El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

CHASTITY

Gracias a Dios se ha ido. No podía concentrarme con él cerca. Desde el momento en que entré en la sala, solo tuve ojos para una cosa. Leonardo Ortega.

Podía ver su reflejo en el cristal, y me hacía estremecer. Esos músculos que se tensaban cada vez que se movía. Los ojos oscuros y centelleantes que captaban la luz, y el sudor que goteaba de su cuerpo solo servían para atraer en lugar de repeler.

Ignoré a todos los demás hombres porque, de todos modos, eran invisibles para mí. Siempre es él, y me pregunto por qué.

He conocido a muchos hombres peligrosos a lo largo de mi vida, pero ninguno me ha afectado tanto como este.

Hay algo familiar en él. Como si fuera el hombre con el que sueño por las noches y, por tanto, el hombre de mis sueños.

¿Lo es realmente? O sea, es de la mafia, por Dios, y odio todo lo que eso representa.

Quiero un hombre honesto. Un hombre bueno y amable, que me trate con respeto.

No el tipo de hombre que se arrancó el corazón al nacer y lo sacrificó al diablo.

Sé mucho sobre hombres así porque mis padres fueron asesinados por el peor de todos, y mientras los demonios me acechan, intento con todas mis fuerzas cerrar mi mente al horror de mi pasado.

La música está alta, pero mi miedo es más fuerte. Siempre está ahí, dando vueltas y consumiendo cada pensamiento, impaciente por acabar con la locura que me ha acompañado lo que parece toda mi vida.

Cuando vine al gimnasio esta noche, fue para provocar a Leo aún más. Para tentar, para excitar y para llevar la delantera. Fracasé, y no me gusta cómo me hace sentir eso.

Suspiro, agarro una toalla y me bebo el agua de un trago, igual que hizo el hombre que ocupa mi mente hace unos segundos.

Tengo una abrumadora sensación de fracaso en lo que se refiere a él, y no me gusta ni un poco.

El hecho de que lo desee tanto me asusta muchísimo, porque no quiero a nadie. Me he entrenado para no desear, sino para tomar y descartar. No tengo espacio en mi vida para sentimientos, y estoy furiosa conmigo misma.

Veo los sacos que cuelgan en la esquina de la sala y los guantes cerca.

Con determinación, me dirijo hacia allí y no pierdo tiempo en ponérmelos y descargar mi frustración contra el saco.

Todos mis demonios cuelgan ante mí, y los pateo y golpeo a todos, salvo uno.

Los ojos burlones y atormentados del único hombre capaz de sacarme de mis casillas y que, por mucho que lo intente, no consigo sacármelo de la cabeza a puñetazos.

Una hora después, casi me arrastro hasta mi habitación.

Exhausta e infeliz. La felicidad no es algo familiar para mí, de todos modos, pero por alguna razón, cuando le servía la comida a Leo en el comedor hoy, por primera vez desde la muerte de mis padres me sentí libre.

Fue agradable. Casi hogareño, y me sorprendió un poco.

En mi mente, fingí que éramos una pareja normal, almorzando y hablando de cómo nos había ido el día.

No un bastardo y una asesina, y me hace sonreír pensar en ello como el título de una de las novelas románticas de Ruby.

Esa sí que me gustaría leer.

En cuanto llego a mi habitación, me doy una larga ducha fría, agradecida por el agua helada que me devuelve a la cordura. Es tan bueno sacudir el cuerpo, y las duchas heladas cumplen su función a la perfección.

Después de lavarme los dientes, me arrastro desnuda hasta la enorme cama imperial, disfrutando de cómo las sábanas de seda acarician mi piel como si fueran el amante más atento. Sin embargo, mientras caigo en un sueño profundo, son los ojos de un bastardo los que me observan.

A las siete en punto de la mañana, bajo las escaleras y me encuentro a Leo ya esperándome, mirando el reloj con un brillo de irritación en los ojos.

—¿Qué te pasa? Llego a tiempo.

Digo con naturalidad. Él asiente, sin dignarse a responder, y se dirige a la puerta.

—¿No desayunamos? —digo mientras corro tras él, y capto la mirada de desaprobación de Ruby al pasar.

