Oso de la Tormenta (Cala del Oso Pardo nº 12) 14
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El corazón de Sabrina latía con locura ante aquella casi declaración.

Lástima que estuvieran en un lugar público, porque, de lo contrario, se le habría echado encima para dejar bien claro cuánto quería que durase su relación —y le entusiasmaba oírle usar esa palabra para referirse a ellos—.

Empezaba a soñar con cómo sería vivir allí, en aquel lugar idílico con aquella gente tan increíble y acogedora...

y con Ace, por supuesto. Él era el principal atractivo.

Grizzly Cove tenía sus encantos, pero realmente no podía imaginar una vida allí sin Ace. Él era quien lo hacía todo posible. Se había vuelto tan importante para ella en los últimos días que, a veces, apenas parecía real. Pero así era. Le costaba contemplar su futuro si él no estaba en él.

Demasiado serio. Sabía que se estaba metiendo en camisa de once varas, pero a su corazón no le importaba lo que pensara su cabeza.

Su corazón quería seguir esos sentimientos allá donde la llevaran.

Ace era el centro de todo, y si él quería quedarse en Grizzly Cove, ella solo esperaba que la invitara a acompañarlo.

Y, si él no quería quedarse allí, también le parecía bien.

Mientras él quisiera que estuvieran juntos, ella iría a donde él fuera.

Era así de sencillo. Y así de asombroso.

Nunca había tenido este tipo de pensamientos —pensamientos de permanencia— sobre un chico al que acababa de conocer.

Por Dios, si apenas había tenido fantasías de un «para siempre» con su último novio formal, y habían salido durante más de un año, con sus idas y venidas.

Entonces, sus poderes habían aparecido de verdad y su vida se había vuelto extraña.

Se las había apañado bien siendo una mujer humana normal y corriente sin magia durante la mayor parte de su vida, cuando de repente, en mitad de lo que deberían haber sido sus años universitarios, su extraña afinidad con el clima se hizo evidente, y finalmente se dio cuenta de que en realidad podía controlarlo hasta cierto punto.

Una chica en una de sus clases era hija de una familia de magos de alto rango y miraba a Sabrina por encima del hombro. Fue esa chica snob quien finalmente puso a Sabrina sobre la pista.

Magia. La chica había pronunciado esa palabra cuando estaban solas en el pasillo un día, y algo encajó en la mente de Sabrina. La magia era su problema, y la odiosa muchacha obviamente sabía mucho más que ella al respecto.

Sabrina se enfrentó al desprecio de la otra chica para hacerle unas cuantas preguntas. Había valido la pena aguantar los insultos para aprender por fin que realmente existían la magia y las brujas... y los brujos, los magos, los usuarios de magia, los hechiceros... como quiera que se llamaran.

La chica le advirtió a Sabrina que se centrara y dejara de ir perdiendo magia por todas partes, donde cualquiera pudiera sentirla.

Al parecer, se había pasado todo el semestre arruinando la concentración de la chica, y probablemente esa era gran parte de la razón por la que era tan hostil.

Por supuesto, fue la primera de muchos en menospreciar el hecho de que Sabrina solo tuviera una pequeña cantidad de poder, y que todo estuviera dirigido al control del clima.

Un poni que solo sabía hacer un truco. Eso era ella, mágicamente hablando.

Y tampoco era gran cosa. Solo un poco de brujería climática.

Nada especial, y desde luego nada que llamara la atención lo suficiente como para atraer a un maestro.

La chica le explicó a regañadientes cómo dejar de emitir su poder, pero fue más por el propio beneficio de la chica que por el de Sabrina.

Tras aquel breve intercambio de palabras desagradables, Sabrina no volvió a hablar con la otra chica.

Sabrina dejó los estudios poco después. Ya no tenía ganas y, francamente, se había quedado sin dinero.

Había préstamos disponibles, pero no se sentía cómoda endeudándose cuando no tenía una idea clara de lo que quería hacer con el resto de su vida.

Sencillamente, no se veía trabajando en una oficina, viendo pasar las nubes a través de una ventana minúscula. De hecho, aquello le sonaba a tortura.

Así que, en lugar de eso, Sabrina había viajado a donde el viento la llevara. Con el tiempo, descubrió el pueblo de Canadá y supo de los hombres lobo. Había intercambiado su pequeño don por un refugio seguro, aunque no duró mucho antes de que su poder aumentara inesperadamente.

Y así es como había terminado aquí. Con Ace. Un hombre que muy fácilmente podría ser el amor de su vida. Es curioso cómo salen las cosas. Era suficiente para hacerla creer en la magia de nuevo.

Y, hablando de magia... Urse entró en la panadería, saludando a Sabrina y Ace con una sonrisa amable.

—Me alegro de que sigáis aquí —dijo Urse alegremente, acercándose a su mesa—. He pensado que esta tarde podría ser un buen momento para presentarte a algunos de los mer, Sabrina.

