Capítulo 14
Lilly se frotó las manos contra la falda. Otra vez. Uf. Esto se estaba saliendo de control.
Las había tenido sudorosas todo el día, señal inequívoca de que estaba nerviosa. Y vaya si lo estaba. Hoy era la gran cena familiar de los Reyes, y el estómago le daba vuelcos.
Había esperado con ilusión conocer a más miembros de la familia de Rico desde que él mencionó la cena, pero al mismo tiempo lo temía. Las grandes reuniones familiares eran territorio desconocido, y su cerebro no paraba de imaginar los peores escenarios.
¿Y si decía algo estúpido? ¿Y si ofendía a alguien sin darse cuenta?
O peor aún: ¿y si simplemente no les caía bien?
La ansiedad se había convertido en una espiral descontrolada. Ahora, sentada en el Jeep de Rico de camino a casa de Mamá Celeste, su mente repasaba una docena de conversaciones a las que tendría que enfrentarse, ninguna con buen final.
No ayudaba que todavía estuviera asimilando el cambio en su relación. Aquella noche en su casa había sido increíble, diferente a todo lo que había experimentado antes. Ahora apenas podían quitarse las manos de encima. Cada vez con Rico era mejor que la anterior, y la dejaba deseando más.
Durante la última semana, habían acabado pasando las noches en casa del otro, y todo se sentía diferente. Los colores parecían más brillantes, su risa sonaba más cálida, incluso el acto mundano de cepillarse los dientes juntos le aceleraba el corazón. Ahora, solo esperaba no arruinarlo.
Y el sexo... ¡santo cielo! Rico era incluso mejor de lo que había fantaseado. Fuera de serie.
¿Quién iba a decir que un hombre podía estar tan atento al placer de una mujer?
¿Tan creativo? La hacía sentirse deseada de una manera que era física y considerada, siempre dando con las caricias, los besos y los movimientos que la encendían.
Y además era de los que abrazan. Aunque eso no era ninguna sorpresa, teniendo en cuenta lo mucho que la buscaba.
Rico lo tenía todo. Y ella se estaba enamorando perdidamente de él. Lo que había comenzado como una aventura divertida por Cayo Hueso se había transformado en algo que no había anticipado. Lo que hacía que conocer a su familia fuera aún más aterrador.
La mano de Rico se deslizó por su muslo y le dio un suave apretón. —Oye. ¿Estás bien, Ángel?
Ella asintió. —Solo nerviosa.
Se mordió la uña del pulgar.
—¿Y si...?
Se interrumpió, incapaz de decirlo en voz alta.
—¿Y si qué? —preguntó él con suavidad. Como ella no respondió, le dio otra palmadita tranquilizadora en la pierna y un suave apretón.
—No te estreses —dijo—. Les vas a encantar. Te lo prometo.
—Pero... —tragó saliva con dificultad; el nudo en la garganta se negaba a ceder—. ¿Y si digo algo estúpido o lo arruino por completo? Nunca he estado en una reunión familiar grande como esta. Ni siquiera conozco las reglas.
Rico soltó una risa grave y sensual. —No hay reglas. Mi familia es el grupo más relajado que conocerás en tu vida. Y Mamá Celeste no ha parado de hablar maravillas de ti desde que te conoció. Solo sé tú misma y todo lo demás se arreglará solo.
Echó un vistazo, con una sonrisa de suficiencia. —Además, me tendrás a mí. No pienso moverme de tu lado. Estaré allí contigo todo el tiempo. A menos que uno de mis primos intente tirarte los tejos, en cuyo caso tendré que partirle la cara.
Lilly giró la cabeza, observando las líneas de su rostro mientras él se concentraba en la carretera. —¿Lo prometes?
—¿Partirles la cara? Sin duda —bromeó—. Pero en serio, te lo prometo, Lilly. Les vas a encantar. Y yo te cubro las espaldas. Siempre.
Algo se asentó en su pecho. Por fin pudo respirar un poco.
—De acuerdo —dijo, exhalando lentamente—. Dirijo hoteles de lujo con clientes exigentes y adinerados. Puedo con esto.
Rico se rio. —Así me gusta.
Se detuvieron frente a una luminosa casa de estilo bahameño, con amplios porches y todo el encanto de Cayo Hueso. El revestimiento de madera blanca relucía bajo el sol, adornado con contraventanas azul océano y molduras caladas. El lugar parecía haber brotado directamente del paisaje tropical.
Desde la calle, Lilly oía la música que llegaba del patio trasero, algo animado y lleno de energía. Las risas y el parloteo retumbaban detrás, fuertes y constantes. El pecho se le tensó de nuevo. Sonaba como si hubiera cien personas allí atrás.
Esto era ridículo. Era una neoyorquina de pura cepa, por el amor de Dios.
Había dirigido equipos enteros, calmado berrinches de famosos, encantado a huéspedes VIP sin despeinarse, y tratado con políticos, dignatarios y altos ejecutivos autoritarios con total aplomo.
¿Pero ahora? Quería desaparecer. Cualquier cosa menos conocer a la familia de Rico.
Rico le abrió la puerta. —Vamos, Ángel. Quitémonos las presentaciones de encima. Luego te consigo una margarita y te saco a bailar. Te lo vas a pasar tan bien que ni te darás cuenta.
—¿Pista de baile? —A ella le encantaba la idea, pero ¿por qué demonios iba a tener una cena familiar una pista de baile?
Su risa profunda no la tranquilizó en absoluto. —Solo confía en mí. ¿De acuerdo? A todos les encantarás —repitió.
