Perpleja Capítulo 24
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Capítulo 24

La conclusión empezó a formarse dentro de mí mucho antes de que me atreviera a verbalizarla, porque llevaba días, quizá semanas, acumulando suficientes piezas como para construir una respuesta que, observada con la distancia suficiente, parecía no solo plausible sino incluso inevitable, y fue precisamente esa sensación de inevitabilidad la que me llevó a aceptar la teoría con una facilidad que en otro momento me habría resultado sospechosa.

Los diarios, las fotografías, la visita anterior que no recordaba, las pequeñas repeticiones de gestos, las lagunas de memoria, la familiaridad constante de la casa y la manera en que algunas escenas del manuscrito parecían reflejar episodios de mi vida habían terminado por dibujar, una vez puestos unos junto a otros, una figura que ya no parecía depender de la casa ni de una conspiración ni de ninguna presencia externa, sino de un desorden más íntimo y más difícil de afrontar, una especie de circuito cerrado en el que la misma experiencia podía reproducirse con ligeras variaciones sin que yo lograra situar con claridad el momento exacto en que había empezado a hacerlo.

Durante días me había resistido a esta posibilidad porque implicaba una clase de derrota menos espectacular que cualquier explicación sobrenatural, pero también más convincente, y por eso, cuando la idea tomó forma en mi cabeza, no me golpeó como una revelación dramática sino como el reconocimiento fatigado de algo que llevaba demasiado tiempo aguardando debajo de todo lo demás.

Releí varias páginas de los diarios con una atención casi obstinada, no ya para encontrar una pista nueva, sino para comprobar si la impresión que empezaba a consolidarse tenía suficiente consistencia como para sostener el peso de tantas coincidencias, y cuanto más avanzaba en esa lectura más evidente me resultaba que la repetición no era accidental, o al menos no del todo accidental, porque había frases escritas con semanas de diferencia que describían el mismo cansancio con idéntica cadencia, había observaciones sobre la casa que se repetían con una precisión demasiado incómoda para ser fruto de una simple manía estilística, y había referencias al teléfono, a las noches en vela, a la presión editorial, a la incapacidad para concentrarme y a esa necesidad cada vez más intensa de comprobarlo todo dos veces, como si la mente estuviera intentando preservar la continuidad del día por pura insistencia mecánica.

Al principio quise pensar que se trataba de la clase de repeticiones que nacen cuando una persona escribe durante mucho tiempo sobre sí misma y acaba girando una y otra vez alrededor de los mismos temores, pero la explicación fue volviéndose insuficiente a medida que comparaba unas entradas con otras, porque no eran solo los temas los que regresaban, sino también la sensación general de estar atrapada en una secuencia emocional muy parecida, como si la vida ya hubiera pasado antes por ese mismo punto y yo me estuviera limitando a volver a transitarlo sin recordar el trayecto anterior.

Me ocurrió algo parecido con las fotografías, que había dejado agrupadas sobre el escritorio y que, al mirarlas ahora, ya no parecían pruebas aisladas de una estancia anterior, sino fragmentos de una cronología más amplia que empezaba a mostrar un patrón demasiado claro como para seguir interpretándolo como casualidad.

En varias imágenes aparecía yo misma en la casa meses antes, con la misma forma de sostener la espalda, la misma rigidez en el gesto y la misma expresión de cansancio contenido que seguía viendo en el espejo cada mañana, y lo perturbador no era tanto reconocerme como comprobar que en aquellas fotografías ya había una familiaridad tensa con el lugar, una relación con la casa que no podía atribuirse a una única visita accidental.

Había imágenes de la cocina, del pasillo, del salón y del jardín, y en todas ellas la disposición de los objetos parecía construir una continuidad que yo ahora solo podía leer como prueba de una estancia previa suficientemente larga o suficientemente intensa como para dejar huella, aunque esa huella hubiera terminado por borrarse de la memoria consciente.

Cuanto más las examinaba, más difícil me resultaba sostener la idea de que estaba frente a una coincidencia casual, y aunque no podía explicar todavía por qué había olvidado todo aquello, sí empecé a aceptar que la explicación no se encontraba fuera de mí, sino en una fractura más antigua, más interna y, sobre todo, más persistente.

La voz del teléfono encajó entonces dentro de esa nueva estructura con una facilidad que al principio me alivió y después me inquietó de una manera todavía más profunda, porque si yo había estado antes en la casa y había pasado por momentos de desconexión, de agotamiento o de fragmentación de la memoria, entonces la familiaridad que me producía aquella voz no era la señal de una presencia imposible, sino la consecuencia lógica de estar oyendo restos de una experiencia previa que nunca llegó a integrarse del todo en el recuerdo.

Pensé en las grabaciones una vez más, en el tono cansado, en la respiración entre palabras, en la frase banal que se repetía con una insistencia tan extraña, y de pronto todo empezó a parecerme menos una anomalía exterior que una huella de algo que ya había ocurrido, aunque yo solo conservase los fragmentos más inestables de aquella primera vez.

La voz podría ser mía, deformada por la línea y por el paso del tiempo, o podría ser la de una versión anterior de mí misma, más gastada, más desorganizada, más cerca de un punto de ruptura que yo todavía no había aceptado como propio.

Ambas opciones me resultaban incómodas, pero una de ellas empezaba a parecerme mucho más probable que cualquier hipótesis sobre una llamada venida de fuera.

