Paraíso embrujado (Romances en los Cayos nº 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

Lilly bostezó mientras abría la puerta de su cabaña y entraba con paso cansino, dejando caer la bolsa de viaje junto a la entrada.

Rico la había mantenido despierta casi toda la noche, y luego la había despertado a una hora intempestiva para otro asalto que la dejó sin fuerzas y jadeando antes de que finalmente se derrumbaran juntos.

El recuerdo la hizo sonreír. El hombre era absolutamente insaciable.

Incluso después de ducharse en casa de él y tomarse dos tazas de café, sentía que se movía envuelta en niebla. Cuatro horas de sueño tenían ese efecto, sobre todo cuando su cuerpo necesitaba ocho.

Deshizo la maleta rápidamente y se dirigió a la puerta, lista para empezar su turno. Al abrirla, algo crujió bajo su pie. Un sobre color marfil descansaba justo en el umbral, como si alguien lo hubiera deslizado por debajo de la puerta mientras ella no estaba.

Lo recogió. Su nombre aparecía garabateado en la parte delantera con gruesa tinta negra.

¿Qué demonios?

¿Quién le dejaría una nota? La única persona que se le ocurriría sería Rico, y había estado con él toda la noche.

Se encogió de hombros y lo abrió. Dentro había una sola tarjeta con un mensaje garabateado en la misma tinta negra.

Rico no es lo que piensas. Es un cerdo, un mujeriego, y te destrozará el corazón como al resto de nosotras. No digas que no te lo advertí.

Lilly leyó el mensaje dos veces mientras el malestar se asentaba como una piedra en su estómago. La tarjeta parecía pesar más de lo que su tamaño indicaba. Intentó encontrar otra interpretación. No la había.

Vaya, eso no es nada inquietante.

El pasado de Rico ya había salido a relucir antes. Había oído muchos comentarios velados, observaciones hirientes hechas justo delante de ella. Los había ignorado. Lo que él hubiera hecho no definía quién era ahora, y lo que estaban construyendo juntos significaba más para ella que el pasado.

Pero alguien claramente quería asegurarse de que no lo olvidara.

Guardó la tarjeta y salió, echando la llave tras de sí. Quien hubiera enviado aquello tendría que esperar. Tenía un turno que terminar, y luego averiguaría de qué iba realmente todo esto.

* * *

—¡Vaya, si es mi hermano mayor! —exclamó Gus mientras Rico salía del tostadero—. Pasamos a comer algo antes de volver a The Majestic. Te lo digo, tío. Estamos trabajando en una obra maestra allí. Deberías pasarte a verla.

Rico se rio. Su hermano menor estaba especialmente orgulloso de sus logros, y con razón. Él y Jack habían renovado edificios antiguos a lo largo de los Cayos de Florida y todo el mundo los consideraba los mejores del sector.

—Lilly me dijo que tenía que ver lo que habíais hecho hasta ahora.

Gus se puso en jarras. —Está avanzando rápido. Vamos muy adelantados respecto al calendario, lo cual me encanta. Y la vista es increíble. Estoy deseando llevar a Annette.

Rico resopló. —¿No tienes ya una vista así en Paradise West?

—Claro. Pero The Majestic es diferente —agitó la mano con aires de azafata de concurso televisivo—.

No hay edificios que bloqueen la vista. Solo playa y océano hasta donde alcanza la vista.

Precioso —lo miró fijamente—. Además, no es una cita en condiciones si no sales de casa. Y Rafi puede ser muy exigente.

Eso hizo reír a Rico. —Sí, pero es adorable —su sobrino desde luego que lo era.

—Lo heredó de mí —asintió Gus con orgullo en la mirada—. Hablando de citas, me han dicho que tienes a Lilly bastante ocupada y solo para ti.

—No me digas que te estás volviendo un cotilla, hermanito —Rico sacudió la cabeza—. Nunca pensé que llegaría este día.

—No es culpa mía que el cotilleo te siga de cerca —Gus se encogió de hombros a modo de disculpa—. Hazel no para de hablar del tema, cacareando incluso, porque cree que ha orquestado todo el asunto.

Rico puso los ojos en blanco. —Bueno, supongo que es mejor cotilleo que lo que solían decir de mí.

—¿Desde cuándo te importa lo que digan de ti? —preguntó Gus, y la sonrisa junto con el leve movimiento de cabeza le indicaron a Rico que la pregunta era retórica—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermano mayor?

Rico soltó un enorme suspiro. Gus había dado en el clavo con ese comentario y ni siquiera lo sabía. Sí, ese solía ser él. Pero ya no.

—Desde Lilly... —comenzó, y se encogió de hombros.

La comprensión se reflejó en la mirada aguda de Gus. —Ah —asintió—. Ahora lo entiendo. ¿Te preocupa lo que Lilly pueda pensar cuando se entere de tu pasado?

Rico torció la boca. Esa era la menor de sus preocupaciones.

—No, no creo que eso le moleste tanto como... —no pudo terminar la frase.

—¿Tanto como qué? —preguntó Gus.

Soltó un largo suspiro de derrota y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—¿Tío? ¿Qué pasa? —insistió Gus.

—Has oído hablar de mi maldición, ¿verdad?

—Sí, ¿y?

—Bueno, justo antes de conocer a Lilly, le pedí ayuda a Mamá.

Me dijo que la maldición la había lanzado una antigua amante, alguien que claramente quería más y se sintió despreciada.

Fue hasta las Bahamas a buscar una sacerdotisa vudú.

