CAPÍTULO 41
LEO
Matteo llega a casa en menos de una hora y se dirige directamente al despacho, con el hombro vendado y el brazo en cabestrillo.
—Joder, necesito una copa —gruñe, mientras su consigliere Cesare niega con la cabeza—. El médico ha dicho que nada de alcohol.
—Un puro entonces —gruñe, y Cesare pone los ojos en blanco.
—Los dejaste, ¿recuerdas?
—¿Cómo puedo olvidarlo cuando me lo recuerdas cada jodida vez que pido uno?
Matteo está inquieto y Dom gruñe:
—Cierra el pico y haz lo que te dicen por una vez en tu vida, o te remato yo mismo.
Por alguna razón, nos hace reír a todos porque se siente muy bien estar en la misma habitación y en sintonía por una vez, sin importar cuánto tiempo nos quede.
—¿Cuál es el plan? —dice Matteo mientras cambia de postura, y su ligera mueca me indica que le duele.
Mientras le pongo al corriente, parece impresionado.
—¿Estás seguro de que funcionará? —pregunta, mirando a su consigliere como si él tuviera la respuesta.
Hay que reconocerle que asiente ligeramente y dice:
—Ryan me lo consultó junto con Pasquale. Hemos unido nuestros recursos y creemos que esta es nuestra mejor oportunidad.
—¿Qué puedo hacer? —dice Matteo, haciendo una mueca de dolor, y gruño—: Cuídate. Roto no nos sirves de nada, y necesitamos que te recuperes para que ocupes tu lugar en esta familia.
Matteo abre la boca como si fuera a replicar y Dom dice con un suspiro:
—Ahórrate el aliento. Aquí aceptas la jerarquía. Leo es el Don, su palabra es ley. Debemos respetarlo y seguirle.
Todos lo miramos sorprendidos, pero algo se remueve en mi interior cuando mi hermano nos recuerda lo que somos. Puede que seamos hermanos, pero también somos el motor de una máquina, y si una pieza falla, deja de funcionar.
Matteo asiente, haciendo una mueca de dolor, y digo con voz más suave:
—Descansa un poco. Salimos en dos horas. Necesitarás todas tus fuerzas solo para aguantar ese jodido espectáculo de mierda, así que déjanos cubrirte las espaldas.
Matteo asiente, aceptando que no tiene opción, y solo le dice a Cesare:
—Encuentra a Abi. Estaré en mi habitación.
Dom pone los ojos en blanco mientras Matteo le guiña un ojo.
—Ella da los mejores…
Dom grita:
—¡Lárgate de aquí!
Matteo se ríe.
—Iba a decir masajes.
Sale con una sonrisa burlona, y Dom coge la botella de whisky y la vuelve a dejar casi de inmediato.
—Joder, necesito una copa.
—Todos la necesitamos, pero más nos hace falta tener la cabeza despejada —le recuerdo—. Ya habrá tiempo de sobra para celebrar. Ahora repasemos el plan una vez más.
Por fin hacemos una pausa para almorzar, tras la cual debemos partir hacia la lectura en la ciudad. Salgo a la terraza con Ryan y me sorprende ver a Matteo y Abi, pero no hay rastro de los demás.
—¿Dónde está Chastity? —pregunto, con un tono tranquilo que disimula la urgencia que siento de que algo no va bien.
—Fue a arreglarse el pelo con Flora —Dom se encoge de hombros—. Flora ha llamado, ya vienen de vuelta.
Disimulo bien el alivio porque mi mujer no es de las que se sientan a esperar instrucciones, y tiene un interés personal en lo que ocurre hoy.
No puedo descansar mientras ella no esté aquí, y cuando sale a la terraza con Flora, el alivio es casi abrumador.
Sin embargo, a medida que se acercan, percibo la culpa en los ojos de Flora, y la cara de póker habitualmente perfecta de Chastity la ha abandonado, lo que me hace ponerme de pie de inmediato y salir a su encuentro.
No se me escapan los ojos como platos de Flora al ver mi expresión y, agarrando la mano de Chastity, la aparto de la terraza antes de que pueda siquiera decir «hola».
—Leo, ¿a qué viene tanta prisa? —dice, y noto que le tiembla un poco la voz, lo que me dice todo lo que necesito saber.
No digo nada hasta que llegamos a mi dormitorio y cuando entramos, dice enojada:
—¿Qué coño te pasa?
—¿Ha pasado algo?
La miro con expresión sombría, desafiándola a mentirme.
Para mi sorpresa, se sienta con cautela en el borde de la cama y no me mira a los ojos mientras dice encogiéndose de hombros:
—¿Qué pasó?
—Tú dímelo, Chas.
No me mira, y eso me enfurece más que el hecho de que me esté ocultando algo. En dos zancadas la alcanzo y le agarro la cara con ambas manos, obligándola a mirarme. El dolor y el miedo en sus ojos me retuercen el corazón, y en todo caso, estoy sufriendo más que ella ahora mismo. Digo con voz ronca:
—Te lo preguntaré de nuevo. ¿Qué pasó?
Se le llenan los ojos de lágrimas, y me sorprende, porque ¿qué le ha pasado a la mujer valiente que podía enfrentarse al mundo ella sola?
—Maté a Carlos; al menos eso creí —dice entre sollozos, sin mirarme a los ojos.
La sangre se agolpa en mi cabeza mientras lucho por mantener la compostura.
—Cuéntame.
No tengo tiempo para lidiar con esto, pero le suelto la cara y me siento a su lado, cogiéndole la mano con gesto protector.
Chastity me cuenta lo que pasó, y le tiembla la voz todo el tiempo, lo que me indica que todo esto la ha afectado profundamente, y me sorprendería que no fuera así.
