Perpleja Capítulo 26
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Capítulo 26

Lo entendí mientras seguía revisando los archivos con una atención cada vez más fría, porque la revelación de que las llamadas eran grabaciones no había terminado de cerrarse dentro de mí y todavía quedaba una última pieza, una de esas piezas pequeñas que no parecen importantes hasta que se colocan en el lugar exacto y de pronto obligan a reinterpretar todo lo anterior, y fue al escuchar una de las pistas con auriculares, aislando cada pequeño ruido de fondo, cuando reconocí algo que me dejó inmóvil sin necesidad de añadirle drama ni interpretación inmediata, porque no se trataba de la voz, ni del timbre, ni de la respiración, sino de una secuencia mínima de sonidos que correspondía demasiado bien a los gestos de quien activa una grabación, espera un segundo, aparta la mano, deja que el entorno se calme y luego habla con una voz que ya no parece del todo improvisada, como si la propia escena se hubiera preparado para ser conservada y no vivida.

Repetí el tramo varias veces, cada vez con menos esperanza de encontrar una explicación alternativa, y a medida que lo hacía fue creciendo en mí una certeza tan desagradable que al principio me resistí a llamarla por su nombre, porque la intuición de que yo misma había grabado aquellas llamadas no tenía nada de heroico ni de espectacular, sino que se parecía más a una confesión técnica, casi doméstica, una de esas verdades que no necesitan estallar para volverse insoportables.

La primera reacción fue buscar una salida lógica, una de esas explicaciones que a una le permiten conservar la dignidad unos minutos más, y me dije que quizá se trataba de otra persona, de una manipulación, de un archivo importado desde algún dispositivo anterior, de un error en la carpeta o de un resto de contenido arrastrado por la sincronización del teléfono, pero ninguna de esas posibilidades resistía demasiado tiempo la comparación con los detalles que iba encontrando, porque las grabaciones no solo contenían la respiración, la voz y las pausas, sino también pequeñas variaciones de fondo que coincidían con el entorno inmediato en el que yo solía activarlas, el roce del auricular, una silla al moverse, un cambio de postura, el leve sonido del móvil al ser apoyado sobre la mesa del despacho, y sobre todo esa cualidad tan específica de las cosas registradas por alguien que está físicamente presente en el momento en que las deja guardadas.

No era una ficción montada a distancia, ni un audio recibido de fuera, ni una traza casual procedente de una línea defectuosa; era algo mucho más cercano, mucho más incómodo y mucho más íntimo, porque empezaba a parecerse al tipo de archivo que una persona crea para no olvidar una experiencia que sabe de antemano que va a necesitar más adelante.

Abrí las notas, las fechas y las marcas horarias que había ido haciendo en una libreta desde que las llamadas empezaron a repetirse, y entonces vi con una claridad brutal que todo cuadraba demasiado bien como para seguir fingiendo que no entendía la dirección de los hechos.

Las llamadas siempre aparecían en momentos en que yo estaba sola, aunque eso no decía nada por sí mismo, pero varias coincidían con periodos en los que luego había descubierto huecos de tiempo, pérdidas de concentración o fragmentos de escritura que no recordaba haber producido, y al unir unas con otras empezaba a surgir una secuencia menos fantasiosa y más desoladora, la de una mujer que activa una grabación, la escucha, la guarda y luego, más tarde, la reproduce como si viniera de otro lugar.

Me resultó imposible evitar la impresión de que había estado fabricando una conversación conmigo misma, no por capricho sino por necesidad, como hacen a veces las personas que necesitan dejarse mensajes porque sospechan que el día siguiente no les permitirá recordar lo ocurrido la noche anterior.

No había en ello ninguna grandeza oculta.

No había misterio elegante. Solo una forma de autoconservación llevada demasiado lejos y convertida, por el paso del tiempo y el desgaste mental, en un mecanismo de repetición cada vez más difícil de distinguir de la realidad.

Entonces empecé a buscar el origen de los archivos con una atención casi patológica, revisando metadatos, rutas de guardado y nombres de carpeta hasta que comprendí lo que me había estado resistiendo a admitir desde el principio, que las grabaciones no habían aparecido en mi teléfono como algo ajeno, sino que habían sido almacenadas allí por mí misma, organizadas con un orden que no recordaba haber decidido conscientemente y que, sin embargo, seguía una lógica demasiado precisa para ser casual.

