Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Prólogo
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Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4)

Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4)

Por Sierra Lewis

© inepub.com

Prólogo

Julio

—¡ T odo el mundo habla de sus estúpidas estadísticas y de la supuesta aureola que tiene sobre la cabeza!

—Dax…

—¡Pero si no es mejor que yo! Su juego es impreciso, y si el cabrón no se va al infierno, yo…

—¡Dax! Haznos un favor a mí y al mundo entero y cierra esa boquita tan bonita que tienes, ¿de acuerdo?

—respondió Anna teatralmente, negando con la cabeza a su hermano—.

Me prometiste una noche de diversión para que pudiera desconectar, olvidarme de los estudios y de todo lo que tenga que ver con la medicina.

Pasar una velada libre. ¡Esa es la única razón por la que vine!

Malhumorado, Dax le sostuvo la puerta del hotel.

—Igual puedes hacer todo eso.

—¿Acaso sabes lo que es la diversión , Dax? Porque escucharte despotricar sobre Jack es tan divertido como una colonoscopia.

Dax la miró con severidad.

—¡Tú eres la única con la que puedo hablar de esto, Anna! Dios, si al final lo traspasan a nuestro equipo, te juro que…

—¡Lo sé! Pero hoy quiero beber y bromear con algunos jugadores de hockey que estén buenorros —lo interrumpió impaciente.

¡Se lo merecía!—. No quiero aguantar otra de tus pataletas porque odias a Jack.

Dios, lo odias incluso más que a esa consultora de relaciones públicas de la que no dejas de hablar, Lucy.

Tener que escucharlo era como intentar curar una fractura abierta con tiritas de Barbie: inútil y doloroso para todos sin necesidad alguna.

Nadie más que ellos sabían que su mayor rival, Jack West, era su hermano, así que entendía muy bien por qué Dax se desahogaba con ella sobre las negociaciones actuales para el traspaso a los Hawks en Los Ángeles.

Sin embargo, la estaba poniendo en un compromiso.

Amaba a Dax, ¡pero también amaba a Jack!

Ambos eran sus hermanos y tenían que hacer las paces de una vez por todas.

Esta enemistad que llevaba años durando tenía que terminar, y por eso a ella, personalmente, no le importaría que Jack se mudara a Los Ángeles.

Naturalmente, no iba a decírselo a Dax. Si quisiera reventarse los tímpanos, se pondría junto a los altavoces de cualquier discoteca.

—¡Lucy es el diablo! —espetó Dax—. Sé que todo el mundo me llama así a mí , ¡pero solo porque no la conocen a ella ! Ella…

Anna dejó de escucharlo. Estaba agotada, estresada y presa del pánico, sintiendo desde hacía semanas que el trabajo y la vida la estaban sobrepasando.

Quería un descanso . ¡Diversión sin ataduras!

Nada de dramas familiares. ¿Era esto una pérdida de tiempo total?

Casi preferiría estar sentada en su escritorio en casa, estudiando o respondiendo a ese correo electrónico que llevaba meses quemándole en el portátil.

Solo le quedaba un año para el examen final de especialidad y entonces todo habría terminado.

Diez años de duro trabajo por fin darían sus frutos y podría empezar a vivir de verdad.

Maldita sea, nunca debería haber dejado que Dax la convenciera para salir. Barra libre o no, estaba perdiendo unas horas preciosas. Esto no ayudaba a su nivel de estrés; no hacía más que empeorarlo.

—¿Sabes qué? Me voy a casa —dijo, deteniéndose en mitad de la entrada—. Estoy segura de que dejé el fuego encendido, y…

—Ah, no, ni hablar. —Su hermano le pasó el brazo por encima de los hombros y la empujó hacia el guardarropa y una larga barra donde un joven con acné estaba preparando combinados—. Tienes razón. Pararé. Te has tomado el día libre. Deberías divertirte. Aunque tenga que obligarte.

—¡Pero mi cocina! —protestó, intentando soltarse—. ¿Y si se quema mi apartamento?

—No sería una gran pérdida para nadie —gruñó su hermano, quitándole la chaqueta de los hombros y dejándola en el guardarropa.

Podía intentar defenderse, pero sería inútil.

Tener a un atleta profesional como hermano tenía sus desventajas; a diferencia de muchos otros chicos, él tenía músculos que funcionaban de verdad bajo la camisa.

Una joven tras la barra suspiró con nostalgia y se quedó mirando abiertamente a Dax, pero él no le prestó la menor atención.

Anna tenía que reconocerle ese mérito. Nunca ligaba con mujeres cuando ella estaba presente.

Aunque, en ese preciso momento, le habría venido bien la distracción.

Podría haberla aprovechado para escabullirse por la puerta.

—¡Mi apartamento está genial!

—Para ser un cuarto de las escobas, sí —comentó Dax sin prestarle atención y la guio más allá de la barra.

Ella solo pudo mirar con anhelo hacia las puertas dobles que conducían al salón de banquetes del hotel.

Al otro lado se oía música a todo volumen—.

Si aceptaras mi dinero, podrías permitirte algo mejor.

Anna apretó los labios.

—No quiero tu dinero. Ya es bastante malo que no dejes de traerme comida.

