Otras aguas Una mujer
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Una mujer

Viajamos en bus hasta la finca de Marta: rocas pintadas con lemas revolucionarios, los restos carbonizados de un campero emboscado.

La finca es un paraíso tropical: papayos y arbustos de maracuyá, cafetos de frutos rojos sombreados por los plátanos.

El café necesita sombrío, explica Marta, sol filtrado y sombra.

Se ríe de este gringo que cree que las piñas se dan en los árboles y que se asusta con la cabeza de un pollo que lo mira desde su sopa.

Después de una ducha, cuelga un espejo de una rama y se cepilla el pelo largo y ondulado. Un colibrí sorbe el néctar de una heliconia. El silencio, salvo por el estridente canto de las cigarras, te recuerda lo lejos que estás de casa.

Fue aquí donde Marta creció sin zapatos, sin cuadernos ni productos de higiene femenina.

Se sentía incómoda con sus compañeros, pero ¿qué es eso cuando sobrevives a punta de raíces?

Lo único que le quedó a su padre después de décadas de trabajo era su ropa raída y nueve hijos que lo adoraban, pero que estaban desesperados por irse.

Era sabio, noble, un cuentista encantador, rasgueador de guitarra y dicharachero: «Estoy más inquieto que un perro con gusanos».

Padeció todos sus días la ira de su esposa.

Lo culpaba de su mala suerte. Fría y amargamente lo cuidó hasta el final.

Con su último aliento les dijo a sus hijos que su mayor remordimiento era haber perdido a su amor.