Parker Harrison #3
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Harrison #3

Durante mi segundo año en Estados Unidos, me animó a unirme a un grupo de teatro aficionado.

Me entregué al club con entusiasmo y aparecí en todas las actuaciones que pu de.

De repente, ya no lo echaba de menos los fines de semana, pues los tenía llenos de cantos, bailes y multitudes que me aclamaban.

Así, la vida siguió su curso. Entre semana estábamos locamente enamorados, vivíamos juntos, comíamos en restaurantes privados y hacíamos el amor en cada habitación de nuestro piso.

Los fines de semana y festivos, yo era una artista.

Cada vez que mencionaba nuestro futuro, o la posibilidad de casarnos y formar una familia, le restaba importancia.

Su excusa era que no habíamos nacido para seguir las convenciones.

Nuestra relación era privada. No quería compartirme con el mundo; yo era solo suya.

Y yo le creí. Siempre le creí. Ahora, me siento tan estúpida.

Más de una década de mi vida perdida, un tiempo obsceno viviendo una mentira, cegada por un hombre que no me tenía ningún respeto.

Me muevo para sentarme en el sofá esquinero, necesito un momento para ordenar mis pensamientos antes de enfrentarme a mis hermanos por primera vez en más de una década.

Antes de contarles toda la triste historia de cómo he acabado aquí, en su puerta, después de desaparecer de mi familia para ir detrás de un hombre que pensé que me amaba.

Las posibilidades de que mi regreso sea feliz son escasas; si soy sincera, lo más probable es que sean inexistentes.

Los miembros de mi familia son rencorosos y los traidores son considerados escoria.

Se me revuelve el estómago al pensar en el peor de los casos.

Esta noche podría acabar en la calle si las próximas horas se tuercen.

***

Hace tres días, estaba sentada en mi piso bebiéndome el café de la mañana. Las noticias locales sonaban de fondo mientras navegaba sin rumbo por mi teléfono. Oí anunciar su nombre antes de verlo.

Aiden Marley, el nuevo propietario del equipo de béisbol de los Chicago White Sox, ha llegado a su nueva empresa , dijo el reportero con entusiasmo.

El señor Marley ha tomado posesión del club hace una hora.

Este acuerdo ha tardado dos años en cerrarse y supone un desarrollo emocionante para el club.

El señor Marley ha hecho su fortuna en la industria de la publicidad.

Es un hombre reservado al que se ve muy raramente en actos públicos.

Pero con esta nueva adquisición, espero que lo veamos mucho más.

Hoy le acompaña su esposa desde hace quince años y amor de la infancia, Marissa Marley.

La pareja lleva veinte años junta y tiene dos hijos pequeños, a los que se puede ver detrás de ellos jugando a la pelota.

Si no eran ya ávidos seguidores de los White Sox, ahora lo serán.

El reportero resopló ante s u propio chiste mientras yo me quedaba boquiabierta mirando la pantalla.

Vi a mi Aiden subir las escaleras del estadio con el brazo alrededor de una hermosa mujer rubia.

Dos niños de unos ocho años correteaban detrás de ellos, saludando a la multitud.

La familia desapareció entonces en el edificio y las noticias pasaron a una historia sobre la recogida de basura en la zona.

Agarré el mando a distancia y rebobiné el programa, volviendo a ver la escena que había presenciado hacía solo unos instantes. Está casado. Tiene hijos. Y yo nunca lo supe. La vergüenza me invadió al darme cuenta de que yo era la otra.

***

El sonido del ascensor al llegar me hace levantar la vista. Matthew, el del vestíbulo, sale acompañado de otro hombre. Van hablando entre ellos, riéndose. Cuando entran en la zona de recepción, ambos pares de ojos se posan en mí.

—Señorita Chase —dice Matthew—, pensaba que se había perdido al no tener noticias suyas. Quería comprobar que estaba bien y que había encontrado a sus hermanos.

—Lo siento , me estaba tomando un momento para mí —digo a modo de disculpa, negando con la cabeza.

—No pasa nada —responde—. Creo que conoce a este caballero.

—Sí —balbuceo, sorprendida por su aparición. Matthew asiente y luego regresa al ascensor, despidiéndose con la mano mientras desaparece de la vista. Me quedo mirando a un hombre, un hombre al que no he visto en tanto tiempo como a mi familia.

Harrison Waite está de pie ante mí, enfundado en un elegante traje gris.

Su pelo oscuro está peinado con precisión, sin un solo mechón fuera de lugar.

Sus ojos astutos me examinan, luego ladea la cabeza y me dedica una sonrisa de las que mojan las bragas.

—Violet Chase, cuánto tiempo sin verte. ¿Qué te trae a la cuidad de Londres vestida como si fueras a jugar al béisbol?

Incapaz de hablar, le murmuro algo incoherente. No solo es el mejor amigo de mi hermano, sino también socio del bufete de abogados que comparten.

La última vez que vi a Harrison Waite fue la noche en que perdí la virginidad.