SENDEROS DE GLORIA
Tomarte el trabajo de hacer una magnífica obra de arte para que luego venga un chalado mexicano, un distribuidor desaprensivo y sudamericano para más señas, y la titule en su país La patrulla infernal —que parece talmente una película de zombis con casco—, tiene que ser algo muy difícil de digerir: tan difícil que pueda producirte incluso una úlcera de duodeno.
Ahora, que es una verdadera lástima y dice muy poco de la perspicacia del ser humano que haya que emplear el cine para contarle al personal que la guerra no es especialmente agradable, porque la gente no sepa deducirlo por sí misma.
Bueno, al grano.
Estamos en la Primera Guerra Mundial, que entonces no se llamaba así, sino que le decían «la Gran Guerra» o «la Guerra Europea» y, para abreviar, simplemente «la guerra», porque cuando alguien la mencionaba, todos solían saber a qué guerra se estaban refiriendo.
El frente francés en el año de gracia de 1916 (un año que, sinceramente, tuvo muy poquita gracia) consistía en kilómetros y kilómetros de trincheras fangosas y putrefactas donde los soldados tontos y gorditos les enseñaban a otros soldados menos gorditos la fotos de sus novias (los espectadores ya saben que todos los que en una película de guerra enseñan fotos de la familia mueren inexorablemente).
Entonces el general Mireau —que por descuido del maquillador lleva en cada escena la cicatriz en una parte distinta de la cara— quiere justificar su abultado sueldo y ganarse un ascenso inmerecido, para lo que cursa una orden siniestra, aunque la firma con la derecha: atacar unas posiciones alemanas que son inatacables, algo que hace para lucirse y porque la pretensión de los soldados franceses de salir medio vivos de aquella contienda le parece un abuso y que es pedir gollerías.
Además, y por encima de cualquier consideración dictada por el instinto de supervivencia, un soldado como Dieu manda debe cumplir las órdenes de sus superiores sin chistar, ya que el ejército consiste básicamente en eso: en no chistar y en obedecer ciegamente a los imbéciles que están por encima de ti.
La acción es suicida: eso lo saben hasta los soldados tontos y gorditos; pero no importa. Francia lo exige y no le vas a decir que no a Francia, que puede ponerse muy pesada y muy antipática cuando no se la satisface en todos sus caprichos.
Al mando del coronel Dax (que se comunica con un pito, como un árbitro de fútbol o como el protagonista de Sonrisas y lágrimas ), los soldados se arman de valor, salen de las trincheras y son escabechinados masivamente en tres minutos escasos de metraje. Se salvan poquitos.
Pero entonces el general se enfada, dice cosas feas de los soldados —concretamente, que son todos una panda de ■■■■■■■■■ (porque entonces ser eso no estaba tan bien visto como en la actualidad)—, y que se tiene que fusilar a una docena de ellos por cobardía y para salvar él la cara.
Viene entonces la escena del regateo. Mireau y Dax tienen un tira y afloja y la cuestión se somete a la decisión del general Broulard (que parece que es más general que el otro general, porque manda más, algo que no entendemos muy bien).
Broulard quiere rebajar el número de soldados castigados para ahorrar balas en el fusilamiento y para que los alemanes no se rían de él al ver que les está también ahorrando trabajo a ellos a la hora de matar franceses.
Finalmente, se decide que se pasará por las armas a tres soldados, ni más ni menos, porque tres es un número redondo que se emplea para muchas cosas.
Morirán tres cobardes, para escarmiento general (de todos, no del general).
¿A quién se ajusticiara? ¡Ah, amigo! ¡Ahí está la cosa!
Como no existe un criterio establecido de antemano para estos casos y como el que escribió el Reglamento militar carecía de imaginación y no pensó que esta disyuntiva pudiera darse, el consejo de guerra integrado por altos mandos del ejército especializados en estrategia, protocolo y jurisprudencia militar tiene que recurrir al tradicional método de selección aleatoria denominado «Pinto, pinto, gorgorito», en su versión francesa, claro está.
El azar está en un apuro y no sabe a quién elegir; pero como para eso es el azar, cierra los ojos y extrae las papeletas con los nombres de los tres infelices que serán fusilados. A los elegidos huelga decir que la idea no acaba de entusiasmarles por completo.
Ahora es cuando el espectador se repantinga en la butaca del cine y se dice para sí: «¡Bah! Todo se arreglará al final, porque el coronel Dax resulta que es abogado militar, aparte de ser el chico de la película, así es que conseguirá que se les conmute la pena y ¡santas pascuas!».
Pero eso no sucede, porque habría sido un final muy ñoño y al director, don Stanley, se le pueden llamar muchas cosas fea, pero ñoño no. Así es que en la escena cumbre del film se fusila perfectamente a los tres soldados y aquí paz y después gloria (en senderos) [13] .