Películas para reír LA LISTA DE SCHINDLER
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LA LISTA DE SCHINDLER

Muchos se enfadarán con nosotros por decir que no hay cosa más tonta que esta lista.

Pero, ¡claro!, habiendo ganado tantos premios, la opinión generalizada la defenderá capayespádicamente y pasará por alto la acumulación de tópicos y de efectos facilones que incluye.

Con Spielberg no te puedes meter, porque ha hecho cosas estupendas, pero —obviamente—se avergonzaba de ellas y quería pasar a la historia del cine como un Bergman, un Kubrick o un Kurosawa, no como el señor que nos asustó sacando un tiburón.

Así es que asumiendo el riesgo de que el lector coja un cabreo de los de aquí te espero hasta que llegues, contaremos lo que nos parece fallido en esta oscarizada y globodeorizada película.

Coinciden los críticos en que se rodó en blanco y negro para conferir realismo a la cinta.

Que nosotros sepamos, la vida real tiene colorines.

El blanco y negro es truco pedestre para conseguir que al espectador entre la congoja y que le den pena los personajes.

Ese mismo resultado se consigue haciendo que llueva o mostrando que hace frío.

La historia cuenta que un tal Oskar Schindler era malo y, al final, se volvió bueno. Nosotros somos algo más cínicos y pensamos que la gente no cambia tan radicalmente y que los canallas no se vuelven héroes filantrópicos justo a tiempo para que trama acabe bien.

Bueno, pues el tal Oskar soborna a todos los nazis que puede para montar una empresa y forrarse (cosa que hace), aprovechando que hay una guerra.

Esto es lo único que nos suena realista en toda la película.

Contrata a judíos para su fábrica (principalmente porque son más baratos) y los explota inmisericordemente.

Cuando el empresario se da cuenta de que los nazis no son hermanitas de la caridad (durante los años en que los estuvo sobornando y tratando con ellos no había tenido ocasión de notarlo), se vuelve más bueno que el tiramisú y saca de allí a un montón de judíos para que no los maten.

Como los judíos no son gratis (queremos decir que cuesta dinero sacarlos de allí), el hombre se arruina.

En la penúltima escena, se produce un episodio que da realmente vergüenza ajena.

Schindler saca el mechero, lo mira fijamente y se echa a llorar.

«¡Qué malo fui!», gime. «Si hubiera vendido este mechero, podría haber salvado una o dos vidas más.

¡Me doy asco a mí mismo!». Este melodramático diálogo constituye el clímax sentimental de la película.

¿Y los nazis? Pues archicafres, hipercrueles, macrorruines y ultrasalvajes.

El oficial sádico de las SS que no puede faltar en ninguna película de campos de concentración que se precie, que se aburre mucho, se dedica a disparar desde el balcón a todo el que pasa por allí, circunstancia que aprovecha el director para sacar a una niñita con un abrigo rojo (de color, para que el oficial tenga más fácil hacer diana).

La mata, con la crueldad obligatoria de todo nazi que aparece en un film , y el rojo del abriguito sirve para que el espectador se acuerde de ella y se diga: «¡Huy, qué malo. ..!».

Y, para malo, el final de la película, donde se nos muestra en color cómo los supervivientes reales de aquel horror peregrinan y depositan piedras en la tumba de Schindler como recuerdo, en una secuencia interminable, cursi como ella sola y que constituye un recurso narrativo completamente ilegítimo.

Sí, porque capitalizar en el sufrimiento de un montón de viejecitos que salen llorando porque padecieron de verdad es un truco facilón para conmover al espectador no con un buen guion, sino con una historia real «de interés humano».