Películas para reír LA HERENCIA DEL VIENTO
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LA HERENCIA DEL VIENTO

Yo empleo mi tiempo libre

en la labor de rescate

de algunos films olvidados

que no ha visto casi nadie,

pero que son maravillas

indiscutibles del arte

séptimo y hablaré aquí

de ese film de Stanley Kramer

que se titula La herencia

del viento y que es formidable.

Inherit the Wind : Gene Kelly,

Fredric March y ese gigante

del arte interpretativo

americano. Ya saben

a quién me refiero. Ese...

(¿Cómo se llama, diantres?

¡Ah, sí! Spencer Tracy. Ya.)

Un reparto impresionante

como ven. Pero el guión

es un guión de los de antes

de la guerra: bien escrito,

original y flipante.

Va del proceso del mono.

Para aquellos ignorantes

que, por ignorancia, ignoren

tales sucesos reales,

les contaré que un maestro

quiso enseñar a su clase

la teoría evolutiva

(aquella que enunció Darwin)

y un grupo de catequistas

de escuelas dominicales

le prohibieron enseñar,

le metieron en la cárcel

y le pusieron un pleito

diciendo que era un tunante

que iba contra el creacionismo,

y que todo el mundo sabe

que la ciencia son mentiras

y la religión, verdades.

La «peli» nos cuenta el juicio

que fue motivo de grande

escándalo en su momento

y llenó los titulares

de muchísimos periódicos

americanos durante

diez meses y seis semanas

(de esas que tienen tres martes).

El fiscal es favorito;

toda la gente elegante

y comme il faut del poblacho

le apoya y regala guantes

y sweaters hechos a mano;

le tratan como a un arcángel

que viniera a defenderles

de Satanás y a librarles

de esos maestros malvados

que enseñan a los infantes

mil cosas pecaminosas:

quebrados y decimales.

Para el defensor reservan

—cuando este va al restaurante—

los filetes más antiguos

y los más pochos tomates,

haciendo de mil maneras

su estancia desagradable.

El acusado-maestro

juega al bridge con el alcaide

de la prisión, porque son

amigos de mucho antes.

Pero está su porvenir

mucho más negro que el Zaire:

perderá su empleo y tendrá

que irse al paro y apuntarse.

Gene Kelly es un periodista

muy simpático y mangante,

entre idealista y cinista

(cínico, vaya), que sabe

que lo que ganan los pleitos

son los dineros contantes

y sonantes. Y apoquina

la pasta para salvarle.

No les cuento nada más

de esta historia apasionante.

Si quieren, búsquenla y véanla,

porque el tema está que arde.

¿Quién ganó? No les desvelo

el final de tal combate.

Pero hay un duelo de actores

que resulta electrizante,

diálogos muy sutiles

con ironía a raudales

y una crítica severa

del fanatismo imperante

que llega a cualquier extremo

de crueldad para cargarse

a todos esos rebeldes

que no les dicen «Sí, padre».