Harrison
Violet
Mientras contemplo el rascacielos de cristal, se me encoge el corazón.
Este es el último lugar en el que habría esperado acabar: a las puertas de la casa de mis hermanos, obligada a suplicarles ayuda.
Hace más de una década que no nos vemos.
Solo sé por los cotilleos que viven en Canary Wharf.
Cuando me escapé a América hace trece años, no entraba en mis planes volver a poner un pie en Londres.
Y ahora aquí estoy, sin blanca y sola, rezando para que me ayuden.
Las puertas dobles de cristal con remates cromados se abren sin esfuerzo a mi paso.
Un hombre alto y delgado, con traje y corbata negra, se acerca.
Entrecierra los ojos y me recorre con la mirada.
Mi atuendo dista mucho del que suelen llevar las señoras que viven en este edificio.
Imagino que solo las marcas de diseño cruzan este umbral.
Pero esto era lo único que pude coger antes de huir y ha servido tanto de ropa como de disfraz durante las últimas cuarenta y ocho horas mientras salía pitando de Chicago.
La camiseta ancha de los Chicago White Sox, combinada con unos vaqueros de estilo boyfriend , anega mi pequeña complexión.
He perdido kilos en cuestión de días; el estrés tiene ese efecto.
Apenas he comido, aunque sé que debo hacerlo.
La trenza apretada en la que recogí mi larga melena oscura hace horas sigue en su sitio, bien metida bajo una gorra de béisbol negra, aunque algunos mechones rebeldes se escapan por todas partes.
Tener que dormir en el avión, en el aeropuerto y en la estación de autobuses durante el viaje no ha ayudado a mantener mi aspecto.
Mis fiables Converse rojas de caña alta con la característica estrella en los pies son lo único que es mío.
—Buenas noches, señora —dice el guardia de seguridad con amabilidad. Su expresión permanece impasible mientras habla—. ¿Puedo ayudarla en algo?
—Mis hermanos viven en este edificio. He venido a visitarlos —respondo con toda la firmeza que puedo—. Russell y Connor Chase. —Su ceja enarcada me dice que cree que le estoy mintiendo.
—¿La esperan?
—No, es una visita inesperada. Hace tiempo que no nos vemos y quería darles una sorpresa. —Sus ojos se posan en la gran bolsa de lona negra que llevo en la mano. El hombro se me viene abajo por el peso, que afecta a mi postura.
—¿Puedo cogerle la bolsa? Señorita Chase, ¿verdad?
—pregunta. Asiento con la cabeza y se la doy.
Se gira y entra en el lujoso vestíbulo del edificio de apartamentos.
Lo sigo, recorriendo la estancia con la mirada, asimilando la opulenta riqueza.
Todo está forrado de cuero o tallado en mármol.
Todas las superficies están ribeteadas en plata.
No es que el dinero sea algo a lo que no esté acostumbrada. Durante los últimos trece años, he ido a los mejores restaurantes de Chicago, he vestido ropa de diseño y me he adornado con joyas carísimas. Todas esas recompensas tuvieron un alto precio. Mi futuro. Mi independencia. Mi familia.
—Mis hermanos viven en el último piso —digo, fingiendo un conocimiento que no tengo.
A ellos también les gustan las cosas buenas.
Me jugaría la camisa a que uno de ellos tiene el ático—.
En realidad, nunca he venido a visitarlos.
Vivo en Chi cago, ¿sabe? Los años pasan tan deprisa que, antes de que te des cuenta, han pasado más de diez.
—Él gruñe, sin mostrar acuerdo ni desacuerdo—. ¿Sabe si están en casa?
—Creo que sí —dice—. Llamaré para avisar.
El señor Russell vive en el ático. El señor Connor tiene un apartamento en el piso de abajo.
—Sonrío para mis adentros: capullos pretenciosos, siempre con la necesidad de tener lo mejor de todo: los coches más llamativos, los relojes más caros y, ahora, los apartamentos más altos en uno de los edificios más caros de la ciudad.
—Por favor, no lo haga —intervengo—. De verdad que quiero darles una sorpresa. Subiré en el ascensor y llamaré a su puerta. Haré que llamen abajo para asegurarle que todo está bien.
Hace una pausa y me echa un último vistazo, evaluando si soy una amenaza.
Supongo. Personalmente, no podría parecer menos peligrosa ni aunque lo intentara.
Todo en mí grita «patética y abatida». Lo miro desde debajo de la gorra con mis grandes ojos marrones, suplicando en un lamentable silencio. Él suspira, derrotado.
—De acuerdo —dice, resignado—. Pero no se lo diga a nadie. Sus hermanos me arrancarían las pelotas por dejarla entrar sin control y sin invitación. Tengo facturas que pagar e hijos que alimentar.
