CAPÍTULO 13
CHASTITY
En cuanto se va, vuelvo a respirar. El corazón me late tan fuerte que igual no llego a la cena.
Lo que acaba de pasar me ha dejado en shock, y mucho.
Cuando me ofreció una segunda ronda, quise lanzarme de cabeza, pero la razón se impuso y lo rechacé.
Ahora mismo estoy en modo supervivencia porque un hombre como Leonardo Ortega no viene buscando romance.
Viene a follar y largarse, y ya sé que cuanto más follemos, peor será para mi corazón.
Me peino el cabello húmedo y cojo el maquillaje, asegurándome de volver a ponerme la máscara tras la que esconderme. Esta cena va a ser difícil por varias razones, y me pregunto cómo voy a interpretar este drama como una actriz ganadora del Óscar cuando me siento tan vulnerable.
Esa mujer es un ser humano repugnante, y estoy deseando tener la oportunidad de acabar con su vida, si es que la tengo.
La forma en que miró a Leo me puso los pelos de punta.
Fue una mirada posesiva, como si compartieran algo especial que solo ellos entenderían.
Pertenecen a un club secreto de dos miembros, y ella me compadecía por lo que iba a pasar.
No me ve como una amenaza, solo como una molestia menor, lo cual es bueno en cierto modo.
Puedo esconderme tras la ignorancia sabiendo que no soy yo la ignorante, pero algo que no debo hacer bajo ningún concepto es subestimar a la mujer que merodea como un demonio a punto de atacar.
Antes de salir de la habitación, la registro en busca de dispositivos ocultos.
Me sorprende no encontrar ninguno, lo que me hace preguntarme si estaré perdiendo facultades.
La reviso de nuevo pero nada, y eso me hace sonreír porque parece que me han tomado el pelo.
Ese maldito cabrón lo usó como excusa para tenerme desnuda pegada a él, y ahora que lo sé, puedo divertirme con esto.
Al salir de la habitación, doy gracias en silencio a Ruby, que me ha preparado un armario lleno de conjuntos dignos de Pretty Woman. Llevo un vestido blanco ceñido al cuerpo con unas sandalias blancas sencillas, el pelo recogido en una elegante coleta y unas enormes gafas de sol en la cabeza.
Mientras bajo las escaleras, me estremezco ante la decoración hortera, que encajaría mejor en un museo del mal gusto, y me dirijo a la terraza, donde veo que han preparado una mesa bajo un enorme toldo blanco.
Leo y Ryan ya están allí y levantan la vista cuando me acerco. Ryan parece divertido por algo, pero Leo tiene cara de enfado, y me pregunto qué habrá pasado para que tenga ese ceño fruncido.
Ryan se levanta de un salto y me retira la silla, y no se me escapa el músculo que le palpita en la mandíbula a Leo mientras se gira para mirar hacia otro lado.
Le sonrío agradecida a Ryan, que me guiña un ojo con picardía, y mientras alargo la mano hacia la jarra de zumo de naranja, oigo un suave —Leo.
Todos levantamos la vista y vemos a Diana acercarse, una visión en amarillo pálido con el pelo cayéndole sobre los hombros en suaves ondas.
Podría ser la vecina de al lado, y de repente me siento demasiado formal con lo que llevo puesto.
Yo parezco estudiada donde ella parece natural, pero Leo se limita a asentir antes de volverse hacia Ryan.
—¿Los hombres se han instalado?
Ryan asiente.
—Todo en orden.
Diana ocupa el asiento junto a Leo y lo mira con dulce adoración.
—Tus hombres son bienvenidos aquí. Esta es su casa, tu casa, pase lo que pase en la lectura del testamento de tu padre.
Noto que Leo se tensa cuando ella le pone una mano en la rodilla con suavidad, se inclina hacia él y susurra:
—Siempre tendrás un hogar conmigo, cariño.
Leo le aparta la mano de la rodilla con gesto deliberado y dice con brusquedad:
—Para que lo sepas, Diana, si yo soy el beneficiario del testamento de mi padre, aquí no habrá sitio para ti.
Ella se echa hacia atrás como si la hubiera golpeado, y yo disfruto del espectáculo mientras presencio un juego de poder de lo más inusual.
Nos interrumpe la señora English, que entra con un carrito cargado de comida, y si no estuviera cenando con pirañas, esto sería una experiencia de lo más agradable.
Mientras nos servimos carnes frías y ensalada, con varios platos de arroz y patatas nuevas, Diana se dirige a mí por primera vez.
—Chastity.
Se ríe con suavidad.
—Qué nombre tan bonito, aunque quizás tus padres querían dejar un mensaje.
Me tenso ante la referencia a mis padres y me limito a encogerme de hombros mientras miro hacia el precioso jardín.
Vuelve a intentar provocarme.
—No eres el tipo de Leo. Él las prefiere un poco más... suaves, y no tan, em, descaradas.
Me limito a encogerme de hombros.
—No se quejaba hace una hora.
Me río por lo bajo y Leo se ríe también, pasa el brazo por el respaldo de mi silla y me besa en la mejilla.
—No tengo de qué quejarme —dice en tono seductor, y es lo más dulce que podría haber hecho. Por alguna razón, me reconforta el alma porque nadie me ha mostrado afecto antes. Deseo a raudales, pero nunca afecto.
Diana intenta disimular su ira, pero la veo relampaguear en sus brillantes ojos azules, y entonces cambia de táctica y sonríe con dulzura.
—Entonces me alegro por ti. Debes perdonarme, Chastity. Soy un poco protectora con mi familia.
Casi me río en voz alta cuando Leo dice bruscamente:
—Los Ortega no son tu familia, Diana, y nunca lo serán.
Ella niega con la cabeza y lo mira con expresión herida.
—Entiendo que estés enfadado, Leo, y yo lo estaría en tu lugar. Odié lo que pasó con tu padre. Nunca esperé que se pusiera tan... bueno, tan furioso, y nunca fue mi intención interponerme entre tú y tus hermanos.
—Pero lo hiciste —gruñe Leo—. Ahora tendrás que vivir con las consecuencias.
Diana no dice nada, se limita a dar un sorbo de vino y se vuelve para contemplar la impresionante vista.
—Siempre me ha encantado esta vista —dice con suavidad, y Leo me agarra la nuca, lo que me indica de inmediato que está al límite.
—Me encanta especialmente la vista desde la terraza a la playa de abajo.
Aquí se me escapa algo, porque Ryan también se ha quedado inmóvil a mi lado y tiene el rostro desencajado por la preocupación.
El ambiente cambia, la tensión se apodera de todo, y hago lo único que puedo: agito la mano y derramo a propósito el vaso de zumo de naranja en el regazo de Diana.
—¿Qué demo...? —Se levanta de un salto mientras el zumo le mancha el vestido de algodón, y me encanta pensar en lo pegajoso que debe de estar ahora mismo. Me fulmina con la mirada mientras digo, disculpándome—: Lo siento muchísimo. Y con lo bonito que es el vestido. Por favor, déjame ayudarte.
—No hace falta —dice secamente, limpiándose con la gruesa servilleta de algodón—. Voy a cambiarme. Solo es un vestido.
Mientras ella se aleja, Leo se relaja y Ryan echa la silla hacia atrás y se levanta. —Os dejo solos. Tengo asuntos que atender.
Leo asiente y, cuando Ryan se marcha, se vuelve hacia mí y dice suspirando: —Acompáñame.
Le tomo la mano y, mientras nos dirigimos a la terraza, me pregunto qué estará pensando.