APOCALYPSE NOW
Una mezcolanza curiosa entre la angustiosa novela El corazón de las tinieblas conradiana, la película Aguirre, la cólera de Dios herzoguiana y la guerra del Vietnam johnsoniana es este gran documento sobre lo bestias que pueden ser los humanos cuando se les deja solos.
Kurtz llevaba bastante tiempo en el ejército y, cómo era lo lógico, se había vuelto más loco que una cabra. Había decidido entonces montar una tribu suya propia con los indígenas de por allí cerca y se había instalado cómodamente en un lugar idílico para él y para los mosquitos.
Helicoptean a Willard hasta un frente donde nadie tiene nada en la frente y allí presencia en butaca de orquesta la napalmnización de una aldea vietnamita, acto del que le echan la culpa a Wagner y a La cabalgata de las valkirias , porque esta es una composición que, si la escuchas, te dan ganas de masacrar irremisiblemente a todo aquel que se te ponga a tiro.
El futuro asesino, junto con el oficial Chef y algunos más que se llaman de otra forma, coge un bote y remonta un río, mientras lee el expediente de su futuro asesinado.
Al parecer, Kurtz era un militar muy eficaz tomando decisiones, algo que no gustaba en absoluto a sus superiores, que no querían competencia.
Kurtz era hábil, Kurtz tenía talento, Kurtz conseguía resultados, luego el alto mando la tomó con él, que es lo que les ha venido sucediendo desde el Mioceno a los hombres capaces, aquí, en el Vietnam y en la Cochinchina francesa.
Las aventuras del viaje se reducen prácticamente a que van matando a todos los campesinos vietnamitas que se encuentran por el camino.
Pero como los americanos van drogados hasta el arco supraciliar, aquello no parece importarles en demasía.
A medida que avanzan, se van encontrando cadáveres con cachos cortados y colgados por aquí y por allá.
Willard, con los conocimientos especializados que en al arte de la guerra le ha procurado el ejército durante toda su adiestramiento en diversas academias militares, deduce que aquellos salvajes están muertos y que, probablemente, alguien los habrá matado.
Finalmente, Kurtz aparece por allí y apresa con gran facilidad a sus asesinos en potencia, pues ya hemos dicho que sabe de guerra más que Wilson (más que Lepe, en terminología estadounidense) y ha sido cocinero antes que fraile.
Así es que le corta la cabeza a Chef por venir a asesinarle sin haber sido invitado.
Kurtz le da interminables charlas a Willard, su prisionero, alabando la dedicación del Viet Cong, que se toma en serio las cosas y cuyos voluntarios son capaces de combatir sin chicle, chocolate ni drogas, a diferencia de los americanos.
Le habla sobre muchos otros temas en unas escenas larguísimas, porque el papel de Kurtz lo interpreta Marlon Brando, le han pagado un dineral por hacerlo y quieren, como es lógico, rentabilizarlo al máximo.
A Willard le entran todavía más ganas de matar al loco, no por desertor ni por asesino en masa, sino por pelmazo.
El capitán Willard encuentra al fin su oportunidad —en un ratico en que los indígenas están distraídos sacrificando a un búfalo de agua para contentar a sus dioses y hacer filetes— y consigue asesinar a Kurtz con un machete que ha alquilado por unos cuantos dongs (moneda local) en el mercadillo de los jueves de una aldea cercana.
El excoronel murmura las palabras «¡El horror.
..! ¡El horror...!» (lo único que la gente recuerda de la película) antes de quedar exvivo (o sea: muerto).
Los campesinos kurtzianos (no entendemos por qué) dejan marchar tranquilamente a Willard, que presumimos que va a volverse tan orate como el otro en los siguientes cinco minutos de película.
Este es el argumento a grandes rasgos.
La moraleja es: la guerra mata.
Podríamos enunciar una segunda moraleja diciendo que los militares se vuelven locos, pero en realidad creemos que es al revés: que son los locos los que se hacen militares.
La película está considerada como el mejor film bélico por todos aquellos que no prefirieron elegir otra cinta distinta para esta categoría.
(Habrá notado el lector con su proverbial perspicacia que esta historia no tiene ni pizca de gracia. ¡Toma, claro! ¡Como que la guerra no suele ser divertida y la del Vietnam no fue de las más bonitas precisamente!).
Pero hay que reconocerles a los Estados Unidos su capacidad de autocrítica, máxime después de haber hecho un ridículo tan sonoro en aquella dichosa contienda.
Otros países son más cobardes y casi no se atreven a criticar ni un pelo ni a su ejército ni a ninguna otra de sus instituciones.
No hace falta que digamos qué países son esos, porque están en la mente de todos los lectores.