El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

CHASTITY

Entré a saco para dejar las cosas claras.

Para poner las cartas sobre la mesa, porque si este hombre cree que soy una mujer débil babeando por su polla, lo lleva claro.

He conocido a hombres como él que creen que su verga mea oro, y lo hice para quitarle las ganas.

Los hombres así no soportan a una mujer dominante.

Prefieren a una virgen débil y nerviosa que les masajee el ego.

Conquistar y saquear antes de darse palmaditas en la espalda por ser todo un hombre, y este enfoque suele hacer que salgan corriendo más rápido que un velocista olímpico.

Así es como mantengo el control. Cómo protejo mi corazón, porque no hay sitio para un hombre en mi vida. Nunca.

Misión cumplida, porque Leonardo Ortega se echó atrás más rápido que la mayoría, lo cual me viene de perlas.

Ahora que sabe a qué atenerse, dudo que intente nada, y si lo hace, probablemente sea solo para tocarme las narices.

Aguantará todo lo que pueda, lo cual me parece perfecto porque estoy aquí para hacer un trabajo y eso es lo único que me importa ahora mismo.

No digo que me opusiera a un poco de diversión con este criminal curtido. Desde luego está muy bueno y su cuerpo parece esculpido en piedra, igual que su personalidad.

Si me lo pide, puede que me deje llevar por mi debilidad y disfrute de una noche de diversión, pero solo si yo quiero.

Terminamos la deliciosa comida en silencio y cuando aparta su plato, recojo mis cubiertos como haría cualquier invitada educada y lo observo mientras saboreo el vino exquisito que nos han servido.

Me clava su mirada letal y, lejos de asustarme, solo consigue excitarme, lo cual es una reacción inconveniente pero que puedo manejar.

—Tienes todo lo que necesitas preparado en una de las oficinas. Quiero ese testamento firmado y sellado antes de que acabe el día.

—Puedo hacerlo si tienes los documentos que necesito.

Lo miro con mi propia dosis de oscuridad, y él asiente. Se aparta de la mesa, se pone de pie y me mira con indiferencia.

Su consigliere entra en la habitación y Leo espeta:

—Sigue a Ryan. Se asegurará de que todo sea de tu agrado.

Asiento y me levanto. Dirijo la mirada hacia su leal sirviente y sonrío con aprecio para fastidiar al bastardo arrogante que cree que manda aquí.

—Será un placer —ronroneo, pestañeando coquetamente ante un sirviente cada vez más incómodo que se remueve nervioso mientras Leo espeta:

—Recuerda, señorita Blake. Debe pasar el escrutinio más riguroso.

—Por supuesto —me encojo de hombros, segura de mis talentos para la falsificación.

Al fin y al cabo, aprendí del mejor. Es lo que hago.

Perfeccionar mis habilidades para ser la mejor, y lo soy.

Por eso Leonardo acudió a mí, y me pregunto cuánto sabrá de mi pasado.

Probablemente todo, pero dudo que sea consciente del volcán latente que llevo dentro, a punto de entrar en erupción en lo que respecta a la vida de Carlos Matasso, y como toda lava fundida, arrasa con todo el que se interpone en su camino.

Trabajo toda la tarde. Ruby me mantiene abastecida de café y algo de comer, pero apenas reparo en ella. Siempre es igual cuando trabajo. Me desconecto de la vida diaria y bloqueo a quienes me rodean hasta que termino.

Cuando el reloj marca las diez, llevo trabajando casi siete horas. Me echo hacia atrás y me estiro mientras contemplo el documento, que engañaría a casi cualquiera.

Echo un vistazo alrededor y observo el espacio estéril de una habitación que claramente se usa para distintos fines. No tiene ningún toque personal y me pregunto qué clase de negocios se habrán llevado a cabo aquí.

Me levanto y me acerco a la ventana para contemplar la oscuridad creciente. Observo las estrellas que titilan en el cielo más negro, y el corazón me duele al recordar a mis padres. Siempre los asocio con las estrellas porque ese es mi recuerdo más preciado.

Solíamos sentarnos en el porche, en las mecedoras, a contemplar las estrellas. Planeábamos nuestras vidas, les pedíamos deseos —nuestras esperanzas y sueños— y hablábamos de las posibilidades de la vida más allá de esta.

Estoy tan absorta en el pasado que no oigo abrirse la puerta y doy un respingo cuando una voz grave me roza el oído.

—Podría haberte matado y ni te habrías enterado.

—Pues hazlo —digo con indiferencia, furiosa conmigo misma por haber bajado la guardia por completo.

Una mano me aparta el pelo del cuello y siento el suave roce de unos labios contra mi piel. Por alguna razón, el corazón me late como un tambor.