—El desayuno fue a las seis y media —espeta, claramente molesto.

—No me lo dijiste —respondo enfadada, pero solo me responde con un encogimiento de hombros antes de que lo arrastren de vuelta a la locura mientras sus soldados me dejan fuera.

Cuando la puerta se cierra, Ruby corre hacia mí con una bolsa de papel en la mano y me la pone entre las manos mientras dice amablemente:

—Desayuno para llevar.

Por alguna razón, mis ojos brillan con lágrimas de agradecimiento y ella sonríe con dulzura.

—Lo descifrarás, cariño. Llevará tiempo porque es un enigma, pero si excavas lo suficiente, encontrarás oro.

—Si tú lo dices —suspiro y le sonrío agradecida mientras uno de sus soldados dice con brusquedad:

—No lo hagas esperar.

Mientras lo sigo afuera, veo que la puerta del tercer coche está abierta y, con un suspiro, me dirijo hacia él, con la esperanza de tener unos minutos a solas para disfrutar de las delicias que Ruby me ha preparado.

Cuando la puerta se cierra tras de mí, los coches se ponen en marcha y no pierdo tiempo en abrir la bolsa y saborear el intenso aroma de los pasteles calientes que me ha preparado un ángel.

Siento curiosidad por lo que nos espera hoy. Si vamos a dar la imagen de una pareja de enamorados, no debería estar viajando por separado. Por otro lado, conociendo cómo funciona este mundo dominado por hombres, no me sorprendería que siempre mantengan a las mujeres firmemente detrás de ellos.

Aun así, me irrita, y mientras desgarro el cruasán caliente con los dientes, me imagino arrancándole la cabeza a la bestia del coche de delante.

Me sorprende un poco cuando llegamos a un aeródromo privado y veo el elegante jet que nos espera, reluciente bajo el sol de la mañana.

Los coches se detienen con un chirrido, y veo a Leo y a su consigliere subir las escaleras sin mirar atrás, mientras yo corro tras él junto con el resto de sus soldados. Supongo que eso es lo único que soy para él, al fin y al cabo. Una empleada, y no me gusta cómo me hace sentir eso.

El avión es como un palacio por dentro. Me deja sin aliento mientras contemplo una opulencia que no esperaba.

Una azafata sonriente me saluda, y odio lo atractiva que es.

Por supuesto que lo es, y me pregunto si le ofrece a Leo acceso VIP al club de las alturas, un pensamiento que me obliga a contener los celos.

¿Por qué debería importarme dónde mete la polla?

No tengo ningún derecho sobre él e intento convencerme de que me alegro de ello.

Veo al hombre en persona, tan increíblemente guapo que me arden los ojos.

Lleva el habitual traje negro a medida, combinado con una camisa de seda negra, lo bastante desabotonada para dejar entrever ese cuerpo increíblemente definido, con algo de vello que se funde con los tatuajes tribales que a todos parece encantarles.

Debe de hacer calor aquí porque me estoy sofocando, y pregunto con la voz entrecortada:

—¿Siempre hace tanto calor aquí?

La azafata sonríe al ver adónde miro y esboza una sonrisa cómplice.

—Me temo que sí, pero subiré el aire acondicionado en cuanto despeguemos.

—Gracias.

Sonrío cuando me guiña un ojo con picardía y susurra:

—Una se acostumbra.

—Dudo que vaya a estar aquí el tiempo suficiente para eso.

Me encojo de hombros y parece preocupada, pero tiene el buen juicio de no insistir y se limita a sonreír.

—Toma asiento y te traeré una copa de champán, o algo más fuerte si lo prefieres.

Su sonrisa traviesa me hace reír, algo que también me sorprende.

No suelo hacer amigos. Nunca quise hacerlos porque cuanta menos gente sepa quién soy, mejor.

Y de nuevo me sorprendo, porque desde que llegué aquí hay una familiaridad que no puedo ignorar.

Es como si hubiera vuelto a casa, y eso no me hace ninguna gracia, porque si de algo estoy segura es de que mi vida podría acabar en cuestión de días, y el hogar debería ser lo último en lo que pensara.