Perforando a fondo (Manada de amor)
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Capítulo 1
—Solo cinco minutos más —murmuré con la cara hundida en la almohada, una frase que es prácticamente mi mantra matutino.
Soy Sarah Wilson, higienista dental extraordinaria, y mis días giran en torno a decirle a la gente que use hilo dental mientras tengo las manos metidas en sus bocas.
No es precisamente el encuentro de película romántica para el que te preparan las novelas de amor, pero paga las facturas y me da la extraña satisfacción de raspar la placa de los dientes de desconocidos.
Cuando mi alarma volvió a sonar, por fin me arrastré hasta salir de la cama.
Mi apartamento era pequeño pero acogedor, con el espacio justo para mi colección de plantas de interior que de alguna manera sobrevivían a pesar de lo irregular de mis cuidados.
Me puse mi uniforme favorito: verde azulado hoy, con pequeños dientes de dibujos animados que hacían reír a los niños y poner los ojos en blanco a los adultos.
Me ceñía las curvas de forma profesional, pero me recordaba que había una mujer bajo todo ese equipo de protección dental.
Al menos estoy mona mientras torturo a la gente con hilo dental, pensé mientras me recogía el pelo castaño rojizo en un moño despeinado y me maquillaba lo justo.
Mi rutina matutina era como un reloj: café (dos de azúcar, un chorrito de leche de avena), yogur, revisar las redes sociales para recordarme que el mundo exterior existe más allá de la odontología, y salir a las 6:45.
La Clínica Dental Familiar del Dr. Martin estaba a solo quince minutos en coche, en un complejo de oficinas entre un despacho de contable y un quiropráctico. Mi pequeño Hyundai encontró su sitio de siempre, y repasé mentalmente los pacientes del día mientras entraba.
—Buenos días, Lisa —saludé a nuestra recepcionista, una abuela de cuatro nietos que trataba a todos en la clínica como si fueran sus propios hijos.
—¡Buenos días, cariño! ¿Tienes tu café? —Lisa me miró por encima de las gafas de lectura con una sonrisa cómplice. Mi dependencia de la cafeína era legendaria en la clínica.
—Siempre —levanté la taza térmica—. ¿Qué tenemos hoy en la agenda?
Los ojos de Lisa brillaron con algo que me puso en alerta al instante.
—Oh, nada fuera de lo normal. Excepto... —bajó la voz con dramatismo—. Vienen los chicos del Viper Club a las diez. Kane Blackwood tiene un diente agrietado.
Casi me atraganto con el café. Todo el mundo en la ciudad conocía el Viper Club: el local de peleas clandestino que se movía en la frontera entre negocio legítimo y algo más...
peligroso. Los tres dueños eran famosos: Kane, el luchador estoico; Jett, el hombre de negocios astuto; y Max, la montaña de músculos que mantenía el orden.
—¿Los tres? —pregunté, imaginándome nuestra sala de espera llena de cuero, tatuajes y testosterona.
—Eso parece. Kane es el paciente, pero sus... —hizo una pausa, buscando la palabra—... socios insistieron en estar presentes para darle «apoyo emocional».
Lisa hizo las comillas con los dedos y todo, lo que casi me hace echar el café por la nariz.
—Genial —murmuré, yendo hacia mi puesto para prepararlo todo—. No hay nada más típico de un martes por la mañana que unos aterradores dueños de un club de peleas muertos de miedo ante un torno dental.
Lo que yo no sabía era que en unas horas mi mundo entero iba a cambiar: empezaría con una endodoncia y terminaría con el descubrimiento de que los monstruos son reales, les tienen pánico a los dentistas y, por lo visto, les resulto irresistible.
* * *
Al otro lado de la ciudad, en un amplio loft de estilo industrial-chic que ocupaba toda la última planta de un antiguo almacén reconvertido, transcurría una mañana muy diferente.
—No pienso ir, joder.
La voz profunda de Kane Blackwood quedaba amortiguada por la almohada que se había echado sobre la cabeza, con el cuerpo tatuado desparramado en la enorme cama a medida que dominaba el dormitorio principal.
