Penalti de amor (Hockey Glaciares 1) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

Nila

—Entonces, ¿vienes de Nueva York? —me pregunta Carl mientras se lleva un bocado de fettuccini a la boca.

Asiento.

—Así es. Tengo un apartamento allí. Aunque crecí en el norte del estado de Nueva York. Mi familia es de allí.

—Ya veo —asiente—. ¿Qué te parece Atlanta?

Me encojo de hombros.

—Es un cambio de ritmo agradable. Lo único que no me gusta es la humedad en verano.

Suelta una carcajada profunda y sincera.

—Eso es lo que solía decir mi esposa. Siempre se quejaba de la humedad y de lo que le hacía al pelo. Aunque te juro que nunca se le veía mal.

Sus ojos brillan con un destello de nostalgia, y se me encoge el corazón al reconocer el duelo.

Cameron carraspea.

—Mi madre falleció de cáncer de mama hace siete años.

—Habría estado muy orgullosa de Cam —dice Carl, radiante, y no puedo evitar enternecerme al oír el orgullo en su voz.

Tener unos padres que se preocupan así...

Debe de ser bonito.

—En fin —Cameron me mira con gesto avergonzado—. No has sacado ninguna foto.

—Oh, cierto —digo mientras dejo el tenedor y cojo el móvil—. Estaba demasiado ocupada disfrutando de la comida.

—Este es el sitio favorito de Cam —añade su padre.

—Está muy bueno —coincido mientras abro la cámara del móvil—. Me aseguraré de mencionar el restaurante en la publicación. Atraerá clientes. Te sorprendería lo que puede hacer una simple mención por un negocio.

—¿Ah, sí? —Carl ladea la cabeza hacia mí—. Supongo que nunca lo había pensado mucho. A Cam no le gusta estar expuesto al público. Es un tipo bastante reservado, como yo.

Asiento mientras saco algunas fotos de Carl, la comida y el ambiente acogedor del local. Por mucho que quiera decir que Cameron es como Carl, no veo el parecido. Carl es cálido, amable y graciosísimo. Además, me recibió con los brazos abiertos. Mientras que Cameron parece distante y hosco...

Tampoco se parece mucho a su padre físicamente.

Lo que me hace preguntarme cómo sería su madre...

—¿Ya has terminado? —Cameron me dedica una sonrisa tensa.

—Deja que la mujer haga su trabajo —lo reprende Carl, dándole una palmada en el hombro—. No le hagas el trabajo más difícil de lo necesario.

Reprimo una risita mientras Cameron aparta la mirada y pone los ojos en blanco donde su padre no puede verlo. Hay algo entrañable en la forma en que se relacionan. Sin embargo, mi atención se desvía cuando el móvil me vibra en la mano. Echo un vistazo...

Aaron: Nila, ¿podemos hablar?

Aprieto los dientes mientras ignoro el mensaje de mi exnovio. La cuestión es que ya hemos hablado. Y está claro que nunca nos vamos a entender. Él espera que renuncie a mi carrera para estar con él. Y eso no va a pasar.

El móvil vuelve a vibrar.

Aaron: Teníamos algo bueno.

Aaron: Vamos. Solo una llamada, Nila. Solo quiero volver a oír tu voz. ¿No me echas de menos?

Bloqueo la pantalla y fuerzo una sonrisa mientras me estremezco por dentro.

—Entonces, ¿te gusta el hockey?

Levanto la cabeza bruscamente del móvil y me encuentro con la mirada de Carl.

—Eh... supongo. Nunca lo he seguido mucho.

—Es un deporte infravalorado, creo yo —reflexiona Carl, mirando a Cameron—.

Nunca le había prestado mucha atención hasta que Cam decidió que quería jugar.

Era bueno desde el momento en que pisó el hielo.

Y déjame decirte que era como una zamboni sobre esos patines: suave e imparable.

Pero oye, cuando estás sobre hielo fino, ¡más vale que patines rápido!

—Carl se ríe de su propio chiste de padre y me guiña un ojo como diciendo: «Todavía lo tengo» .

Sonrío, deseando haber podido grabar esa historia en vídeo. La verdad es que todo lo que dice Carl es encantador y entrañable.

Cojo el tenedor y empujo los ñoquis por el plato mientras se me encoge el corazón. Solo hay una persona en mi vida que era como Carl...

Y ya no está aquí.

El dolor nunca se va del todo, aunque el móvil, que vuelve a vibrar otra vez con una llamada de Aaron, me distrae al instante. Lo silencio antes de meterlo en el bolso.