—¿En serio? —A Sabrina se le iluminó la cara. Le intrigaba mucho la idea de que hubiera sirenas y tritones de verdad viviendo en la cala.

—Claro que sí. Y Ace —lo miró—, John quería que te preguntara si tendrías tiempo, ¿quizá podrías echarle un vistazo a algunos de los vehículos del pueblo? Dijo que lo contaría como un favor personal. Al parecer, Brody ha estado cantando tus alabanzas por toda la oficina.

Sabrina pasó la tarde con Urse, conociendo a algunos representantes del grupo de mer que vivía en la cala, mientras Ace echaba un vistazo a la pequeña flota de vehículos aparcada en el ayuntamiento.

Sabía perfectamente que los tíos le estaban evaluando.

Varios del grupo principal de cambiapieles de oso exmilitares se acercaron a hablar con él mientras trabajaba en los coches y camiones.

Algunos se ofrecieron a ayudar un rato, interrogándole sutilmente mientras trabajaban.

A Ace no le importaba. Sabía que la aceptación allí habría que ganársela.

La mayoría de estos tipos no le conocían, pero parecían haber llegado a respetar sus habilidades al final de una tarde muy productiva de reparaciones automotrices.

Se había ocupado de todos los arreglos fáciles de inmediato y dejó algunos trabajos más complicados para más adelante.

Había empezado a revisar a fondo un motor que lo necesitaba urgentemente y ya estaba haciendo planes mentales sobre cómo arreglaría los demás.

Tendría que pedir algunas piezas y había hecho una lista, con la intención de hablar con John al respecto durante la cena.

Supuso que iría directo a la cima, al alfa de los osos.

Pocas cosas ocurrían en este pueblo sin su visto bueno.

Al menos, esa era la impresión tan fuerte que tenía Ace.

Él también haría su propia evaluación. Estaba expuesto ante los hombres que habían construido este pueblo, pero ellos también estaban a prueba para él.

Si Ace iba a empezar siquiera a pensar en quedarse allí, tendría que saber más sobre la población.

Necesitaría hacer amigos, algo que no se le daba con facilidad.

Sinceramente, se sentía un poco como un pez fuera del agua sin sus hermanos cerca.

Por lo general, hacían amigos en grupo. Era extraño no tener a Jack y a King allí para conocer sus opiniones sobre la gente que conocía.

Se preguntó si ellos estarían teniendo los mismos problemas, aunque aún faltaban unos días para la hora acordada para la llamada.

Estuvieran donde estuvieran sus hermanos, no interferiría en su tiempo libre. Habían acordado un horario de contacto y él lo respetaría. Solo una emergencia extrema haría que uno de ellos rompiera el horario y llamara antes de tiempo.

La casa del alfa era muy bonita. John y Ace estaban fuera, en el porche, mientras John se encargaba de la brasa.

Las chicas estaban dentro, hablando como viejas amigas.

Al parecer, el día que habían pasado juntas había ayudado a crear los inicios de un vínculo entre ellas.

Ace se alegraba. A Sabrina le vendría bien tener algunos aliados de su parte, y estas dos eran poderosas, cada una a su manera.

—¿Has sabido de tus hermanos últimamente? —preguntó John mientras daba la vuelta a los filetes en la parrilla. El tono del alfa podía parecer casual, pero Ace sabía que la pregunta no lo era en absoluto.

—Acordamos un horario para las llamadas —explicó Ace al oso alfa—. Aún faltan unos días para que nos llamemos.

—Debe de ser difícil para ti estar lejos de ellos así —dijo John, claramente intentando sacar información.

Ace se encogió de hombros. —Es bueno para nuestra salud mental salir y hacer cosas por nuestra cuenta de vez en cuando.

Normalmente pasamos tanto tiempo juntos que, lo admito, se hace extraño no tenerlos cerca, pero nos hemos separado antes unas cuantas veces y siempre ha acabado siendo algo bueno.

Hace que estemos mucho más unidos cuando volvemos a juntarnos.

—Sabes que te hemos estado observando. —John se giró, clavando su mirada intensa en Ace.

Ace asintió—. El caso es... que todos te hemos conocido y casi todos los que han interactuado contigo tienen buenos informes, pero no conocemos a tus hermanos.

Los antecedentes que hemos podido establecer dejan bastante claro —además de lo que me acabas de contar— que, con toda probabilidad, vosotros tres sois un pack indivisible. Ahí es donde tenemos nuestras reservas.

Ace asintió. —Agradezco tu sinceridad y seré igual de franco.

Me gusta tu pueblo. Creo que habéis hecho algo realmente grande aquí.

Todo lo que he visto me dice que sería un idiota si me fuera, pero, del mismo modo, tengo una vida y unos amigos —y, sí, mi familia— que considerar.

Nuestro plan original era volver a vernos en Phoenix cuando termináramos nuestros viajes.