Y por alguna razón desconocida, la sacerdotisa añadió una cláusula de escape: podría romperse con mi verdadero amor.

—Joder —Gus hizo una mueca—. Eso suena a auténtica pesadilla.

—Sí.

—Y supongo que Lilly es la indicada para romperla. Por eso Mamá la adora.

—Sí. Mamá dijo que sabría quién era la chica en cuanto la viera.

Y así fue, al día siguiente cuando hice una entrega a The Majestic.

Mis ojos se posaron en Lilly y caí rendido.

Literal y figurativamente. Tropecé con una silla y me estampé justo delante de ella —sacudió la cabeza—.

No tengo palabras para describir lo que sentí cuando la vi.

—Maldita sea. Lamento haberme perdido eso —se rio Gus—. Pero no lo entiendo. ¿Cuál es el problema? A Lilly no le importará tu pasado de mujeriego y ella ha roto la maldición. Para mí que ya está todo arreglado.

Cuál era el problema, efectivamente. Gus lo hacía sonar tan sencillo, como marcar casillas en una lista.

¿Maldición? Rota. ¿Pasado? Aceptado. Problema resuelto.

Pero toda su relación estaba construida sobre medias verdades.

El miedo a que ella lo rechazara cuando supiera la verdad lo carcomiía a diario.

—Porque cuando nos conocimos, tenía miedo de que me rechazara de plano si la invitaba a salir. Así que le dije que me habían maldecido y que ella era la única persona que podía ayudarme a rastrear el origen. Pero… —hizo una mueca.

—¿Pero? —lo instó Gus.

—Pero le dije que la maldición me la había echado un rival de negocios, no una ex amante. Así que no fui del todo sincero con ella. Ahora necesito decirle la verdad, y tengo miedo de que me deje y entonces nunca pueda superar esto y…

—¡Vale, vale, vale! —interrumpió Gus, con las manos en alto—. Lo entiendo. Te has metido en un callejón sin salida y no sabes cómo salir.

—¡Exacto! —Rico agitó los brazos. Sintió un extraño alivio al ver que Gus parecía entender su dilema. La tensión se le disipó de golpe. Por fin alguien comprendía el lío imposible en el que se había metido.

—La respuesta es fácil, tío —sonrió Gus—. Solo dile la verdad.

Rico resopló. Si tan solo fuera así de fácil. —¿Y si me deja? ¿Y si no quiere volver a verme? —se frotó el pecho, donde le dolía—. No sé si lo sobreviviría.

—Lo harías. Si se enfada contigo, solo será temporal.

La clave es no rendirse nunca. No pares hasta que te perdone —Gus entrecerró los ojos mientras miraba el cielo azul—.

Pero algo me dice que no llegará a eso. Puede que te haga sufrir un rato, pero estarás bien.

Aguanta el chaparrón como un hombre y acaba con esto de una vez.

Luego podrás pasar a lo divertido y darle a Rafi algunos primos con los que jugar.

—¡Espera! —exclamó Rico, con los ojos muy abiertos—. ¿Quién demonios ha dicho nada de niños?

Gus se rio. —Tío, ¿cómo crees que acaba esto?

Cómo, efectivamente.

Aunque no estaba del todo preparado para lo de tener hijos, le encantaba la idea de un futuro con Lilly. Y su hermano prácticamente le había dado la hoja de ruta para quitarse toda esta mierda de encima.

Ahora solo tenía que encontrar el momento adecuado.

El móvil le vibró en el bolsillo y lo sacó, esperando ver el nombre de Lilly. La había dejado en su cabaña antes de volver a la oficina. Pero no era ella.

Dresden Supply Company

Otra vez estos tipos. Debía de haber algún problema con el pedido si seguían llamándolo.

—¿Sí? —contestó—. Soy Rico.

—Rico, soy Kyle Dresden. El hermano de Marjorie Dresden.

—Hola, Kyle —el nombre le sonaba, pero nunca había tenido motivo para hablar con él en persona—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Necesito hablar contigo sobre un asunto de gran importancia —el tono de Kyle era tenso, como si aquella conversación fuera lo último que deseara en el mundo.

—De acuerdo, te escucho.

—No, tiene que ser en persona. ¿Puedo pasarme por tu oficina?

—Mmm… claro. Hoy estamos tostando granos, así que estaré en el almacén.

—Perfecto. Nos vemos allí —el teléfono se cortó.

Rico frunció el ceño mientras miraba el móvil, preguntándose cuándo volvería todo a la normalidad.

—¿Todo bien? —preguntó Gus.

Rico se guardó el móvil. —Sí. Una llamada de negocios de uno de nuestros proveedores. Tengo que irme. Nos vemos, tío.

Volvió al trabajo con la cabeza dándole vueltas. ¿Por qué lo llamaría Kyle Dresden?

Pero esa preocupación palidecía ante la pregunta más importante: ¿cuándo debería decirle la verdad a Lilly? Necesitaba hacerlo pronto, eso estaba claro. Cada día que esperaba solo empeoraba la mentira.

Gus tenía razón. Solo necesitaba armarse de valor y acabar con esto de una vez.

Quince minutos después, Marco entró por las puertas del tostadero.

—¡Ah, bien! Estás aquí —Marco señaló por encima del hombro—. Hay un tipo con pinta de nervioso en tu oficina que quiere verte.

Con un gesto de asentimiento, Rico dejó a Marco al mando. Vio al hombre de inmediato: yendo de un lado a otro, agitado, con la chaqueta del traje arrugada como si hubiera dormido con ella puesta.