Pero sé que no va a parar. Así que lo saco de nuevo y escribo un mensaje:

Yo: Aaron, ya hemos hablado de esto. No hay nada más que decir. Sigamos adelante. Por favor, no vuelvas a escribirme.

Dejo caer el móvil en el bolso, pongo mi mejor cara y termino de comer.

—Ha sido un verdadero placer cenar contigo esta noche, Nila —me dice Carl mientras salimos del restaurante—. Tengo que decir que eres un soplo de aire fresco.

—Qué amable. Yo también he disfrutado de la cena contigo. —Evito la mirada de Cameron, consciente de que me observa. Apenas ha hablado durante la cena, y estoy casi segura de que es por mi culpa.

—Espero que podamos repetirlo. —Carl me abraza de lado mientras salimos y nos despedimos—. Ya nos veremos. Te quiero, hijo —le dice a Cameron.

—Yo también, papá —responde Cameron con desenfado mientras nos guía hacia su Lamborghini. Lo sigo en silencio, contemplando al jugador de hockey junto a su deportivo. Nunca he sido de admirar coches —ni jugadores de hockey—, pero hay algo en Cameron que me resulta imposible ignorar.

Abre la puerta del coche y me mira con gesto burlón.

—¿Vienes?

—No sé. ¿Piensas matarme conduciendo como un piloto de carreras?

—Venga ya, conduzco muy bien.

—Sí, eso dicen todos —murmuro entre dientes mientras me dirijo al lado del copiloto. De repente, Cameron aparece a mi lado y me abre la puerta—. Eh, gracias. —Evito su mirada, algo que, me doy cuenta, hago constantemente con él.

—A mi padre le has caído muy bien. —Su tono es difícil de interpretar, y antes de que pueda decir nada, cierra la puerta de golpe.

¿Eso ha sido algo malo?

Lo observo rodear el coche con paso firme y me descubro mirándole fijamente los hombros, anchos y poderosos. Es alto y esbelto, pero claramente fuerte. Tiene un físico que intimidaría a muchos hombres.

Seguro que podría llevarme en brazos un buen rato si hiciera falta .

Niego con la cabeza, casi riéndome de lo absurdo del pensamiento.

—Perdona que hayas tenido que aguantar todo eso. —Sus palabras me pillan desprevenida.

—¿A qué te refieres? —Frunzo el ceño—. Tu padre es un cielo, y graciosísimo.

La mandíbula de Cameron se tensa mientras arranca el coche.

—Sí... pero puede ser muy pesado. Estoy convencido de que está deseando que siente la cabeza. Y seguro que ahora piensa que eres la persona perfecta para eso...

Asiento, sonriendo al pensar en mi abuela.

—Creo que es cosa de padres. Ahora que somos adultos, quieren nietos. Que imagino que es como volver a tener hijos, pero solo la parte divertida.

A menos que acabes criándolos tú porque tu hijo no puede, como le pasó a la abuela.

—No sé... —Su voz se pierde mientras sale del aparcamiento del restaurante y acelera calle abajo hacia mi hotel—. ¿Puedo preguntarte algo?

El corazón me da un vuelco.

—Eh... ¿claro?

—¿No te cansas de que el móvil te esté sonando todo el rato? O sea, ni siquiera has podido cenar tranquila sin que sonara varias veces.

—Lo siento. Ha sido una falta de educación. Por eso lo he puesto en silencio.

Cameron niega con la cabeza y me lanza una mirada extraña.

—No, no, qué va. Es que me pregunto de verdad cómo lo aguantas.

—Ah —digo con un suspiro—. Bueno, la verdad es que, aparte de las redes sociales, no suele sonar tanto. Esta noche era mi ex, que no paraba de llamar.

—Ah. ¿Es como... un acosador, o...?

Me río y niego con la cabeza.

—No, nada de eso. Solo un tío que no acepta que lo nuestro se acabó.

Cameron asiente y aprieta el volante mientras paramos en un semáforo en rojo.

—Entonces, ¿qué pasó entre vosotros? —suelta de repente, y enseguida se retracta—. Perdona. No tienes que contármelo. Ha sido una indiscreción.

Me río.

—No es un culebrón, si es lo que buscas. Salimos unos seis meses. Pero llevo tiempo intentando impulsar mi carrera, y desde que me hice consultora independiente, tengo que viajar mucho más.

—¿Y qué tiene eso que ver con una relación?

Ladeo la cabeza.

—Pues que la distancia complica las cosas.

Cameron se encoge de hombros.

—Supongo.

—Es que Aaron quería tenerme pendiente de él a todas horas. Dijo que si la cosa iba en serio, tendría que dejar el trabajo.

Las cejas de Cameron se disparan.