Ella dejó escapar un suspiro lento. —De acuerdo —dijo. Le tomó la mano y dejó que la guiara hacia el ruido, la música, la gente. Y de alguna manera, así sin más, los hombros se le relajaron y respiró hondo por primera vez en horas.
La casa rebosaba vida. Fotos familiares cubrían las paredes, las habitaciones estaban llenas de muebles gastados que invitaban a sentarse, y cada rincón susurraba recuerdos.
No era solo una casa ni siquiera un hogar: era el epicentro y la historia fotográfica de la vida de una familia en Cayo Hueso.
—Por aquí —dijo Rico, y le dio un rápido apretón en la mano mientras la guiaba por un largo pasillo—. Todos están en el patio trasero.
Una mezcla de olores deliciosos la envolvió antes de llegar a la cocina: carne a la parrilla, algo dulce, algo sustancioso. El estómago le rugió como si lo hubieran llamado mientras doblaban la esquina.
Una joven guapa de cabello oscuro sacaba una fuente del horno, y el aroma azucarado del caramelo inundó la habitación.
—¿Es el flan? —preguntó Rico.
—Obviamente —espetó ella, y le lanzó una mirada ceñuda por encima del hombro. Le sacudió una manopla de silicona—. ¿Por qué me estoy enterando de esto ahora? ¿Por fin consigues novia y me entero por Frannie y Mamá Celeste? Eres un imbécil.
Rico sonrió. —Me alegro de verte también, mocosa.
Se volvió hacia Lilly. —Esta es mi hermana pequeña, Olivia. ¿Te acuerdas? La de la floristería. Olivia, te presento a Lilly. Y sí, es mi novia. Ahora ya estás oficialmente informada Y presentada.
Lilly se esforzó por mantener una expresión neutral. ¿Novia? Era una palabra que ni ella ni Rico habían pronunciado jamás, ni de lejos. Lo que había entre ellos no venía con etiquetas. Sin embargo…
Y él acababa de soltarlo como si nada.
Casi se atraganta. Como mínimo, las mejillas le ardieron.
Olivia murmuró algo entre dientes mientras se acercaba, con la misma gracia natural que Mamá Celeste. En cuanto estuvo cerca, le dio a Rico con la manopla del horno y se volvió hacia Lilly con una sonrisa radiante y los brazos abiertos.
—Lilly, qué alegría conocerte por fin. —Olivia la atrajo hacia un cálido abrazo—. La verdad, es un alivio ver que alguien ha conseguido domar a este. Pensé que no viviría para verlo. Seguro que hay corazones rotos por toda la isla.
—Vale, vale, ya basta. —Rico le dio a su hermana un abrazo rápido y volvió a coger la mano de Lilly—. Vamos, Ángel. Toca conocer al resto del caos.
Lilly entrecerró los ojos ante la intensa luz del sol y se detuvo en seco.
El patio trasero estaba abarrotado de gente, y todos se habían quedado en silencio.
Todos los rostros se volvieron hacia ellos.
Todos los ojos clavados en ella y en Rico.
Se le erizó la piel bajo el peso de toda esa atención.
—¡Ah! ¡Por fin estáis aquí!
La voz de Mamá Celeste cortó la tensión como un salvavidas. La multitud se apartó, abriéndoles paso mientras ella se acercaba con los brazos abiertos y los envolvía a ambos en un cálido abrazo que, de algún modo, hizo que respirar fuera más fácil.
Su mirada recorrió a Lilly, evaluándola. —Confío en que mi hijo te está tratando bien, ¿verdad?
A Lilly le subió el calor por el cuello ante la idea de que Mamá Celeste supiera de sus… ¿qué? ¿Actividades? ¿Aventura?
Pero logró asentir. —Sí. Rico ha sido increíble.
—¡Seguro que sí! —gritó alguien, provocando una ola de risas.
Mamá Celeste les hizo un gesto para que avanzaran. —Venga, comed, bebed, bailad. Haced lo que queráis. Esta es vuestra familia ahora.
Lilly recorrió la larga mesa con la mirada y vio a Annette sentada hacia la mitad, con su hijo dormido plácidamente contra su hombro. Annette la saludó con un gesto. Era una isla de calma en medio del caos, y atrajo a Lilly como la miel a las abejas.
Gus apareció frente a ellos con una amplia sonrisa, y Lilly lo reconoció de inmediato.
Se habían conocido a principios de esa semana en The Majestic, cuando él y Jack fueron a hablar del presupuesto para la ampliación del bar en la azotea.
El espacio era perfecto. Y aún mejor, el presupuesto había quedado muy por debajo de lo previsto.
El Sr. Armstrong lo había aprobado en el acto, y las obras ya estaban en marcha.
—Qué bien verte otra vez, Lilly. Aunque te haya tocado aguantar a este payaso.
—Vete a la mierda —gruñó Rico, atrayéndola más hacia sí.
Gus sonrió con suficiencia. —Cuando te canses de él, tengo al menos tres primos dispuestos a hacerte pasar un buen rato. —Le guiñó un ojo y se alejó con aire despreocupado.
—Imbécil —murmuró Rico entre dientes, fulminando con la mirada a su hermano mientras se alejaba. Luego se volvió hacia Lilly—. Bueno, ¿comida o baile primero?
Empezó a sonar una salsa cubana, con su ritmo animado brotando de los altavoces y llenando el aire. En la pista de baile, las parejas se movían al unísono. Fluidas, seguras y completamente hipnotizantes.