El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

LEO

Quería alejarme de la casa por un motivo concreto, y la playa es el único lugar donde puedo llamar a mis hermanos con la certeza de que nadie escucha.

No me puedo creer que Chastity descubriera dispositivos de escucha en mi habitación.

Me lo inventé todo para conseguir que se desnudara y ahora estoy furioso.

Y luego está ella. No ha hecho más que cumplir con lo acordado, pero soy yo el que no puede con los detalles. Podría morir por mi culpa y no creo que sea realmente consciente de ello. Me parece injusto lanzarla a las fauces del león más hambriento, y no sé si podré vivir conmigo mismo si no vuelve.

Saco el móvil y llamo primero a Domenico.

—Eh, ¿qué pasa?

Su voz áspera resulta extrañamente reconfortante, y respondo con tono grave:

—Estamos en casa.

Exhala bruscamente.

—¿Está ella allí?

—Sí, y sigue con sus juegos de siempre.

—¿Y tu, eh, compañera?

—Cumpliendo con su papel.

—¿Qué necesitas que haga?

Dudo un momento y luego suelto con brusquedad:

—Necesito que vuelvas a casa, Domenico, y que traigas a Flora contigo.

La tensión crece mientras espero a que se niegue.

Todos estaremos en la lectura del testamento en un par de días, pero habíamos acordado pasar la noche en territorio neutral.

Alquilé una casa no muy lejos de la ciudad que solo nosotros conocemos.

Un refugio, por así decirlo, pero ahora creo que necesitamos demostrar que somos fuertes cuando estamos unidos.

—¿Estás seguro de que es buena idea? —dice tras un instante de vacilación, lo que me hace estallar.

—Claro que es jodidamente necesario, o no te lo habría pedido.

—De acuerdo. Estaremos ahí.

Corta la llamada, sin duda cabreado por mi actitud, pero me da igual. Necesito tener a mis hermanos cerca porque esta pelea está a punto de ponerse fea.

Por un momento, contemplo las olas que rompen en la orilla y recuerdo los tiempos en que jugaba en la arena de niño con mis dos hermanos.

Ya entonces éramos competitivos, y eso nunca ha cambiado.

Siempre se dio por sentado que yo era el heredero del imperio Ortega y que ellos eran mis aliados más cercanos.

Mi ejecutor y mi consejero. Los tres juntos para expandir nuestro negocio y vivir para disfrutarlo.

Diana nos destrozó con un aleteo de pestañas y la promesa de afecto.

Era lo único que anhelábamos, y fue lo más dañino que le ha pasado a esta familia.

No es de extrañar que blindara mi corazón para no volver a abrirlo jamás, porque he visto de primera mano lo que pasa cuando dejas que el amor te domine.

Con un suspiro, hago la siguiente llamada y Matteo responde al segundo tono.

—Leo.

—Es hora de volver a casa, Matteo.

Voy directo al grano y, como con Dom, hay un breve silencio antes de que responda con su habitual tono indolente:

—¿Por qué razón?

—Escucha...

Suelto un suspiro porque sé que Matteo es metódico en sus preparativos y querrá saber todos los detalles de por qué es buena idea.

—Diana está tramando algo y necesitamos mostrar un frente unido.

—¿Y Carlos?

Matteo hace la única pregunta que de verdad necesita respuesta, dado que él fue quien asesinó al hijo de Carlos, Mario. Habrá represalias por eso, y presentarnos aquí en la lectura del testamento de nuestro padre podría ser un suicidio para todos, pero no tenemos elección.

—Mi plan es eliminarlo antes de que las cosas lleguen a ese punto.

Ahora que lo he dicho en voz alta, no hay vuelta atrás. Carlos Matasso debe morir, y tengo el arma perfecta para conseguirlo.

—¿Cómo? —pregunta de inmediato, lo que me hace gruñir.

—Confía en mí, Matteo. Vuelve a casa y trae a Abigail. Es hora de que esta familia cierre filas y deje atrás sus mierdas.

—Estaremos ahí.

Corta la llamada, igual que Domenico, y por alguna razón mis pensamientos van hacia la única persona que estará ausente de nuestra reunión.

Me vuelvo hacia el mar e imagino el rostro dulce de nuestra hermana, Eliza.

Como a mi madre, los hombres de esta familia le fallaron gravemente, y si pudiera cambiar una sola cosa del pasado, sería no haberla protegido.

Si lo hubiera hecho, hoy seguiría viva, y jamás me perdonaré por haberle fallado.

Camino otros treinta minutos sumido en mis pensamientos y después vuelvo a la casa con las ideas mucho más claras.

La primera persona que veo es mi odiada madrastra, que no tarda en cortarme el paso y decir con voz suave:

—Leo. Por favor. De verdad que necesito hablar contigo.

—¿Dónde está Chastity? —pregunto, pasándome los dedos por el pelo, harto de toda esta situación.

—Se ha ido a su, eh, tu habitación.

—Pues voy con ella.

Hago ademán de pasar de largo, pero me agarra la mano y dice atropelladamente:

—Escucha. No te vayas. Solo quería decirte que, bueno, me cae bien.

—Lo dices como si me importara.

Me suelto de ella y su voz me persigue por la habitación.

—Nunca quise hacerte daño, Leo.

Me vuelvo lentamente y la fulmino con la mirada.

—No lo hiciste. Para mí no fuiste más que un polvo mediocre. Verás...

Avanzo lentamente hacia ella, fijándome en el rubor de sus mejillas y el brillo de sus ojos al percibir el peligro. El peligro siempre la excitaba, lo que demuestra lo enferma que está, y al detenerme justo delante de ella, siseo:

—No te hagas ilusiones, madrastra. El único que te merecía era nuestro cabrón de padre.

¿Por qué crees que nos fuimos todos? Nos avergonzaba haber caído tan bajo.

Podríamos haber tenido a cualquiera y nos conformamos con una puta cazafortunas.

Pues disfrútalo mientras puedas, porque dentro de dos días espero que hagas la maleta y busques a otro pobre imbécil, porque aquí no habrá sitio para ti.

Hago ademán de irme y añado como quien no quiere la cosa: —Ah, y por cierto. Espero que sepas correr rápido.

No pierdo ni un segundo en alejarme de ella porque un momento más respirando el mismo aire que esa trágica excusa de mujer es demasiado, y mientras me dirijo a mi habitación, solo tengo una cosa en mente. Follarme a mi falsa prometida hasta que no pueda ni tenerse en pie.