El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

CHASTITY

Todavía estoy en shock. ¿Qué acaba de pasar? Nunca esperé un desenlace así, y mientras salimos del edificio y nos dirigimos a nuestros coches, me sorprende que Leo me atraiga hacia él —a pesar de que Ryan nos observa con interés— y me bese con tanta fuerza que no me da tiempo ni a respirar.

Se aparta y el alivio en su rostro me hace sonreír mientras mira a Ryan y suelta el aire de golpe.

—Joder, menos mal.

Ryan asiente.

—Ha salido mejor de lo esperado.

Leo niega con la cabeza.

—Lo mejor ha sido ver la cara de Diana. Podría verlo cada día durante el resto de mi vida y morir feliz.

Ryan suelta una carcajada y yo asiento.

—No se lo esperaba.

—Se merecía cada segundo —sonríe Leo.

—Me pregunto qué esperaba que pusiera en el testamento.

Siento curiosidad y Leo se encoge de hombros.

—Que mi padre le dejara la Mafia Ortega a su esposa, o la casa al menos.

Ella de verdad creía que él estaba loco por ella, y seguramente se pasó la mayor parte del tiempo convenciéndolo de que se lo dejara todo.

No me extrañaría que hubiera redactado el testamento ella misma, poniéndose como beneficiaria.

—O a Mario, al menos —dice Ryan, pensativo.

Leo asiente.

—Estoy convencido de que lo amaba a su retorcida manera.

Su sueño seguramente era hacerse con la Mafia Ortega y convertirse en la familia más sádica del mundo.

Mario estaba obsesionado con esa mierda de los Señores Oscuros y a Diana le venía de perlas seguirle el juego.

Siempre ha sido una zorra enferma, y cuando conoció a Mario, tal para cual.

—¿Qué va a pasar con ella ahora?

Hago la pregunta del millón y añado:

—¿Quieres que me encargue yo?

Los hombres se ríen y Leo me atrae hacia él con una sonrisa.

—Tus días de asesina se han acabado, cariño. Tengo otro tipo de contrato pensado para ti.

—¿Quieres aguarme la fiesta? —protesto, y él niega con la cabeza.

—No, pienso aprovechar tus habilidades de otra forma.

La mirada que me lanza me hace estremecer de pies a cabeza, y Ryan gruñe:

—¿Por qué coño decidí venir en este coche? Buscaos una habitación de una vez.

Leo se limita a reírse y, haciendo caso omiso de su mano derecha, me besa de forma tan deliciosa que olvido que no estamos solos. Le devuelvo el beso con un amor que ni sabía que llevaba dentro.

Por suerte para Ryan, llegamos a la casa y entramos sin perder un segundo.

Leo suelta un suspiro de alivio cuando se cierra la puerta y susurra:

—Qué bien sienta esto.

Entrelazamos los dedos mientras nos tomamos un momento para asimilar la magnitud de lo que acaba de pasar. Haber vuelto con vida es lo principal, pero saber que tenemos el resto de nuestras vidas por delante me produce una satisfacción que no esperaba.

Mientras los soldados vuelven a sus puestos, Leo me toma el rostro entre las manos y susurra:

—Te quiero, Chastity.

Asiento, con los ojos anegados de emoción, mientras susurro:

—Yo te quiero más, Leonardo Ortega.

Sus labios chocan contra los míos, me atrae más hacia él, y mientras sellamos el pacto, nunca he sido tan feliz.

Es como si los horrores que me trajeron aquí hubieran quedado enterrados y la persona que fui ya no existiera.

Hay una paz en mi alma que anhelo conservar y, en este preciso instante, le dedico mi vida entera a Leo, a hacerlo feliz.

Podemos conseguirlo; sé que podemos, porque ya hemos superado la prueba definitiva.

Leo se aparta y pregunto con voz ronca:

—¿Y ahora qué?

