crema.

Se hunde en los cojines con un suspiro de satisfacción.

—¿Qué hacías en la escalera? Grité, pero sé que no pudiste oírme desde tu suite.

La rodeo con un brazo por el respaldo del sofá, sin llegar a tocarla.

—Venía a buscarte, por supuesto.

—¿Veinticinco minutos antes?

—Me gusta ser puntual.

No puedo decirle la verdad. No puedo decirle que Rory estaba revisando las cámaras de seguridad, vio cómo Shout la atacaba y me avisó. Salí disparado de mi habitación como si el lugar estuviera en llamas.

La furia que me invadió cuando ese monstruo volvió a ponerle las manos encima por segunda vez fue más fuerte que cualquier cosa que haya sentido antes. Como una oleada de veneno mortal recorriéndome las venas.

Si ella no hubiera estado a un par de metros de distancia, le habría estallado la cabeza contra el cemento en ese mismo instante.

Maeve se mueve a mi lado, devolviendo mi atención hacia ella.

—Bueno, tu puntualidad me salvó la vida.

Chasqueo la lengua contra los dientes.

—No estoy tan seguro de eso. Estabas dando bastante pelea.

—Lo cual, creo, fue lo que causó más problemas.

Aprieto los dientes para contener la nueva oleada de ira porque sé que tiene razón. Los animales como él se alimentan de la lucha de las presas más débiles.

Recordándome a mí mismo la inminente venganza que se avecinaba, le rodeo los hombros con el brazo. Su sólida figura me tranquiliza y me asegura que está bien.

Después de que ambos terminamos nuestras copas de este vino espectacular, ella nos sirve más.

Parece estar bien, con el cuerpo relajado, con una suave sonrisa en el rostro, pero más callada de lo que estoy acostumbrado a verla. Más difícil de descifrar.

Quizá prefiera estar sola después de aquel lío en la escalera, mas no quiero dejarla así.

Ella agita su copa con suavidad, y sus ojos se encuentran con los míos.

—Lo siento. Esta no es la velada que tenía planeada para nosotros. Seguro que hay otras cosas que preferirías estar haciendo.

Inclino la cabeza.

—Oye, no te preocupes. No tengo expectativas. Y te prometo que estoy justo donde quiero estar. Estoy aquí para lo que necesites. ¿Quieres hablar de lo que pasó?

Suspira y se inclina hacia adelante.

—En realidad, no. Ni siquiera quiero pensar en eso, lamentablemente, mi mente no me deja olvidarlo. Y no solo la agresión. También la parte en la que me rescataste. —Se encoge de hombros con resignación—. Pero el vino está buenísimo.

—Lo está. Y la compañía también. —Me bebo mi segunda copa de un trago y la dejo sobre la mesa—. Si quieres estar sola, puedo irme.

Siento un alivio cuando niega con la cabeza.

—A menos que tengas que irte.

—No, quiero quedarme aquí contigo.

Y así lo hago.

No puedo simplemente dejarla sola después de eso.

No quiero dejarla sola y punto.

—De acuerdo. A mí también me gustaría.

Termina su vino y se relame los labios. Le quito la copa de la mano.

—¿Te la relleno?

—No. Estoy bien. —Deja caer la bolsa de hielo sobre la mesa y junta las manos en su regazo—. Solo quiero olvidar lo que pasó. —Sus dedos se contraen un poco, luego levanta una mano y la apoya en mi rodilla.

—Maeve. —Pongo mi mano sobre la suya, apretando sus dedos. Se sienten tan pequeños bajo mi palma—. Puedo quedarme aquí y dormir en el sofá para que te sientas segura.

Me estremezco. ¿Dormir en el sofá? ¿Qué demonios estoy haciendo? Puedo convencerme de que todo esto forma parte de mi plan de seducción, pero sé la verdad.

Me importan sus sentimientos. Aunque no debería. Los dos no tenemos futuro.

Pero aquí y ahora, nada de eso importa. Lo único que importa es que Maeve esté bien. Cuando se recupere un poco, podremos volver a la normalidad.

La determinación se refleja en su rostro.

—No.

Se me encoge el corazón.

—¿Debería irme?

A regañadientes, empiezo a levantarme.

Me agarra de la manga y me empuja para que vuelva a sentarme.

—¡No! Por favor, quédate. Lo que quería decir es que no quiero que duermas en el sofá.

Se me acelera el pulso.

—¿Qué quieres decir exactamente? —Apenas me atrevo a respirar mientras espero su respuesta, rozando su palma con el pulgar—. O, si prefieres borrar a ese imbécil de tu memoria, también puedo ayudarte con eso.

Su pecho sube y baja.

—Quiero que te quedes... en mi cama y que borres de mi memoria el tacto de las manos de ese imbécil.

Tomo sus manos entre las mías y observo su rostro en busca del más mínimo indicio de incertidumbre.

—Nada me gustaría más, pero solo si estás completamente segura.

—Lo estoy.

Responde sin dudar, con una postura firme y fuego en su mirada.

Lentamente, para no sobresaltarla, le doy un tierno beso en el pómulo. En la sien. En la comisura de los labios.

Maeve no acepta mi cautela. Me abraza por el cuello y me atrae hacia ella en el sofá. Con fuerza, pega su boca a la mía y mete la lengua dentro.

Sigo su ejemplo, gimiendo mientras dejo de lado mis reservas y respondo a sus embestidas.