La puerta negra, que hasta ese momento había seguido ocupando un lugar ambiguo entre el error de percepción y el símbolo, encontró también su sitio dentro de la explicación que acababa de construir, y fue quizá en ese punto donde la teoría empezó a resultarme casi tranquilizadora, porque si todo formaba parte de un ciclo repetido, entonces la puerta no era una entidad misteriosa sino la forma que había adoptado algo que ya me pertenecía, una imagen que mi mente había elegido para representar la zona de memoria que seguía sin abrirse.

Había visto la puerta, sí, y luego había empezado a verla con mayor insistencia, pero ahora podía interpretarla como el signo visual de una fractura interna, una representación de aquello que todavía no me atrevía a recordar y que quizá regresaba una y otra vez en esa forma porque la propia mente necesitaba convertir la ausencia en objeto antes de poder seguir avanzando.

Aquella interpretación no solo era coherente, sino también mucho más soportable que cualquiera de las otras, porque me devolvía una continuidad psicológica, una causa, un proceso, una lógica interna que no dependía de fuerzas ajenas sino de una mente fatigada que había empezado a expresar su desorden mediante repeticiones.

Y cuanto más pensaba en ello, más me parecía que todo lo vivido en la casa podía leerse de esa manera, como una recreación recurrente de una experiencia previa que había sido desplazada, olvidada o mal integrada, y no como una anomalía autónoma.

Fue en ese momento cuando me descubrí respirando con una calma extraña, casi culpable, porque por primera vez en mucho tiempo tenía la sensación de haber encontrado una explicación que no necesitaba sostener nada imposible, una explicación que organizaba los huecos, las coincidencias y las contradicciones dentro de una misma estructura y que, precisamente por eso, me resultaba peligrosamente convincente.

Ya no veía los documentos, las fotografías o los diarios como piezas dispersas de una investigación sobre la casa, sino como restos de un episodio anterior que se había repetido ahora con ligeras modificaciones, un episodio cuya lógica todavía no comprendía del todo pero que sí alcanzaba a reconocer como recurrente.

La idea me produjo alivio y vergüenza al mismo tiempo, alivio porque por fin podía colocar el misterio dentro de un marco clínico y por tanto tratable, y vergüenza porque aceptar esa hipótesis implicaba admitir que durante semanas había estado buscando un enemigo exterior cuando la verdadera fractura podía estar operando dentro de mí desde mucho antes.

No me gustó lo fácil que resultó creerlo, ni la rapidez con la que la teoría absorbía cada uno de los hallazgos previos sin dejar casi resquicio para la duda, pero al mismo tiempo no conseguí resistirme a la elegancia de esa respuesta, porque explicaba las lagunas, las llamadas, las fotos, los diarios, la puerta negra y la sensación persistente de haber estado en la casa antes sin conservar el recuerdo de haberlo hecho.

Sin embargo, incluso mientras aquella conclusión se asentaba en mí con la tranquilidad de una pieza que por fin encuentra su hueco, apareció una pequeña resistencia en el fondo de la conciencia, una molestia discreta que no anulaba la explicación pero sí la obligaba a detenerse un instante antes de declararse definitiva.

Si todo se repetía, si yo había venido antes, si la casa y el manuscrito y las grabaciones formaban parte de un mismo ciclo de deterioro, entonces quedaba una pregunta mucho más incómoda que el resto y mucho más difícil de responder con la misma limpieza, y era por qué había regresado de nuevo a esta misma finca, por qué había aceptado otra vez el aislamiento, por qué había permitido que una versión previa de mi vida me condujera de vuelta al mismo lugar donde al parecer ya había empezado a desmoronarme antes.

Esa pregunta no invalidaba la teoría, pero sí la volvía menos perfecta, y por eso mismo más humana, porque no se trataba ya de un misterio externo esperando a ser resuelto, sino de una recurrencia que quizá yo había consentido o perseguido sin saberlo.

Seguí pensando en ello mientras la noche se cerraba detrás de las ventanas y la casa recuperaba su silencio habitual, y cuanto más lo pensaba más razonable me parecía la idea de haber estado repitiendo lo mismo una y otra vez, no porque la casa quisiera atraparme, sino porque mi mente, por razones que todavía no alcanzaba a ver, había regresado a un escenario ya vivido para tratar de reorganizarlo esta vez de un modo distinto.

Y fue precisamente ahí, cuando la conclusión empezó a parecerme sólida y el lector habría estado ya tentado de creer conmigo que todo encontraba por fin su forma correcta, donde se escondía la trampa más silenciosa de todas, porque cuanto más ordenada se volvía la explicación, más empezaba a parecerme que el orden mismo estaba demasiado bien construido, demasiado perfecto, demasiado dispuesto a cerrar el problema sin dejar un margen suficiente para la duda.

Había estado repitiendo esto una y otra vez, sí, eso parecía evidente, había vuelto a la casa, había olvidado, había regresado, había llenado diarios, había tomado fotografías, había transcrito la ansiedad en páginas y llamadas, pero la precisión con la que todo encajaba empezaba a tener algo inquietante, algo que se parecía demasiado a la forma en que una mente desesperada acepta una teoría no solo porque es verdadera, sino porque necesita que lo sea para no seguir deshaciéndose.

Y, aunque todavía no quería nombrarlo en voz alta, ya empezaba a comprender que la respuesta que acababa de abrazar era exactamente la clase de respuesta que una persona enferma o agotada necesita para sobrevivir unas horas más, no necesariamente la respuesta correcta, sino la que mejor soporta el peso de la desesperación cuando todo lo demás amenaza con desmoronarse al mismo tiempo.