—¿Dejar el trabajo? ¿Así, sin más? —Su incredulidad es evidente mientras conduce el Lamborghini por las concurridas calles de Atlanta.

—Sí, la verdad es que me pilló desprevenida.

Siempre me ha apasionado mi carrera, y nunca esperé que alguien que me importara me obligara a elegir entre él y mi trabajo.

Por no hablar de que se ponía superceloso cada vez que tenía que quedarme hasta tarde o viajar por un proyecto.

Se volvió agobiante. —Niego con la cabeza al recordarlo.

Claro, la única vez que por fin me lanzo después de perder a la abuela, la relación resulta ser un desastre. Típico de mi suerte.

He aprendido que es mucho más fácil estar sola. Así puedo centrarme en mi carrera, que es lo único en mi vida que nunca me ha fallado. Es lo que me ayudó a encontrar mi camino después de perder a la abuela. Es lo que me da alegría y sentido.

—Parece que te libraste de una buena —dice en voz baja.

Lo miro de reojo, sorprendida por la empatía en sus ojos.

—Y que lo digas. Y mejor así. Ahora mismo solo me interesa desarrollar mi carrera. Cuando haya conseguido mis objetivos, quizá me plantee volver a salir con alguien. Pero de momento, no merece la pena el lío. No quiero ataduras ni que me vuelvan a poner entre la espada y la pared como hizo Aaron.

Cameron se ríe, pero no dice nada más mientras entramos en el aparcamiento del hotel. Se me hace un nudo en el estómago, sin saber si he contado demasiado. No suelo hablar de mi vida personal cuando estoy trabajando, pero él preguntó...

Y todo salió a borbotones.

—Te acompañaré a tu habitación —dice finalmente.

—No tienes que hacerlo.

Echa un vistazo alrededor mientras se detiene bajo la marquesina del hotel de lujo.

—Es bastante tarde, y me siento responsable de que llegues a tu habitación sana y salva.

—De acuerdo —digo, con la voz más baja de lo que pretendía mientras él aparca.

Salgo del coche antes de que pueda abrirme la puerta otra vez y lo guío hacia el vestíbulo del hotel, intentando que su gesto no me afecte. Seguramente sea de esos: el típico chico que quiere hacer de «hermano mayor protector» con todas las chicas que conoce.

—¿De verdad te gusta este lugar? —pregunta—. Parece una especie de museo de arte raro...

Lo miro por encima del hombro mientras pulso el botón del ascensor.

—Supongo. Un hotel es un hotel. Mientras esté limpio, me da igual.

—Ya veo —se ríe y me deja pasar primero cuando se abren las puertas—. Es una forma muy práctica de verlo.

—¿Te sorprende? —le arqueo una ceja mientras una sonrisa le cruza el rostro.

—Sí. Pensaba que a todos los influencers les iba el lujo.

Me río y me aliso el vestido. Sus ojos siguen el movimiento de mis manos y enseguida se desvían hacia la pared del ascensor. Noto que me arden las mejillas, pero no le doy importancia.

—Después de ti —pone la mano en el umbral mientras salgo.

Asiento y me dirijo directamente a mi habitación, con el corazón latiéndome de forma irregular. Puede que solo haya sido un momento, pero la forma en que me miraba me ha dejado nerviosa.

No puedo permitirme sentirme atraída por Cameron.

Eso sería malo.

Malo para el trabajo. Y malo para mi corazón.

—Es aquí —me aclaro la garganta al llegar a la puerta y saco la tarjeta de la habitación.

La pregunta de Cameron me pilla desprevenida.

—¿Te vas a quedar aquí a largo plazo? ¿O te vas a mudar a un apartamento o algo así?

Lo miro y veo curiosidad genuina en sus ojos.

—Creo que me voy a quedar aquí por ahora. Los Glaciares lo están pagando —me encojo de hombros—. Aunque tengo una reunión con ellos la semana que viene para ver cómo van las cosas. Dijeron que hablaríamos del alojamiento entonces, según lo que yo considere que necesita tu caso.

Tuerce el gesto.

—¿Mi caso ? Haces que parezca un criminal.

No puedo evitar que se me escape una risita.

—Quizás cuando conduces.

—Nunca vas a olvidarlo, ¿verdad? —se ríe mientras paso la tarjeta y abro la puerta—. Buenas noches, Nila.

Me giro. Su voz profunda y ronca me sacude los sentidos. Su mirada está fija en mí, y me cuesta horrores no quedarme mirando sus labios entreabiertos.

Pero me contengo.

Los negocios y el placer no se mezclan.

—Buenas noches, Cameron.

Y dicho esto, me cuelo dentro y echo el cerrojo.