—Gracias, no diré ni pío. —Cojo su mano entre las mías, pequeñas y sucias, y la agito con entusiasmo antes de quitarle mi bolsa. Él se limpia la palma de la mano en la pernera de su impecable pantalón negro—. ¿Cómo ha dicho que se llamaba? —pregunto.
—Matthew —responde con una sonrisa amable.
—Encantada de conocerle, Matthew. Soy Violet.
Violet Chase. —Con un pequeño saludo, me dirijo hacia el ascensor.
Él aparece detrás de mí momentos después, mientras yo pulso el botón frenéticamente en un intento de llamarlo.
Cuando pasa una pequeña tarjeta negra por un sensor, las puertas se abren—.
Gracias —murmullo, avergonzada por mi estupidez.
Un lugar como este tendrá una alta seguridad, sobre todo teniendo en cuenta el tipo de gente que vive aquí y los círculos en los que se mueven.
De vuelta a Londres, he investigado un poco con quién se relacionan actualmente mis hermanos, ambos abogados.
Desde luego, se mueven en un mundo cada vez más oscuro.
Su bufete ha estado defendiendo a la mafia irlandesa en los últimos años.
Siempre supe que tenían ambición; parece que el bufete no para de crecer.
Entro en el intrincado cubo de cristal con remates cromados y pulso el botón del piso cincuenta y siete, uno por debajo del ático.
De mis dos hermanos, siempre me he llevado mejor con Connor; es menos arisco que Russel l.
Al ser el mediano, estaba acostumbrado a que lo ignoraran mientras yo montaba una escena y nuestro hermano mayor tenía una crisis preadolescente.
Connor se quedaba al margen y esperaba a que se desatara el infierno, sonreía y luego se iba a jugar los legos. Prefiero verlo a él primero.
El ascensor está adosado al exterior del edificio y me ofrece una vista de pájaro de la ciudad mientras subimos.
A pesar de lo bonita que es, las alturas no son uno de mis puntos fuertes y se me revuelve el estómago.
Cuanto más subo, peor me siento, y me alejo todo lo que puedo de las cristaleras.
Finalmente, pegada a la puerta, me agacho en el suelo y cierro los ojos.
¿Es que no va a terminar nunca este puto viaje?
Me detengo y las puertas se abren en silencio, haciendo que me caiga en un vestíbulo. Me arrastro por la moqueta de cuadros azul marino y plata, arrastrando la bolsa detrás de mí. Me tiemblan las piernas por el inesperado encuentro con mi fobia a las alturas.
Cuando levanto la vista, veo un gran cuadro en la pared.
Dentro, el perfil de Londres está pintado al carboncillo en el borde inferior.
Encima, están escritas las palabras The Level Una puerta de madera maciza a la izquierda de la obra de arte tiene una placa de latón que me informa de que detrás está la sala de juntas.
La distribución me sorprende. Pensaba que venía a su casa, no a una oficina.
El pequeño vestíbulo tiene un sofá esquinero de terciopelo azul, lo bastante grande como para que se sienten seis personas.
Hay una mesa de centro baja de madera oscura decorada con un ramo de flores frescas de verano, todas en tonos blancos y azules.
Las paredes están pintadas de un gris oscuro, con enormes lienzos que representan un famoso lugar de la ciudad colgando en cada una de ellas.
Son el tipo de cuadros en los que podrías perderte, llenos de detalles intrincados.
Tras sentarme en el suelo unos minutos, la cabeza y las piernas dejan de darme vueltas y consigo ponerme de pie.
Me quedo mirando las puertas cerradas del ascensor y mi determinación flaquea.
Quizá no haya sido la mejor idea. ¿Y si me rechazan?
No tengo ningún otro sitio a donde ir. Siempre me advirtieron que mi actitud impulsiva me haría llorar, y así fue, aunque la verdad tardó más de una década en salir a la luz.
Hace trece años, mis hermanos se habían ido de casa para estudiar y ejercer la abogacía en Londres.
Yo tenía dieciocho años y acababa de conseguir una plaza para formarme en teatro musical en el Royal Conservatoire de Escocia.
Mi último verano en Kensington se llenó de días de pereza en casa de mis padres y fiestas cada fin de semana.
Mis amigos y yo seguimos nuestro propio camino después del instituto.
Todos nos dispersamos por el mundo para estudiar en nuestros respectivos campos.
Durante mi primera semana en la universidad, mi padre le pidió a un socio que se pasara a verme para asegurarse de que me había instalado.
Fue entonces cuando conocí a Aiden Marley.
Apareció en mi apartamento un jueves por la tarde, vestido con un elegante traje negro combinado con unos zapatos perfectamente lustrados.
Me explicó que mi padre le había pedido que me visitara mientras estaba en Glasgow.
Lo invité a pasar. Y él se instaló en mi corazón.