—¿Qué haces? —siseo, y como respuesta una mano se desliza alrededor de mi cintura y me hace girar.

Me encuentro mirando dos pozos profundos de peligro y seducción, y por alguna razón se me corta la respiración.

—¿Has terminado? —pregunta, rozándome los labios, y asiento.

—Sí.

—Muéstramelo —susurra mientras me acaricia la nuca, y me abruma un poco. Nadie es tierno conmigo. No me tratan como a una flor frágil ni como a una pieza de porcelana valiosa, como hace este hombre, y no sé cómo manejarlo.

Me aparto, lamentando la distancia que eso crea, y carraspeo para quitarme el temblor de la voz.

—Creo que estarás satisfecho con el resultado.

Cruza la habitación para examinar el documento y lo levanta a contraluz, con el original al lado.

—Impresionante —arrastra las palabras, y empiezo a sudar porque ¿qué demonios me pasa? Parezco una cría enamorada y estoy furiosa conmigo misma, así que contraataco:

—Es lo que pediste. Lo que me estás pagando, así que ¿qué esperabas?

—Cierto —sigue estudiando el testamento y espero instrucciones, casi sin respirar.

Luego deja las páginas sobre la mesa y se gira. Sus ojos brillan en la oscuridad mientras dice con voz inexpresiva:

—Entonces pasaremos a la siguiente parte de mi plan.

Ahora sí que estoy interesada. Señala la silla y dice bruscamente:

—Siéntate.

Normalmente eso me haría hervir la sangre, pero es como si me hubiera lanzado un hechizo. Me dejo caer en la silla y lo miro inquisitiva.

—La segunda parte de nuestro acuerdo es de naturaleza más íntima.

No digo nada, pero por dentro me estoy derrumbando porque, joder, es igual que todos los hombres que he conocido y eso me decepciona muchísimo.

—Mañana nos vamos a casa. A la mansión Ortega.

—Continúa.

Pongo cara de desdén y él hace lo mismo, gruñendo:

—Recuerda, esto es una transacción comercial y nada más.

Levanta la vista hacia mí.

—Volveremos a casa como amantes.

—¿Por qué? —le espeto, mientras una oleada de deseo me enciende la sangre ante la mera posibilidad.

—Para que mi madrastra se dé cuenta de que el juego ha terminado. Para quitarle cualquier control que crea tener sobre mí y dejarle claro que ya no es ella quien manda.

—Tu madrastra.

Estoy asqueada porque está insinuando que tienen algo más que una relación normal de hijastro y madrastra, y para mi sorpresa, suelta una risita.

—Diana tiene tu misma edad. A mi padre le gustaban jóvenes, y a Diana le gustaba tirarse a cualquiera.

—Te follaste a tu madrastra, qué asco.

Sacudo la cabeza y él se encoge de hombros, sin que le importe lo más mínimo mi opinión.

—Sí, me la follé, varias veces de hecho, y mis hermanos también. Aunque ninguno lo sabíamos, claro. Es una manipuladora nata y nos engañó a todos, y ahora quiero a esa zorra fuera de nuestras vidas para siempre.

—¿Quieres que la mate?

Lo digo medio esperando que diga que sí, porque joder, esa mujer debe de ser un monstruo.

—Si quieres, podría resolver algunos problemas.

Leo se ríe entre dientes, lo que me sorprende porque nunca pensé que tuviera sentido del humor.

Me clava una mirada sombría.

—No, quiero que se dé cuenta de que no hay lugar para ella en nuestra casa y necesito una mujer fuerte que le plante cara.

—Será un placer, esa zorra está enferma.

Lo digo totalmente en serio y durante un breve segundo Leo se limita a mirarme, lo que me hace removerme incómoda en el asiento porque, por alguna razón, me gusta.

Entonces arruina el momento espetándome:

—¿Quieres follar aquí o en tu habitación?

Levanta la vista con un destello desafiante en los ojos, y sé de inmediato que me está retando a ver si voy de farol.

Me pone en terreno desconocido porque, por supuesto, nunca tuve intención de acostarme con él, pero ahora que lo ha puesto sobre la mesa, mentiría si dijera que no estoy tentada. ¿Quién no lo estaría? Este hombre le hace sombra al mismísimo Adonis.

Así que, haciendo acopio de toda la fuerza y dignidad que puedo, suelto con sarcasmo:

—No, gracias. Tuviste tu oportunidad y la cagaste. Prefiero darme un buen baño y ver una peli. Sin ánimo de ofender, pero no eres mi tipo.

Suelta una risa queda y sonríe.

—Entonces puedes irte. El desayuno es a las siete. No llegues tarde.

Se aparta, dejándome el camino libre, y más que nada me odio a mí misma en este momento al pensar en lo que podría estar haciendo la próxima hora. A él.