Películas para reír LOS ARISTOGATOS
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LOS ARISTOGATOS

La acción de esta fábula gatodisneica transcurre en París, pero no en el París del estado de Illinois (EE.

UU.), que es un poblacho en medio de la nada, sino en el París francés (siempre conviene especificar), ese lugar romántico y glamuroso donde te cobran no menos de ocho euros por un café en una taza así de pequeñita.

Al asunto.

Para que los franceses no se enfaden, la productora decide que el villano de la película será inglés (con lo cual son los ingleses los que se enojan y escupen en las salas de cine de Londres durante la proyección de esta película, poniéndolas pérdidas).

Este malo es el mayordomo, como suele suceder cuando en vez de contratar a un guionista de verdad, le encargas el trabajo a tu cuñado, que es un saco de tópicos.

(Luego nos enteramos de que la historia sucedió de verdad; o sea: que los guionistas ni hicieron ni el mínimo esfuerzo por inventarse nada).

Este tal Edgar Balthazar va a heredar a la anciana —que no ha tenido en su vida la sabia precaución de tener hijos—, pero solo después de que los gatos mueran, pues se entiende que el dinero lo deja para su bienestar.

Edgar es de Letras y no hace bien las cuentas.

Calcula que a la vieja le pueden quedar aún muy bien diez años de vida y que a cada gato le pueden quedar otros ocho, tirando por lo bajo.

Suma 10 + 8 + 8 + 8 + 8 (ocho años por cada gato) y le salen 42 años mínimo, lo que le parece demasiada espera, por lo que decide matar a los bichos antes de morirse él de hastío, esperando.

El malvado duerme a los gatos con unas pastillas y se los lleva al campo para deshacerse de ellos tirándolos a una zanja (en París no había zanjas).

Allí intervienen dos perros llamados respectivamente Napoleón y Marie-Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Motier, marquis du La Fayette, al que llamamos solo Lafayette para abreviar.

Son dos canes muerdemotocicletas que ayudan a la familia gatuna a librarse de su verdugo.

A la mañana siguiente, Duquesa se encuentra con un gato vagabundo, de nombre O’Malley, y es entonces cuando los espectadores se dan cuenta de que la película es una copia de La dama y el vagabundo , solo que con gatos en vez de perros.

Como fuere: se establece entre ambos una conexión química, pues a él le gusta mucho lo bien que huele ella y a ella le encanta asimismo lo mal que huele él.