El brillo de sus ojos me da la respuesta, y mientras nos dirigimos a nuestra habitación, no hay ningún otro sitio en el que quisiera estar.

Esta vez parece diferente. Mientras nos quitamos la ropa, no hay ninguna prisa. Un momento para saborear, sin relojes que apremien. Solo dos personas locamente atraídas la una por la otra y la promesa de la conexión más profunda que pueda existir.

Tocar a Leo es como acariciar una obra maestra.

Músculos firmes y abdominales bien definidos que llevan a más placer del que cualquier mujer pueda soportar.

Adoro a este hombre con todo mi corazón, y al caer de rodillas ante él, guío su gruesa polla hacia mi boca ansiosa y la venero.

Su gemido me hace sonreír cuando embiste con fuerza, y con sus dedos aferrados a mi pelo, no hay ningún lugar en el que prefiriera estar.

Solo es él, solo ha sido siempre él, y estoy tan agradecida de que la tragedia me condujera al paraíso.

Antes de que pueda terminar, se retira y, agachándose, me levanta en brazos y me lleva a la cama.

Me deposita sobre las sábanas de seda como si temiera romperme.

Luego me devuelve el favor y adora mi cuerpo de la forma más sensual, deslizando suaves besos por mi piel mientras me inclino hacia él como una flor hacia el sol.

El tacto de Leo es mágico porque suceden cosas asombrosas, impensables, cuando toca mi cuerpo como el mejor maestro.

Tantas emociones me recorren mientras respondo a cada lametón, cada mordisco, cada beso que me regala.

Gimo desesperada mientras me niega lo que más deseo, y cuando se tumba boca arriba, no pierdo un segundo en bajar sobre su polla rígida, deleitándome con lo bien que se siente al deslizarme hasta el fondo.

Lo miro a los ojos en todo momento mientras hago el amor con mi hombre, adorando la posesión en su mirada mientras me observa con intención lujuriosa.

La forma en que le brillan los ojos y se le oscurecen los iris me hace sonreír, y su respiración agitada se intensifica a medida que lidia con el placer que puedo darle.

La posesión feroz que me dirige mientras me domina con una mirada perversa me enciende más de lo que jamás creí posible.

Recorro con las manos ese cuerpo espléndido, disfrutando de cómo el vello oscuro se enreda entre mis dedos mientras lo monto despacio, sin prisas, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Y así es como se siente ahora, y estoy decidida a tomarme mi tiempo.

Le sonrío mirándolo a los ojos mientras contemplo su hermoso rostro. La mandíbula oscura sin afeitar, fuerte y decidida. Su piel ligeramente bronceada y el pelo lo bastante largo como para enredar los dedos en él enmarcan un rostro que contemplaré encantada el resto de mi vida.

Me muevo despacio, alargando la experiencia, sin prisa por que termine. Me desliza los dedos por el pecho, con una leve sonrisa en el rostro, mientras susurra:

—Mía.

Me limito a asentir antes de tomarle el rostro y besarlo larga y lentamente, deleitándome con la calidez de sus labios sobre los míos. Nuestras lenguas danzan un baile sensual mientras nos exploramos sin prisas.

Esto no es sexo, es una promesa que ninguno de los dos esperaba hacer. Una unión de almas y una especie de contrato. El precio: el resto de nuestras vidas.

Solo imaginar cómo será me libera de cualquier cadena que me retenga, y cuando me da la vuelta y me mira fijamente a los ojos, con su boca a centímetros de la mía, susurra:

—¿Te casarás conmigo, Chastity Blake?

Ni siquiera me lo pienso y susurro:

—Pensé que nunca me lo pedirías. Por supuesto que me casaré contigo. Pero que sea pronto.

Él asiente, con un brillo de satisfacción en los ojos, y mientras empuja con más fuerza, le rodeo la cintura con las piernas y lo atraigo más hacia mí.

Esta vez llegamos juntos, y mientras el éxtasis inunda mi cuerpo, dudo que la vida pueda ser mejor que esto.