—Había dependido de sus hermanos toda su vida: para que la llevaran de un lado a otro cuando era más joven porque su madre trabajaba y su padre estaba demasiado borracho; para que la protegieran de sus compañeros de clase, que se burlaron de ella durante todo el instituto por su ropa desgastada; e incluso había tenido que aceptar su apoyo financiero para la universidad.

Sin embargo, ya era suficiente. Tenía veintiséis años y pronto sería médico. Entonces, por fin, sería algo más que la simple hermana de Dax Temple.

—¡Se te olvidaría comer!

Puso los ojos en blanco, pero no discutió. Quizá porque era verdad. Tenía la cabeza llena de jerga médica y procedimientos complicados, así que ¿quién tenía tiempo o paciencia para ir de compras, y mucho menos para cocinar?

Dax abrió la puerta de par en par y, por un momento, contuvo el aliento.

Siempre se olvidaba de cuánto dinero tenía el equipo de hockey de su hermano.

En el salón de banquetes donde se celebraba la fiesta de fin de temporada, habrían cabido fácilmente dos manadas de elefantes, un centro médico y el telescopio Hubble.

O los egos de veintidós jugadores de hockey y sus representantes.

Del techo colgaban lámparas de araña doradas.

De la sala brotaban mesas altas cubiertas con pesados manteles de lino azul oscuro.

Sin excepción, todos los hombres vestían esmoquin, y Anna se preguntó cuántos metros cuadrados de tela se habrían utilizado para cubrir todos aquellos hombros tan anchos.

Por otra parte, las mujeres presentes compensaban el consumo de tela no llevando prácticamente nada puesto.

Frunció el entrecejo mientras se alisaba su sencillo vestido tipo camiseta negro y trataba de arreglarse sus rizos rubios oscuros que le llegaban hasta los hombros.

Maravilloso. Se veía igual que su apartamento: pequeña, desordenada y nada especial.

Podía admitir que no se le daba bien manejar la escoba. Prefería las jeringuillas.

—Ah, has conseguido sacar a Anna de su cueva —comentó alguien por la izquierda, apretándole los hombros.

Ella puso los ojos en blanco.

—No soy un viejo oso gruñón, Matt.

—Y, sin embargo, Dax y yo te hemos pillado quedándote dormida en el suelo con un muslo de pollo en la mano. ¡Dos veces! —respondió el mejor amigo de su hermano, negando con la cabeza y chasqueando la lengua con desaprobación.

Fueron tres veces, pero se alegró de que no llevara la cuenta.

—¡Quita tus manos de encima, Matt! —jadeó Dax con desagrado, tirándole del brazo.

Anna resopló. El instinto protector de Dax era cinco tallas demasiado grande, por no mencionar que era completamente infundado.

Ya tenía suficientes jugadores de hockey arrogantes en su vida; no necesitaba salir ni meterse en la cama con otro.

No eran buenos novios. Al menos, eso parecía quedar claro por su relación con Dax y Jack.

Tenía por Matt el mismo interés que por un animal del zoológico: era divertido mirarlo, pero no le importaba no tener permiso para tocarlo.

Le caía bien. Era gracioso, pero los monos también lo eran, y tampoco quería montárselo con ellos.

—¿Esa es tu hermana? —preguntó otra voz, y un hombre se acercó a ella con expresión escéptica—. No se parecen en nada. Es mucho más guapa que tú.

Se rio y miró al recién llegado. Era León Álvarez, el defensa. Ella asistía a muchos partidos en casa de los Hawks y conocía las caras de cada uno de ellos.

—Muchas gracias. Es la primera vez que escucho eso. —Según internet, Dax solo era tan bueno en el hockey porque deslumbraba a los jugadores contrarios con su belleza.

El chico le guiñó un ojo.

—Cuesta creerlo. Con el…

—¿Qué he dicho sobre coquetear con mi hermana, Álvarez? —le interrumpió Dax bruscamente.

—¿Que me sacarías un diente por cada cumplido que le hiciera?

—Exacto.

—Bueno, ¡por eso le solté uno que no fuera coqueto! Yo…

—¿Le has dicho qué ? —interrumpió Anna a León con incredulidad—. ¡No puedes hablar en serio, Dax! —Era cierto que no tenía interés en salir con un jugador de hockey, ¡pero quería sentir que podía si quisiera!

—Solo le estaba dando una advertencia amistosa —respondió Dax con inocencia—. No quiero que nadie te tire los perros.

—¿Y si yo quiero que me los tiren? —preguntó con dureza—. ¿Y si solo vine porque pensé: «oye, quiero divertirme un poco, algo informal y sucio»? ¡Porque, por Dios, me vendría de maravilla para mi nivel de estrés!

—Oh, yo me presento voluntario —respondió León de inmediato, dando un paso adelante con la mano levantada.

Dax se limitó a resoplar y entrecerró los ojos como si no estuviera seguro de si Anna hablaba en serio.

—Tú no quieres que te tiren los perros —afirmó—. Eres demasiado joven para andar…

—¡Tengo veintiséis años, Dax!

Su hermano frunció el entrecejo.

—Eso no puede ser. Veintidós, como mucho.

—¡Ay, por Dios! —Se pasó las manos por el cabello con frustración—. No eres mi acompañante ni mi papá; ¡puedo tener todo el sexo que quiera!