Había títulos breves, casi funcionales, con fechas, horas y marcas mínimas que indicaban una voluntad clara de conservar cada llamada como un documento útil, no como un accidente sonoro.

Algunas estaban duplicadas, otras recortadas, y un par de ellas incluso llevaban una nota escueta al margen, escrita por mí con esa letra apretada que también había visto en los diarios, en la que se indicaba algo tan sencillo como “volver a escuchar” o “comprobar mañana”.

Me quedé mirando esas anotaciones como si pertenecieran a una extraña desconocida, aunque no eran más que la prueba de una organización previa que no me había resultado importante mientras creía que estaba persiguiendo una voz externa.

Ahora todo adquiría una estructura distinta, porque las llamadas no solo habían sido grabaciones, sino grabaciones que yo había decidido conservar con una intención que todavía no terminaba de entender del todo.

El paso siguiente fue todavía peor, porque al comparar las grabaciones con las entradas de los diarios descubrí que muchas de las fechas y descripciones coincidían casi exactamente, como si la misma persona hubiera estado documentando la misma experiencia desde dos ángulos distintos sin recordar después haberlo hecho.

Los diarios describían la llamada de la tarde, la pregunta mínima, el silencio posterior, la respiración al otro lado y la sensación de inquietud que quedaba flotando en la cocina, mientras que los audios contenían esa misma escena reducida a su forma más cruda, menos literaria y más mecánica, y aun así la distancia entre ambos registros no los separaba, sino que los volvía complementarios, como si uno hubiera sido escrito para explicar lo que el otro todavía no podía comprender.

Fue entonces cuando empecé a pensar con verdadera seriedad que la voz que yo escuchaba no era una presencia ajena sino una forma de reencuentro con algo que había dejado registrado para mí misma en un momento anterior, y que la razón por la que no lo recordaba con nitidez no era una simple distracción, sino la de haber pasado por un proceso de fragmentación tan sutil que el archivo había sobrevivido a la memoria.

Aquello no lo hacía menos inquietante; lo hacía, si cabe, más trágico, porque implicaba que no estaba siendo perseguida por un extraño, sino por los restos ordenados de mis propios intentos de controlar una crisis que ya había empezado mucho antes.

Me costó bastante aceptar la idea, no porque fuera imposible, sino porque me obligaba a reinterpretar toda la estructura de las llamadas desde una vulnerabilidad que yo había preferido no nombrar.

Si las había grabado yo, entonces no estaba simplemente registrando ruidos externos, sino creando una especie de circuito de retorno en el que me hablaba a mí misma a través del teléfono fijo, quizá para comprobar que seguía ahí, quizá para no olvidar una frase, quizá para dejar constancia de una experiencia que ya intuía que iba a desmoronarse en la memoria.

Pensarlo así hacía que todo lo demás se reacomodara con una coherencia casi cruel.

Las llamadas no eran mensajes venidos de una casa activa o de una voz imposible, sino restos de conversaciones de las que yo misma había querido dejar huella, y esa necesidad de huella empezaba a parecer menos una rareza y más una forma desesperada de no perder el hilo de lo que estaba ocurriendo dentro de mí.

Porque nadie graba una conversación consigo misma por diversión cuando está realmente bien.

Nadie anota horas exactas, repite escuchas y guarda archivos con ese nivel de insistencia si no sospecha, aunque sea vagamente, que su memoria no va a sostenerlo todo por sí sola.

Fue un alivio terrible, si es que puede llamarse alivio a la sensación de encontrar por fin una explicación que organiza el caos pero lo vuelve más triste, porque al menos dejaba de haber una presencia anónima al otro lado del aparato y empezaba a existir una razón humana, demasiado humana, para cada llamada, cada pausa y cada respiración registrada.

Sin embargo, el alivio duró poco, apenas lo suficiente para que la mente pudiera apoyar un pie en una superficie menos inestable, porque en cuanto acepté que las grabaciones eran mías surgió una pregunta todavía más difícil de esquivar, una pregunta que se desplegó con lentitud y se quedó instalada en el centro de la habitación con una gravedad casi insoportable: si yo había grabado aquellas llamadas, entonces había habido un momento anterior en el que sabía algo que ahora no recordaba, y si había necesitado conservarlas, ¿qué estaba intentando preservar exactamente, una voz, una advertencia, una rutina, un síntoma, una parte de mí que ya se estaba deshaciendo?