Jett Morrison, ya impecable con pantalones de vestir gris marengo y una camisa blanca desabrochada, se apoyaba en el marco de la puerta con una mezcla de diversión y exasperación.
—Sí que vas a ir. Llevas tres días con la cara hinchada y anoche casi le arrancas la cabeza a Max cuando te rozó sin querer.
—No fue mi intención —respondió Max desde el baño en suite, con la cresta todavía aplastada por el sueño.
Apareció en la puerta con solo una toalla enrollada en la cintura, y las gotas de agua le resaltaban los contornos del pecho musculoso—.
Pero, cariño, necesitas arreglarte ese diente. Te estás poniendo insoportable.
—No estoy insoportable —gruñó Kane, con un sonido que le retumbaba en lo más profundo del pecho de una forma claramente inhumana—. Y no necesito que ningún desconocido me meta instrumentos de metal en la boca.
Jett se acercó a la cama y se sentó junto al cuerpo tendido de Kane. Le recorrió la espalda con los dedos largos, sonriendo ante el escalofrío involuntario que provocó.
—He pedido cita en el mejor sitio de la ciudad. Muy discreto. Sin preguntas.
—Y estaremos allí contigo —añadió Max, dejando caer la toalla mientras buscaba ropa interior limpia. Los dos hicieron una pausa para disfrutar de las vistas.
Kane por fin asomó de debajo de la almohada, con el pelo oscuro revuelto y las mechas plateadas captando la luz de la mañana. Entrecerró los ojos —de un cálido marrón en ese momento, pero capaces de tornarse dorados cuando se le disparaban las emociones— hacia sus compañeros.
—¿Los dos?
—Todos para uno —dijo Jett con una sonrisa, mientras su mano seguía recorriendo la espalda de Kane y se deslizaba bajo la sábana—. Además, me han dicho que la higienista está muy bien.
Max resopló mientras se ponía unos calzoncillos negros ajustados que hacían poco por contener su considerable paquete.
—Esa es tu solución para todo.
—Dime una sola vez en que apreciar la belleza no haya mejorado una situación —lo retó Jett, cuya mano ahora se movía claramente de forma rítmica bajo las sábanas, a juzgar por cómo se agitaban las caderas de Kane.
—El incidente de Osaka —dijeron Kane y Max a la vez.
Jett puso los ojos en blanco.
—Fue una sola vez, ¿y cómo iba yo a saber que era la hija del alfa?
La réplica de Kane murió en su garganta cuando los hábiles dedos de Jett le rodearon la erección matutina. El gemido que soltó fue mitad placer, mitad rendición.
—Vale. Iré al puto dentista.
—Buen chico —ronroneó Jett, y se inclinó para atrapar los labios de Kane en un beso que enseguida se volvió más intenso.
Max los observó un momento mientras su propio cuerpo reaccionaba ante la escena.
—Como sigáis así, vamos a perder la cita.
—Tenemos tiempo de sobra —murmuró Jett contra la boca de Kane, y luego miró a Max con un brillo travieso en los ojos azules—. Ven con nosotros. Nuestro chico necesita que le distraigamos como es debido de su ansiedad dental.
Max no necesitó que se lo pidieran dos veces.
Se subió a la cama al otro lado de Kane y, con sus grandes manos delicadas, giró al luchador para que quedara frente a él.
—Te tenemos —susurró, antes de inclinar la cabeza hacia el pecho de Kane y recorrer con los labios los intrincados tatuajes que contaban su historia compartida.
Kane cerró los ojos mientras sus dos compañeros lo rodeaban; sus aromas y caricias familiares lo anclaban a la realidad. Quizás el dentista no sería tan malo después de todo, sobre todo si eso significaba acabar con aquel dolor punzante y constante. Y si sus dos compañeros iban a estar allí con él…
«¿Cuánto miedo puede dar una simple higienista dental?», pensó, antes de que todo pensamiento coherente se desvaneciera bajo las atenciones de los dos hombres que compartían su corazón, su cama y su secreto sobrenatural.