El hombre asesinó a sus padres, y esto llevaba mucho tiempo gestándose, pero ni siquiera yo estoy preparado para la historia que relata con labios temblorosos.
Cuando llega a la parte en que él la tocó, mi ira no conoce límites, y me cuesta hasta el último gramo de autocontrol no destrozar algo y perder la compostura por completo.
En cambio, le aprieto la mano un poco más fuerte, y cuando termina su historia, estalla en lágrimas y solloza:
—Creo que caí en su trampa.
—Escúchame, Chas.
Me mira y gruño:
—Lo que hiciste fue una puta estupidez y estoy que me subo por las paredes. Tan cabreado que me cuesta horrores no estallar.
Me devuelve una mirada sombría, recordándome que esta mujer no acepta órdenes de ningún hombre. Hasta que aparecí yo, porque me muero de ganas de hacerle pagar por haber puesto su vida en peligro así, y gruño:
—Si tuviera más tiempo, te explicaría todas las putas razones por las que estás metida en semejante lío, pero el tiempo apremia. No me cabe en la cabeza que hayas hecho algo tan jodidamente estúpido, pero ya hablaremos de eso si salimos vivos de hoy.
No dice nada y su expresión vacía es, en todo caso, una máscara familiar tras la que refugiarse. Odio no estar reaccionando bien cuando es evidente que necesita cariño y consuelo ahora mismo. Bueno, ha acudido al hombre equivocado para eso, y gruño:
—Matasso siempre ha usado un doble. Alguien que ocupa su lugar por miedo a un ataque.
Abre los ojos de par en par mientras siseo:
—Puede que Giselle te haya engañado. ¿Era Carlos quien estaba en la ducha o era el señuelo? ¿Dudaste en algún momento de con quién te las estabas viendo?
—No.
Niega con la cabeza y se estremece.
—Me atacó por detrás y solo le vi la cara cuando le partí el cuello. El agua le caía encima, pero reconocería esos rasgos despreciables en cualquier parte.
—¿O simplemente aceptaste lo que tu cerebro te decía? Que tenía que ser Matasso, porque no había motivo para dudar.
Se detiene, abre la boca para hablar, y veo cómo la duda asoma a sus ojos mientras titubea:
—No lo sé.
—Giselle —espeto—. La viste en el coche. ¿Qué impresión te dio?
—Sonrió.
—¿Era una sonrisa de agradecimiento, de alivio o de otra cosa?
Chastity se encoge de hombros.
—Como si supiera algo que yo desconocía y guardara un secreto.
Me muero por destrozar algo, aprieto los puños y digo con frialdad:
—El plan original sigue en pie.
—¿Qué plan?
—Eliminamos a Matasso antes de que llegue al despacho de ese abogado.
Chastity parece asustada, pero no tengo tiempo de explicarle los detalles para calmarla, así que espeto:
—Vístete. Nos vamos en treinta minutos.
Me dispongo a salir para poner a Ryan al corriente y su voz me detiene en seco cuando susurra:
—Fue tan placentero.
El ligero temblor en sus palabras me hace sentir como el mayor cabrón del mundo. Me doy la vuelta y veo cómo le brillan los ojos mientras recorre la habitación con la mirada y sonríe.
—Hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que haya matado al asesino de mis padres, y justo antes de morir, sus nombres fueron lo último que oyó.
Si maté al hombre equivocado, me sorprendería, porque vi algo reflejarse en esos ojos un segundo antes de que se apagaran para siempre.
Lo supo, Leo. Joder, lo supo. Y si Giselle me mandó al hombre equivocado, me extrañaría mucho.
Tiene que haber otra razón por la que sigue adelante con el plan que tramaron, así que prepárate.
Se pone de pie con gesto desafiante, mirándome como si fuera la mujer más valiente del mundo, y eso me remueve por dentro.
En este momento, no soy digno ni de besarle los pies, y lo siento en lo más hondo de mi corazón.
Es valiente, magnífica y hermosa, y soy el tío más afortunado del planeta porque siquiera me dedique un segundo de su tiempo.
Así que me detengo en seco, vuelvo sobre mis pasos y, al acercarme, le tomo el hermoso rostro entre mis manos grandes y ásperas.
—Te quiero, Chastity Blake, y que lo sepas: en cuanto acabe esta mierda, te voy a comprar un puto anillo de compromiso.
—¿Qué es esto, un espejismo?
Levanta la mano y el enorme diamante destella bajo la luz del sol que se filtra por la ventana.
—Es una declaración, una fachada, y no es el anillo que querías. Esta vez elegiremos uno que llevarás con orgullo en el dedo, sabiendo que se eligió pensando en el amor, no en los negocios.
Me inclino y la beso con suavidad, saboreando lo familiar. El sabor de mi mujer, del que nunca me cansaré, como tampoco me cansaré de ella, porque Chastity se convertirá en mi esposa si logramos sobrevivir a este día.
—¿Y si digo que no? —El tono suave de su voz me hace alzar la mirada y gruño—: No quiero volver a oír esa palabra en mi vida.
—Maldito imbécil.
Se ríe y la luz en sus ojos me hace sonreír, sabiendo que el dolor se ha disipado gracias al tono más dulce. Un tono que le recuerda que ya no está sola y que, aunque soy un cabrón dominante sin paciencia, siempre antepondré su bienestar al mío.
Compartimos el beso más dulce, casi una promesa. Sea lo que sea lo que nos depare este día, lo afrontaremos juntos. Si hace falta, moriremos juntos, y con tal de estar juntos en el más allá, moriré siendo un hombre feliz.