No había forma de responder a eso sin abrir la puerta a algo más delicado que la simple constatación técnica de una grabación, porque empezaba a ser evidente que el problema ya no era solo la fuente del audio, sino el hecho de que yo misma había participado en la construcción de una realidad paralela lo bastante ordenada como para engañarme después.

Revisé de nuevo las notas asociadas a cada archivo y me sorprendió encontrar pequeñas observaciones que no recordaba haber escrito con tanta claridad, frases breves que funcionaban casi como instrucciones para una futura yo que quizá ya intuía el deterioro y quería dejarse pistas, marcas para reconocer el patrón de las cosas cuando todo empezara a volverse confuso.

“No contestar tan rápido.” “Escuchar dos veces.” “Guardar solo si suena igual.” “No fiarse de la primera impresión.” Las leí una por una, con una mezcla de vergüenza y ternura que me resultó difícil de soportar, porque expresaban un esfuerzo muy concreto por mantener un mínimo de continuidad en medio de una experiencia que probablemente ya estaba escapándose del control consciente.

No eran órdenes misteriosas ni códigos ocultos; eran las notas de alguien que, sabiendo que podía volver a perderse, había dejado indicaciones para no desconfiar del todo de sí misma.

Y precisamente por eso me dolieron tanto, porque revelaban que la versión de mí que había grabado las llamadas no estaba jugando a construir un enigma, sino intentando dejar un rastro estable en un terreno que ya empezaba a agrietarse.

La consecuencia más inmediata de aquel descubrimiento fue que la casa perdió, por un instante, una parte de su poder sobre mí, no porque dejara de ser inquietante, sino porque ya no podía seguir pensando que escondía una inteligencia propia detrás de las llamadas.

Pero la pérdida de ese enemigo externo no alivió nada de manera definitiva, al contrario, abrió un vacío mucho más incómodo, porque si las grabaciones eran mías, si los diarios eran míos, si las fotografías demostraban una visita anterior que yo no recordaba, entonces la casa ya no era el autor del misterio, sino el escenario donde se estaba desplegando un mecanismo de conservación y borrado que parecía depender de mi propia mente.

Lo peor de todo era que esa versión no explicaba por qué había llegado a la finca por segunda vez con la sensación de estar entrando en un lugar desconocido, ni por qué la puerta negra seguía apareciendo, ni por qué ciertas partes del manuscrito parecían adelantarse a la realidad.

Pero incluso esas dudas quedaron suspendidas detrás de algo más urgente, la certeza de que había grabado yo misma las llamadas para poder volver a oírlas después, como si una parte de mí ya supiera que iba a necesitar pruebas de lo que otra parte no iba a poder retener.

Me quedé sentada mucho rato frente al portátil, con los auriculares en la mano y la sensación de que había cruzado una frontera pequeña pero irreversible, porque ya no podía volver a escuchar las llamadas como antes.

Cada archivo se había convertido en una prueba de participación, una huella íntima, un gesto de autoprotección llevado hasta un extremo que me avergonzaba y me conmovía a la vez, y esa doble emoción me resultó insoportable porque no sabía si estaba viendo a una mujer que se hundía o a una mujer que intentaba no hundirse del todo.

Lo único claro era que ya no podía fingir que las voces venían de fuera, ni que la repetición del teléfono fijo respondía a una lógica ajena, porque había encontrado en los metadatos, en las notas y en la secuencia de los audios la evidencia más difícil de aceptar, que era que la mano que había activado la grabación había sido la mía y que, desde el principio, el misterio se había estado construyendo con una colaboración mucho más estrecha de la que me habría gustado reconocer.

Y ahora que lo sabía, no podía dejar de pensar que quizás había grabado aquellas llamadas no para demostrar que algo me hablaba, sino para asegurarme de que, si volvía a perderme, al menos alguien, aunque ese alguien fuera yo misma, tendría el cuidado de dejarlo todo por escrito.